El escritor argentino y la extradición

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Primero fue Hernán Casciarmapai, y no dijimos nada. Su atropello y sus orsais nos caían bien. Después vino un tal Andrés Neuman, y ahora uno que se llama Patricio Pron. Ya es una banda.

Son los narradores que escriben una versión de sus textos para Argentina y otra para España. No tienen drama en elegir entre el tú y el vos, o entre el boludo y el gilipollas: según la audiencia, alternan. La idea más o menos es que los lectores españoles se percaten de lo bien que los tipos se españolizaron, y los argentinos de cuánto les siguen tirando el alfajor, el colectivo, la birome y el dulce de leche. Son ajedrecistas del mercado literario. Nos representan en Madrid, en Frankfurt, en París. Cuando los llevan a la Feria de Guadalajara dudan un segundo acerca de cómo dirigirse al público: si de vosotros o de ustedes. O de queridos cuates.

Es una nueva estrategia. La hace posible esta época donde la difusión de textos online, la refacción de la literatura como espectáculo y las promociones de las aerolíneas hacen creer que se puede vivir en dos continentes al mismo tiempo. Antes, cuando un escritor argentino se exiliaba o se radicaba en Europa, cortaba el cordón a la fuerza o, por el contrario, se agarraba con más fuerza, casi al borde de alienarse. O fingía que se agarraba pero, bueno, se jugaba su escritura en esa ficción. Era entonces un emigrado dispuesto a cortar lazos, o un nostálgico, o uno que trabajaba de porteño. A nuestro gran escritor autoexiliado, Cortázar, desde Buenos Aires se lo leía bajo la segunda o la tercera opción. Muchos le criticaban que el rioplatense de sus cuentos era viejo, que ya no existía más, y eso que para algunos constituía una prueba de su “chantapufismo” para otros era demostración de lo contrario: una lealtad a la entonación porteña que, como toda lealtad, hace mal si se actualiza. Hay una respuesta muy astuta de Cortázar, en dos tiempos, en una entrevista que le hace Caparrós: “Sí –dice–, esa crítica es de gente resentida. Es obvio que mi lunfardo es de treinta años atrás, no tengo ni idea del que se habla ahora. Y no importa, porque el de ahora también va a cambiar. En unos años, ciertas palabras que hoy están de moda, como chantapufi, van a desaparecer”. Caparrós pisa el palito y comenta: “Bueno, chantapufi ya no se usa”. Cortázar concluye: “Mirá vos”.

Ese era Cortázar, cuya nostalgia pícara o cuya picardía nostalgiosa no tienen nada que ver con este fenómeno nuevo. Al autor de Rayuela, en última instancia, le cabe la concepción de César Aira según la cual la literatura “es el medio por el que un argentino se hace argentino, es lo que inventa dispositivos para que valga la pena ser argentino”. La fantasía cortazariana sería la de un Rodas siempre con un pie en París y el otro en Buenos Aires. Pero estos dispositivos dobles del presente son otra cosa. Persiguen otra fantasía: el escritor como dos colosos de Rodas, cada uno con su par de pies bien pegados al suelo, y unidos por las manos. Para redondearlo sin necesidad de imágenes, esto de lo que hablo es como si Cortázar hubiera escrito dos versiones de “Torito”: una para Mataderos y otra para Lavapiés.

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Quizás el gordo Casciari fue el que hizo punta. Su caso era atípico, porque su primera novela, Más respeto que soy tu madre, tuvo éxito desde un blog. Luego se publicó en papel en Argentina y en España, en dos versiones diferentes. Y la escritura fue alterada en su trasvasije al mercado español. Tenía este comienzo: “Como si nos costara poco traer el pan, el Caio pasó un rojo y nos cayó una multa”. Ganó este otro inicio: “Como si nos costara poco traer el pan, el Toño se ha saltado un semáforo en rojo y nos ha caído una multa”. Y así toda la novela. Pero hay que tener en cuenta lo siguiente: Casciari era un novato. Naturalmente seducido por la propuesta española, aceptó que la editorial se arrogara el derecho a modificar la escritura y los nombres de los personajes. No hizo él mismo esas modificaciones. De todos modos, la chantapufeada obró –en la cabeza del mismo Casciari. Su vida literaria se convirtió, después, en una militancia legítima por borrar la sombra de aquel vasallaje original. Hoy, como muchos saben, se dedica a cuestionar cada dos por tres al mercado de los libros. Lo que no le impide preocuparse por los modos de capitalizar al máximo la producción: “El escritor, además de narrar, debe saber moverse con soltura en el diseño, la programación y el marketing”.

Y si Casciari era la conciencia del trabajador sujeto al mercado, Andrés Neuman y Patricio Pron ya son la conciencia de los hacedores del mercado. Leo y releo un reportaje que Página/12 le hizo al primero, Neuman, nacido en Buenos Aires y radicado en España. Cuenta que escribe usando “tú”, pero que para la edición argentina cambió a “vos”. Lo cuenta con alegría, como que es un sentimiento. Habla también de “otros retoques leves”: el problema del léxico. Y en un momento dice esta maravilla: “Retomé la unión umbilical con el voseo. Nunca pensé que lo pronominal fuera tan conmovedor”. Un jugadorazo. Que la suya es una pasión lo demuestra el hecho de que es fugaz: a la siguiente entrevista, de vuelta en España, adiós voseo y cordón del ombligo.

El caso de Pron es similar y quizás más caradura. Publicó su primera novela en Rosario antes de emigrar a España, y el año pasado la revisó y volvió a publicar en Madrid. Dice Pron en una entrevista que revisó la novela “para hacerla más salvaje, más brutal y más honesta con el lector”. Contra todo pronóstico, sin embargo, el salvaje título inicial Una puta mierda se convirtió, para la edición europea, en Nosotros caminamos en sueños. Ya en el interior, aquella novela publicada por El cuenco de plata desplaza todo su paradigma pronominal, y los soldados y militares de Malvinas, protagonistas de la historia, hablan ahora de este modo: “¿Dónde pensabais vosotros que íbamos a poner todos esos tanques? Esto es una isla, ¿sabéis? No hay sitio suficiente para todo eso”.

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Vuelvo, para cerrar, sobre la emoción pronominal de Neuman. En todo momento hay un escritor, en algún lugar del mundo, conmovido por los pronombres. Y la posibilidad de que ese escritor tenga sangre argentina es alta. Obligado a plasmar su escritura optando entre el tú y el vos, entre la pileta y la piscina, entre el boludo y el gilipollas, ese hombre perfectamente podrá conocer la incertidumbre, padecer la indecisión, trasuntar las vueltas de su identidad hasta elegir, no sin dilema, la voz en la que se reconoce al menos durante la eternidad del presente. O podrá borrar todas estas cuestiones de un plumazo y traficar distintas voces: esta es mi novela, pero si no les gusta cómo la escribí, también la publiqué de esta otra forma.

Otras formas de la emoción incluyen, por ejemplo, enterarse de que Argentina será el país homenajeado en la Feria de Frankfurt y escribir y publicar, un año antes del evento, mientras se empieza a discutir la lista de novelas argentinas que serán traducidas al alemán, una novela argentina donde el protagonista es un científico alemán. Es un caso.

Y lo que más llama la atención, lo más interesante de este nuevo fenómeno, es que surge de narradores con pruritos de sofisticación. Quizás arrastran valores y expectativas de sus padres liberales, quizás fueron a buenos colegios, seguramente leyeron a Conrad y a Nabokov. Pero lo cierto es que, en vez de estar en dos lugares, quedan parados en ninguno. Hace falta un valor para desterritorializarse como Conrad, pero también hace falta un valor para cagarse en la alta literatura como Andahazi, ajedrecista novelesco con una ventaja –no tiene escrúpulos– que publica lo que escribe sin guitarrear justificaciones estéticas y sin rebajarse a la vieja y nunca desaparecida captatio benevolentia.

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