Deriva del spam

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En los libros de James Joyce se come mucho corned beef. Esa es, o podría ser, la mayor marca rioplatense en el autor del Ulises. Para alguien que no leyó a Sarmiento ni a Mansilla, no es poco. Lo que sí se comenta es que Joyce hojeó algún libro de Güiraldes (tenían amigos franceses en común). Y ante una versión enlatada y for export del campo argentino como es Don Segundo Sombra, debe haber preferido una versión enlatada y for export de los productos del campo argentino, como es el corned beef. Yo en su lugar elegía lo mismo. Cualquier corte de vaca es mejor que una oda al ganado. El plato lleno antes que la prosa bucólica. Y el corned beef, a fin de cuentas, tampoco es carne mala. Dicen que fue y sigue siendo de falda. Se ubica más cerca del manjar que de la porquería. En Inglaterra, de hecho, y varias décadas después del Ulises, Margaret Tatcher supo definirlo como una “delicatessen para los días de guerra”. Una wartime delicacy, dijo la Tatcher no de la obra de Joyce sino del corned beef –y lo mismo se puede decir del spam.

Latas de falda argentina o uruguaya molida se abrieron en toda Europa durante los preparativos y los recreos de las dos grandes guerras.

En especial los irlandeses e ingleses de la época tuvieron, casi todos, algo de nuestro campo en sus barrigas. Los lotes y las latas, el faenado de cabezas y la elaboración de los envases, marcaron a fuego la historia de dos ciudades una a cada lado del charco: la uruguaya Fray Bentos y la entrerriana Pueblo Liebig. Que juntas llegaron a producir, hacia 1900, más de un millón de latitas de falda molida por mes. De un total incalculable, ¿cuántas de esas latitas habrá abierto Joyce? Quién sabe ochocientas, y algunas más en Italia. ¿Y eso implicó un interés por la cultura rioplatense? No; Joyce estaba para Shakespeare, Dante y las altas cuestiones medievales. La gratitud no es un valor literario, ya se sabe. Pero personalmente me quedo con los escritores que no se olvidan de lo que comieron. Como puede ser el caso de Thomas Pynchon, en cuyas novelas también campea el corned beef. Sólo que Pynchon sí se interesó en la historia y la literatura argentinas, y por suerte no se detuvo en Güiraldes. Prefirió a Borges, hasta donde sabemos. Con homenaje incluido en al menos dos de sus novelas: El arco iris de la gravedad y La subasta del lote 49.

Ahora bien: en Pynchon, que no es inglés sino norteamericano, los personajes pueden comer, además de picadillo de falda, otra cosa bastante parecida como es la versión estadounidense del corned beef. Es algo que se hace con carne de cerdo en vez de vaca. Este otro envasado, que también tenía su historia local, salió a competir con el nuestro y lo desplazó de los mercados mundiales en los años ’50. Y tuvo tanto éxito que en algunos países históricamente pobres en variedad alimenticia, como Inglaterra, la carne de chancho picada invadió todos los platos. La marca más famosa que vendía estas latas se llamaba SPAM. Su nombre se volvió genérico, como la cinta Scotch, y aplicable a todas las latas de chancho. Después, y por un chiste de los Monty Python, la palabra se empezó a usar para reírse de cualquier mensaje, en especial los publicitarios, serializado e invasivo. Y la palabra al final, como se sabe, encontró su suelo más fértil en internet.

Joyce, que tampoco es que escribió El arco iris de la gravedad, comió de nosotros pero nos ignoró olímpicamente. Mientras que Pynchon nos dio especial cabida sin una necesidad orgánica: él, en su tierra, tenía el spam, no precisaba el corned beef. Y si uno lee sobre la historia del spam acaba enterándose de que este, pese a que se internacionalizó más tarde, es anterior al corned beef: existía (con otro nombre) desde 1630. Fue por ese entonces cuando un colono inglés instalado en Massachusetts empezó a envasar carne picada de chancho. Lo hacía en pequeños barriles de madera, la carne repleta de sal, que luego exportaba a varios puntos de Norteamérica. Faltaban doscientos años para que un científico alemán (que también aparece mencionado en El arcoíris de la gravedad) encontrara el formato de la lata y se mudara a Entre Ríos, cuando aquel pionero anglosajón ya trataba de arreglarse con su sistema de conservación en madera. ¿Su nombre? William Pynchon, ancestro de Thomas. El creador del spam, hay que decir. De modo que el más genial novelista de lengua inglesa, ese que fue capaz de escribir, en medio de una historia ambientada en Londres en plena Segunda Guerra, una frase como “el verdadero sur empieza en la Avenida Rivadavia”, ahora sabemos que tiene linaje en los mataderos.

 

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A veces hacemos cosas sin querer frente a la computadora, y nos queremos matar. Hoy Sófocles encontraría la tragedia en un reply all involuntario. Pero no todo es tragedia; también existe la farsa. Como la de esos mensajes descaradamente múltiples, piratas (no necesariamente británicos), invasivos, que alguien envía a todos sus contactos para informar que un poema suyo acaba de ser publicado en internet. Cuando esos mails al por mayor ofrecen productos a la venta, las empresas de correo electrónico suelen detectarlos y mandarlos (o no, según les convenga) a la casilla de los indeseados. Pero por supuesto que la noción de comercio es más grande que la de compraventa, y muchos mails, aunque de momento no estén vendiendo nada, también forman parte del gran kiosco online de negociaciones entre individuos. Y esos nos llegan directo a nuestra casilla principal. Son el verdadero spam: el indetectable de antemano. El chancho picado de lata que se coló en el plato de pasta a la boloñesa. Nadie sabe a priori que su contenido es genérico y promocional, y los peores, los más turritos, son los que hacen de cuenta que es personal y afectivo, y para eso agregan un saludo individual de cabecera. “Cómo andás, Cristian querido. Les escribo para contarles que mi nuevo libro…”.

Mensajes de artistas o escritores ansiosos por darnos una idea acerca de sus proyectos y resultados. Manjar para tiempos de guerra, el fin del mundo nos va a encontrar a cada uno con por lo menos tres eventos en plena etapa de difusión: un libro que está por salir, una entrevista que ya se realizó en algún sitio y está por subirse online, una lectura próxima en un lugar nuevo. El spam literario es la nueva prosa bucólica, la oda al ganado que decimos poseer en algún rincón: un anticipo, enlatado, que no puede más que tener efectos reductores. Pero tampoco hay que subestimarlo, porque el spam es anterior a la escritura. Tiene milenios de vida, y ya avisaba Horacio sobre los inconvenientes de apurarse a mostrar. Es una fuerza conquistadora, de lo peor de uno mismo al mango a lo mejor de uno mismo distraído. Y hasta los escritores silenciosos, tapados y huraños que se niegan a dar noticia pública de lo que están haciendo la llevan, como Thomas Pynchon, de algún modo en la sangre.

Abril de 2015

 

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