El final de Mad Men

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joan

Terminó Mad Men, la única serie estadounidense que vi completa. Como fumé muchos cigarrillos mirándola, es justo que escriba sobre ella. Disfruté y festejé la reconstrucción de una época que no viví, en una ciudad que conocemos de sobra. Si la serie nació pensada para representar el cambio de los ’50 a los ’60 en Nueva York, creo que lo logró con maestría, aun cuando su éxito la acabó llevando a tener siete temporadas y a ampliar un poco el recorte de época. Los protagonistas fueron todos hombres forjados en el imaginario masculino de los ’50: cowboys urbanos. Un machismo no tan distinto del ideal varonil que conoció el cine argentino a través de actores como Alberto de Mendoza. Las protagonistas, y en especial Peggy Olson, fueron todas mujeres cuya visión del mundo ya estaba jugada antes de la aparición de la pastilla anticonceptiva (1960). Quizás hubiese estado bien, dado que la serie se extendió en temporadas, insertar un personaje moldeado en los mismos años ’60 y que cobrara peso hasta volverse central. Quizás la hija de Don Draper, Sally, fue ese personaje.

Pero además Mad Men es una típica historia de los años ’20: una escrita por alguien que cree religiosamente en los “descubrimientos” de Freud. El héroe, Don, vivió en consecuencia del primero al último capítulo la lucha entre las fuerzas del yo, el superyó y el ello. Hijo de una prostituta y de un hombre violento, se la pasó buscando redención.  Inteligente, de pocas palabras y guapo –“handsome”, le dicen sus compañeros de oficina–, sólo encontró alrededor figuras que agradecían entrar en contacto con su halo. Redención vs retorno: viajes periódicos a California y regresos nocturnos a Manhattan. Todas mis amigas enganchadas con la serie decían que Don nunca iba a cambiar; algunos de mis amigos sostenían que sí, pero sin convicción. Digamos también que alguien que se llama Pete está obligado a cambiar; alguien que se llama Don, no tanto. Si se producía algún tipo de conversión en Draper, iba a tener que ser religiosa, eso lo sospechábamos todos. Para las últimas escenas el director y guionista Matt Weiner coqueteó con eso, antes de darnos el golpe final.

Destaco una frase que, cada dos o tres capítulos, siempre alguien pronunciaba. Un remate para las más distintas situaciones,  casi siempre en el ámbito de la oficina e invariablemente en el contexto de conversaciones entre dos –la serie hizo un culto de esto último. La frase en cuestión es esta: tendrías que volver a trabajar, “you should go back to work”. Pronunciado por Don, Peggy, Joan, Pete o Roger, ese mantra de los workaholics traducía un vacío. La reverberación del deber (you should), el sonido que se escucha aunque dejó de emitirse: ellos son jefes, ya nadie los obliga a volver a sus sillas. Pero, como se dijo, el mandato viene de adentro: ¿de qué te salva el trabajo?, ¿de colgarte leyendo a Kerouac?, ¿de coger como un animal y tomarte hasta el agua de los floreros? En varias oportunidades, el director Weiner habló de Hitchcock como su mayor influencia -aunque se me ocurre que con Hitchcock, y en todo el cine y la televisión estadounidenses, la palabra influencia no aplica; es otra cosa, es algo más. Nunca, hasta donde yo sé, se mencionó la deuda de Matt Weiner con Elia Kazan, sobre todo con la película The Arrangement (1969).

Ahí quedó, con un pie en los ’70, toda esa gente soltera citando poemas de Frank O’Hara y líneas de Jack Kerouac. La devoción del director por el verosímil histórico se cortó a tiempo: nadie hubiese querido ver a Sally Draper con veinticinco años bailando un tema de Donna Summer. Aunque la raya que se toma Joan en el anteúltimo capítulo sí estuvo rica.

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