El Parque Rivadavia

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rivad

No sé muy bien en qué consiste el realismo visceral. No tengo diecisiete años, no me llamo Juan García Madero, no estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. No soy huérfano. No seré abogado. Soy un lector que viene seguido a este parque, simplemente. Y que, en los puestos de libros en fila, hojea la literatura de la época. De las novelas que se agotaron, podría quedar acá un ejemplar. Las que se fueron de librerías sin que nadie las comprara deben estar también, en las bateas superpuestas. Ese pibe que el año pasado iba a revolucionar la escritura está en mis manos: pasó, pero no era malo. Ese y la lista de sus amigos dicen presente. A precio de remate o de colección. Estoy en el punto de reunión de todo lo editado. Si el rock argentino tiene una cueva de los orígenes, si el baño del bar “La Perla” echó a andar una historia, la literatura en cambio tiene esta cueva de la sobrevida, el Parque Rivadavia, donde no nace ningún escritor. Pero a donde todos llegan, como a una costa bañada por el sol, a estirar las patas de sus firmas, por el tiempo que se pueda.

* * *

De entre los distintos barrios creados para insertar inmigrantes ahí donde no había más que campo, mansiones dispersas y una vía del tren, Caballito, el menos obrero, tuvo desde siempre la simpatía y el favor de los hombres al mando del municipio. De hecho, cuando los conservadores del 900 ampliaron la ciudad a su pesar y se reservaron para ellos treinta manzanas con estatuas, jardines y bellos edificios, alguno, quizás Miguel Cané, proclamó el célebre dictado aristocrático: “Cerremos el círculo y velemos sobre él, pero también pongámosle algo de onda a Caballito”. Desde entonces el barrio es lo que es: masita fina a ojos del pueblo, bizcocho intragable para los acomodados. Por su esencia cuasi-privilegiada (en la que el cuasi es, sin duda, la mayor de las distancias), Caballito es el único barrio argentino que jamás dará un playboy. Eso sí: derrocha espacios de ocio, algunos verdes y otros no. Y si Cané y sus amigos le regalaron un parque como el Centenario, algunos años después el presidente Alvear pensó que era poco y le obsequió otros dos: Plaza Irlanda primero, y enseguida este Parque Rivadavia.

Nació en 1928, igual que el Che y que El Tony. Un libro publicado al otro año, el Cuaderno San Martín de Borges, todavía lo ignora. A través de catorce poemas que trazan un recorrido urbano en forma de U, el Borges yrigoyenista empieza a caminar desde Palermo (“Fundación mitológica”), sigue en dirección oeste hasta Chacarita y ahí gira y vuelve al río por el sur (cerrando con “Paseo de Julio”, actual Paseo Colón). De esta zona y este parque, para Borges, ni noticia. Quizás pensaba que era campo eso que Alvear inauguraba con una fiesta. Quizás ignoraba que existía, ya, una vereda de enfrente, y que la ocupaba el Italiano con sus quince mil socios: el club más numeroso de la ciudad. Lo cierto es que fue recién en 1931, mientras el Che empezaba a caminar y El Tony ya se plantaba firme en los kioscos como la primera revista de historietas de América, que el parque hizo su entrada a la literatura. Y no por medio de Borges, sino por el escritor que veía lo que a Borges se le escapaba: Roberto Arlt. Su crónica “Amor en el parque Rivadavia”, publicada en junio de aquel año, daba cuenta del nuevo espacio y no se privaba de notar dos de sus características insidiosas. Lo llamativo, por un lado, era la oscuridad: apenas iluminado de noche. En virtud de esto venía lo segundo: el parque hacía furor entre los jóvenes de distintos barrios. La crónica al fin era el retrato de las primeras tribus que se encariñaron con el lugar: grupitos de chicos y chicas en pareja, más atrevidos que los de otras plazas. Sus arrumacos ya podían indignar a los vecinos tanto como hacían reír a Arlt.

Y es que a veces a los lugares los disfrutan todos menos los lugareños. En el caso de Caballito esto es científicamente así: los caballitenses desprecian sus parques y guardan la esperanza de que un día sólo puedan ingresar a ellos los que viven a menos de quinientos metros. Es una fatalidad geométrica: la ubicación del barrio en el centro exacto de la ciudad hace que el lugar les cierre bastante bien a los no caballitenses como punto de encuentro. La insidia del Parque Rivadavia para con sus vecinos nació entonces, si confiamos en Roberto Arlt, casi al mismo tiempo que el parque.

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Los besuqueiros nocturnos mermaron, víctimas del entramado de faroles y de la implantación de serios y paternales monumentos como el de Simón Bolívar, inaugurado en el ’42, mismo año en que moría Arlt. Pero, sin miedo a adelantarme, puedo decir que esa fatalidad del Rivadavia, su condición de lugar insidioso para los del lugar (y a la vez amado por todos los “extranjeros” en Caballito) se mantuvo inalterada y hoy sigue vigente. Aunque también hubo un momento, inmediatamente después del recauchutaje o (como se dice hoy) “puesta en valor” del año ’42, en que las cosas prometieron adecentarse. Fue cuando se instaló el primer conglomerado de personas dedicadas a esas palabritas que acabarían siendo las más expresivas del parque: la compraventa y el canje. Esa primera actividad comercial -suponiendo que las parejas descritas por Arlt no practicaran el comercio- llegaba teñida del aura limpia y pulcra de las pasiones del intelecto, no del cuerpo. Con los vecinos quizás felices por su irrupción e inconscientes de toda la furia compraventera que la movida instituía in nuce, se inauguraba en 1943 un espacio de intercambio para los coleccionistas de estampillas, los filatelistas.

Fue así. A la par de la llegada de Perón a la Secretaría de Trabajo, se creó aquel “Mercado Filatélico Libre”. La iniciativa vino de una revista llamada Rojinegro, una de las tantas que por entonces publicaban cuentos de aventuras, vaqueros y ciencia-ficción, pero cuyo sello específico era la inclusión en cada número de algunas páginas sobre filatelia. Cierta noche de 1943, mientras pensaba qué escribir antes de volver a su casa, un redactor de Rojinegro vio la idea. Los coleccionistas tenían que conocerse las caras, así que les propuso empezar a reunirse seguido. Y para acortar debates, él mismo sugirió un lugar de encuentro. Apelando a ese criterio de elección que exaspera a los caballitenses, dijo que convenía un sitio ubicado en el centro geográfico de la ciudad. Sancionó entonces el parque, quedando por establecer el día y la hora. Y sin perder tiempo el periodista marcó por día y por hora ese que es el punctum del ocio para los varones adultos: todos los domingos a la mañana. Le hicieron caso doce lectores de la revista. Fueron los apóstoles de la compraventa y el canje cultural en Caballito. Formaron desde aquel domingo una rueda de mesitas repletas de estampillas alrededor del ombú del parque, que sigue nucleándolos hoy. Y a las estampillas les añadieron, muy pronto, billetes y monedas del mundo: el mercado pasó a ser filatélico y numismático. Esta segunda actividad tampoco debió haber desagradado a los vecinos –se trataba, a fin de cuentas, de algo tan caballitense como cambiar plata. Con su no sé qué de anticuado y prestigioso el grupo creció enseguida y logró su auge cuando, después de la Segunda Guerra, se sumaron al ombú varios inmigrantes de Europa. En palabras de la agrupación, tomadas de su blog ombudelrivadavia.com.ar: “diversos personajes de Ucrania, Alemania y Checoslovaquia llegaron con importantes colecciones de sellos en sus equipajes”. Todavía hoy, entre los filatelistas, hay un ucraniano y un ruso que traen colecciones muy raras.

Fueron un puñado de años de coleccionismo respetable y discreto a la sombra de arbustos tradicionales y monumentos regios. A diferencia de otras plazas como la de Mayo, acá no se oían recriminaciones al gobierno, ni mucho menos voces de apoyo. En el vecino Parque Centenario estaba el Anfiteatro Evita con su bullicio de actividades infantiles; acá no pasaba nada. Este era el Parque Aséptico, que había dejado atrás el besuqueo nocturno y felpudeaba ahora con elegancia la disputa entre peronistas y futuros golpistas. Todo a comienzos de los ’50 prometía esa pax rivadaviana, ese lindo silencio ausente. Hasta que, el mismo año de la Libertadora, aparecieron y coparon una franja del parque los primeros chicos.

Se instalaron en el lateral que da a la avenida y que hoy es aprovechado por los manteros. Ahí, tirados en el piso, canjeaban y vendían historietas. Lo hacían los domingos a la mañana y es más, algunos eran los hijos de los filatelistas: si los papás vendían estampillas al aire libre, ¿por qué ellos no iban a poder vender historietas? Venían de todas partes de la capital, con sus toquitos bajo el brazo. Pero no eran una novedad absoluta más que para el barrio, porque en otras zonas de la ciudad tenían una historia. Ya desde los tiempos de aquel canje de besos y caricias sobre bancos de madera que constituyó el origen de la insidia vecinal, existían los encuentros abiertos de coleccionistas de cultura popular. El primero se había fundado en una sociedad de fomento más al oeste, en el vecino y empavesado Flores: ahí, desde los primeros ’30, niños y adultos se reunían a canjear revistas. Las publicaciones estaban en alza, y a El Tony y a El Gráfico se les habían sumado varios títulos. Y como los desaforaditos se gastaban toda la plata en el kiosco y seguían queriendo más, sólo quedaba instituir el canje.

Y lo cierto es que con ellos el parque volvió a tener, hacia 1955, sus pobladores conflictivos. Porque la actividad revistera que encararon fue vista como non sancta, y la policía los desalojó. Hacía tiempo que no se registraban conflictos en el lugar, ni siquiera pequeños como ese. Igual los chicos resistieron, y gracias a que alguno era alumno en la escuela de enfrente –la “Primera Junta”–, las autoridades del colegio los dejaron vender en la vereda. Así, del paño en el piso pasaron a la mesita portátil. Y la vereda de la escuela pronto se hizo más populosa que el ombú de los filatelistas. Era obvio que los chicos querían crecer -se entiende: querían ampliarse- y no los conformaba eso de mirar a los viejos moviéndose a sus anchas en el espacioso verde de enfrente. De modo que para 1960, por prepotencia de trabajo, terminaron recuperando el lateral del parque. Los registros fotográficos de la época los muestran ofreciendo tres revistas por el precio de dos.

* * *

Pese a ser un sitio próspero y superpoblado, el barrio se destaca desde siempre por su rotunda falta de movidas. Sin un solo centro cultural más o menos arraigado, se diría que lo habitan personas para las cuales la cultura es una piedra en el zapato. Pero a la vez tiene esa peculiaridad: concentra más sitios de venta de libros y revistas que cualquier otro sector de la capital. La lógica de la equidistancia lo carcome y a la vez lo vigoriza. Conozco gente que sólo va a Caballito por el Parque Rivadavia. Los fines de semana se puebla de lectores y escritores venidos de Flores y de Boedo, de Villa Crespo y de Parque Chacabuco, de Almagro y de Pompeya, todos buscando un libro que apenas se consigue. Los caballitenses no escriben y no leen, salvo excepciones. Una de estas salvedades, alguien ya fallecido, fue el responsable de que el parque siga vendiendo libros hasta hoy: el poeta Nalé Roxlo.

En los ’60, cuando los chicos y sus historietas ya eran inamovibles, empezaron a aparecer señores con bolsas de libros. El costado del Cabildo, en el centro, había quedado chico para el caudal de gente que se aglutinaba detrás del usado. Y si a los vecinos esta nueva tentativa ferial tampoco les agradaba, uno de ellos, Conrado Nalé Roxlo, que tenía un ventanal en su casa que daba al parque, sí se entusiasmó. Y promovió un permiso para que los domingos los libreros pudieran trabajar. Lo consiguió bajo la presidencia de Frondizi, un desarrollista que vivía en el pasaje Balcarce, a metros del lugar. Sólo que a los años volvió el conflicto, y un edicto policial durante el gobierno de Illia prohibió la compraventa en el parque (salvo de sellos y monedas). Después, con la vuelta de Perón, al edicto se lo olvidó. La dictadura en los ’70 tuvo que lidiar con una estructura ya bastante asentada de mesitas con puestos de libros. El intendente Cacciatore lo que hizo fue censar a los feriantes para que no se sumara nadie más, y puso un hombre los domingos a supervisar el material ofrecido. En un primer momento Cacciatore quiso trasladar la feria a un terreno menos vistoso, debajo de la nueva autopista, pero no pudo: los puesteros se ampararon en la autorización que había gestionado Nalé Roxlo.

Finalmente volvió la democracia y se moldeó, hacia 1985, la base del parque que conocemos: toda una enorme feria con unos cincuenta vendedores y canjeros no sólo de libros sino de vinilos, cassettes, revistas de deportes, moda, actualidad y sobre todo de historietas (de editoriales como Novaro, Columba, La Prensa, Quinterno, Macc Division), asentados a lo largo de la franja del parque pegada a la Escuela Normal. Yo lo conocí por entonces: funcaba los sábados y los domingos. Para asegurarse siempre el mismo lugar, los puesteros dejaban sus mesas ahí, a la intemperie, de lunes a viernes, todas repletas de pilas de publicaciones cubiertas por lonas y plásticos, y vigiladas día y noche por algún sereno ad hoc. Decenas de miles de visitantes de fin de semana justificaban ese esfuerzo. El coleccionismo de historietas estaba en su mejor momento; el robo de historietas, en su pico. Los mismos puesteros se robaban entre sí, y la leyenda dice que del asalto a un galpón de revistas mexicanas que había en Haedo surgieron las primeras comiquerías fuera del parque. Poco después, con Menem, la feria dejó de ser marcadamente revistera y aumentaron los puestos de libros, discos y un nuevo peso pesado: los juegos de computación, vendidos en copias piratas. Se asentaron algunos puestos singulares: uno sólo con libros anarquistas, otro que ostentaba libros nazis. La década del ’90 fue sumamente conflictiva: no sólo hubo tentativas de eliminar la feria sino también contraataques de los que, para defender su lugar, organizaban recitales y otras movidas en pro de la permanencia. En 1996, los grupos de skinheads y punks se trenzaron en una pelea que acabó con un filonazi muerto. Ese mismo año el intendente De la Rúa inauguró, en el Rosedal de Palermo, la primera reja.

* * *

Los tres vamos seguido al parque los domingos, César Aira, Fabián Casas y yo. César y yo venimos de Flores; Fabián, de Boedo: alrededores. César va más temprano, supongo que a las once; yo llego una hora después y me lo cruzo cuando él ya está por volverse en subte. Nunca hablamos más de cinco minutos, y siempre hablamos de Brasil (sus escritores, nuestros viajes). Las bermudas de César son de jean claro, por lo común blancas como las bolsitas de los puesteros. Fabián en cambio va de negro y con una mochila donde guarda los libros y las historietas de colección que compra. A él me lo cruzo pasado el mediodía, y podemos estar diez minutos charlando. Hablamos de San Lorenzo (sus jugadores, sus hinchas sagrados como Leónidas) o nos acordamos de cuando vimos juntos, en Medellín, el Argentina-Alemania del mundial 2006. Él se acuerda de cómo eché de la habitación al uruguayo que anticipó que Ayala erraba el penal. Yo me acuerdo de la mujer que, cuando tuvo que presentarlo en una lectura, en vez de decir que es autor de “El Spleen de Boedo” dijo “el slip de Boedo”. Fabián es muy amigo de los juegos de palabras (César en cambio es como Borges: los detesta), y se ríe de esa vez que tuvo que tomar de su propia medicina. Yo le digo que “el slip de Boedo” es un gran apodo y que lo deja muy bien parado. Y le recuerdo lo cruel que fue con esa colombiana parecida a Shakira pero mucho más petisa, a la que bautizó “Shakira de Jack”.

En este mismo parque nos empezamos a cruzar, en 2002, primero con César y enseguida después con Fabián. Era el año de la crecida: los vendedores podían llegar a ser quinientos. No había trabajo, y una mañana tiré un paño en el piso y vendí, por lo que hoy serían 50 pesos, el primer libro de César, Moreira. Otra gente vendía los cubiertos de mesa, los martillos, las llaves. A los meses el intendente Ibarra estrenó la reja metálica: fea y de un gris que a los caballitenses podía encantarles. Se limitó el espacio de la feria de libros y se montaron kioskos: unos cuarenta en doble fila. A cada puestero se le dio una autorización gratuita de validez anual, y renovable siempre que no se compruebe que venden material pirata. “Juegos, programas, películas”, gritan sin parar, desde entonces y hasta hoy, la mitad de los puesteros. Son la mitad que sólo vende material pirata. La otra parte es de libreros y revisteros, la gente responsable de la sobrevida que alcanzan, después de la última nota en un blog o en un suplemento cultural, los libros.

La última vez que vi a Fabián, hace un mes, compró un libro de filosofía. La última vez que lo vi a César, hoy, compró un libro de arte. A veces me pregunto si ellos se cruzan los domingos que no voy, se saludan y se pierden cada uno por un ala distinta de los puestos. No sé si tienen un tema en común como Brasil o San Lorenzo, un tema que, aunque cada uno de nosotros lo trate ligado a la literatura, sea eso: algo concreto, real, siempre más interesante que hablar “de autores”. Deben tener alguna anécdota de viaje. Se me ocurre que en algún país centroamericano. Pero César una vez me contó que lo invitaron a un festival en París y que decidió no ir. Preferiste quedarte en este triángulo de escritores en bermudas, le dije, y se rió. Un día le voy a preguntar: con Fabián, ¿ustedes se cruzan?

* * *

Antes de despedirnos César tira el cigarrillo que estaba fumando. Me acuerdo de una vereda empedrada en Porto Alegre donde lo vi fumar más que yo –nunca se me olvidan los momentos donde alguien fuma más que yo. Creo que Fabián fuma de vez en cuando, y sólo de noche, y con un whisky. Una noche en Medellín salimos juntos con Fabián a comprar una botella de ron para bajar la droga que alguien, sin que le pidiéramos nada, nos regaló casi a la fuerza. Ninguno de los dos tenía la costumbre ni la aspiración a consumir esa droga, que para colmo era de un grado despampanante de pureza. “Tengan esto, no quiero que la compren en la calle y pongan en riesgo sus vidas”, nos dijo ese proveedor indeseado. Creo que pensó que nuestros poemas, más o menos callejeros, nos daban perfil de consumidores. Al final tuvimos que perdernos por un barrio heavy, de riesgo de vida, para comprar la simple botella de alcohol que nos devolviera el equilibrio.

Lo otro es que César, Fabián y yo entramos a la literatura por las historietas. Alguna vez, a los diez años, para bajar el efecto de esas revistitas que todavía hoy se consiguen en el parque cada uno tuvo que adentrarse en la noche con un libro. Fue el mejor y el peor remedio. Pasó el tiempo y hoy, desde que lo conozco, sé que a Fabián le gusta representarse a sí mismo, en sus conversaciones y en sus escritos, por la figura del veterano, el que está de vuelta (de esa Noche). En cambio César se muestra en la pura continuidad, y ya varios críticos lo compararon con un niño siempre en estado de asombro ante los detalles del mundo. Pero los gestos de uno y del otro se oponen sólo en la superficie. Y cuando llega la mañana del domingo ni siquiera eso, la superficie, los separa. Lanzados a sus puestos, bordeando el paredón que los separa del Normal, los dos hacen pie en el parque de los jovatos en bermudas. El sol del mediodía pega en las chapas verdes y crea un invernadero de usados. Seguro se ven, se saludan y pasan unos minutos al sol charlando de lo que tienen alrededor, igual de acostumbrados y de sorprendidos. Quizás comentan libros nuevos –de Katchadjián, Maggiori, Cuqui– todos a mano en este lugar porque en otros lugares no se venden, porque la mayoría de los lectores no quiere leerlos, porque sus escrituras están locas y las librerías no les tienen paciencia. Quizás se preguntan, César y Fabián, para sus adentros, lo mismo que yo, qué libros van a leerse dentro de cincuenta años, qué nombres y qué volumen van a tener entonces las cosas y los días. Al rato se despiden –yo también– y se sientan en rincones separados del pasto a leer despacio, porque alguna vez les entraron muy rápido y se los olvidaron, los pocos cuentos que escribió Stendhal.

Diciembre de 2014

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2 comentarios to “El Parque Rivadavia”

  1. julian Says:

    mucho en comun!:
    http://www.elnuevomunicipio.com.ar/la-desplaza/la-desplaza-biogeografia-del-parque-rivadavia/

  2. denapoli Says:

    Sos el Julián detrás de ese libro? Si es así te felicito, lo tengo acá en la librería y me encantó. Y me parece muy necesario que existan libros como el tuyo. Un abrazo

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