¿Cuál es tu radio?

by

slater

Con las décadas pasa como con los signos del zodiaco: unas tienen buena y otras mala prensa. La década del 90 es de las segundas, y se ganó su fama, ante todo, por la entrada de las privatizaciones de empresas públicas y por el auge del consumo de cosas con marca, adquiridas para mostrarse con ellas como primera utilidad. La pulsión marquera le dio otro tallado y enseguida otro relieve al mundo; bajo el halo de las etiquetas con más onda, la gente dejó de necesitar subirse a un escenario para sentirse estrella, y hasta las personas que ya se destacaban por su talento o su función –deportistas, presidentes– salieron a buscar el auxilio de esos significantes como “Ferrari” o “The Gap” para rockear la vida social con mayor elocuencia. Fue el tiempo en que los ricos se volvieron más tautológicos, más portadores de elementos que los delataran como ricos, y en que los pobres hicieron renacer a una antigua diosa latina, Niké, para rendirle por tributo la mitad de su sueldo a cambio de zapatillas. Nada era nuevo, salvo la sospecha de que un objeto a todas luces bien hecho y lanzado al mundo con la mejor materia disponible podía no ser bueno si no tenía determinada etiqueta a la vista, determinada inscripción.

El cambio había empezado antes, en los 80. Fue ahí cuando muchas más cosas empezaron a valer por su marca. Hasta la generación de nuestros viejos lo que se daba era que, dentro de la torta saussureana de los objetos de consumo, existían más porciones para las cosas que valían por su uso o por sus propiedades materiales. Nuestros hermanos mayores tenían más juguetes que eran buenos porque no se rompían. Recién en los años de Reagan, Tatcher y Fiorucci esto cambió y se empezó a convivir más con lo marcado que con lo conocido como bueno. Y lo marcado podía tener su relativa calidad, su relativa durabilidad, su relativo provecho, o también podía ser berreta.

Pero además había un detalle: buscando la marca uno se topaba muchas veces con la marca falsa. Del total de las cosas una mitad -la que valía por su etiqueta- se dividía a su vez en dos mitades: las etiquetas auténticas y las truchas. Las Nike y las Nike Feraldy. Las chombas Fred Perry y las chombas Fred Parry. Los cigarrillos mentolados More importados de Estados Unidos y los cigarrillos mentolados More fraguados en Misiones. Ese cuco de los 80 que era lo trucho (que compartía el mismo estatuto que “lo auténtico”, porque algo trucho era también, ante todo, una denominación ansiada) a veces operaba modificando levemente el nombre de la marca imitada, otras veces le agregaba texto ad hoc (“Feraldy”) y otras lo calcaba a la perfección. Después podía venir el escarnio: el pibe que se compró una chomba que todos creen que es auténtica hasta que otro pibe, con más plata, difunde que en realidad es trucha. La materialidad de la cosa algunas veces discernía, y otras no. Lo que estaba claro es que no eran cosas de valor atado a su calidad. Los pantalones o los zapatos de alta calidad en la tela, la goma y la confección (Ombú, Febo) no valían nada, en determinados ámbitos, comparados con otros lienzos y zapatos cotizadísimos por su nombre.

* * *

Las cosas tienen mil cosas (apariencia, temperatura, función…); lo único que las cosas no tienen -dice un poema- es paz. Según su calidad, las cosas pueden ser buenas (duraderas, bien hechas) o malas (berretas); desde el punto de vista de su prestigio, pueden ser distinguidas (de marca que cotiza) o cualunques (de marca que no importa, o sin marca). Las cosas distinguidas pueden ser de marca auténtica o de marca trucha, según si el que las hace impone un nombre propio o imita (se hace pasar por) uno que ya existe. Las cosas también, desde el punto de vista del Estado que las controla, pueden ser legales (con autorización para circular, pagando impuestos) o piratas (sin autorización ni tributo al fisco). Desde la perspectiva del lugar donde se hacen, pueden ser nacionales o importadas. Y hay tantos otros factores (complejas/sencillas, industriales/manuales, innovadoras/retro, etc.). Sólo con estos cinco criterios, ya las combinaciones son muchas: son todas las que el esquema bueno/berreta, distinguido/cualunque, auténtico/trucho, legal/pirata y nacional/importado permite. Puede darse una cosa buena, distinguida, auténtica, pirata e importada (en los 80 podían ser las zapatillas Tiger que entraban clandestinamente de Brasil) o una cosa similar a lo anterior sólo que, en vez de buena, mala (como las zapatillas M2000, que también llegaban de Brasil y cotizaban con cierto prestigio, pero duraban menos, se rompían fácil). Algo hecho en el país puede ser bueno, distinguido y a la vez pirata y trucho (me acuerdo de unas Victorninox que se fabricaban sin licencia comercial ni legal, y que eran buenísimas). A veces hay tendencias y a veces no. Lo importado puede ser tan cualunque como prestigioso; la mala calidad puede ser tan trucha (un restaurante que imita a McDonalds, berretas ambos) como descaradamente auténtica (Pizzería Ugi’s); ni siquiera la fallutez de lo trucho es siempre ilegal (las “Nike Feraldy” del alfonsinismo no lo eran; los “australes” de Alfonsín, tampoco).

Es muy simplificador, pero aun así diría que en nuestro país los ’80 fueron años de proyectos; los 2000, años de acontecimientos; y en el medio tuvimos los 90, que fueron años de cosas. De todo tipo. Pero con la característica de que hubo más cosas marcadas, como también una “purificación” dentro de esa zona de las cosas donde lo que más importa es la marca. Fue un cambio doble, en la economía privada y la pública. Por un lado las empresas, reforzando su producción y su publicidad, y siempre con la necesaria ayuda del gobierno, combatieron lo trucho, lo que imitaba a otro nombre. En paralelo el gobierno, reforzando sus aparatos de recaudación y publicidad, y siempre en sintonía con las grandes empresas, combatió al otro monstruo: lo pirata. Las Nike Feraldy, los vinilos o los cigarrillos de contrabando, los cassettes vírgenes grabados: íconos ochentosos de lo trucho y lo pirata, esos y otros productos cedieron terreno ante el orden opuesto: el de lo auténtico y lo legal. Parte del espíritu noventoso se define por eso: un culto a las marcas “originales” de circulación avalada por el Estado. Pero para que se complete el panorama falta decir que en esos años nuestro país producía bastante poco. La palabra decisiva era: importado. Fue, entonces, de la proliferación a lo conejo de lo importado distinguido, “original” y legal que cuajó el emblema de los 90: miles de aparatos, alimentos y bebidas traídos de Europa y Estados Unidos para llenar las góndolas de la sofisticación, además de otros miles de cosas más bien cualunques traídas de China y Brasil para ocupar la base cotidiana de los consumos menos glamorosos.

Lo local resistió como pudo. No fueron tiempos donde se hablara, como hoy, de lo nacional y popular. Si el casillero de lo nacional logró asociarse a alguno de esos otros conceptos, estuvo más cerca de lo trucho y lo pirata que de lo legal y lo auténtico. Pero las cosas no fueron del todo desalentadoras. Y hay que decir que los 90 fueron, también, años en que lo  se redefinió el campo de lo trucho y lo pirata. Lo trucho y lo pirata se reconvirtieron al interior de lo auténtico y lo legal. Y conformaron algo así como la parcela querible del neoliberalismo. Muchas personas –sobre todo los jóvenes– se lanzaron a la defensa abierta y con alegría (ya sin la culpa del que antes compraba Nike Feraldy porque eran baratas) de esos pequeños sectores para los que, por supuesto, surgieron nuevas etiquetas. Pasamos a hablar entonces, a comienzos de esa década, de independiente y alternativo. Llenamos esas palabras con referencias a empresas y proyectos sobre todo culturales (discográficas, editoriales) que, además de ser pequeños y escapar a la lógica de la venta masiva de productos, nos parecían leales a un estilo de vida. Del otro lado, la gente que prefería tomar cerveza checa, comer papas fritas estadounidenses y comprar libros españoles podía corrernos por izquierda diciendo que lo nuestro, a fin de cuentas, era también una búsqueda de distinción. Tenían razón y no la tenían.

*        *        *

Me acuerdo de cómo empezaron los noventa: con la proyección en el cine Martín Fierro de Liniers, en 1990, de la película Suban el volumen. El protagonista empieza teniendo una radio pirata, y termina generando una radio alternativa. Al comienzo suena un tema de los Pixies con una letra que propone “internarme con mi auto en el océano” (drive my car into the ocean). Poner marcha hacia el océano era lo que habían hecho, unos veinte años atrás, las emisoras piratas originales de Dinamarca e Inglaterra, que se montaban en buques en mar abierto: la radio musical se salía del radio de la ley. Pero hacia el final de la película el locutor, perseguido, define otra estrategia. En vez de salirse del radio, decide moverse permanentemente dentro de él. Monta su estación en un jeep y transmite desde lugares porosos, móviles, inasibles. Está y no está en el sistema. Eso expresa la reconfiguración de lo trucho y lo pirata en tanto independiente y alternativo como una parcela propia en el interior (aunque a veces no se la pueda capturar) de lo auténtico y lo legal. Eso define a los noventa.

La música de Suban el volumen incluye unas doce canciones de distintas bandas o solistas. Al menos la mitad de esas propuestas se corresponden con el planteo del film en la medida en que son bandas que ya existían (todas formadas a comienzos de los 80, a la par de las radios de escuelas y universidades) pero que hasta entonces se ubicaban, salvo los Beastie Boys, lejos de las listas y los platinos, sus temas sonando sólo en el bosque de las college radios de Estados Unidos y Canadá. Seis de esas bandas eran: Sonic Youth, Beastie Boys, Pixies, Soundgarden, Concrete Blonde y Cowbow Junkies. Seis bandas que ahora pasaban a estar y no estar, a ser y no ser: visitantes escalando charts donde antes se floreaban Cindy Lauper o Bruce Springsteen; charts que los seguidores de esos grupos miraban con desprecio o indiferencia. Del resto de la música del film, un dato interesante: el pasado no es banda, es solista. Está representado por Peter Murphy (ex Bauhaus) y Leonard Cohen, que vienen curtidos desde los 70 o antes. Aunque el de Leonard Cohen es el tema central, simboliza el pasado como una épica de esfuerzos solitarios (es el tema que se identifica con el protagonista del film, que tiene un par de añitos más que sus oyentes, y que es bastante huraño). El grueso de los temas de Suban el volumen sugiere, en cambio, que el presente tiene que generar bandas, agrupaciones, proyectos comunes, gremios.

Y la película termina con el protagonista preso pero feliz: una decena de personas que hasta ahí eran oyentes de la radio pirata ahora se lanzan a crear sus propias estaciones independientes. Si con ellas no se difunde la verdad (uno de los lemas del locutor es la frase, retocada de William Burroughs, “La verdad es un virus”) al menos se viraliza el optimismo.

*        *        *

Pasó también acá, en Argentina: en los primeros meses del menemismo se dio algún modo de legalidad a muchas (unas cien) radios piratas de la década anterior. Fue otorgándoles el llamado PPP, Permiso Precario Provisorio (con ese doble adjetivo derrochando confianza en que la precariedad algún día sería revocada). Pero enseguida después el presidente firmó un tratado con Estados Unidos que permitió que el área de radiofonía, hasta entonces y durante décadas considerada un patrimonio inalienable, pudiera tener inversores y dueños norteamericanos. Si por un lado lo nacional se sacaba el lastre de su cercanía con lo trucho y lo pirata; si a lo nacional se lo legalizaba y autentificaba lo mismo que a lo independiente y lo alternativo, por otro lado acá se ve claramente cómo en realidad lo que se le estaba otorgando era una parcelita, siendo en cambio lo importado lo que marcaba el grueso de la agenda. El resultado del PPP fue que los porteños pudimos sintonizar unas treinta FMs (no muy distinto que diez años atrás). De ellas, no más de cinco estaciones captaron casi toda la audiencia. Eran las que tenían a sus locutores en los afiches publicitarios y en los programas de televisión. En sus audiciones sonaban temas de rock difícilmente alternativo y había sorteos de productos que caían a la radio a través de canjes con empresas.

Lo positivo fue la legalización de algunas radios comunitarias: a ellas se limitó el “virus de la verdad”. Pero entre las estaciones volcadas a pasar música la cosa cambió para nada bueno. La variedad de propuestas que uno podía escuchar diez años antes se redujo a dos únicas tendencias. Una fue un pop meloso, nostálgico de los 80, de canciones de amor interpretadas por dulces y serios artistas anglo cuasi-anónimos, como por ejemplo Nicolette Larson: nadie conoce su nombre, pero todos oyeron mil veces su tema, en realidad de Neil Young, “(Gotta Get a) Lotta Love”. La otra línea fue una repetición angostada de la Rock & Pop, que había nacido vital y ecléctica, pero que ahora era ella misma la que elegía el angostamiento –y otras la imitaban– de su repertorio musical. Lo que hizo a comienzos de los 90 la estación fundada por Daniel Grinbank fue tomar un discurso rockero de trinchera, de batalla, donde sus locutores como Mario Pergolini y el Ruso Berea abogaban por la defensa del “rock puro” en contra de los “putitos” del pop, la electrónica, el gótico y hasta el punk. Nadie sabe bien qué era ese rock puro, pero no incluía por ejemplo a Los Ramones; para los locutores de Rock & Pop el punk no tenía “sangre” como sí suponemos que tenían los californianos fotogénicos de Red Hot Chilli Peppers (superpromocionados por las discográficas) o como los viejos y también favoritos del mercado Rolling Stones, cuyos integrantes a esa altura ya empezaban a vivir de las transfusiones de sangre y de diferentes innovaciones en el área de la biotecnología.

Hoy se podría decir que el kirchnerismo cultural entendido desde la óptica porteña empezó con los Redondos, Flema y El Otro Yo. Vale decir, con un concepto de lo nacional que no se definía por el apego a un folclore o una tradición sino por su estado de tensión y conflicto con la escucha validada por las radios. De hecho esta, la radio, fue el primer “enemigo mediático”, antes que los diarios, para muchos que hoy tienen cuarenta. Su noción de lo “puro” totalmente determinada por lo rentable (y que en mi opinión fue también la que hizo posible al llamado rock barrial) implicó dejar fuera de difusión a un montón de bandas nacionales (y a otras tantas extranjeras) que no tenían una discográfica pesada detrás. Fenómenos como el rock de El Otro Yo y de los Pixies, el primer new wave latino de David Byrne o el soul electrónico de Massive Attack se divulgaron en nuestro país por medio de las revistas alternativas y el boca a boca, no por las radios. Como detalle curioso, el tipo que era el dueño de Rock & Pop, Daniel Grinbank, podía ser quizás el mayor promotor de música alternativa en el país a través de su sello DG Discos, el “4AD argentino”. Sin embargo dejaba, quizás por alguna forma de conveniencia, que sus empleados se burlaran al aire de esos grupos que él mismo editaba y traía a tocar (bandas como PIL o Cocteau Twins) y los tildaran de “blanditos” a los que “les falta rock”.

*        *        *

Tengo para mí que la gente que hoy ama la radio es porque se enamoró de ella antes de los 90. Y que los que fueron oyentes de la Rock & Pop bajo Pergolini hoy tienen vidas grises. Al costado de la ola marquetinera de esos años arraigó, de todos modos, lo independiente y lo alternativo, con su pasado trucho y pirata reformateado en condiciones de (cuasi)legalidad. Fue un fenómeno que se apoyó, ante todo, en algunas editoriales de libros, revistas y fanzines; también en pequeñas discográficas. Pero la radio era una zona perdida, y perdida con bastante antelación a la llegada de internet. Si alguien salió del cine en 1990 pensando que iban a florecer las estaciones independientes, se desilusionó al toque. En vez de eso lo que floreció fue el programa de radio ¿Cuál es? cuando ganó un hermanito televisivo, Hacelo por mí.

Sin embargo –el tiempo pasa– aquel rockero visceral que odiaba al tecno luego hizo punta, al cierre de la década, en apostar por el negocio de la tecnología cibernética. Creó en enero de 2000 Datafull, primer portal masivo del país para contenidos y entretenimientos en internet. Produjo también grandes películas (como La ciénaga) y muchos éxitos de la tele. Y hoy, desde 2012, tiene la radio y el teatro Vorterix. Desde ahí un Pergolini adulto y alejado del discurso del rock pura sangre da cabida, ahora, a múltiples nichos musicales algunos de ellos apenas rentables. El panorama incluye lo alternativo de antes y no parece, o yo no lo creo, lo alternativo de ahora. Ya trajo a Peter Murphy, y dos veces, a tocar en el teatro. Puede que un día traiga a aquel maestro que, en la película Suban el volumen, encarnaba la épica del esfuerzo solista. Escucharemos en vivo entonces a Leonard Cohen, un rescatable del pasado para los 90, para los dos mil y para hoy también (¡qué eternos son los sobrevivientes!), cantando la misma canción de aquella peli toda hecha de promesas, esa canción sin embargo oscura o ambiguamente visitada por la esperanza y de la que tomo una parte, para cerrar esta perorata, y la traduzco con relativa libertad:

Nadie se olvidó que la suerte es perra.
Nadie vio madera y no la tocó.
Nadie se olvidó que acabó la guerra
y que el pibe bueno jamás volvió.
Nadie se olvidó que el guión al fin
dejaba al rico con el botín.
Tal cual: pasó
y nadie se olvidó.

Nadie se olvidó que chocó la combi.
Nadie se olvidó que murió el chofer.
Todos tienen algo, un sentimiento
de que después siguen tu perro y tu mujer.
Nadie se olvidó de hacer billetes,
nadie se olvidó de un chocolate
y una linda flor.
Nadie se olvidó.

Nadie se olvidó cuánto me quisiste.
Nadie se olvidó que hoy también me amás.
Nadie se olvidó lo fiel que fuiste
desde esta tarde hasta dos días atrás.
Nadie se olvidó de tu discreción
ni de toda la gente sin pantalón
que se te cruzó.
Sí, nadie se olvidó.

Nadie se olvidó,
nadie se olvidó.
Tal cual: pasó
y nadie se olvidó.

Diciembre de 2014

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: