Los escritores-peligro

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arquero

Hay un relato de ficción que se da muy bien en la literatura brasileña, lo mismo que en algunos países de Europa, pero que apenas tiene peso en nuestra tradición local. Me refiero a un tipo de relato urbano, que cuaja sobre todo en la forma del cuento o la nouvelle, y en donde el protagonista es un escritor famoso que está harto del modo en que se gana la vida. Nosotros tenemos, por supuesto, el hastío en los personajes de Roberto Arlt, pero esto de lo que hablo es distinto. En vez del desasosiego arltiano y las cuitas de la “struggle for life”, estas son historias donde al protagonista le va bien en su trabajo y la angustia que siente, menos densa, no es por acceder sino por salirse del Negocio. En esos relatos, el héroe conoce y a veces domina la lógica financiera que mueve al mundo (y a los prestigios literarios dentro de este) pero ese saber que se ostenta tiene la contracara de que conduce a su poseedor a una vida gris, demasiado doméstica y sin la felicidad del riesgo. Y todo dentro de una delicada arquitectura narrativa que hace suponer, en los escritores de carne y hueso que urden esas tramas, una vida profesional tranquila, sin amenazas. No es algo de ahora: ese tipo de relato ya está en el siglo XIX en un genio como el carioca Machado de Assis, y continúa vivo y atractivo hasta hoy en los cuentos de Sergio Sant’Anna o de Joca Reiners Terron. Lo hace posible una historia, la historia de Brasil, que es más financiera que la nuestra, y que ya era así en la época del Imperio, mientras que la argentina era y sigue siendo una historia más política. Mal que nos pese a algunos, que preferimos a Mansilla, nuestro emblema del siglo XIX es el pendenciero Sarmiento; el de los brasileños, en cambio, es el sofisticado y calmo Machado, padre, tutor y encargado de buena parte de la biblioteca brasileña.

Y detrás de esos relatos magistrales o, según el caso, lindones, está la realidad nacional impidiéndoles a los narradores brasileños que se desmadren. Brasil es un país lleno de conflictos, no digo que no, pero la inserción laboral de sus escritores en tanto tales, sin tener que trabajar de otra cosa, es muy alta. El Estado es grande, el mercado también, y esas dos potencias parecen haber decidido hace tiempo que la literatura no integre la lista de sus descuidos ni sea objeto de sus ensañamientos. Brasil, por ejemplo, es el único país del mundo donde los poetas tienen auto –sobre todo en Río de Janeiro, donde hay un movimiento llamado “poetas marginales” que tiene una importante solvencia económica detrás. En Brasil, otro ejemplo, hay narradores favelados que no son buscavidas ni mendigos de la atención de la clase media, mientras que en Argentina, al revés, sobran los narradores de clase media que hacen un esfuerzo enorme por identificarse con la población de las villas miseria para, usufructuando esa identificación, lograr algún rédito. Y si bien los narradores de favelas de allá suelen tocar temas de la coyuntura, la gran mayoría de los escritores brasileños prefiere evitar o bajar el tono político, mostrando en cambio, como dije al principio, habilidad para tocar otras notas de lo cotidiano: la economía entre ellas. Los lectores hispanoamericanos ya pueden saberlo: cuando un autor brasileño decide no ocuparse de ciertas cosas, está, en última instancia, inserto en la línea dominante de su tradición. Lapsus de enojo hacen que a veces, como cualquier indignado, un narrador paulista critique al gobierno en las redes sociales: son críticas que pueden dar ternura. Lo mismo cuando un escritor argentino opina de economía o de finanzas: dice pavadas. Cancherea con un mercado cuya sintaxis desconoce. Fogwill sí lo hacía bien, porque sabía de empresas. Conti también sabía mucho de economía, o al menos escribía como quien sabe. Walsh conocía los gremios, y el que sabe de gremios puede saber de política y de economía a la vez –como Lula, que hubiera sido un gran escritor.

Toda esta reflexión surgió de una anécdota. La motivó, exactamente, un problema de traducción. Estábamos charlando con un colega brasileño sobre un texto que él tenía que traducir. En realidad era un texto que mi amigo estaba traduciendo por gusto, como también me pasa a mí algunas veces, cuando traduzco algo por puro gusto, no por trabajo. Vivo de traductor, me pagan por eso, y veces compito con gente que traduce gratis para editoriales, porque les da currículum, o prestigio. Es un lindo tema la traducción como trabajo, y un tema candente, para charlarlo también con el psicoanalista. La traducción por puro gusto, en cambio, no es un tema de terapia.

* * *

El problema de mi amigo brasileño era cómo traducir al portugués la expresión “arquero volante”. Los argentinos que juegan al fútbol saben qué es eso: es el arquero que puede moverse por toda la cancha como cualquier jugador. Es algo que pasa en el fútbol amateur: se juega con arquero volante cuando los que se juntaron a pelotear son pocos. En Argentina es muy común, sobre todo entre los chicos. Los dos equipos que se enfrentan pueden tener ese privilegio o bien, si además de ser pocos forman entre todos un número impar, entonces el equipo con un jugador menos tiene arquero volante.

Lo primero que se me ocurrió fue preguntarles a los mexicanos que conocía: “¿Cómo se dice ‘arquero volante’ en México?”. Y a los chilenos y a los uruguayos: “¿Ustedes cómo dicen ‘arquero volante’?”. La mía no era una curiosidad gratuita; quería sacar a mi amigo de su embrollo. Él me escribía diciendo que estaba trabado, que no encontraba la palabra. Hasta que en un momento me dijo: me falta el significante porque a mi país le falta el significado. El arquero volante en Brasil no existe, remató, eso es todo. Al otro día me mandó un mail resolviendo (traduzco): “Lo único que me queda es usar una expresión del futsal: goleiro-linha”. Pero el texto que estaba traduciendo mi amigo hablaba de chicos jugando al fútbol en la calle; no de padres de familia saliendo de la oficina a jugar futsal. Era otra cosa, aunque quizás era la única cercana. El problema entonces se dirimió sin resolverse –como tantas otras cosas– y a mí goleiro-linha me pareció bien, y desconecté. Era lógico que en Brasil no hubiera arqueros volantes en los partidos improvisados. Pensé que en un país de 180 millones de habitantes enseguida se consiguen diez personas, en cualquier cuadra de cualquier ciudad, para jugar un picadito, y entonces no hay necesidad de un arquero que sea tan lanzado como para llenar esos huecos que deja la escasez de jugadores.

En paralelo fueron llegando los resultados de la pesquisa en la Patria Grande. De Chile me dijeron que el arquero volante existe, sí, y que se llama arquero-jugador. Me pareció curioso que los chilenos, que tienen excelentes poetas, en vez de ponerse a buscar una etiqueta más linda hayan caído, para este terreno, en una triste denotación. También desde Uruguay se me informó que existe y acá, pese a que tengo una idea muy poco poética de la literatura uruguaya, me sorprendió para bien el nombre que le encontraron: golero-peligro.

* * *

Intuyo el oficio de casi todos los poetas y del grueso de los que escriben narrativa, teatro o ensayo no académico en Argentina: son escritores-peligro. Como los arqueros volantes, en principio lo suyo es hacer determinada cosa (atajar / escribir). Pero en los hechos, y dada cierta carencia (de jugadores suficientes / de remuneración suficiente), se pasan el tiempo haciendo otras cosas: gambetas y corridas a lo largo de la cancha; traducciones, correcciones, maquetaciones y un largo etcétera. El dilema de mi amigo me permitió no sólo pensar esta relación entre el campo literario argentino y el campito donde los chicos juegan al fútbol; me dejó ver, además, contrastes con el país vecino. Y yo creo que buena parte de las diferencias entre la literatura de Brasil y la de Argentina se explican por eso: la merma en un caso, la abundancia en el otro, de escritores-peligro.

Voy seguido a Sao Paulo y a Porto Alegre; voy por gusto y para fabricarme trabajo. De charlar con cientos de escritores en esas ciudades y en Río, Belo Horizonte y Curitiba, me quedó claro que muchos de ellos –los poetas, sobre todo– viven de ser docentes, traductores, editores, gestores culturales, correctores, reseñistas, libreros, publicitarios, lo mismo que acá. Pero también son muchos –y estos son casi todos narradores– los que viven de los derechos de autor por la venta de sus libros, de los ingresos por las notas que firman para diarios, revistas o blogs institucionales, y del caudal de una serie de faenas –enseguida las enumero– que consisten más que nada en hacer acto de presencia o dar un discurso, una charla, un taller o una clase informal siempre desde el lugar de escritores, aunque no sean tan reconocidos. La posibilidad de entrar a la cancha ocupando una sola función (la del que escribe y, todas las veces que sea necesario, va a festivales y habla con el público acerca de la escritura) existe en todo el mundo, en principio; pero para nuestros vecinos es mucho más real que para nosotros.

Algunos, los menos, pueden vivir sólo de derechos de autor, eso cuando el conjunto de sus libros vende una cierta cantidad –pongamos de base treinta mil ejemplares al año– y además se traducen y, cosa bastante usual en Brasil, se adaptan al cine o la tele. Y si bien muchos no logran esa performance, tampoco se quedan en el arranque. Cobran buenos anticipos, luego regalías, alguna adaptación al cine, una columna literaria en un medio, una traducción al alemán, francés, español, italiano. Sobre esa base se montan, además, los sólidos ingresos por representar ao vivo el rol de escritor: conferencias, charlas, talleres ambulantes, giras de promoción, delegaciones culturales. Hacer acto de presencia en Brasil puede ser como esa tarea que se proponía Carlos Argentino Daneri en el cuento de Borges: infinita. En la inmensidad del territorio hay más de cincuenta ciudades que tienen ferias y festivales literarios estables, y cientos de pueblos donde un escritor puede ser enviado, ya no por su editorial sino por el gobierno, a encabezar una actividad. Y además están las delegaciones al exterior, los grandes viajes. Y además (del Estado y la industria editorial) está la red de instituciones como el CESC y el Itaú Cultural, que tienen un peso enorme en la agenda de eventos culturales dentro del país, y que pagan muy bien. Todo esto hace que un escritor pueda estar trabajando una semana en Fortaleza, la próxima en Porto Alegre, luego en Manaos, en Cuiabá, en Londrina. Si le gusta la vida de hotel, puede ser fascinante. Deberá cuidarse de no agobiar a sus lectores escribiendo novelas cuyo protagonista es un escritor que vive de gira (y algunos se abusan). Agreguemos que a los ingresos por derechos de autor y por presentación en vivo se suman otras faenas en las que el escritor lo que hace es poner su nombre como respaldo. Esas otras actividades pueden dar algo más de trabajo, a veces, que armar talleres literarios o firmar autógrafos. Las típicas son prestar el nombre como jurado de concursos o como avalador de antologías de autores varios. Entidades como Petrobras y los mismos gobiernos (el nacional, los estaduales, los municipales) fomentan la escritura por medio de premios, becas y concursos y hay, en aquella poderosa industria editorial, una enorme cantidad de antologías “curadas” por escritores: de ciencia-ficción, de fantasmas, de vampiros, de fútbol, etc.

* * *

La sensación es que en Brasil se transpira menos. Como que allá no los mata la humedad. Acá hay que correr más y ser docente, traductor, empleado de un centro cultural, etc; allá son muchos los que salen a la cancha a ocupar siempre una misma posición –la elegida, la aprendida– durante todo el juego. Dar conferencias en veinticinco ferias del libro cada año es más holgado que dar clases en secundarias. Leer novelas inéditas como jurado es más descontraído (linda palabra del portugués) que leer novelas inéditas como corrector. Está el fantasma, de todos modos, de una rutina profesional sin riesgo, sin aventura, que hace que surjan esas historias de escritores hartos de sus compromisos, de las que hablé al principio. El trabajo siempre es aburrido; pero vivir de escritor y aburrirse de eso debe ser terrible. Virtudes y defectos, entonces, a ambos lados. No sé qué es mejor ni qué es peor, y por eso ensayo esta nota, porque no tengo una posición tomada.

A veces, mirando el lugar donde normalmente trabajo y vivo, me siento tentado a elogiar este peligro argento por encima de esa comodidad brasileira. Me pasa pocas veces, y enseguida recupero la sensatez. No tengo que olvidarme de que, en contrapeso con su encanto, el peligro tiene una característica: es recursivo. Por ejemplo, alguien que es un escritor-peligro decide abrir una librería con unos amigos para asegurarse un ingreso estable, pero en realidad lo que hace es volverse un librero-peligro sin garantías de llegar a fin de mes a menos que se busque otras changas complementarias. O se convierte en un editor-peligro, uno que había leído demasiadas notas sobre el auge de las pequeñas editoriales argentinas, y ese optimismo le hizo pensar que había un espacio, orgulloso y nítido, para todas esas nuevas ediciones, incluidas las suyas, en las mesas de exhibición de los libreros-peligro. Pero ahora, además de escribir y de editar, necesita otro laburo.

El texto que mi colega brasileño estaba traduciendo se llama “Arquero volante”. Lo pego al final de este ensayito, es un poema. Y es un poema demodé, con la típica historia del escritor apenado porque no le queda tiempo para escribir. Tiene que traducir, por ejemplo. Un poema más contemporáneo hablaría de un traductor al que ocho horas al día atendiendo en Yenny o en la ventanilla de Metrogás lo dejan sin fuerza para meterse con Stendhal. Un traductor-peligro, que en su momento quiso ser escritor, después quiso ser escritor y traductor, y ahora es escritor, traductor y empleado (provisional, fuera de nómina) de una cadena. Y cuenta chistes, anécdotas. Y le paga al terapeuta para que le explique por qué no es tan terrible que otro colega, un escritor, profesor universitario y traductor, le haya tocado el timbre a un editor para decirle “mire que yo lo traduzco por la mitad de la plata”. Gajes. Todos tenemos una anécdota que preferimos charlar con un profesional. Así están las cosas. Donde manda el trabajo, el trabajo cansa. Donde se impone la aventura, la aventura también.

Arquero volante

Corrijo, traduzco, tipeo, edito
textos distintos entre sí
y aprovecho estos minutos para sentarme
en la plaza, donde un pelotazo me pasa cerca.
Alcanzo a ver cinco pibes en el claro
entre las tipas y los plátanos
y sobre el pasto embarrado
los arcos hechos con pilas de carpetas
como las de mi PC: contenedores de tareas
cada una con sus pautas, sus materias,
su caravana de signos que dan trabajo a quienes los copian,
en este caso a los alumnos de la escuela República de El Salvador
o a un grupo selecto de ellos, estos cinco atorrantes
que hoy aprobaron matemática sin ir a clase,
se preguntaron: ¿cuánto es cinco dividido dos?
Tres contra dos.
Y cómo corren.
Sobre todo el equipo de dos. Cómo corremos.
Traduzco, tipeo, corrijo, edito
y si tuviera tiempo en los bolsillos
podría leer por placer. Una gran novela
o uno de esos ensayos enormes
acerca del fin de las grandes obras.
El arco quedó solo y, lógico,
el equipo de tres acaba de meter un gol.
Podría escribir en vez de hacer estos trabajos
que hacen los que escriben. La pelota
cruzó la calle y fue a parar a la Iglesia
Universal. Del año que viene no sé nada
–obra abierta durísima. Ahora
alguien
en el equipo de dos se hace cargo de su contribución
a la victoria ajena. ¡Pobre arquero!
Yo escribo
como él ataja: haciendo siempre otra cosa.
Somos arqueros volantes,
sólo que a mí me opaca, si no la edad, la acumulación
de años sin tiempo para esto: poner cara
de que todo está en orden, meter la pata sin pena
o temor a que el otro nos sorprenda con un gol,
repasar teatralmente la jugada
y decir ¡bueno, qué podía hacer!,
cultivar, a la larga, cierto estilo
donde, además del resultado, el propio esfuerzo
mucho no importa.

Invierno 2009 – reescrito en junio 2014

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