El Gran Despecho

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1942 --- Original caption: New York, NY: Oona O'Neill (Mrs. Charles Chaplin) when she was 16 years old and a student in New York, waiting for a bus at Madison Avenue. Photograph. --- Image by © Bettmann/CORBIS

1942 — Oona O’Neill

Llegaron a mis manos unas cuantas biografías de escritores: Camus, Yourcenar, Borges (escrita por Katchadjian) (no, mentira) y una de Salinger que me puse a leer. Como corresponde a un género tan taimado, la biografía de Salinger, escrita por un tal Shields, hace eje en un episodio de despecho amoroso en la juventud del escritor. Igual que esos que dicen que Borges fue lo que fue porque una chica noruega de piernas larguísimas, Norah Lange, lo despreció en una cena y prefirió en cambio a Girondo -y lo prefirió para toda la vida-, así también se construye en esta biografía la figura de Salinger, aunque con el ingrediente espeso de la Segunda Guerra en el medio. ¿La chica? Oona O’Neill: preciosa, ver foto. Diecisiete años, hija de Eugene, Premio Nobel. Su padre la ignora desde que era una bebé, encerrado como le gustaba estar, todo el tiempo, escribiendo piezas teatrales. Le pasa una mensualidad potente, que Oona gasta en ropa y salidas nocturnas. Ella combate su orfandad como puede, con frivolidad. En ese contexto de la noche medioalta neoyorquina, se conocen Oona y Salinger. Empiezan a salir, van a los bares de moda, y enseguida J.D. va a la guerra. En Francia él cumple sus tareas de contraespionaje y recabado de información entre prisioneros, para lo cual la táctica consiste en llevar al prisionero (soldados teutones, colaboracionistas franceses) al medio de un campo, darle una pala y obligarlo a cavar un rectángulo de tierra, exigiéndole, si es que el tipo no se quiebra y confiesa antes, que se arroje él mismo dentro del pozo -aunque por lo general, cuenta el biógrafo, no hacía falta llegar a tanto-. Eso de día, todos los días. De noche, todas las noches, Salinger le escribe cartas de catorce páginas a Oona. Ella lo espera y, los primeros meses, le responde. Le cuenta que se mudó a Hollywood, donde quiere ser actriz. Y un día le deja de responder, para martirio del soldado J.D. que endemientras martiriza a sus propios prisioneros. ¿Qué pasó en el medio? Pasaron dos cosas.

Pasó, primero, que Oona conoce a Orson Welles: tienen un affaire. Y este hombre genial que debe haber sido Orson una noche le toma la mano a nuestra adolescente, le mira las líneas y dice: “Vas a conocer a un hombre mucho mayor que vos, un hombre que te va a hacer reír por el resto de tu larga vida”. Me vino a la mente, mientras leía ese pasaje, la frase criolla que Oliverio Girondo le disparó a Norah Lange en medio de una cena en la SADE. Norah, que había llegando al mitín acompañando a Borges, en un momento volcaba sin querer sobre el mantel su copa de vino, y Oliverio, que estaba justo sentado en frente, sancionó: “Va a correr sangre entre nosotros”. Pero la profecía de Orson es más perfecta que la de Girondo, porque no lo incluye. Pasó entonces la segunda cosa: a las semanas del affaire con Welles, Oona conoce a Charles Chaplin. Ella tiene 18, él 52. Para entonces Salinger ya entró con su regimiento a ocupar París, ciudad en la que se entera, por los diarios, del casamiento. Son fotos en primera plana en todos los diarios de Europa. Festejan la suerte del primer actor global, Carlitos, algunos medios incluso malician que no se merecía tanto. La chica es muy joven, se dice; este señor, por más divertido que sea, va a arruinarle la vida. Un colega le murmura a J.D: Chaplin es un viejo sátiro que consume glándulas de mono (el Viagra de la época). Nuestro escritor ni mu: los demás hablan; él, callado. Ya madura hacia el budismo el despecho. Quizás intuye lo que finalmente tendrán que reconocer todos: es un amor invencible, porque es de necesidad mutua. Dirán que ella quería un padre que no tuvo, la cosa es que Oona y Chaplin pasan juntos el resto de sus vidas. Tienen ocho hijos. Ella muere poco después de él, y antes de morir declara: “Chaplin me dio alegría, y yo le di juventud”.

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