La abeja y el mamut

by

barba

Qué lindo y atrevido y donjuanesco que es ser un editor independiente. ¿Quién no querría una etiqueta así, que al final lleve la palabra “independiente” y adelante, para que no se espante, el oficio: editor, escritor, cirujano, tachero? Encima, para ser independiente sólo hay que depender de una cosa: de nadie. Hay que ser, y voy a usar esta magnífica construcción adjetival del castellano, un pagado de sí mismo. Una delicia que, vista más de cerca, parecería ser común a casi todos los editores. Porque también los de empresas grandes, así como se arreglan con poquísimos empleados, muchas veces no tienen que esperar el sueldo ni los ajustes de cuentas de nadie. O sea que la cosa, en suma, no implica tanto atrevimiento. Más bien lo contrario: se es independiente a la fuerza. Pero igual: qué lindo es hacer algo porque no queda otra. Lindo como un poema de Rubén Darío que se llama “Lo fatal”.

* * *

Autonomía en el manejo de los recursos, autogobierno, autoproducción: si estas palabras definieran a las editoriales de libros del siglo XXI como definieron a las aldeas rusas del siglo XIX, entonces el 90% serían independientes o, para usar la otra etiqueta, autogestionadas. Quedarían afuera sólo los sellos subordinados a un grupo económico, a una fundación, a una entidad estatal. Eloísa Cartonera y Ediciones de la Flor estarían en un mismo equipo (cada una con sus Walsh y sus Gaturros). Una cuarta característica, siempre según Bakunin, es que la autogestión incluye el autofinanciamiento como un ciclo, pero esa idea parece ser inaplicable en nuestro terreno: las editoriales no son comunidades y ninguna, hasta donde yo sé, se vende sus libros a sí misma.

Sin embargo, sólo la idea de un ciclo, o quizás mejor la de una red, le da un poco de contenido a la expresión “editoriales independientes” –que de otro modo habría que entender como un puro nominalismo del tipo “independientes son las editoriales que se llaman a sí mismas independientes”. La autonomía en el manejo de recursos no las caracteriza (porque no distingue a un sello ínfimo de otro gigante: los dos pueden operar con igual grado relativo de autonomía), lo mismo el autogobierno; ya la autoproducción, si se quiere, las define por contraste: las independientes tienden a ser las editoriales que están más lejos de poseer todos los instrumentos necesarios para hacer y vender libros (aunque esto también es relativo, y hay sellos muy chicos que cuentan con sus propias “máquinas” de impresión además, claro, de sus propios aparatos de promoción). En cambio la idea de un ciclo de transfinanciamiento, o de transustentación dentro de una red donde todos se apoyan entre sí, eso sí está a la vista. Lo vemos por ejemplo en el armado de ferias, festivales y puntos de venta más o menos ambulantes donde el sello que organiza el evento invita y necesita la presencia de los demás. Y es cierto que las editoriales medianas también se agrupan, pero para acontecimientos puntuales (grandes ferias, grandes viajes), y lo hacen cerrando filas y velando por sus bordes. Y las editoriales grandes también se agrupan, pero de otro modo: se fusionan en grupos comerciales, se compran unas a otras. Las editoriales autogestivas no son, como a veces se dice, independientes del mercado, pero sí independientes y hasta hostiles a esa normativa implícita del mercado que dictamina contornos precisos y estrategias claras para promover una marca (o una asociación de marcas) y repeler cualquier otra.

Esa idea de autogestión donde rige una marca blanda o imprecisa (por ejemplo la marca “punk”: “esta feria es punk”) y dentro de ella cabe un número no cerrado de otras marcas más chicas es, entonces, la base de la transustentación. Para las editoriales esto implica organizar su difusión en circuitos que a priori no pueden negarle el acceso a ningún sello más o menos emparentado. El trasvasije no es sólo para salir a la calle; también para entrar a imprenta, para armar catálogo, etc., y eso incluye todo tipo de consejos o recomendaciones. Cerrar la frontera lleva inevitablemente a la grandilocuencia, la vanidad y otras formas ñoñas de adjetivación: las editoriales más “osadas”, las de “vanguardia”, las de “renombre”. Transustentación: no como las aldeas rusas sino como los pueblos del incario, cada sello produce algo que, aunque está hecho en casa, depende para existir del entrecruce. La autogestión no es una forma de hacer; es una forma de querer. Eso aunque el objetivo de un editor a veces pueda ser mezquino, es decir, eso aunque exista, en el fondo, otra forma de querer. Si un editor independiente es en realidad el tipo más mercenario que hay, lo cierto es que, mientras necesita de la red, se somete a sus códigos. Y su traición particular no puede derribarla.

* * *

Para que la hermandad sea siempre heterogénea; para que los consejos y recomendaciones sean siempre eso y no una descuidada ortodoxia (donde todas las editoriales autogestivas editan lo mismo en la misma imprenta con el mismo papel, etc.); para que la librodiversidad –además de la bibliodiversidad– esté siempre garantizada y no haya lugar a equívocos corporativistas, una figura importantísima dentro de la red es la del ermitaño. Distinto del misántropo (que está afuera y ante la red se comporta como un ironista), el ermitaño es el que experimenta formas y vías de edición que puedan ampliar la ecúmene de los libros. Es como la raicilla más distanciada, y a veces la más disparatada, dentro del rizoma donde, cada una a su modo, todas las raicillas son también únicas. En cada momento hay un sello ocupando esa posición ermitaña: en los ’90 pudo haber sido Siesta –cuya editora Marina Mariasch encontró una vuelta en el formato mínimo (8 x 8 cms) pero ya no para la típica plaqueta engrampada sino para ediciones con lomo, costura y varias decenas de páginas–; en los 2000 fueron Eloísa Cartonera –con su solución al problema de lo caro que es imprimir tapas– y la editorial El Asunto de Pablo Strucchi –el de El Asunto es un caso muy singular y hasta paradójico de ermitañez: su singularidad consistió en fomentar y articular más que cualquier otro interesado la creación de una auténtica red. Hoy, 2015, la posición la ocupan, entre otros, dos editoriales con nombres de animales: Cobra Verde y Barba de abejas. Las dos producen ediciones extremadamente cuidadas, con una calidad papel y de encuadernación que los sellos grandes jamás podrían soñar.

Cobra Verde, hecha por una pareja de jóvenes que se tomaron muy en serio la ermitañez (casi no salen de su casa en el conurbano sur, y es muy difícil encontrar sus libros en la calle), tiene además un gesto que puede parecer reaccionario pero que nunca es gratuito: no publican “autores argentinos de hoy”. Algunos la creen pirata, sin embargo sus ediciones de Celine, Bukowski, Vonnegut y otros están amparadas por la ley (porque eligen cuidadosamente títulos que lleven más de diez años sin publicarse: misma estrategia de otra editorial de mercado, Cuenco de Plata, sólo que en el caso de Cobra implica tiradas muy chicas). Su lugar en la red, entonces, es como un recordatorio –no son los únicos en eso– de lo importante que es editar autores que no están entre nosotros; su limitación en todo caso es no animarse a editar buenos textos universales de autores más raros, menos conocidos. Que es lo que sí hace el otro sello, Barba de abejas, en buena medida. Porque Barba (que por otro lado también publica autores argentinos actuales) basa su catálogo en textos de escritores extranjeros (norteamericanos, europeos, orientales) del siglo XIX y comienzos del XX (textos que ya no tienen copyright), y a la par de Emerson o Hawthorne se anima con nombres desconocidos o al menos inesperados como Eslin o Zitkala-ša (relatos de indios de América del Norte).

La predilección de Barba de Abejas por el pasado de otras culturas no es vana; sería un poco estúpido que hiciera lo mismo con el pasado argentino porque para eso ya hay sellos como el de la Biblioteca Nacional (sello que, por otra parte, tiene la particularidad epocal de ser una editorial no independiente pero aun así más ‘amiga’ de las autogestivas que de las grandes, cosa que quizás habla bastante de una voluntad contracultural en algunos actores sociales del presente gobierno argentino). Pero lo que caracteriza sobre todo a Barba como raicilla rara de la red es su vocación artesanal furiosamente intransigente. Su editor, Eric Schierloh, desde algún sitio en La Plata “capitanea el espacio” de lo hecho íntegramente en casa (si esta frase evoca en el lector el nombre de una sureña marca de alfajores cuyo fabricante se niega a aumentar los niveles de producción, logré entonces la correspondencia que buscaba). Hace todo: traduce, maquetea, cose, pega, todo en un domicilio urbano donde, si cupiera el árbol a talar y la máquina para convertirlo en hojas, seguro que religiosamente y con respeto, sin cortar al pedo, Eric talaba.

* * *

Eric Schierloh además es escritor: narrador y poeta. Ya le dio el nombre de abeja a su faena editorial; a sus poemas hoy los está reuniendo bajo este título: El mamut. Está dentro de las posibilidades de la colmena que, como en los dibujos animados, miles de abejas salgan al viento y tracen juntas una coreografía bestial: el cuerpo de un animal temible, un peso pesado. Vale también como metáfora de lo que pueden representar, todas juntas, las cientos de raicillas que hoy forman el campo de la edición independiente –yo creo que eso es lo que efectivamente representan. Y si el laburo editorial de Schierloh encarna, como dije antes, ese rol importantísimo dentro de la red que es el rol del ermitaño, este otro laburo todavía más íntimo y duradero, todo esto que Eric forjó en años de escribir poemas a su entera voluntad (cosa nada común), visto ahora en conjunto muestra que tiene, además de precisión y belleza, la temática necesaria de la búsqueda, el esfuerzo. Y el dibujo de una personalidad que es una consistencia de hechos, no una elocuencia de pronombres. La de Eric, una poesía sobre el hacer, poesía de leña y arroyo, té frío e hijo, hormigas y meteoritos, capta el fulgor que está en las condiciones y no se explica sólo por ellas. Capta una trascendencia. Lo hace con la voz clara que otros también buscamos no digo adentro –eso es inevitable o inalcanzable, según quién– sino en las cosas y en el diálogo. Con esa voz potente puede incluso bajar el tono y articular esto:

Saco la taza que dice CAFÉ,
la taza que tiene té frío,
y bebo mientras acierto
lo que somos:
un maravilloso
montón
de promesas.

Agosto de 2015

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