Una visita gótica

by

smith

Aunque puedan parecer eternas, las bandas de rock nacen, crecen y mueren. Pero no todo el mundo es conciente de esto –de que hasta el rock tiene un ciclo de vida– y por eso se explica que los grupos de Europa y Estados Unidos nos gusten más a nosotros que a la gente de allá. Nosotros sabemos, desde que un músico graba su primer disco, que un día va a perder el pelo. Es un conocimiento que no comprime la emoción sino todo lo contrario: la potencia. ¿Y acaso en el Primer Mundo no lo saben? Cuando el acceso es rápido, las cosas dejan de enseñar. No es fácil asumir la fugacidad de los superhéroes cuando se los ve salvar al mundo a los diecisiete años. Nosotros, desde lugares periféricos, sabemos que las bandas van a envejecer porque sabemos que recién vamos a verlas cuando sean viejas. Después de dos, tres décadas tocando, llegarán con una ristra de temazos, muchos de ellos compuestos al salir de la adolescencia, cuando su público y sus amigos también tenían bandas. Satisfechos o no, el tiempo pasó y ahí los vemos llegar, curtidos. Adivinábamos que iba a ser así, y está todo bien, nos gusta. Porque a su vez –y esto es lo más interesante– entendemos que esas bandas nos visitan justo en el momento en que están entrando en algo. En cierto sentido, somos nosotros los que los agarramos frescos. Lo pienso en relación con las palabras de un famoso gurú de los negocios: “Un emprendedor con plata no es un emprendedor, es un administrador”. Nunca me voy a olvidar de esa frase que leí en la revista de una aerolínea, y que se deja traducir perfectamente del mundo de las finanzas al del arte. Así, un artista joven es un mero administrador, porque la juventud en sí misma es un capital inicial, y muy poderoso, aunque algunos no lo aprovechen. Mientras que un músico que envejece, en cambio, es un aventurero fresquito. Y no todos tienen la suerte de verlo en vivo cuando, ya curtido en casi todo lo demás, sale de gira para lanzarse a la intemperie, a medirse con un destino sin garantías.

Cuando vino New Order a la Argentina, el público argentino celebraba sus bodas de plata con New Order. Casi lo mismo pasó con Lou Reed o Iggy Pop. La reciente visita de The Cure, que se dice que era la banda más esperada en nuestro país, fue y no fue muy distinta. Es verdad que habían estado en la cancha de Ferro en el ’87, pero la mitad de sus seguidores de entonces no fue a verlos. Eran días raros, protodemocráticos, donde la policía, que ya no era mano de obra de la dictadura y todavía no regenteaba las mieles masivas del narcotráfico, se dedicaba a autofinanciarse con razzias y persecuciones a jóvenes. Entonces no era común que a un chico lo dejaran ir a un recital. A los que faltaron a ese concierto se les sumó la ansiedad de varios miles que vinieron después, cuando el grupo, en el cambio de década, sacó esos discos demoledores que son Disintegration (1989) y Wish (1992). La Cura estaba en su plenitud, y si otras bandas de la misma horneada bajaban por primera vez a Argentina a través del tobogán del peso-dólar, la visita de ellos, siempre anunciada, empezó a postergarse. No los vimos en el ’95, cuando pudimos ver cualquier cosa. No los vimos en 2005, cuando a los estadios de siempre se les sumaron el Único, el Malvinas Argentinas, los campos de polo. Queríamos estar ahí si venían, pero no vinieron.

Vinieron cuando la banda cumplía 37 años y ellos, los músicos, entre 53 y 55. El cambio es lo que más paga en el show cuando una banda está tan curtida. Pero ellos seguían tocando la misma armonía oscura, leales a lo que son. De los distintos caminos que se les abren a las bandas viejas, descartaron los tres más comunes: investigar, fusionar, parodiar(se). Eligieron el más difícil: sumar pequeñas joyas en la brecha de lo que siempre habían buscado. A partir de Wish se juraron por camino sacar un disco recién cada cuatro años, con la extrema delicadeza de no creerse intemporales ni ineludibles. La tiranía de la renovación no pudo voltearlos. El tiempo les develó la última cualidad del gótico: la terquedad.

*          *          *

Uno de los textos más lindos de Cortázar es ese donde habla de la influencia del gótico en el Río de la Plata. Ahí, en ese ensayito, Cortázar escribió que “salvo que le salga al cruce una educación implacable, todo niño es en principio gótico”. Pero él creía que una educación implacable es la que puede venir de un sistema escolar severo, tirando a régimen militar, capaz de enderezar a los chicos y aplanarles el gusto por la fantasía. El tiempo y el mundo sin embargo cambiaron y hoy todos los chicos, del más pobre al más acomodado, reciben una educación implacable: por parte de las empresas, las marcas, los medios y la publicidad. Es una formación constante acerca de las ventajas de animarse a salir al mundo a consumir más y más, en vez de quedarse fantaseando en casa. Ante esa escuela el gótico, que en vez del consumo polimorfo elige la terca mismidad, es una respuesta maciza. En su obstinado andamiaje hay construcciones que no se cambian, y no es por amor a las ruinas. Muchas veces nunca existió un castillo de ensueño, de esos que las películas de vampiros proponen. La casa pudo nacer derruida pero es la que había, y el gótico no amilana.

Cuando crecer sin padre era todavía un estigma en la clase media, en barrios como Villa del Parque ocurría que, ahí donde una casa estaba habitada por una madre y sus dos hijos, el varoncito era metalero y la mujer, gótica. Hoy la institucionalización del divorcio cambió las cosas, los hijos de padres separados no sufren tanta presión y ya no van al Instituto Goethe a buscar influencias oscuras. Por el contrario el gótico se desplazó al conurbano y encarnó en chicos que tienen otra sociología de ausencias. Para ellos está la saga Crepúsculo como para algunos de mi generación estuvo la película El ansia. Y en realidad no hablo de chicos sino de los adolescentes. Cortázar hablaba de niños, pero uno tiene a creer que un niño nunca es gótico y siempre es todas las cosas. El otro día en el tren Sarmiento viajaba un pibe de unos dieciséis años con los ojos pintados y una remera de Bela Lugosi: seguro que ese chico, cinco años atrás, se imaginaba con cualquier vestuario menos ese. Desde una campera con tachas hasta una escafandra o un traje espacial, todo lo demás era posible, esto no. Recién cuando empezó a crecer, ese pibe asumió el ethos del traje. Y se hizo gótico por madurez adelantada, porque tempranamente dejó de ser un chico, y porque la envoltura gótica le era inimaginable desde la infancia.

Góticos y metaleros comparten el ideal o la moral de estilizarse con muy poco. Jamás se gastan medio sueldo en zapatillas. Góticos y metaleros, que son las tribus menos consumistas, sólo se funden entre sí en países como Finlandia, de mucho invierno, y que inventaron el metal gótico. En el resto del mundo los grupos corren paralelos, como si una semejanza elemental les impidiera tocarse. La mismidad metalera es más masculina; la mismidad gótica es más femenina. Ejecutada por un hombre, es el amor a una intensidad que nunca tendremos (varias letras de The Cure traslucen esto). Una intensidad que no se mide por su euforia, y que nos es imposible y a la vez nos constituye. Es una lealtad; si fuera un sentimiento, sería pop. Si fuera un sentimiento sería inducible y eventualmente mutable o desechable, como es el culto a lo femenino en el glam o el pop. No hay closet colorido ni gama de maquillajes. Es apenas un color, el negro, determinado por el universo de todas las chicas que fueron y serán vistas por el mundo vestidas de negro.

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Siempre las vi vestidas de negro, siempre las escuché decir que su banda preferida era La Cura. Desde chico. Las acompañé a cines que ya no existen, las esperé en profesorados no sé de qué. Fuimos a Mar del Plata en invierno, a lugares con nombres alemanes como Die Schule, a reuniones oscuras en la calle Castro Barros. A fiestas en galpones de Parque Patricios, donde siempre sonaba La Cura. Matizada con extremos de lo alto y lo popular. Con Dolina o con Godard. Con Artaud o con el chamanismo. La Cura de todas ellas. De las que preferían los rincones, de las que después querían dormir solas, de las que sólo se quedaban dormidas apretando fuerte una parte central de tu cuerpo. Una vez una me explicó por qué no tenía que asustarme, yo, pendejo, de verla tan callada antes de acostarnos, tan recluida en su mundo, como si estuviera gestando algo sin necesitarme, como si fuera una creadora egoísta apenas ayudada por la música que había elegido o el vino que ya estábamos tomando. “Un poco me disocio –me dijo– pero no es contradicción. Son dos momentos: me hundo en la ameba de La Cura y después salgo con pilas”.

Y así como siempre, sólo que ahora todas juntas, las vi en el recital. En un momento se abrió el acceso de la popular al campo y le pregunté a mi hijo: “¿Bajamos?”. Y decidimos bajar y ahí estaban, en el pasto. Unas acompañadas por hijos, otras con su pareja, muchas en grupos de amigas. Unas sentadas en el piso, otras cantando, alguna dándole charla a un empleado de seguridad. Todas seguían siendo hermosas y, por lo que pude adivinar, leales a sí mismas. Era el paraíso en vida: encontrarte de golpe con tanto de lo que amaste. Las vi y sentí que crecí con ellas y con la cura de ellas; con su perseverancia y sus fantasías, su oscuridad y su calor. De alguna me quedaba el remordimiento o la sensación de haberme portado mal, pero cuando nos pusimos a hablar se disipó la molestia. Le dije “a vos no te pasa el tiempo, estás igual, debe ser porque te cansaste de los novios”. Nos reímos y me contestó: “Los exilié a todos, por favor, era como tener criaturas”.

Palo Pandolfo dijo que se puede pasar del dark al tango así nomás, porque están conectados. Uno de varios motivos en común es que las letras de tango y las de La Cura tematizan la traición. Pero en el tango las traicioneras son las mujeres; acá, no tanto. En el tango, además, la traición se dice como episodio vivido, mientras que en las canciones de esta banda que no pudo evitar su lealtad después de veinticinco años la traición es un proyecto, una declaración de intenciones. No sé si se refleja en el tema que traduzco (“Desintegración”) para cerrar esta crónica. “Hice todo lo posible por traicionarte; no pude”. La chica que dijo eso era una mujer en el recital de su banda favorita, radiante como cuando la conocí y con su entereza indestructible a pesar de alguna que otra tentativa propia por revocarla.

Extraño el beso de la traición,
el descarado beso de la vanidad,
lo blando y negro, lo satinado
que se tensa al lado mío
y boca y ojos y corazón sangrando
en espesos riachuelos de codicia
mientras de a poco viene la necesidad
de no repetir mi numerito.

Extraño il bacio del tradimento,
el beso amargo antes de ingerir
el hedor del amor por una carne más joven
de sonidos que laten a medida que cortan,
extraño el pie en las rodillas dobladas
y la adicción a las duplicidades
mientras de a poco viene la necesidad
de no repetir mi numerito.

Pero como nunca dije que me quedaría hasta el final
te dejo con tus criaturas y tu fe en la costumbre
para que grites en la esperanza de la clandestinidad
y grites una y otra vez,
te dejo con las fotos y los recortes del engaño,
las manchas en la alfombra y en el decorado,
las canciones de la dicha murmuradas en sueños
cuando los dos ya sabíamos cómo terminaba todo.

Diciembre de 2013

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