En las tolderías de Uhart

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uhartDe Patagonia a México es el título de la última recopilación de crónicas de viaje escritas por Hebe Uhart. A este volumen lo anteceden, siempre editados por Adriana Hidalgo, otros cuatro títulos donde la autora reúne observaciones y charlas (Visto y oído se llama uno de ellos) registradas en viajes por el país y el exterior. Sus crónicas, al menos las de este último libro, no están fechadas: no hay referencia al año del viaje ni al de su narración. Esto, que quizás para los uhartistas no es un descuido sino un código -quizás ellos conocen un protocolo del tipo “las crónicas que publica Hebe son siempre sobre viajes muy recientes”-, podría ser, se me ocurre, para otros lectores, un desacierto de la edición. Porque uno quiere saber, por ejemplo, si tal viaje a El Bolsón es de 2008 o 2014, y se queda con las ganas. En todo lo demás la edición es un chiche. Y las crónicas en sí, una mejor que la otra.

Tres tipos de ciudades parecen surgir de la mirada de la cronista. Un tipo es el de la pequeña ciudad turística: una ciudad que siempre tiene su temporada anual, sus visitantes apelotonados, sus productos artesanales y -lo que es más interesante para la autora y para mí- sus prototipos humanos como el del baqueano con celular o la pareja hippie que se asentó hace veinte años y hoy se dedica a dar clases de gastronomía natural, agricultura natural, música natural y/o parto natural. Uhart, que no carece de malicia, manifiesta su intriga ante esos casos y se pregunta cómo serán esas parejas puertas adentro: si sus peleas también han de ser naturales. Un punto especialmente atractivo de la crónica de El Bolsón es cuando la autora entrevista a un líder de la comunidad mapuche en litigio con la firma Benetton y trata muy sutilmente de convencerlo de que vale la pena reclamar no sólo por las tierras sino por un papel de propiedad de las tierras, en un trámite que al parecer algunas comunidades desprecian. Como la tradición ancestral no reconoce ese tipo de burocracia, el cacique también la desestima, y ahí donde otro cronista, quizás más modernoso o progre, optaría por avalar cualquier planteo local, Uhart en cambio elige la incorrección.

Otro tipo de ciudad que se registra en estos viajes es el pueblo tradicional del interior. Ciudades no muy turísticas, sobre todo bonaerenses como Azul o General Villegas, que cuentan con una organización social y cultural bastante conservadora, de su visita Uhart extrae pequeños signos que le habrían encantado a Roland Barthes: carteles, por ejemplo, que hablan bastante de un modo algo caduco de estar en la cultura, como ese cartelito en un hotel que, pudiendo limitarse a decir “Prohibido fumar”, agrega un “No nos comprometa. Su conducta hace pasibles de severas multas a los dueños del local”. Algo así los porteños también conocemos de andar por ciertos barrios donde se lee mucho La Nación. Se trata, en fin, de pueblos donde reina cierta fruición normativa de larga data, un regodeo en lo gris, lo discursivo, y en un caso particular como es la crónica de Villegas, está el complemento del “caso Manuel Puig”, el escritor que todavía divide al pueblo.

Y después está un tercer tipo de ciudad. Es una que no depende ni de los turistas ni de los excelsos mandatos paternos, una que crece según sus propios ritmos y las influencias más eclécticas. El paradigma de esto en el libro es la capital de Corrientes, que para la autora tiene la costanera más linda del país. Y si por todas partes Uhart pone el oído en el vocabulario local (“hipuches”, “queque”), es en este tipo de ciudades el anotadorcito léxico desborda y delicia. Las plantas, le dice una correntina a Uhart, “acá crecen muy mucho”, y la crónica lo mismo: para Corrientes hacen falta más páginas. De modo que, cuando termina el texto, lo que sigue es una re-crónica: la reescritura de un viejo texto sobre Corrientes que Hebe Uhart dice haber publicado hace muchos años en una revista hoy desaparecida.

Agrego que al final hay dos crónicas no argentinas, una sobre Asunción y otra sobre México, que todavía no leí. Y en el medio hay dos cuasirrelatos (sobre todo el segundo es el más narrativo) que son maravillosos, uno sobre un boliche del barrio de Once habitado por “íncubos y súcubos” y otro que trata acerca de un viaje en el colectivo 92 y de la tenue frontera entre la buena educación y el hinchapelotismo.

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