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Bowie

enero 14, 2016

bowie

A comienzos de los ’80, en los barrios de Buenos Aires, la música y el estilo de David Bowie eran uno de los pocos ecosistemas, si no el único, en los que un adolescente podía apoyarse antes de tomar una decisión antipopular. Como por ejemplo la decisión de hacerse el lindo, la de vestirse limpio, o la de jugar a ser puto. Pero la gracia justamente de ese ecosistema era que le proveía a cualquier chico de clase media o mediobaja una posibilidad de lookearse elegante o coquetear con otros hombres sin perder el nexo con el paisaje ortodoxo del rock barrial. Esa era la diferencia entre que te gustara Bowie y te gustara Duran Duran o Culture Club. El halo de Bowie podía rozar, pero nunca incluir del todo, a esas otros solistas y bandas menos conocidos como Brian Ferry, Japan, Eurythmics o Spandau Ballet. Bandas que en Inglaterra habían creado una tendencia y una etiqueta: new romantics.

Todas esas bandas o solistas new romantics surgidas en los barrios de clase media londinense entre 1980 y 1982 se habían inspirado en Bowie. Particularmente en un acto de Bowie: su recital en Japón a fines de 1978. Ese concierto fue el emblema de una de las varias transformaciones del músico a lo largo de su carrera: marcó el pasaje del glam al glamour. Además de que sus canciones a partir de ahí empezaron a hablar más de baile y de amor, también su vestuario se repensó: mucho color, como siempre, pero ahora en sacos y camisas de corte “normal”. Lo otro llamativo de aquel concierto en Japón era el ambiente, la puesta de un escenario de claroscuros y sobriedad. A diferencia del glam, el glamour requería un choque entre figura y fondo. La estilización pasaba a ser un detalle (aunque no escondido sino evidente) del cuerpo y de la ropa del músico, inserto en un escenario depurado y ligeramente aséptico.

Como construcción estética, el Bowie “elegante” tenía un lado interesantísimo. Porque era una apuesta por desestimar y en última instancia destruir la ideología del “distinto”. Antes, el glam había sido frecuentar a Warhol; ahora el glamour, en cambio, era codearse con Tina Turner. Tina, además, estaba mucho más cerca que Warhol del ídolo de la infancia del Duque: Little Richard. De esas dos visiones de Estados Unidos, Bowie elegía una elegancia popular, una aristocracia callejera. Y su gesto no pasó desapercibido por los chicos de mi generación. Por eso los “conchetos” nunca asimilaron ni se identificaron con Bowie. Porque no podían encontrar en su propuesta argumentos para acusar al pueblo de “grasa”. Esos chicos de zona norte como nuestro actual ministro de Economía Prat-Gay necesitaron otras tendencias para formular su desprecio de clase. Lo que se entendía y creo que se sigue entendiendo por “concheto” es esa parte de la clase alta o medioalta que, por alguna razón, generalmente psicológica, necesita enfatizar que es de clase alta o medioalta. Es decir, la clase indiscreta. Opuesta a todas las clases elegantes.

Pienso en Bowie y más de una vez se me viene a la mente Potenzoni. Si a los doce años el Duque era el único chico de Bromley al que el padre le podía comprar una batería y un saxofón, Potenzoni era el único de Villa Real que tenía reloj con jueguitos. A Potenzoni le gustaba más Duran Duran (aunque a veces, cuando estaba con las chicas, podía preferir a George Michael), lo que no quitó que se le volara la cabeza, me consta, cuando con Cristian Godoy le hicimos escuchar el dúo Bowie-Jagger cantando “Dancin in the streets”.

Mi propio Bowie de todos modos llegó bastante después. Fue el Bowie electrónico que, influido por una nueva cultura callejera londinense como la de Massive Attack, fusionó al romántico con esa otra constante suya, la figura del viajero espacial, en un bloque de canciones que sonaban a distorsión dulce. Ese Bowie alrededor de los cincuenta años, recién casado con la modelo somalí Iman, marcó mis veinte. Es el período que va del disco Black Tie (1993) a Reality (2003), y que incluye temas como “You`ve been around”, “Spaceboy” y la perfección que es “I’m deranged”. Mi mejor amigo el Champion Docampo empezaba a trabajar de deejay; yo desgrababa clases en la facultad. Mi esposa era una finlandesa hermosa que había venido a Buenos Aires a estudiar guaraní. No teníamos plata y éramos felices.

Yugando

enero 12, 2016
italo

Italo Calvino es su ph.

Hay muchos paramundos, y todos están en este. Está por ejemplo el mundo de la parapsicología, con sus enigmas y sus sabrosos lucros, y está el de la paraliteratura, bastante menos rentable y misterioso. En la paraliteratura reinan las cosas -los trabajos- de los que vivimos los idiotas que sólo sabemos leer y escribir. Las traducciones literarias podrían ser la faceta más vistosa dentro de ese mundo; en la otra cara, la actividad más oculta podría ser la redacción de informes de lectura. A las personas que hacen esto último se las llama lectores editoriales.

El lector editorial resume, describe y evalúa los textos que llegan a una editorial buscando ser publicados. Recomienda o no su publicación. Es un trabajo con un 33% de seriedad: de cada tres libros que el lector evalúa, las editoriales le hacen caso en uno. Muchas veces, lo que más les importa a los editores es la primera parte del informe: la síntesis de la trama del libro. Después miran la evaluación, claro, pero con el criterio de ellos, no el del lector. Es un trabajo secreto, acorde con que es un oficio invisible. Una ley no escrita preserva el nombre del lector para que después el escritor no se lo tome personalmente si hubo un fallo en su contra. Esa ley tiene sentido sobre todo cuando el lector se llama Fulano. El despecho de un escritor puede ser terrible y, si conoce el nombre del Fulano que lo “reprobó”, quizás quiera ponerlo en ridículo y hasta dejarlo sin trabajo. Distinto es cuando el lector se llama Italo Calvino. En este caso el protocolo del anonimato no tiene razón de ser. Calvino hizo informes de lectura para editoriales italianas durante largos años. Le daba orgullo su trabajo porque consideraba que lo mejor que puede hacer un escritor es ganarse el cheque haciendo algo cercano, pero distinto, a la escritura. Además de la síntesis, la observación y la evaluación, del lector también puede esperarse que haga un señalamiento de inconsistencias en la trama o el argumento -por ejemplo, que una tía abuela que falleció en la página 30 no reaparezca en la página 72, salvo que sea un fantasma o un flashback. Cuando el escritor se entera de estas observaciones, la bronca crece. Los escritores tienden a tolerar mejor el rechazo pleno que la sugerencia parcial.

Ese es el paramundo de los lectores editoriales. Viven en él unos cuantos paracalvinos, y algún que otro subcalvino mejor posicionado. Por supuesto que viven de hacer varias cosas, igual de anónimas que los informes que redactan. Nadie llega a fin de mes sólo informando. Hacen un trabajo extraño. De ellos sí se puede decir, literalmente, que “el resto es literatura”. Mientras ellos leen y evalúan, ocultos en los cuartuchos de la paraliteratura, afuera las voces de los escritores copan los meeting points, los bares, las librerías, los corredores fantásticos de la literatura comentando: “rechazaron la novela de Tal”.

Hace poco se editó la última novela de Fabián Casas, Titanes del coco. Fabián es un escritor leído y felicitado en todos lados: en la prensa, en las universidades, en la prensa, en el boca o boca, en la prensa. Pero la persona a la que le tocó informar Titanes recomendó que no lo editaran, y el autor se enteró. Se enteró además que esa persona admiraba todos los libros anteriores de Fabián, pero este le parecía flojo. ¿Y cómo nos enteramos nosotros de todo esto? De boca del escritor, ofendido con “esa chica”. En una entrevista indulgente, favorable, en una entrevista donde todo es elogio y felicitaciones, de repente salta ese punctum en la memoria del escritor que le recuerda la existencia de una voz mínima, apenas perceptible, una voz sin poder (el libro al fin y al cabo se publicó) hablando en su contra. Ahí entonces la corona del escritor muestra la gorra debajo: el entrevistado se detiene en esa pequeña voz y la juzga. Busca ponerla en ridículo, la quiere delatar. Luego podrá venir, en el calor de la entrevista, el punto más emotivo: ahí donde el escritor elogia el trabajo de “los invisibles”, de toda la gente anónima que hace las grandes cosas, los buenos zapatos, los buenos libros, lejos del ruido y la notoriedad. Pero al invisible en cuestión ya se lo denunció.

Tengo que parar de hacer informes de lectura por dos años. Porque realmente me detengo en el análisis de boludeces; realmente, si lo pienso bien, no tiene importancia eso que dijo Fabián. Fue un comentario menor, al pasar, sin verdadera mala fe, quizás con un puntito de resentimiento, pero nada grave. De hecho, lo que más repercutió de esa entrevista fue otra frase de Casas: “Si me ofrecen un premio y ese premio no incluye plata, no me interesa recibirlo”. Le dijo eso al periodista, lo publicaron en http://www.polvo.com.ar y al otro día en las redes sociales todos lo estaban llamando de todo, empezando por pesetero.

Sin embargo, no puedo estar más de acuerdo. Y me gusta que Fabián Casas haya dicho eso casi tanto como me gustan sus poemas. Casas es un escritor que, como los que hacen informes de lectura, en un momento tomó una gran decisión: vivir de otra cosa, parecida pero distinta. Adoptó la premisa que Discépolo le adjudicaba a Perón: un escritor es alguien que además de trabajar, escribe. Otros que sólo saben leer y escribir tienen, por el contrario, la expectativa de vivir de lo que escriben, de ganar plata de lo que garabatean. Y ahí está toda la diferencia, y es una diferencia mecánica. Los que quieren vivir de lo que escriben, la cagaron. A los 40 empiezan a hacer todo mal. Para su idiotez, como para la mía, había decenas de oficios paralelos: editar libros de otros, traducirlos, corregirlos, publicarlos, venderlos en una librería. Ninguno una maravilla, convenido. Pero todos sirven para cubrir el alquiler, las vacaciones, a veces hasta entretienen, más de una vez incluso estimulan. Y hacen que uno esté más relajado, más seguro de sí mismo, cuando a la noche hay que abrir el archivo de word y pensar en un proyecto, no en un cheque. Porque en el cheque ya se pensó mientras se trabajaba.

Decir que un premio literario es inútil si no es en efectivo es un pronunciamiento que a mí me da confianza. Esa frase sólo puede salir de la boca de un tipo que analizó sus expectativas, dialogó con sus miserias y logró, y quizás todavía logra, sentarse a escribir lo que él quiere, sin un cronograma de pagos. Y sin hacerse el santo, ante todo. Porque a fin de cuentas, lo que hubo de por medio fue un esfuerzo enorme. Si alguien quiere conocer el resultado de ese esfuerzo y no tiene plata para comprarlo, lo puede pedir prestado (la edición analógica todavía lo permite). Ya si alguien quiere premiar ese esfuerzo, que tenga fondos. Que sea capaz de retribuirle algo al otro, al escritor, a cambio de ese pedacito de aura que va a robarle cuando se saquen juntos una foto.