El arcoiris de la gravedad

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arco

Hay novelas que son geniales y sin embargo no son una experiencia de lectura. Quizás porque en ellas hay un control desmesurado de la prosa o, quizás porque los protagonistas conocen demasiado bien su camino, las acciones que están por emprender, las decisiones que toman. Pasa por ejemplo en Seda de Baricco o en Plataforma de Houellebecq. Ahí donde el protagonista es dueño de casi todo lo que piensa o hace y sus movimientos “fríamente calculados” lo acaban llevando al éxito o la ruina prevista, la novela en cierto modo se autocondena, me parece, a tener lectores que la admiren, pero sin que la vivan. Quizás Borges no practicó el género por eso, porque se percató de que su naturaleza era muy manijera y que no podía permitirse un héroe medianamente desnorteado y con algo a llenar. Pero en muchas otras novelas, en cambio, mandan la incertidumbre, la vacilación, el ansia, también la paranoia, en los sujetos que están en medio de una búsqueda no saben bien de qué. Según Deleuze, eso es algo que se da casi como un sello distintivo en la novela norteamericana. Deleuze, como buen francés, usufructuaba el elogio de la literatura norteamericana para no reconocérselo a las literaturas rusa, alemana e inglesa, que también abundan en grandes protagonistas llenos de problemas y aventuras detrás del autoconocimiento. Pero démosle la derecha al filósofo de los devenires al menos esta vez, como hace veinte años cuando leímos Moby Dick, sólo que hoy todavía estremecidos por la experiencia de leer -después de haber encontrado la clave, finalmente, para atravesarlas- las mil páginas de El arcoiris de la gravedad de Thomas Pynchon.

El arcoiris de la gravedad (1973), novela de tránsito muy lento entre otras cosas porque no da tregua con la confusión entre lo que los personajes viven y lo que imaginan o pesadillean, novela donde las ratas hablan y los hombres se pueden caer en una letrina y palpar quilos de mierda, novela que también es discurso pre-Google (¡hoy es fácil, eh!) espiralado de data sobre la construcción de un cohete, el origen de un traje o los diferentes polímeros de un plástico, lleva a un punto maestro esa concepción de la deriva del héroe detrás de sí mismo. De todos los que visité, parece ser el libro de relación más inversamente proporcional entre el dominio de la prosa por parte del autor -cientos de personajes muy bien perfilados, treinta o cuarenta historias pseudoparalelas gravitando, y sobre todo esa imaginación de Pynchon y esa capacidad para lograr el insight en medio del derrape o la verborragia, esa forma de alcanzar la poesía sin ronronearla- y el dominio (nulo) que sobre sus actos puede ostentar el héroe al menos durante un buen y largo rato.

¿Cómo hace un genio para escribir una historia entrañada en un protagonista no digo mediocre pero sí de recursos parciales y que el resultado no sea una novela burlona, satírica o despectiva respecto de ese hombre que podría ser tantos otros hombres? En Melville la solución era esta: el Capitán Ahab en realidad está luchando contra un dios. En Pynchon, la clave es la Mierda del Mundo, para cuyo descifraje cualquier hombre es limitado. El teniente Tyrone Slothrop lucha por deshacerse del karma que le inyectaron desde chiquito las dos grandes fuerzas corporativas de la sociedad: la Política y la Ciencia. Y lucha en el contexto preferencial de confluencia de la política y la ciencia: en medio de la Guerra.

Slothrop está asignado en Londres. Sobre la ciudad caen las bombas alemanas. Cada una de esas bombas cae indefectiblemente, dos o tres días después, sobre alguna manzana de casas y departamentos donde Slothrop había estado cogiendo con alguna chica inglesa. Él se percata de esto y calla. La inteligencia aliada se da cuenta de esto y lleva a nuestro teniente a un laboratorio para analizarlo. Los tecnócratas descubren la razón, y con sus torpezas empiezan a colaborar para que el mismo Slothrop la acabe descubriendo. De crío, había sido “vendido” por su padre a un experimento. Un científico alemán que estaba de visita en Harvard había pedido un chico de cobayo para testear sus hipótesis en la línea pavloviana. Desde Harvard aceptaron pero soltando escasos recursos. Sin plata para realizar cirugías similares a las de Pavlov con los perros, el científico alemán, de apellido Jamf, opta por lo más barato: testear los avances de la reacción condicionada al nivel superficial y sencillo de la excitación sexual. Acostumbra al pequeño Slothrop a que el pito sólo se le pare ante determinado estímulo. Quizás es un estímulo sonoro: un ruido proveniente de la fricción de un plástico nuevo, hiper-resistente al calor, que por entonces se estaba poniendo a prueba en Alemania. Luego Jamf regresa a Europa y se olvida o no sabe cómo extinguir la reacción condicionada sobre el pequeño. Y un par de décadas después, con Tyrone en la guerra, ese mismo material forma parte de los cohetes que Hitler lanza sobre Londres. Cada vez que un V-2 está por ser lanzado, Slothrop siente la dirección y el destino del material que lo condicionó, y no puede controlar las ganas de coger en el lugar que está a punto de ser bombardeado.

Esta es la anécdota de base. Traté de resumirla. Después están las peripecias concretas o mentales de los distintos personajes. Sus búsquedas sublimes y/o escatológicas. Y en Tyrone, la pulsión por liberarse, la fantasía decimonónica del desierto oeste, el ideal del anarquismo o de las tierras donde “la mirada todavía era ingenua y Dios estaba más cerca”. Esta es la novela que incluye el célebre -entre nosotros- homenaje de Pynchon a l literatura argentina. Sucede cuando el teniente empieza a descular las razones de su extraño don: se fuga, sale del molde, empieza a pasar hambre y lo salva un anarquista argentino en Zurich. Alguna vez escribí acerca del tema de la carne enlatada argentina (el corned beef) en Pynchon y en James Joyce. Mi planteo en ese otro textito era que Joyce se alimentó a base de latas de falda rioplatense pero ignoró olímpicamente a la cultura sudamericana. Los lectores criollos de Pynchon, en cambio, pueden sentirse bien recompensados, y algunos habrán tenido un orgasmo cuando en medio de El arcoiris… leemos que el sur empieza en la avenida Rivadavia y hasta se cita -y es una falsa cita, son versos borgianos que escibió Pynchon, ¡y son más primerborgianos que los del joven Borges!- este precioso par:

El laberinto de tu incertidumbre
me trama con la disquietante luna.

Podría escribir tres días seguidos sobre esta novela, más aun si tuviera de auxilio la efedrina de Lanatta o la cocaína de Lanata. Mientras la leía quería traducir pasajes enteros, algunas de esas microhistorias alucinantes como la de la desaparición de los dodós en la isla Mauricio o la transformación de Katje en esclava-dominadora de un militar nazi melancólico. Como soy traductor y tengo por código no bardear a los de mi gremio, me callo cosas. Pero sí hay que decir que esta edición española que pasó de Grijalbo (primera edición, 1973) a Tusquets incluye errores que no parecen ser del traductor sino de una máquina ‘correctora’. Por ejemplo, hay un pasaje donde el original dice to zero y la versión hispana pone “acero” todo junto: demasiado metal.



 

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