Archive for 20 diciembre 2016

El libro de poesía (1)

diciembre 20, 2016

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La línea de Yambe

El libro de poesía nació a partir de la poesía subjetiva, la de los cantores de la propia experiencia. En lo que hoy es Grecia y Turquía, siete siglos antes de Cristo, irrumpieron esas composiciones breves en primera persona que, reunidas más tarde en conjuntos que les daban identidad, significaron el comienzo de lo que entendemos por libro, poemario u obra poética, incluso antes de la existencia de un mercado de venta de libros. Mi fragmento preferido de todos esos cantos dice así: “De mi lanza depende el pan que como… Apoyado en mi lanza, bebo”. El presumible autor de esos versos, Arquíloco, habría vivido en la isla de Paros entre los años 700 y 650, en tiempos en que los dialectos griegos iban fusionándose en un cuerpo y las ciudades griegas, también.

Hijo de una mujer esclava y un padre acomodado, Arquíloco ha sido visto desde la Antigüedad como el poeta que, en vez de orientarse hacia los grandes hechos, prefirió ser ‘testigo de sí mismo’ (Critias) y volcarse a temas mundanos con un lenguaje ‘lascivo’ y un contenido ‘maledicente’ de sí y de los demás. Para Horacio, representó el surgimiento del poeta rabioso (“la rabia armó del yambo que le es propio Arquíloco”) y para muchos que vinieron después, como Nietzsche, fue el “primer artista subjetivo”. Los poemas breves que se conservaron, los textos y retazos que se le atribuyen como autor, indican que Arquíloco no frecuentó la épica de glorias pasadas -como sí hicieron sus contemporáneos Calino y Pisandro-, no exaltó a gobernantes que lo ampararan ni propuso métodos de gobierno -como Tirteo o Solón-, no cultivó esquemas morales o filosóficos -como Jenófanes o más adelante Parménides- y, en cuanto a la poesía religiosa, la practicó de un modo algo tangencial, bajo la forma dionisíaca y casi “terrenal” del ditirambo. Todo esto significa que el poeta en cuestión no encontró que lo más importante fuera consagrarse a personajes por encima del orden mundano -héroes, reyes, dioses- ni a ideas más o menos exhaustivas –cosmogonías, filosofías, leyes-. Lo político en Arquíloco escapó a la pedagogía y la alabanza; su lugar lo ocupó el conocimiento directo de los escenarios de guerra, el cuidado del pellejo, la paga del soldado. Lo religioso escapó a lo que llamaríamos himno, optando a cambio por poemas que muestran de un modo gracioso lo que los dioses hacen con los hombres: “Al que caminaba erguido, lo ponen panza arriba”. Y, por encima de todo, el grueso de esas composiciones que nos llegaron desnudan una preferencia por las cuestiones más cotidianas, atravesadas por la posición personal respecto de ellas, y atravesadas también por el humor, ya que no podía carecer de humor, o al menos de juego, cualquier canto que no fuera religioso, épico, pedagógico o elegíaco. Arquíloco tomó para eso la línea de Yambe, la esclava de la diosa Démeter, que según el mito solía inventar y recitar poemas mundanos, eróticos o burlones, para distraer las cuitas y alegrar las horas de su ama mientras esta lidiaba con la desaparición de su hija Perséfone. Yambe era esclava, y era diosa también. Arquíloco, hijo de madre esclava, bautizó a su propia poesía yámbica. Priorizó entonces los dos tonos de Yambe, el de lo erótico y amoroso, el de lo burlesco o satírico, y extendió el campo de los temas profanos a esa suerte de real politik desde el llano: la vida (del poeta) en la polis, los modos de ganarse el pan, la guerra como un quehacer. Eran temas “bajos”, aunque no desprovistos de pathos, de emoción. Lo otro que Arquíloco estableció fue una combinación fija de sílabas -el yambo– como medida para el nuevo verso. (more…)

Zona roja

diciembre 13, 2016

Las mujeres de esta calle,
como los viejos cuando están indignados,
antes de ponerse a hablar
chistan.
Con el ruido llega el vislumbre,
la lencería oscura en la noche,
una melena contra el paredón
de la escuela sin luz.
Los mitos griegos la convertirían en Medusa,
los avisos clasificados la convirtieron en Melissa,
como en los barrios la función siempre es doble
Melissa muestra todo y a la vez
guarda atenciones encorsetadas.
Calle de espera, de dosis,
de esclerosis.
Puesta en valor, carteles amarillos,
ciudad de todos.
Sentado en un umbral, abriendo un sobre
un chicato lee una línea con el papel
pegado a la nariz.

Y a la par del polvo que se aspira,
el polvo que se derrama.
Antes de que amanezca
y el poeta narcotizado tire en un ataque de culpa
los restos de su bodeleriana aureola,
llegan los últimos clientes:
son dos. Son los gemelos del bajón.
Uno por cada lado
se cruzan en la esquina, carne y uña,
el rolinga de campera
bamboleada al aire como un trapo
y el policía que se rasca
la línea chata que al pelo
le imprime el disco de la gorra.
Dos gladiadores, unidos por el aguante:
esperaron toda la noche hasta que Melissa
quedara floja y sola.
Dos espartanos, unidos por el objetivo
de poseer sin pagar.
Los dos vieron la aureola
tirada en la alcantarilla
y ahora pelean haciéndose los santos
para que sólo uno
la recoja.

Ay, Bacacay,
calle de espera, de dosis,
de esclerosis.
Pronto el destello del día
va a dar contra los postes
encendiendo las lamparitas quemadas.
El paredón de la escuela
empieza a verse más blanco;
el afiche amarillo, más viejo;
el tajo al medio, en el cartel desvencijado,
le da a la obra que prometió el gobierno
un aire con los cuadros de Lucio Fontana
(pero mejor que prometer es pintar).

Se escucha el tren del oeste.
La barrera que vivía alzada
de repente baja.
Todavía está oscuro cuando aparece
chocándose con un fantasmita en el andén,
anticipándose
a la primera horneada de obreros en caravana,
una mujer con su parrilla portátil,
su corazón intransigente,
una bolsa de harina
y otra de carbón.

fontana