El libro de poesía (2)

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safo

Safo y el epitalamio resentido

Torciendo raíces esclavas hasta convertirse en su propia autoridad, la poesía de la experiencia, la poesía yámbica o “satírica” en sentido amplio, surgió entonces en las islas del Mar Egeo algo menos de 2700 años atrás. Que para cultivar ese caleidoscopio abierto de los amores y los odios personales se requería una enorme destreza lo demuestra el hecho de que, pasados cien o doscientos años, los poetas y filósofos griegos hablarán de Arquíloco como un inventor, incluso para censurarlo o tomar distancia de sus temas. Largos siglos después, poetas centrales de la lengua castellana como Martí o Vallejo -y hasta el “exteriorista” Darío, sobre todo en sus Cantos de vida y esperanza- seguirán tomando la línea de Yambe, lo que demuestra qué manejo del lenguaje puede requerir un tipo de poesía como este, pese a que muchos asocien la escritura de lo vital con la espontaneidad y la carencia de recursos. De todos modos, si por algo importa acá esa concepción de la escritura poética donde las observaciones son vividas y sólo a partir de ahí son o pueden ser políticas, filosóficas, morales y un largo etcétera, es porque imbricadísimo con ese modo de encarar la creación verbal surgió el libro de poesía, como ya se comentó, y surgió también el segundo momento en la historia del libro de poesía, algunas décadas después, en un salto de la isla de Paros a la de Lesbos.

En Safo reaparece la mirada personal y perturbada, que habla no de un acontecimiento externo y más o menos notorio -como podrían ser los juegos y sus vencedores, que por entonces ya daban lugar a una suerte de infraépica de moda entre los poetas por encargo- sino de algo vivido y conflictivo. Algunos dicen que la poesía de Safo es intimista y decorosa, cosa que, en principio, la alejaría del tono yámbico, y si bien es cierto que su lenguaje no parece haber sido el mismo de Arquíloco y más tarde de Catulo, tampoco es que estamos ante una cultora del pudor. Al mismo tiempo que Safo surgían en China los primeros poetas de lo cotidiano, que habilitaban temas mundanos desatendiendo la larga tradición oriental de poesía litúrgica (de alabanza a dioses y reyes) o heroica (donde la consagración al rey se extendía a toda la nobleza). La primera recopilación de poesía china, el Shijing conocido hacia el año 500 antes de Cristo, reúne poemas de diversas épocas y autores, y ahí sí, como nota común a todos ellos, visto desde Occidente, puede decirse que en sus producciones están igualmente apagados el tono satírico y el erótico, indecorosos ambos, parientes por donde se los mire, desde la censura oriental o desde la fruición mediterránea. Pero esa dimensión del decoro no tiene nada que ver con la poesía amorosa que se practicaba en Lesbos, y si Safo la tiene en cuenta, es sólo para traicionarla con el correr de los versos. Destaca en este sentido un poema suyo que abre con la línea “Quiero decir algo, pero el pudor me lo impide”. En algunas interpretaciones, se ha propuesto que en ese primer verso Safo reproduce la queja de un poeta amigo, quizás Alceo. Sea como fuere, esa línea está ahí para marcar la tensión y no la claudicación al mandato del decoro. Porque lo que sigue es el derecho y las ganas de desencorsetarse, porque a mí…

Afrodita me ha llenado el corazón
de amor a un bello adolescente
y yo sucumbo a ese amor.

Safo fue, a diferencia de Arquíloco, una autoridad social en vida. Según Pilar Hualde Pascual (La literatura griega y su tradición), Safo habría cumplido un rol entre las familias aristocráticas de Lesbos “dirigiendo un círculo de muchachas (…) que albergaba fines educativos; se les enseñaba lo imprescindible para una joven casadera de la aristocracia: música (inseparable entonces de la poesía), danza, arreglo personal y del vestido, modales y urbanidad”. La poesía, en ese contexto, tenía un género o tema privilegiado: el epitalamio, la composición que celebra una boda. La boda era la matrix del círculo sáfico. Y el epitalamio era uno de esos géneros -como el epinicio de las celebraciones deportivas y otros que se mencionaron al comienzo de este ensayo- donde la poesía de tema mundano aparecía más codificada y “objetiva”, en sintonía con lo altamente ritualizado que es el casamiento en sí. Siempre es posible celebrar una boda ajena sin involucrarse, y hasta debe haber casos de celebración de bodas propias sin afecto, casi tanto hoy como ayer. Sin embargo, volviendo a Safo, los pocos poemas que nos llegaron compuestos por ella o por su círculo -poquísimos, fragmentarios- no parecen agotarse en la adscripción a los códigos de tal o cual canto ritual. En ellos la experiencia acaba colándose como amenaza al casillero equis del rito, y a veces se cuela por donde menos se la espera: en el poema que a primera vista se proyectaba limpio y tipificado. Sigo, para sostener esto, una observación que hace Hualde Pascual.

Igual a un dios se me aparece el hombre
aquel que está sentado frente a ti
y de cerca te escucha atento mientras hablas
con dulzura y sonríes 
(…)

Se trata del poema más conocido de toda la literatura griega. La escena que se nos presenta -hombre y mujer sentados a la mesa, entre otros que los festejan con la mirada- no puede ser otra en la antigua Grecia, dice Hualde Pascual, que una ceremonia nupcial. De modo que se trataría, en principio, de un epitalamio. Lo que corresponde en la codificación del género es que el poema continúe con el obligado elogio a los novios. Pero en lugar del elogio tenemos esto:

y de cerca te escucha atento mientras hablas
con dulzura y sonríes
cautivadora, lo que a mí, en verdad,
me ha revuelto en el pecho el corazón. (…)

Con la entrada de los celos, el texto gira hacia lo personal. La omisión de una parte del código no es suficiente; hace falta una invasión dentro del código. El poema sigue: “Un instante te miro” -miro a quien detesto, en sus bodas con quien deseo- “y ya no puedo decir nada” aunque sólo seguiré diciendo: mis oídos zumban, mis ojos no ven, un fuego delicado me corre por la piel. El resultado es singular y no cabe en ningún casillero ritual. El epitalamio resentido nos muestra a Safo como lo que es: poeta de las cosas que le pasan.

* * *

Del intransitivo a la obra

Decíamos antes que, a diferencia de los días de Arquíloco, la transmisión de un texto por escrito deja de ser algo extraordinario, aunque tampoco es que se vuelve popular, en la Grecia del siglo VI antes de Cristo. No existe ningún papiro o pergamino que haya llegado desde entonces a nuestros días -los soportes más antiguos de este tipo que han sido recuperados por arqueólogos corresponden al siglo IV a. C.-. Pero son las obras compuestas en aquellos años o comentadas ya en tiempos de Platón y Aristóteles, según unas y otras nos llegaron por copias realizadas poco antes o después del comienzo de la era cristiana, las que nos hablan de esa existencia y circulación de textos grabados en soporte específico de escritura (papiro, pergamino) en los días de Safo, Alceo, Teognis, Jenófanes, Esopo y los primeros filósofos presocráticos. Por esas fuentes sabemos que el poema -la composición unitaria o la compilación temática, no por autor, de variados poemas de índole religiosa, épica o didáctica- se atesora en templos y hogares privilegiados. Sabemos también de un tirano ateniense, Pisístrato, que crea una biblioteca pública y ‘sale a la caza’ de las versiones fidedignas de Homero, Hesíodo y otros. Surge el uso de instrumentos que fijan el nombre del autor de una composición -los sellos de Píndaro o de Teognis, el segundo afirmando: “tengan un sello estos versos que compongo, jamás así pasará inadvertido si me son robados”- y de recursos léxicos y sintácticos para que el poema se entienda en toda Grecia, o sea del uso de un lengua literaria cuando todavía hay fuertes variaciones entre dialectos. En tiempos de simposios, recitadores y transmisión oral, la escritura del poema se hace su lugar palpable en un mercado literario anterior al comercio de libros, y ya existe el poeta profesional, que escribe odas o epinicios triunfales, las manda al homenajeado -que siempre es el dueño de los caballos, no el corredor- y recibe un beneficio por ello. Simónides y Píndaro son dos ejemplos.

Volviendo a Safo, no sabemos cómo circuló su poesía fuera del momento performático. Tres siglos más tarde alguien dirá, desde la Biblioteca de Alejandría, que Safo escribió nueve libros, pero no hay ningún dato acerca de qué y cuánto publicó en vida, ni mucho menos acerca de cómo pensó o diseñó el conjunto. Los filólogos que estudiaron las referencias de los poetas arcaicos al propio quehacer poético -Celia Rueda González, Giuliana Lanata- encuentran que estas consisten, ante todo, en metáforas o símiles para el acto de componer o para el poema como unidad aislada, sin que nos haya llegado, aparentemente, ninguna reflexión sobre el conjunto: la obra poética, el libro de poesía. Sin embargo hay descubrimientos valiosos. Jesper Svenbro pudo comprobar que Safo piensa la escritura en sentido intransitivo, esto es, que Safo escribe –y no que “escribe a” o “celebra a”-. De una enemiga puede decir que esta pronto morirá y será olvidada, mientras que el nombre de la poeta, gracias a que escribe, seguirá sonando más allá de su tiempo. Y si decimos que Safo escribe, podemos decir: hace obra. Otros como los cotizados Píndaro y Simónides escriben a, celebran hechos y acontecimientos, y en consecuencia “colocan” sus escritos individuales. En Píndaro, célebre por sus loas a los vencedores en juegos, aparece la noción del poema como deuda y como recompensa, junto con la idea -poco discutible, hay que reconocer- de que “los grandes hechos tienen mucha oscuridad si carecen de himnos”. Estas cuestiones son ajenas a Arquíloco y Safo, en principio porque no les cantan a los grandes hechos. Uno era un mercenario de la vida cotidiana (sobre todo en tiempos de guerra) que, además de trabajar, escribía; la otra era una figura a sueldo de la aristocracia que habría trabajado como educadora y, además, compuesto poemas. Ninguno de ellos trabajaba de poeta.

Por eso son los creadores del libro de poesía, aun cuando posiblemente no hayan publicado sus composiciones bajo la idea de un conjunto que las integra y les da un sentido global y definitivo. Son los primeros en hacer obra, y esa obra, esa poesía acumulada de la experiencia, es creadora del libro de poesía por omisión. Mejor dicho, lo es por oposición a otros géneros poéticos -la épica, el himno religioso, el epinicio, quizás también el poema filosófico- donde sí hay evidencias de que la composición aislada, el poema como unidad, funcionaba en el mercado literario. Con Arquíloco y Safo nace eso que nos gusta: la reunión intransitiva de lo vario en la que gravita, respecto de las cuestiones más diversas, lo personal y singular; el conjunto donde la suma de las minucias o “naderías” -como dirá después Catulo- se legitima a sí misma en un esfuerzo constante, con resultado en una obra; la afirmación no angurrienta del aquí y ahora, a través de la exposición no desesperada del yo; la forma libro de poesía, esa positividad del perturbado.

* * *

(Sigue)

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