El libro de poesía (4)

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calimacoEl poeta editor y sus pliegues

“De mí murmuran (…) que a canto alguno sostenido (…) haya dado yo cima”. El cuarto momento en la historia del libro de poesía tiene esa genial impronta entre arrabalera y ñoña. Ya estamos en la época alejandrina, la de los grandes conservadores -los filólogos, los bibliotecarios-. Este poeta del que otros murmuran es africano, nacido en Libia, y antes de que lo contrataran, en el siglo III antes de Cristo, para ordenar una cierta biblioteca, era un maestro de gramática de los suburbios. Compositor de formas breves claramente para ser leídas (en silencio o rumiando) más que cantadas, su nombre es Calímaco, y es el primero de nosotros. El que ya escribe con una importante fila de nombres detrás.

Calímaco se jacta de cultivar lo breve, lo no sostenido. “Odio el poema cíclico”, dice en un verso de apertura. Parece entender que la épica está muerta (mientras su mejor alumno y rival, Apolonio de Rodas, no hace más que golpearse imitando a Homero). Como una suerte de proto último lector pigliano, va y viene obsesivamente del pasado sacando conclusiones, tomando distancias, buscando zonas por explorar. Calímaco amplía las posibilidades de lo breve creando el poema cultural: ni erótico ni pedagógico, ni filosófico ni político, sino más bien erudito e intertextual. Con él, por ejemplo, el mito de la cabellera de Berenice es narrado desde el punto de vista del cabello. En paralelo está su veta “lírica”: son textos sobre el amor ajeno en vez del propio. Con estos últimos, sublima la experiencia que a sí mismo no se habría permitido cantar. Pero Calímaco es en parte un objetivista en un momento en que la tradición se vuelve algo rico y complejo y la sofisticación es tal que ya nadie puede confundir los recursos con las intenciones. En algún momento de la historia, escribir en primera persona dejaba de ser necesariamente personal (con Anacreonte). Quizás con Calímaco escribir en tercera o escribir sobre asuntos exteriores -ajenos días de gloria, míticas cabelleras- es ya una forma de decir la vida propia.

Tenía oculta el huésped una herida. Subían dolorosos
suspiros de su pecho (¿te has fijado?)
mientras bebía su tercera copa, y las rosas
caían, pétalo a pétalo, todas a tierra desde su guirnalda.

“La anécdota es mínima, la instantánea es fílmica”, dice muy bien su traductor Luis Alberto de Cuenca. ¿Cómo tapar lo subjetivo en ese retrato de quién sabe quién? En tándem, los poemas breves en primera persona parecen tener siempre algo de generalización, como si nos dijera ‘no hablo de mi vida, hablo del amor en sus síntomas universales’, y también algo de autoironía, ese gran invento de los poetas de la experiencia para menguar cualquier derrape de egoísta excepcionalidad. Este otro comienzo es genial:

La mitad de mi alma todavía respira, la otra mitad no sé
si la raptó Eros o si fue Hades; lo que sé es que desapareció.
¿Se fue otra vez a casa de uno de sus muchachos?
Tantas veces les dije: “No la reciban, jóvenes, es una fugitiva”.

Y lo otro que se impone mencionar es que Calímaco es uno de los bibliotecarios de Alejandría. Su tensión mandante es reunir obras del pasado que corren riesgo de perderse o desdibujarse, y pasar entonces a canonizarlas y clasificarlas (reconocerles el autor, distinguirlas por libros). Los editores alejandrinos se imponen el respeto: toman distancia de las copias que encuentran de Heródoto o de Alceo, de Hesíodo o de Safo, agregando en los márgenes de la versión hallada sus propias correcciones: “sería mejor decir…”. También imponen respeto: son los que discuten, bajan línea y deciden, dentro de la red social de su época, cuál es el canon de la tradición, que a sus ojos no es sino un top ten integrado por siete poetas líricos, dos trágicos y un épico. Son ellos, por lo demás, los que a su vez establecerán el borde de las obras: Safo escribió nueve libros, dice uno; Píndaro, seis; y así siguiendo. Y en esto es en donde se nos revela un asunto: las diferencias y vacilaciones en el modus operandi de cada poeta editor de Alejandría. Estará, por ejemplo, el que organiza la obra de Safo en libros según criterios métricos o composicionales, y el que divide la de Alceo, en cambio, según criterios temáticos. El encorsetamiento y el, si se quiere, achatamiento editorial en última instancia nos estaría sugiriendo que eso a lo que nos referíamos en el apartado anterior, la posibilidad de un asomo de control autoral en el proceso y las formas de difusión impresa de la obra por parte de los poetas de la camada de Anacreonte, no debió haber sido muy efectivo. Pero otro elemento nos mostraría lo mismo “desde adentro” de la Biblioteca. Este es el hecho de que el grueso de la poesía de Calímaco, pese a haber sido un controlador de la herencia, y sobre todo pese a haber poseído los medios de producción de la época, se perdió.

Testimonios de la era cristiana le adjudican haber escrito cerca de ochocientos libros, en su mayoría en prosa y con títulos como Rarezas de todo el mundo ordenadas por lugar Sobre el cambio de nombre en los peces. Al Calímaco poeta se lo consideró decadente y se lo consideró nuevo, y su influencia es de las más fuertes que un poeta griego tuvo sobre los latinos. Nos llegaron sus Himnos, seis en total, y algunos fragmentos de sus Aitia (Orígenes), de su Hécale (un breve poema épico contra la epopeya) y de sus colecciones de yambos y epigramas. Para Luis De Cuenca, no hay duda de que la obra poética que se perdió constituía la parte más personal de su producción. El poema de la cabellera de Berenice se conoce gracias a que, doscientos años después, lo tradujo y lo asimiló Catulo.

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