El apoyo del mate

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tabaHubo un momento en que los escritores habrán dicho: bueno, nosotros también tenemos que trabajar. Salieron entonces a buscar trabajo, y lo encontraron. Además de escribir sus cuentos y novelas, se hicieron agentes, editores, traductores, espías, ¡hasta críticos!, y algunos consiguieron una página de los diarios para ejercer la actividad paga más parecida a escribir: la columna literaria. Fue una buena ocupación; peor hubiese sido reemplazar a los docentes y ponerse a leerles cuentos a treinta chicos de sexto grado.
La columna literaria, que por amor a la redundancia a veces se llama “columna de opinión literaria”, es ese formato que ellos inventaron para los diarios y que tiene algo de crítica literaria -poco- y algo de ensayo -sobre todo el tono, y la genuina caprichosidad-. Su rasgo característico es lo breve: cuatro párrafos como mucho. En la Buenos Aires de hoy es un formato que se practica sistemáticamente en unos pocos diarios (Página 12, Perfil y La Nación) y que, esto es llamativo, está en manos de hombres, casi ninguna mujer. También se practica en blogs más o menos profesionalizados a cambio de algo (un librito, una corbata) y en las redes sociales (en estas últimas no son columnas pagas ni transadas, y están en manos de ñoños con ínfulas de buenos entendedores como este que escribe, o de maniáticos esquizofrénicos como este otro que escribe).
Los columnistas literarios que tenemos: unos diez. En Página, el primero que les dio total cabida, Forn, Fresán y Sasturain (hablo de oficio sistemático, no de un columna muy cada tanto). En La Nación, Gigena acaba de empezar la propia, subjetiva, después de cientos de notas bien pensadas sobre la Situación (de los editores, de los traductores, de las librerías, etc.). Página tiene también a Horacio González en tándem con el Vargas Llosa de La Nación: tipos que cada tanto escriben sobre literatura, pero que más bien ejercen el desmenuce crítico (Horacio) o el encomio sátrapa (Varguitas) de algún episodio de la coyuntura política local. El otro diario es Perfil, el de los múltiples columnistas literarios. Ahí sobresale el más divertido: Damián Tabarovsky. Martín Kohan siempre es legible y a veces muy bueno. Quintín quiere ser el Baby Etchecopar de la columna y aburre. Fabián Casas domina la técnica del altibajo y alternándolas cada tres semanas publica una columna excelente, otra pasatista y otra paupérrima.
Yo sigo a algunos, siempre. A veces al día y a veces con retraso. Como les pasa a tantos lectores, esas columnas son mi revancha matutina de placer cuando no salí el viernes o el sábado a la noche. En pleno siglo XXI, sigo vaciando una pava de mate mientras me río sobre todo con Tabarovsky, que hoy cierra su columna de domingo así: “Hace poco leí una novela de un autor argentino publicado por una gran casa multinacional con sede en España y sucursales en casi toda América Latina. Era tan tan mala que se me ocurrió que el autor podría presentarse a una beca para que la traduzcan al castellano. No sería una mala idea”.

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