El tío Piva

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Finalmente tenemos en castellano un libro sólo de poemas del brasileño Roberto Piva. Se trata de la edición bilingüe del que fue su primer libro, Paranoia, de 1963, traducida por Edgar Saavedra. El editor es Goyo, o Goyeneche, que desde hace diez años está al frente del sello Nulú Bonsai. La edición es pequeña, de bolsillo y hasta de bolsillo de camisa. Pero aun así incluye, fusionadas con los poemas, las fotos de Sao Paulo que tomó Wesley Duke Lee para la primera edición brasileña y universal de este librazo.

Roberto Piva (1937-2010) fue un poeta moral de una libertad absoluta para escribir sobre las cuestiones que le interesaron -detalles de la vida paulista capaces de mostrar o bien el fracaso de la civilización occidental o bien el constante renacer de lo dionisíaco-; un poeta que encontró su propia voz entre la enramada de algunos tonos de época -el aullido beatnik, la persistencia del surrealismo-, y alguien que se negó vehementemente a lo largo de su vida a crear o adscribir a movimientos o escuelas poéticas, siendo incluso que una etiqueta muy en boga en el ámbito brasileño de los ’70, la etiqueta “poesía marginal”, más de una vez lo persiguió para hacer de él algo así como el representante prototípico por delante de una decena de otros nombres, pero Piva la esquivó tanto como pudo.

Su primer libro, Paranoia, marcó el rumbo y derivó naturalmente en el poeta chamanista de los años ’80 y ’90. El que ahora afirmaba que “los ángeles son una categoría de la orgía” es el que antes había dicho “Brasil necesita poetas perseguidos por la policía”. La noción de paranoia en Piva tiene que ver, como él mismo dice en un reportaje, no tanto con la manía persecutoria sino con el gusto por el detalle que, al expandirse, capta el todo. Su poesía es descaradamente metafórica, y uno diría que está bien puesto que la metáfora es de por sí el alimento de la paranoia, porque hace que algo que no teníamos asociado a otra cosa de repente se nos venga encima.

Tengo en casa la vieja edición brasileña de Paranoia, a la que ahora se suma esta esperada edición bilingüe de Nulú Bonsai. Conocí a Roberto en el barrio de Santa Isabel tres años antes de su muerte, cuando él ya estaba harto de un montón de cosas. Tenía un gran respeto por tradiciones de pensamiento opuestas a la suya, como el marxismo, aunque se definía monárquico, decía, porque el monarquismo permite que las bases sean más anarcos. Solía hablar de la época en que los jóvenes de la clase obrera tenían estilo y leían a Baudelaire, y no mataban por un par de zapatillas. En su comprensión de la vida urbana, sostenía que los jóvenes habían abandonado la bisexualidad de los años dorados de la clase obrera en favor del fetichismo y el mandato de la apariencia, ni siquiera en favor de la heterosexualidad, porque según Piva ahora los jóvenes buscan mujeres por mera razón ornamental, para mostrarse con ellas.

Piva no tiene un equivalente en la poesía argentina. Para imaginárnoslo así, quizás habría que fusionar al mejor Edgar Bayley con Néstor Perlongher. Es muy importante que ahora tengamos un libro entero suyo traducido. Les dejo, para cerrar, un poema de Paranoia y un link de los muchos que hay en Youtube, con Piva leyendo y conversando.

Paranoia en Astrakan

Vi una linda ciudad cuyo nombre olvide

donde ángeles sordos recorren madrugadas tiñendo sus ojos con lagrimas invulnerables

donde crios católicos ofrecen limones a pequeños paquidermos asomándose desde sus tocas

donde adolescentes maravillosos cierran sus cerebros a los tejados estériles e incendian internados

donde reconocidos nihilistas distribuyen pensamientos furiosos y tiran la descarga sobre el mundo

donde un ángel de fuego ilumina los cementerios en fiesta y la noche camina en su hálito

donde el sueño de verano me tomó por loco y decapité al otoño con su última ventana

donde nuestro desprecio hizo nacer una luna inesperada en el horizonte blanco

donde un espacio de manos rojas ilumina aquella fotografía de pez oscureciendo la página

donde mariposas de zinc devoran las góticas varices de las venas del ano de las beatas

donde los menúes reclaman drinks de emergencia para lindos tobillos arañados

donde los muertos se fijan en la noche y aúllan por un puñado de débiles plumas

donde la cabeza es una bola digiriendo los acuarios desordenados de la imaginación

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