Algo, urgente (Joao Gilberto Noll)

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Los primeros años de vida despertaron en mí el gusto por la aventura. Mi padre decía que el sentido de la existencia a él se le escapaba, y vivía cambiando de trabajo, de mujer y de ciudad. La característica más visible en mi padre era la rotatividad. Se consideraba un filósofo sin libros, poseedor de una única fortuna: el pensamiento. Yo, al principio, pensaba en mi padre como en un hombre amargado por el hecho de que mi madre se hubiese ido dejándolo solo cuando yo todavía era un bebé. En ese entonces vivíamos en lo alto de la calle Ramiro Barcelos, en Porto Alegre; mi padre me llevaba a pasear todas las mañanas a la plaza Júlio de Castilhos y me enseñaba los nombres de los árboles, yo no quería quedarme sólo en los nombres, quería conocer las características de cada especie, su lugar de origen. Él me decía que el mundo no era solamente esas plantas, que era también las personas que pasaban y las que no pasaban y que cada uno tenía sus dramas. Yo le pedía upa. Él me alzaba en brazos y silbaba una canción medieval que decía que era su preferida. A upa de él, yo me ponía a balbucear pensamientos peligrosos:
–¿Cuándo te vas a morir?
–¡No te voy a dejar solo, hijo!
Me hablaba con una mirada visiblemente conmovida y decía que antes  me enseñaría a leer y escribir. Él se empeñaba en olvidar que yo sabía todo lo que le pasaba. ¿Para qué leer?, le preguntaba yo. Para describir la forma de este árbol, me respondía, un poco irritado por la pregunta. Pero enseguida se calmaba.
–Cuando aprendas a leer, de alguna forma vas a poseer todas las cosas, incluido a vos mismo.
A fines de 1969, a mi padre se lo llevaron preso en Paraná, en el interior. (Dicen que le pasaba armas a no sé qué grupo.) En esa época, tenía un negocio de artículos de pesca y caza en Ponta Grossa y ya no me llevaba a pasear.

El día en que se lo llevaron detenido, a mí me sacó de la casa una vecina de piel muy clara y me dijo que iba a quedarme con ella unos días, que mi padre iba a viajar. No le creí nada pero me hice el ingenuo, como conviene a un chico. Porque, ¿qué habría ocurrido si yo le decía que era mentira? ¿Cómo lidiar con un chico que sabe?
Me metieron en un internado en el interior de São Paulo. El cura director me miró y afirmó que allí sería feliz.
–No me gusta este lugar.
–Te vas a acostumbrar y te va a terminar gustando.
Mis compañeros me enseñaron a jugar al fútbol, a hacerme la paja y a robarles comida a los curas. La pija se me paraba y se la mostraba a mis compañeros. Les mostraba las manzanas y los postres que robaba. Les contaba de mi padre. Uno de ellos me odiaba. Mi padre fue asesinado, me decía con odio en los ojos. Mi padre era bandido, me contaba con el corazón lleno de rabia.
Yo me quedaba callado. Hablar de mi padre implicaba un conocimiento que yo no tenía. Llegó una carta de él. Pero el cura director no me dejó leerla; me llamó a su oficina y me contó que a mi padre le iba bien.

–Le va bien.
Agradecí como siempre que tenía que hablar con el cura director y me alejé murmurando para mis adentros:
–Le va bien.

El chico que me odiaba se acercó y me dijo que a su padre le habían pegado diecisiete tiros.

En la clase de religión, el Padre Amancio nos enseñaba a rezar el rosario y a repetir jaculatorias.
–¡Salve María! –exclamaba al comienzo de cada clase.
–¡Salve María! –respondían los chicos al unísono.
Cuando crecí, mi padre me vino a buscar y le faltaba un brazo. El cura director me preguntó:
–¿Querés irte?
Miré a mi padre y le dije que ya sabía leer y escribir.
–Entonces un día vas a saber de todo –dijo él.

El chico que me odiaba estaba en la puerta del colegio cuando nos íbamos. Tenía el uniforme bien lavado y planchado.

En la ruta a São Paulo paramos en un restaurante. Pedí un coñac y mi padre no se asombró. Leía el diario.
En São Paulo nos fuimos a una pensión donde no se recibían visitas.
–Vamos a Rio –me dijo, sentado en la cama, con el brazo que le quedaba apoyado en las piernas.

En Rio nos fuimos a un departamento en la Avenida Atlântica. De unos amigos, me dijo. Y aunque el departamento estaba bien amueblado, nunca entraba nadie.

–Quiero saber –le dije a mi padre.
–Puede ser peligroso –respondió.
Apagué el televisor, dispuesto a escuchar. Él dijo que no, que todavía no era tiempo. Yo ya había perdido la capacidad de llorar.
Traté de olvidarme del asunto. Mi padre me metió en un colegio en Copacabana y empecé a crecer como tantos otros adolescentes de Rio. Me curtía a la mucama de Alfredinho, un compañero del colegio, y, en la playa, a veces necesitaba sentarme rápido porque era común que la pija se me parase delante de alguien que pasaba. Entonces hacía como que miraba el mar, la perfomance de algún surfista.
No me gustaba para nada constatar cuánto me atormentaban algunas cosas. Hasta que mi padre volvió a desaparecer. Me quedé solo en el departamento de la Avenida Atlântica sin que nadie se enterara. Ya me había acostumbrado al misterio en torno a aquel departamento. No quería saber a quién pertenecía ni por qué nunca entraba nadie. El secreto alimentaba mi silencio. Y yo necesitaba ese silencio para seguir ahí. Ah, me olvidé de contar que mi padre había dejado algo de dinero guardado. Ese dinero alcanzó para siete meses. Gastaba poco y trataba de no pensar en lo que ocurriría cuando se acabase. Sabía que estaba solo, con la plata acabándose, pero tenía que mantener el mismo aire despreocupado de los jóvenes de mi edad y falsificar la firma de mi padre sin remordimientos cada vez que el colegio lo exigía.
No le daba bola a la limpieza del departamento. Estaba todo muy sucio. Pero pasaba tan poco tiempo en casa que no me importaban la mugre del piso ni las sábanas sucias. Tenía buenos amigos en el colegio, y dos o tres amigas que me daban vía libre para meter la mano donde se me ocurriera.

Pero el dinero se había acabado y yo caminaba por la Avenida Nossa Senhora de Copacabana a la noche, tarde, cuando vi a unos tipos parados en la esquina de Barão de Ipanema, apoyados contra un auto y fumando un porro. Cuando pasé, me ofrecieron. ¿Una seca? Acepté. Uno de ellos dijo mirá ahí, no te lo pierdas, loco. Miré hacia donde había apuntado y vi un Mercedes en la esquina con un hombre de unos treinta años. Andá, me empujaron. Y fui.
–¿Querés subir? –me dijo el hombre.
La cacé al vuelo y pensé que estaba sin plata.
–Trescientos –dije.
Abrió la puerta y dijo entrá, el auto subió por la Niemeyer, no había nadie en el morro donde el tipo frenó. Escuchábamos un cassette creo que de música clásica y el tipo me dijo que era de São Paulo. Me ofreció un cigarrillo, chicles y comenzó a sacarme la ropa. Le pedí la plata antes. Me dio los tres billetes de cien, abiertos y nuevitos. Y yo desnudo y el tipo que empezaba a tocarme, me mordía como para dejar marcas, casi me arranca un pedazo de boca. Yo tenía un buen físico y eso lo excitaba, lo ponía como loco. El cassette se había acabado y sólo se oía un grillo.
–Vamos –dijo el tipo mientras encendía el motor.
Yo había acabado y me tuve que limpiar con el calzoncillo.
Al día siguiente mi padre volvió, se presentó en la puerta muy flaco y con dos dientes menos. Decidí contarle:
–Ayer me prostituí, me fui con un hombre a cambio de trescientos mangos.
Mi padre me miró sin sorpresa y me dijo que tratara de hacer otra cosa de mi vida. Ahí nomás se sentó y fue incisivo:
–Vine para morir. A mi muerte le van a dar bastante manija en los diarios, la policía me odia, hace años que me buscan. Te van a descubrir pero no digas nada, decí que no sabés nada. Lo cual es verdad.
–¿Y si me torturan? –pregunté.
–Sos menor de edad y necesitan evitar escándalos.
Me acerqué a la ventana pensando que me iba a poner a llorar, pero lo único que logré fue ponerme a mirar el mar y sentir que necesitaba hacer algo, urgente. Giré la cabeza y vi que mi padre dormía. En realidad no fue exactamente eso lo que pensé, pensé que él ya estaba muerto y corrí a asegurarme de que tenía pulso.
Todavía estaba vivo. Necesito hacer algo, urgente, repiqueteaba mi cabeza. Es que no me había gustado ir con aquel hombre la noche anterior, mi padre se iba a morir y yo no tenía un puto centavo… ¿Cómo iba a sobrevivir?

Entonces pensé en denunciar a mi padre a la policía para aparecer en los diarios y conseguir casa y comida en algún orfanato o en la casa de alguna familia. Pero no, no lo hice porque mi padre me caía bien y no tenía ningún interés en vivir en un orfanato o con alguna familia, y me daba pena mi padre acostado ahí en el sofá, dormido de tan débil que estaba. Necesitaba comunicarme con alguien, contarle lo que estaba ocurriendo. Pero, ¿con quién?
Empecé a faltar a clase y me quedaba caminando por la playa, pensando qué hacer con mi padre que estaba en casa dormido, feo y viejo. Y yo que no conseguía un puto centavo. Menos mal que tenía un amigo vendedor de uno de esos puestos de la Geneal que siempre me tiraba algún pancho. Yo le decía con mucha mostaza, calentalo bien al pan, ponele salsa. Él obedecía como alguien que te quiere en serio. Pero no podía contarle lo que me estaba pasando. Sólo hablábamos de los culos de las mujeres, o de alguna cicatriz en una panza. Ésa se hizo cesárea, me explicaba. Yo fingía que nunca había oído hablar de cesáreas, y le aumentaba el placer de explicar lo que es una cesárea. Un día me preguntó:
–¿Cuántos hermanos tenés?
Respondí siete.
–Tu viejo manda brasa, ¿eh?
Me quedé pensando qué responderle, tal vez ésa fuese la ocasión para contarle todo y admitir que necesitaba ayuda. ¿Pero qué podía hacer por mí un vendedor de la Geneal sino llamar a la policía? Por eso me callé y me fui.
Cuando llegué a casa me percaté finalmente de que mi padre era un moribundo. Ya no se despertaba, tenía espasmos, se le daba vuelta la lengua y yo mirando. En aquella época el departamento olía muy mal, como a algo podrido. Pero ese día no me quedé mirando sino que traté de ayudarlo al viejo. Le levanté la cabeza, le puse una almohada y busqué conversación.
–¿Qué sentís? –le pregunté.
–Ya no siento nada –respondió con una dificultad que daba miedo.
–¿Duele?
–Ya no siento ningún dolor.
De vez en cuando le traía un pancho que mi amigo de la Geneal me daba, pero mi padre rechazaba cualquier cosa y largaba los pedazos de pan y de salchicha que le metía en la boca. Una de las veces en que yo limpiaba los restos de pan y de salchicha de su boca con un repasador, sonó el timbre. Sonó el timbre. Fui a abrir la puerta con mucho miedo, con el repasador todavía en la mano. Era Alfredinho.
–La directora quiere saber por qué no apareciste más por el colegio.
Lo hice pasar y le dije que estaba enfermo, con la garganta inflamada, pero que volvería al día siguiente porque ya estaba bastante bien. Alfredinho sintió el olor de la casa, estoy seguro, pero hizo como si nada.
Cuando se sentó me di cuenta de que el sofá estaba raído y que Alfredinho se sentaba con cierto cuidado, como si el sofá fuera a destartalarse de sólo apoyar el culo, pero él disimulaba y hacía como si no notase nada fuera de lo normal, ni la cucaracha que bajaba por la pared ni los ruidos de mi padre que a veces se retorcía y gemía en la pieza de al lado. Me senté en el sillón y me puse a hablar de lo primero que se me ocurrió para distraerlo de los ruidos que hacía mi padre, de la cucaracha en la pared, del sofá raído, de la mugre y el olor del departamento. Dije que durante el tiempo que estuve enfermo me había pasado el día entero en la cama leyendo unas revistas porno, unas dinamarquesas, ¿sabés cómo conseguí las revistas?, me las robé de la oficina de mi viejo, estaban escondidas en el cajón del escritorio, no te las muestro porque se las presté a un amigo, a un vago que trabaja en un puestito de la Geneal acá en la playa, él se las mostró a un amigo suyo que se hizo una paja con las revistas en la mano, hay una mujer con las piernas así y con la cámara metida acá, bien acá hermano, pensá los tipos que le sacaron la foto, ella así y la cámara acá desde este ángulo, no me digas que no es para hacerse una paja, la cámara bien cerca y la tipa desnuda y con las piernas así, no te miento, vas a ver, otro día la ves, ahora no tengo las revistas, por eso yo siempre digo que viene bien enfermarse de vez en cuando, todo el día en la cama leyendo revistas porno, sin que nadie me rompa las bolas con ir a clase o hacer trabajo de grupo, yo solo con mis revistas, tenés que verlo, hermano, a vos también te encantaría internarte así con unas pornos, nadie te rompe las bolas, nadie, hermano, nadie.
Ahí paré de hablar y vi que Alfredinho me miraba como si hubiera dicho algo que lo asustó, se quedó mirándome con cara de idiota, un poco desconfiado, y no sé bien lo que se le pasó por la cabeza cuando mi padre me llamó desde la pieza, era la primera vez que mi padre me llamaba por mi nombre, hasta yo me asusté cuando lo oí llamarme por mi nombre, y me levanté asustado porque no quería que nadie se enterara nada de él, de mi secreto, de mi vida, quería que Alfredinho se fuera y que no volviese nunca más, entonces me levanté y dije que tenía que hacer unas cosas y él caminó a la puerta como si me tuviera miedo, yo diciéndole que mañana me aparezco por el colegio, podés decirle a la directora que mañana voy a hablar con ella, y mi padre me llamó de nuevo con esa voz de agonizante, mi padre me llamaba por primera vez por mi nombre y yo dije chau, hasta mañana, y Alfredinho dijo chau hasta mañana, y yo seguía con el repasador en la mano y cerré la puerta rápido porque no lo aguantaba más a Alfredinho ahí delante de mí sin decir una palabra, y fui corriendo a la pieza y vi que mi padre tenía los ojos duros y me miraba, y me quedé parado en la puerta de la pieza pensando que necesitaba hacer algo, urgente.

(Alguma coisa urgentemente, cuento del primer libro de Joao Gilberto Noll, O cego e a dancarina)

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