Dime quién salda

by
rba romantics

Colección RBA Romantics

El saldo es el Purgatorio de los libros. Es la segunda vida en bloque, en pelotón, de los que todavía pueden zafar del picadero de papel, que es el infierno de los libros. Como purgatorio, las mesas de saldo son lugares para libros que pasaron su primera vida sin encontrar lector, y que ahora, mientras esperan, bajan sus pretensiones (pudiendo caberles todavía la posibilidad del descenso al picadero). Por supuesto que también hay un paraíso de los libros. Está en las bibliotecas, las casas, en ciertos estantes de librerías. En ese paraíso manda el librito más veces leído, prestado, comprado, vendido y vuelto a comprar en todo el mundo. Cualquiera -un ejemplar de Las olas de Virginia Woolf edición tapa dura Bruguera 1981 con un sticker de librería en la primera hoja, un sello de casa de canjes, una ficha de biblioteca pública (abigarradísima de datos) pegada a la retiración de tapa, dos dedicatorias distintas a mano, tres o más pulsos diferentes en los subrayados a lápiz o birome y muchas anotaciones al margen (algunas de ellas discutiendo entre sí tipo “¡qué hermoso!” y “¿te parece?”- puede ser, en aquel paraíso, un dios. Pero hoy quiero hablar del purgatorio.

Qué es y qué cabe en el saldo

A veces se lo compara con los outlets, pero no es lo mismo. El saldo es un precio nuevo (mucho más barato) y una circulación también retocada (cambia el modo de distribución, de exhibición en librerías, etc.) para todos los ejemplares de una edición que después de algún tiempo (uno, dos, cinco años) quedaron sin vender. No aplica a algunos ejemplares (ni fallados ni nada) sino al conjunto. Lo que se salda no son “libros” sino ediciones: todo el stock que después de un tiempo sigue en depósito del editor. El saldo es entonces una práctica editorial, que después será una práctica para distribuidoras, librerías y lectores (los cazadores de saldos). Y es un destino global -no apenas sudamericano, como a veces se cree- para buena parte de las ediciones de libros en papel.

En saldo puede purgar cualquier libro de edición “nueva” (aunque no tan reciente). En una mesa de saldo pueden estar los escritos de Moria Casán y de Isaac Asimov, de Federico Falco y de Jorge Valdano, pero también, dada alguna circunstancia, puede haber libros de Borges o de Jack Kerouac, ediciones que, en abstracto, no tendrían razón de ir a remate. El saldo como destino es más factible para ciertos tipos de libros. Por lo general, son libros de género o de coyuntura. Ficción de género: novelas románticas, policiales, ciencia ficción, terror, aventuras. No ficción de coyuntura: investigaciones periodísticas, biografías de gente más o menos famosa. Para estos últimos, las editoriales usan una jerga: hot sales. La biografía de Fulano es hot por un rato, mientras Fulano está en particular alza en su imagen pública o mediática. Pasado ese rato, el stock de su biografía que no se logró vender viaja a saldo (y, si ahí le va pésimo, le tocará más tarde el picadero, el infierno donde ciertamente irá a parar la biografía de Jorge Rial). Otros tipos de libros que es fácil encontrar en saldo: de historia (tanto argentina como universal), de ciencia (cualquier ciencia) y de literatura “de autor” (esto es, editada en series o colecciones “mayores”, sin un criterio de género -policial, melodrama, etc.- que las reúna). La literatura de autor que cae en saldo suele ser de narradores reconocidos en las últimas décadas (Don De Lillo, Miguel Briante) o más recientes (Johnattan Littel, Rodrigo Rey Rosa, Federico Jeanmarie), y si sus precios de venta se rebajan es, como en todos los casos anteriores, porque la tirada no funcionó como se esperaba. Pero también pueden pasar a saldo, y por otros motivos, ciertas obras literarias de las últimas décadas y de las cuales se sabe que son de fondo (que siempre van a tener demanda), como los libros de Borges, Capote, Sontag o Scott Fitzgerald. El motivo en estos casos es porque la editorial está a punto de perder los derechos de ese título (y por lo tanto tiene que vender rápido su stock), o simplemente porque necesitó cambiar de estrategia (le hace falta cash, lugar en su depósito, etc.). Por último, y eventualmente, pueden saldarse ediciones de grandes (y viejos) clásicos literarios o filosóficos (Stendhal, Shakespeare, Sarmiento, Homero, Platón), obras que no pagan derechos de autor, y en estos casos el motivo tiende a ser la urgencia o la quiebra de quien lo edita. Cualquier libro en definitiva puede, con más o menos apoyo en la circunstancia, devenir saldo.

Y acá hay que hacer una salvedad: hay libros que se confunden con los saldos pero en rigor no lo son. Es lo que pasa con las ediciones populares y baratas de clásicos (por sellos como Terramar, Del Libertador y otros). Todas las librerías especializadas en saldos tienen este tipo de libros entre sus mesas de oferta. Pero son ediciones que nacieron económicas, que no es lo mismo. Otro particular: las ediciones promocionales (para vender en kioscos además de librerías) de escritores clásicos o no tanto: sumémosle a Borges un Vargas Llosa, a Freud un Zizek. Estas también, dado el caso, pueden pulular por las mesas de oferta. Y cuando el precio es el mismo de siempre (barato), no aplica hablar de saldos. Sólo que muchas veces las editoriales rematan títulos y colecciones que en su primera vida ya tenían un precio bajo o promocional. Estos, los libros que ni baratos la rompieron, conforman el bloque de libros “nuevos” (aunque no recientes) más baratos del país. Pueden conseguirse en librerías a menos de dos dólares. Campean acá ediciones de los grupos Planeta o Random o del conglomerado Clarín (con su sello editorial Agea) para libros de Conan Doyle, Agatha Christie, Emilio Salgari o Mario Benedetti, entre otros. Son algo así como los ultrasaldos.

El cómo y el por qué

aguilar sherlock

Colección Sherlock Holmes – Aguilar (Penguin Random)

Saldar una edición es, dicho un poco en bruto, ponerle precio mayorista de 1 dólar a cada ejemplar de un título que hasta entonces se ofrecía (también en mayorista) a 10 dólares por unidad. Ese ejemplar (de esa edición) pasa a tener su segunda vida en algunas librerías a 5 dólares, cuando antes se vendía al público a 20. Dicho con más detalle: el editor vende todo su stock sobrante a 1 dólar por unidad, lo compra una distribuidora especializada en saldos (como puede ser, en Buenos Aires, HD Libros). Esta lo vende a librerías a 1,5 o 2 dólares (según la cantidad que le compren), y la librería a su vez lo ofrece al público a 5 dólares. El “margen de ganancia” del librero crece notablemente, pero es normal porque lo que hizo el librero fue comprar un stock de varios (o muchos) ejemplares de un título de venta (por lo general) difícil. La cadena en las ediciones de saldo es por ventas, no por consignaciones o entregas a prueba, vale decir que si el librero no consigue vender todos esos saldos que compró, se los tiene que fumar. Nota: hablo de dólares en vez de pesos para captar mejor el movimiento global del saldo, porque se verá que en muchos casos son libros de edición española, y allá también son saldos.

de lillo

Saldo de Seix Barral (Planeta)

Las editoriales saldan una edición para liberar depósito, para inyectar ingresos rápidos, también por razones fiscales (porque quizás tienen cincuenta mil ejemplares que para el fisco conforman un patrimonio importante, pero que el editor cree que está sobrevaluado en función de que son de difícil venta). Se salda, además, porque de entrada siempre fue una certeza. Esto es importante: en el modo de trabajar de muchas editoriales grandes y de algunas medianas, la transformación de un título nuevo en una edición de saldo está prevista desde el comienzo. Es un casillero cierto, rotundo, aunque se ignora la obra que lo llenará. Esto ocurre sobre todo con los saldos típicos: los libros de género y los libros de coyuntura. La editorial imprime, por ejemplo, dos mil ejemplares de una novela romántica de autor reciente. La editorial que hace eso, por lo común tiene un colección de novelas románticas. En esa colección hubo títulos que vendieron muy bien su tirada, y otros que vendieron mal. La editorial sabe de entrada que esta nueva novela va a vender, como seguro, quinientos ejemplares entre el público lector “duro” de novelas románticas. Imprime dos mil. ¿Por qué? Porque el más vendido de la colección vendió dos mil (aunque muchos otros vendieron seiscientos). Porque necesita mantener aceitada la máquina (porque tiene empleados y quiere hacerlos trabajar). Y porque si en el peor escenario vende sólo quinientos, puede saldar el resto de la tirada. Su ingreso bruto en ese caso habrá sido de 5000 dólares por la venta primera (un cuarto de la tirada), más 1500 dólares por el pase a saldo del resto (tres cuartos de la tirada). Con esos 6500 brutos paga imprenta, derechos, diseño, traducción, fletes, etc., y quizás no gana mucho, pero algo gana. Con otros títulos que anduvieron muy bien en su primera venta, gana mucho. La editorial que opera a ese nivel nunca pierde.

La certeza de que parte de la producción terminará saldada es un factor que hace que el precio del libro nuevo (recién salido de imprenta) se encarezca. O sea: los lectores que en Argentina compran un libro reciente de Planeta o Random House -entre otras grandes editoras- pagan, dentro de los 20 dólares promedio que cuesta ese libro, un porcentaje que no se explica por costos de edición sino por un “plus reparador” que a la empresa le permitirá rentabilizar toda la tirada incluyendo el margen mínimo o cuasi cero de ganancia por lo saldado. Esto es imporantísimo. Muchas veces se publican notas donde se especula acerca de quién gana y quién pierde con los saldos. Mi opinión: si alguien pierde ante todo es el lector comprador de libros recientes, porque esas empresas lo obligan a pagar un plus por acceso a la primera vida de una edición.

El lugar y la caza del saldo

Un breve apartado para describir los lugares del saldo obliga a empezar señalando algo. En países como Argentina y España existe por ley el precio fijo al público para todo libro nuevo, un precio que es establecido por su editor. Es una medida pensada para proteger a las librerías chicas de las grandes y a las grandes de las multitiendas y los supermercados con su lógica de ofertas. En España hay presiones constantes para derogar esa ley, en Argentina el actual Ministro de Cultura está enamorado de hacer lo mismo. Por el momento en ambos países la ley sigue vigente.

Cuando una editorial salda un título, le cambia su precio mayorista (lo reduce a la tercera o cuarta parte, o incluso más). Pero en rigor no le da un nuevo precio fijo al público, porque lo está rematando. La consecuencia de esto es la creación de un tipo de libro nuevo (técnicamente el de saldo es un libro nuevo, no usado) que está un poco en la sombra de la ley del precio fijo. Esto hace que ejemplares de una misma edición tengan distinto precio: en las librerías especializadas en saldos, que los rematarán unas a 5 dólares, otras a 4, etc., pero también en otras librerías (de novedades, o de usados, o que combinan nuevos y usados). Estas otras librerías lo que hacen es comprar a cuentagota algunos ejemplares saldados -y no siempre los compran a los distribuidores de saldos, sino a aquellas mismas librerías especializadas- y en consecuencia los venden a otro precio, a mitad de camino entre el “saldo de base” y el precio estándar de los libros nuevos.

Por lo dicho, el saldo editorial va a parar a cualquier librería. En Buenos Aires, también las tilingas librerías palermitanas, como las más orilleras pero aún así hipsters de San Telmo o Villa Crespo, venden ejemplares de saldo seleccionados puntillosamente. Sólo que a ellas no va a comprarlos el cazador de saldos, ese tipo de lector que el mercado editorial creó por añadidura y casi por defecto o sin intención. Ese lector en Buenos Aires irá en cambio a las cerca de quince librerías de calle Corrientes fuertemente especializadas en saldos. Estas conforman algo más de un tercio en el total actual de cuarenta “librerías de Corrientes” (las que tienen local a la calle sobre esa avenida y a lo largo de veinte cuadras, entre Uriburu y Maipú).

Dime quién salda

edquintento

Colección Quinteto (5 editoriales)

Hasta hace dos años, cuando en el país operaban restricciones a la importación de libros, el territorio del saldo se repartía miti miti entre libros impresos en el país (por Planeta, Random, Agea y otros) y libros importados (Grupo Zeta, RBA, Océano y otros). Es decir: había restricciones a la importación, no una prohibición. Bajo el control de Guillermo Moreno, los importadores llenaban más papeleo burocrático. Esto afectaba también a la importación de libros en cantidades reducidas (y por ende sin destino de saldo): buenos y variados títulos entraban al país vía distribuidoras como Waldhuter que, como vivían y viven de eso, afrontaban el control y la burocracia con perseverancia.

Hoy el territorio cambió. Las editoriales que imprimen en el país siguen manteniendo sus niveles de saldo (que están previstos, como vimos, en su modus operandi y que hacen que el comprador de libros recientes pague un plus por una práctica que él no no frecuenta y quizás hasta desprecia). Lo que aumentó en 2016, lo que se duplicó, es el terreno de exhibición para saldos importados (el grueso de ellos, de España). También se duplicó el terreno para importados que no van a saldo, y que son los que dan un argumento a quienes dicen que el país “creció en bibliodiversidad”. Como el 90% de esa supuesta diversidad corresponde a muchísimos ejemplares de 500/800 títulos importados anualmente para saldo, el crecimiento en engañoso. Que además sean libros “malos” (aunque en ediciones preciosas) no es un tema que consideremos acá. La nueva bibliodiversidad es tramposa en sí, independientemente de la calidad en el contenido de esos libros. Y hay que agregar algo. Con este “boom no plural” de libros importados el que pierde, en este caso, no es el lector comprador de novedades -porque son libros que en general no tuvieron una primera vida en el país a un precio más caro-. El que pierde con esto es sencillamente el editor mediano local, porque ve reducido el territorio de venta para sus ediciones: un territorio que no permite hablar de crecimiento gracias a las importaciones (no es que hay más librerías porque llegaron más libros) y que, en un tema que no abordamos acá, sí permite hablar de contracción (hay menos librerías) en virtud de otras razones.

Dice Oche Califa, director de la Feria del Libro de Buenos Aires: “El levantamiento de las barreras aduaneras hace que entren muchísimos libros de saldo, en general sobrantes de la producción española, que generan una situación de distorsión: ponen un precio que hace que el comprador masivo no entienda cómo un libro tan bello en su aspecto externo puede ser tan barato y un libro argentino común le resulte muchísimo más caro. Eso es muy difícil de explicar”. Hasta acá tratamos de explicarlo. Digamos ahora cuáles son las empresas que hoy copan el ámbito del saldo, en orden de presencia en el territorio de las librerías:

1) Grupos editoriales de matriz extranjera y baja (o nula) producción local de libros:
-Grupo Z (Ediciones B, Bruguera, Vergara y otras)
-RBA (editoriales RBA, Gredos, Molino)
2) Grupos editoriales de matriz extranjera y alta producción local:
-Planeta
-Penguin Random House Mondadori
3) Editoriales (no grupos) de matriz extranjera y mediana producción local:
-Edhasa (con importados de sus sellos Edhasa, Nebulae, Marlow, etc.)
4) Conglomerados (grupos de multitareas) con un área editorial:
– AGEA (Grupo Clarín)
5) Editoriales españolas asociadas provisoriamente para un proyecto o colección conjunta:
– El sello Quinteto, creado por las españolas Anagrama, Edhasa, Salamandra, Tusquets y Península. Todo su stock sobrante fue saldado.
6) Editoriales locales:
– Del Nuevo Extremo (con sus dos sellos Díada y Del Nuevo Extremo).

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Saldo importado (Edhasa)

Casi toda edición hoy en saldo es de alguna de estas firmas. Campea Ediciones B (y con ella todo lo del Grupo Z): románticas, policiales, ciencia ficción, historia, divulgación científica. Impresos en España, llegan a Argentina en general para vivir como saldo su primera vida, es decir que no tuvieron distribución anterior en el país. Lo mismo ocurre con los libros del grupo RBA (aunque esta, que es propiedad de un argentino en Barcelona, sí trabaja una línea promocional para kioscos). Los saldos de Edhasa hoy abundan, son importados y muchos son novelas de nuevos autores españoles y europeos escasamente conocidos.

Un apartado para los grupos editoriales

Constantemente leemos o escuchamos hablar de “los grandes grupos editoriales”. En rigor, el adjetivo grandes es mas enfático que descriptivo, ya que no parece haber grupos chicos. Cuando una editorial compra a otra, suele ser un acontecimiento que mueve millones. Son operaciones que oscilan entre lo grande y lo descomunal. Y es un fenómeno de esta época. Desde mediados de los 80 (cuando un grupo alemán compró Plaza & Janés y enseguida una editorial italiana se hizo con Grijalbo), este tipo de adquisiciones y la consecuente formación de grupos editoriales se volvió moneda corriente. En los últimos años incluso hay compras de grupos por parte de otros grupos mayores, los “gigantes”. Penguin Random House por ejemplo acaba de adquirir Ediciones B (que además de ser la heredera de la vieja Bruguera, en su momento había comprado otras editoriales como Vergara).

Los grupos editoriales son formaciones de conjuntos por adquisición y control de entidades que alguna vez se dedicaron a lo mismo (editar libros) con independencia; este sería su rasgo inherente. Otra cosa son los sellos editoriales de un conglomerado (como puede ser el Grupo Clarín) en tanto son sellos creados, no comprados. Y otra cosa son también las apuestas conjuntas (pero limitadas a un proyecto o una colección) de editoriales que funcionan por separado (como el caso del sello Quinteto que veíamos antes). El otro rasgo que define a los grupos editoriales no es inherente aunque va de suyo en países con una industria editorial precaria, modesta, sólida o relativamente poderosa (como la argentina) pero en ningún caso avasalladora. Teniendo en cuenta esto, y si bien es posible imaginar un grupo con su actividad mayormente concentrada en un solo país (Francia o Alemania), hay que decir que en la gran mayoría de los casos los grupos editoriales operan a escala multinacional, aunque siempre con base en algún país, por lo común del hemisferio norte. Este es otro buen motivo para decir que los grupos editoriales son grandes per se, pongámosle o no el adjetivo. Un ejemplo: Penguin Random House (PRH). En Argentina, PRH es una división de PRH Grupo Editorial con sede en España, que es a su vez una división de PRH con sede en Nueva York, que es una empresa controlada por el conglomerado Bertelsmann con sede en Alemania. O sea que, en principio, la que opera en nuestro país es una filial de España. En Madrid, en efecto, se trazan las coordenadas generales, el plan editorial. La división argentina representa cerca de un 15% de la facturación general de PRH Grupo Editorial. El director editorial para Argentina, el español Llovet, es a su vez el coordinador general de todas las filiales latinoamericanas.

En el ámbito de nuestra lengua, no hay grupos editoriales que concentren su actividad en un solo país. Ni siquiera en España, donde algunos grupos como RBA producen todos o casi todos sus libros, pero para venderlos necesariamente en América además de España. Y no hay, tampoco, grupos editoriales “argentinos”, esto es con base en nuestro país y alcance en varios otros (Del Nuevo Extremo se define a sí mismo como grupo editorial, pero en realidad es una empresa que tiene dos sellos y que además distribuye en Argentina a otros como Zorro Rojo). De los cuatro grupos editoriales en el ámbito de nuestra lengua, sólo uno, Anaya, no está muy volcado al saldo. El Grupo Z (Ediciones B) decíamos antes que es el más activo en saldos, pero como acaba de ser comprado por PRH habrá que ver, en el futuro, cómo sigue operando.

grupos

Remate

En algún punto hay que ponerle fin a este tema tan rematado de los saldos. Pienso en los lectores que los frecuentan y en quienes los esquivan, y lo mismo en las editores de ambos tipos. Hay muchos compradores que sólo van a las “buenas librerías” y evitan las de saldo. Para ellos, que no piensan en el precio, entrar ahí puede ser una experiencia deprimente. Con sus pilones iguales y sus mesas hasta en las paredes, la librería de saldo como espacio de mínima diversidad puede remitir (a mí me pasa) a una cadena de supermercados de vida fugaz después de la crisis del 2001: Leader Price. En sus góndolas había dos marcas de aceite, tres de yerba y así. Yo igualmente voy a las de saldo, porque soy un lector adicto y porque me importa el precio. Como yo, muchísimos van ahí y van más allá, y compran en todo tipo de librerías.

El otro tema, más importante, tiene que ver con las editoriales argentinas. Fuera de lo que es la venta directa (en ferias, encuentros, etc.), todas ellas están ligadas exclusivamente a las librerías de nuevos, no a las de saldos. ¿Podrían tal vez aprovechar esos espacios hoy en mano de grupos, conglomerados o bien editoriales “simples” pero extranjeras? ¿Afectaría eso a sus ventas en los espacios y canales de más prestigio? Posiblemente no, o no tanto. El problema parece ser otro, y de difícil solución. Porque ya vimos que entrar en el sistema del saldo es entrar en su pensamiento: o sea, es hacer ediciones previendo que muchas de ellas se van a saldar. Es como, desde el punto de vista del lector, no comprar determinados libros por su perfil de rebajables después de un año -aunque esto siempre falla-. De todos modos, hay cien editoriales medianas o grandes, acá, que tienen stocks de títulos buenos, tanto eruditos como populares, editados hace cinco o seis años. Se agolpan en depósitos o se consignan en librerías en cantidades mínimas. ¿Un esquema donde la editorial reciba 4 dólares por ejemplar que entra en un hipotético plan de saldos nacionales: dos de la librería de saldo que los compra, dos del Estado que apoya? Sí y no. La duda persiste, y con tendencia al crecimiento. Eso a pesar de que el saldo ya es una institución más que una práctica, y una institución que nadie, menos que menos la mirada de asquito de algún editor, va a borrar de un plumazo.

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