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Juegos de arte

agosto 3, 2017

Los trozos de papiros griegos más antiguos que se conservan son de los días de Aristóteles. Como en los egipcios, la escritura en ellos es continua, sin espacio entre palabras. Pero, a diferencia de los viejos textos egipcios, y en general de lo que solemos representarnos en nuestra mente, los papiros griegos no se leían “de arriba abajo”, no se desplegaban con una mano en alto y la otra punta del rollo tocando el piso, sino en sentido horizontal, tal como sería, hoy, la lectura de un libro muy apaisado. Y es que en Grecia se estilaba escribir primero en folios, y luego unirlos uno al costado del otro hasta lograr la extensión normal del rollo (cerca de seis metros, que enrollados calzaban bien en el puño). O sea: podía no existir aún el espacio entre palabras, pero ya estaba la diagramación, la página. Pudo haber sido la importancia de los textos breves lo que llevó a redefinir el espacio del rollo de esta otra manera. Pudo haber sido, la página, un invento de la poesía.

A la muerte de ese pollo de Aristóteles que fue Alejandro Magno, la Grecia clásica deriva en la etapa llamada helenística. La lengua que antes se usaba desde el sur de la península itálica a la costa turca se extiende a lo que hoy es Túnez, Egipto, Bulgaria, Siria, Armenia, Pakistán… Los reinos se dividen: hay que imaginarse el “mal de la extensión” (sintagma sarmientino que aplica a la pampa) pero no como tabla rasa sino en una dilatada tierra llena de ciudades y riquezas. Toda esa nueva heterogeneidad conjunta se contrarresta buscando un núcleo de sentido, ¿en dónde?, en el pasado, y así la literatura helenística se vuelve gramática, crítica literaria, ordenamiento del canon. Alejandría y su biblioteca que sale a la caza de la tradición (literalmente fue una caza, con agentes de aduana confiscando los libros que trasladaban los barcos) es el mejor símbolo. En sus gabinetes nace el poeta-filólogo y el texto cultural o hasta culturoso como nota al pie del poema canónico antiguo. Nace también la contracara del poema nerd: el elogio de la vida campestre. Asimismo, y en otra vertiente, la poesía de la experiencia y del conocimiento ceden su lugar, ocio urbano y vida fácil de por medio, a una nueva poesía del juego con las palabras o la página, el atletismo gráfico o verbal.

La poesía visual surge en el arranque de la época helenística. Los primeros ejemplos son los caligramas de Simias de Rodas hacia el 300 a.C.: tres poemas conocidos como “Las alas”, “El hacha” y “El huevo” justamente por el dibujo que forman las palabras en su disposición sobre el folio. Son juegos de arte (technopaignia) que más tarde pasarán a Roma –donde se los llamará carmina figurata– y prenderán fuerte sobre todo en la Edad Media. Pero la dicha palabrista sólo en el mejor de los casos se vuelca a la poesía visual. En el peor (y más decadente, y abundante), habría que pensar en los poemas que, además de no decir nada, tampoco dibujan nada. Los meros rebusques de palabras, que al parecer también se habrían cultivado en Grecia, aunque otra vez es el medioevo la fuente generosa (los poemas en latín de Ausonio, Alcuino y demás). Volviendo al helenismo, se sugería que en paralelo al despliegue de estos juegos de arte nació otra vertiente, la bucólica, con la idealización de la vida campestre en los poemas de Teócrito (retomados por Horacio, entre otros). La bucólica, esa poesía de la experiencia urbana por oposición –un allí y ahora contra el aquí y ahora–, luego podrá caer en automatismos y esquemas, pero es innegable que nace de un grito, un hartazgo, una perturbación. A Teócrito, dicho no al pasar, también se le atribuye un poema visual, uno no tan artificioso (frente a los de Simias) y donde el corte de versos va del más largo al más corto. Por el dibujo que forma se lo llamó “La siringa” –nosotros podríamos decirle “El siku”– en homenaje a la flauta de los campesinos.

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Como este ensayo no es sobre la poesía sino sobre la formación del libro de poesía, se impone la pregunta acerca de si esos poemas visuales funcionaban solos o dentro de un corpus. Y acá, una vez más, las opiniones se dividen. Algunos estudiosos creen que la ‘funcionalidad’ del poema-huevo (por dar un ejemplo) radicaba en su inscripción en una cerámica oval. Otros, en cambio, y a ellos adscribo, sugieren que justamente la forma del huevo tenía sentido en un folio de papiro (que a su vez es página de un libro) sobre el que ahora los griegos preferían ‘dibujar’. En el caso de Simias, de quien se conservaron tres caligramas, parece bastante claro que se trataba de un ejercicio sostenido. Pero además del dibujo hay que tener en cuenta que son poemas de léxico rebuscado y enigmático –intraducibles, dicen los que saben– y en este punto uno tiende a pensar que el atletismo verbal es maratónico: seguramente esos poemas formaban parte de libros enteros guiados por un principio de juego formal, junto con otros textos que en vez de trazar imágenes figurativas propondrían juegos de palabras, acrósticos, repeticiones, simetrías y encabalgamientos léxicos, etc. Una cosa es segura: la importancia de este modo poético en la historia que lleva al libro de poesía. Sin duda significó mucho en el abandono de la escritura continua y la materialización del espacio en blanco no sólo para el corte de verso.

(Fragmento de Apoyado en mi lanza. Aportes en torno al libro de poesía, de próxima aparición)

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Simias de Rodas: El Hacha – Las Alas – El Huevo