¿Qué es el lunfardo?

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quino

Un recurso comunicativo de los estudiantes de intercambio. Miles de jóvenes europeos transitan Buenos Aires con base en barrios como San Telmo y con una habilidad indiscutible para hallar gemas de nuestra oralidad. A veces, más que gemas encuentran yemas, de huevos podridos hace cincuenta años. No sé de dónde sacan (¿de Lonely Planet?) esas palabras como “pebete” y “cameruza”. Pero reviviéndolas mantienen la llama, una llama de 222 patitos necesaria para, sin dominar la gramática del español o la diferencia entre ser y estar, hablar en criollo como un criollo. Pedir un “feca”, de paso, sólo puede ser un consejo de Lonely Planet.

Un recurso estético de los narradores para ganar credibilidad barrial. Necesidad de “rescatar” el habla de la tribu. El problema (del léxico) es que, por alguna extraña razón, muchas veces lo que se quiere rescatar no está en peligro. Está vivo, y se siente bien. ¿Qué hace entonces el socorrista? ¿Se vuelve a su casa? Es una posibilidad, la más sensata. Pero el narrador socorrista acaba de salir a la calle, y no quiere perderse el paisaje social. Insistirá entonces en el lunfardo, si es necesario prendiendo la tele (porque al final volvió a la casa). Nada impide que le vaya bien. La credibilidad barrial o street cred no es algo que se obtenga en el barrio, se sabe.

Un recurso psicológico de los argentinos exiliados. Variante del socorrismo narrativo, a distancia. El buzo vuelve a la superficie con un hermoso zapato del siglo XIX. Este entrañable drama pasa por llevar el tono y la jerga de nuestro bendito país a un nivel de exageración melancólico y casi maníaco. El argentinismo como virus del exterior llega hasta las regiones más distantes. En Finlandia, donde viví un tiempo, lo conocí. Era un chico rosarino que hablaba como una retrolírica de los Redondos. Helsinki es uno de los muchos lugares del mundo, todos ellos distantes pero entrañablemente nuestros, donde todavía se escuchan cosas como “bulo” y “chantapufi”. En esos parques nacionales off-shore sobreviven especies de palabras que en suelo nativo son casi inhallables.

Un recurso estrafalario de los traductores liberales. La tradición liberal nos ha hecho confundir el habla de Buenos Aires con el lunfardo. Por eso no es casual que los traductores más “cultos” sean los más lunfardistas. Cuando abro un libro de Perec editado en Buenos Aires y veo que el protagonista “apoliya”, me entran ganas de ahorcar al traductor con un repasador ensopado en ginebra Bols. Después me tranquilizo. Después vuelvo al libro con un repasador en mano.

Conclusión. Si en el Corán no hay camellos, en Mafalda no hay pebetes. Esa es la lección que se podría aprender. Hay que dejar lo rebuscado aunque muchos se decepcionen. Cuando Quino recibió la Legión de Honor del gobierno francés, en una sala de la Feria del Libro parisina atiborrada de mil argentinos (quinientos exiliados y quinientos narradores en gira), llegó el momento de las preguntas del público y, claro, la gran cuestión que se impuso fue: “Maestro, me gustaría que nos diga qué hay de argentino en Mafalda”. Intriga, silencio goloso. Era una pregunta que en realidad Quino ya había contestado, primero, con su obra, y después, en ese mismo homenaje en París, cuando respondió: “Yo quería ser Picasso, estoy contento con el resultado de Mafalda pero no es para tanto”. Eso había dicho, con su modestia habitual y con su mejor falsa modestia. Por eso a la pregunta sobre qué hay de argentino en Mafalda la respondió con una sílaba inobjetable: “Yo”.

“Yo” es una de las palabras más chicas de la lengua y tiene por lo menos cuatro maneras distintas de pronunciarse sólo en Argentina, sin ir más lejos. No es cuestión de transcribirlos fonológicamente, pero esos cuatro palos en la baraja de la primera persona serían: ió, yó, shó (más seco que ) y lió (más correntino). A esto habría que sumarle una larga lista de variantes según la musiquita más o menos personal del que habla; variantes que la fonología dice no encontrar pertinentes y deja para esa asistente polifuncional (empleada en hospitales, escuelas, centros de desarrollo de programas de computación, estaciones de radio) que es la fonética. Se dirá que la literatura es escrita y “yo” se escribe siempre igual. Es el contrario de “casa”, una de las pocas que se pronuncian siempre igual en todas partes y que, encima, no tiene ningún sinónimo que le haga sombra. Pero voy a esto: hay otra lección ahí. Los matices de la oralidad pueden perderse en la escritura. Los escritores, por eso, se dividen entre los que buscan la oralidad exagerada y tribunera y los que, como Zelarayán, no dejan de buscarla en el matiz, el detalle, el desplazamiento sintáctico, el toquecito. Los asesinos de pebetes como Zelarayán están para las gemas del habla así como otros, narradores y no tanto, para las yemas de huevos puestos en 1950.

Nota al pie. En vez de escribir ¿tú quién eres?, alguien escribe ¿vos quién sos? No es exagero ni afectación: hay lugares donde la opción 1 sería rarísima. Lo mismo pasa con departamento, vereda, lapicera, birome: desde acá, apelar al apartamento, la acera o el bolígrafo es extravagante. Preferí hablar de Zelarayán y no de Borges; la trampa del segundo en el famoso ensayo “El escritor argentino y la tradición” es pensar la expresión de lo particular como una variante rebuscada de lo general, y por ende el localismo como artificio. Borges plantea dos ecuaciones: lo local, que es lo “malo”, es sinónimo de afectación; lo general, que es lo bueno, hace tándem con la virtud del pudor. Y así se permite concluir que a los argentinos nos caracterizan dos cosas: “el derecho a manejar toda la tradición occidental, sin supersticiones” y –quizás la línea más autorreflexiva de toda su obra– el pudor entendido como “la dificultad que tenemos para las confidencias, para la intimidad”. Pero alguien que escribe con una birome o pregunta ¿vos quién sos? no es afectado ni impúdico. Lo pudoroso sería no escribir preguntas o no preguntar. Y que en consecuencia la persona que nos interesaba se vaya con otro que sí habla. Lo pudoroso, y si se quiere también lo afectado, sería no acompañar a alguien hasta la vereda de la casa y no anotar con una birome (mental) el número del departamento. Lo general sin lo particular no es lo general puro, es lo general menos 1; es lo extranjero. Y el pudor llevado a jactancia del pudor es indiferencia o desprecio.

 

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