Bowie, entre el cielo y la pampa

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Fragmento de un texto sobre David Bowie y la recepción argentina de su música. Con testimonios (que agradezco mucho) de Beatriz Vignoli, Carolina Muzi, Patricio Torne, David Wapner, Horacio Fiebelkorn y Andy Andersen.

A las preguntas sobre cuándo y cómo aterrizó Bowie en la pampa, y en qué medida se lo conoció antes de que los dúos con Tina Turner y Mick Jagger lo volvieran popular, le pueden salir al cruce distintas respuestas según uno vaya a las primeras noticias de prensa, a los discos que se editaron en el país o a la recepción concreta de las personas. Si nos guiamos por lo primero, al parecer todo habría empezado en el ’72 con una serie de notas muy elocuentes, por más que nada digan sobre el impacto real. En muchos países las revistas de música cumplen una función de destape: introducir temas y figuras internacionales a riesgo de que lo nuevo no esté a mano. En la Argentina de los ’70 algunas revistas acentuaban esa espectralidad porque, como se oponían al negocio del rock, no había problema si en las tiendas faltaba el disco que comentaban. Así, Bowie tema de revista es un año y medio anterior a los vinilos criollos de Bowie. Y de entrada cala en notas extensas, exclusivas, polémicas. Que hablan del ‘fenómeno’, de ‘la Gran Estrategia Bowie’, cuando el músico es casi un desconocido. Eso es lo que hace la revista Pelo, la más importante, y la que lo introdujo. El artículo puntero (Pelo 32, 1972) tiene este título: “Con el apoyo del pueblo dominaré al pueblo”. La nota no habla de música; dice: “los productores lo aman y veneran”, “la mayor parte de su actual fama la ha logrado gracias a sus ropitas y gestos unisex”, “los fans adolescentes se preocupan con felicidad por averiguar qué ropa se va a poner esta semana, mientras que las audiencias universitarias preparan diletantes tesis sobre los reflejos de la cultura contemporánea en los trabajos de David Bowie”.

bowie1La Pelo, que es por lejos la revista musical más leída, comparte con un buen núcleo de la vida cultural de esos años un agonismo y una fe: los artistas que valen la pena son los que hablan de cosas importantes para la sociedad. En sus páginas la liberación de la mujer es un tema importante, la sexualidad no. Si Bowie cuando habla de algo habla de sexo, no aporta. Si su imagen tiene valor para la vanguardia o para la moda, eso es nocivo o en todo caso ajeno al rock. El discurso de la revista fue famoso por sus dos adjetivos: los músicos progresivos vs. los complacientes (los que siguen la moda, los comerciales). Pero hete aquí la dificultad: en toda una serie de notas Pelo habla del “rock decadente” de Bowie, Reed, Iggy Pop y Marc Bolan a conciencia de que en ellos hay una búsqueda que obliga (esto es textual sobre Bolan) a “no poder acusarlo de complaciente”. Será decadencia, pero tiene algo progre. Tantas veces satirizada por sus dualismos de trinchera, hay que reconocer que Pelo hace su esfuerzo. Y en el número 40 (fines del ‘73), en tres páginas tituladas “El desesperado intento de ser superestrella” escribe: “todavía no es un Bob Dylan”. En el 48 (1974), otra vez en nota exclusiva, exige “darse cuenta de algo que muchos niegan: Bowie es quizás un genio”. A fines del ’74 lo elige cantante del año, señalando que además de un músico extraordinario es un poeta y filósofo preocupado por la humanidad y el futuro, por ende inmerso en la “basura del mundo”. Y es verdad que, para entonces, RCA ya había editado dos discos entre nosotros: Space Oddity y Pin Ups. ¿Pudo ser que esto le marcara la cancha a la prensa? Mi sensación es que no. En el ’74 salió otra revista, Mordisco, que igual que Pelo era contracultural en sus fines, pero además lo era en los medios. Mordisco, precuela de la famosa Expreso Imaginario, puso la imagen de Bowie en dos de sus tapas de esos años.

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Leyendo revistas uno creería que Bowie llenaba la cancha de San Lorenzo. Pero ese engorde espectral de la recepción no nos daría la circulación real. Para imaginar los modos y los tiempos del aterrizaje de Bowie en las pampas el mejor documento es el oral, lo que dicen las personas, como también puede ayudar algún dato sobre la deriva social y comercial de los discos o, ya más resbaladizo, sobre la influencia de las canciones en los músicos locales. Con testimonios de amigos de todo el país –que hoy son escritores y que curtieron intensamente el rock desde chicos, antes de la dictadura– es más fácil hacerse una idea de cómo vino la mano. Empiezo por Patricio Torne (Santa Fe) que ubica en 1972-73 la entrada (modesta) de Bowie en las radios. “Lo único que se difundió de Bowie –dice Torne– fue su simple ‘Starman’, lo pasaban del mismo modo en que pasaban ‘Vanidad’ de Carly Simon, en emisoras como Mitre, Continental o Belgrano de Capital. En el resto del país se lo conoció gracias a revistas como Pelo, y en términos de difusión radial, cero absoluto. Luego no se habló más de él hasta entrado los ‘80”. Sigo con la opinión de David Wapner (Buenos Aires): “En Radio Antártida, entre las cero y las cuatro de la madrugada se transmitía el programa Alternativa, y ahí, sí, escuchábamos a Bowie, a Lou Reed, y todo lo que se generaba en el mundo anglosajón. También en ‘El musical del mate’, de Leo Rivas, por Continental, sonaban Bowie, T-Rex, Moth the Hoople, Lou Reed, entre otros. Mucho más difundido que Bowie era T-Rex, sobre todo con su exitazo ‘Get it On’”.

Horacio Fiebelkorn y Andy Andersen hablan de los discos que se editaron en Argentina en los ’70. A Space Oddity y Pin Ups (1973) les siguió el primero de una nueva etapa, Jóvenes americanos (1975). Pero Andersen agrega algo importante: “Young Americans estuvo de saldo durante años”. Y no se volvió a editar ningún disco hasta el ‘83. Entonces Bowie cuajó por un buen tiempo en espacios reducidos: “gente que hacía teatro y sabía del Living Theater, o que lo curtían vía Robert Fripp” (Andersen); jóvenes que “vendían, compraban, cambiaban, traficaban discos en el Parque Rivadavia” (Wapner). Si volvemos a las revistas, la nueva joya, Expreso Imaginario, ignora a Bowie desde que sale en el ’76 hasta el ’83 (en ese lapso introduce a Joy Division, Talking Heads, etc.). Pelo lo pone en tapa en el ’78 a raíz de Low, pero no cubre los otros discos de final de década: justo cuando el artista más se acerca a la “pureza” musical que le pedían los medios, cuando más descarta los berrinches de la imagen, menos bola le dan. Beatriz Vignoli (Rosario) confirma ese nuevo paradigma, el de la difusión –igual que el punk– gracias a amigos viajeros: “Conocí a Bowie en 1980 por un compilado que trajo mi primo de Los Angeles. Pero no recuerdo haber visto sus discos en Rosario, ni siquiera en una disquería muy especializada que se llamaba Utopía Records”. Carolina Muzi (Bahía Blanca) nota lo mismo desde la ciudad-puerto tan activa en la dictadura: “Por motivos infelices, en Bahía se escuchaba Bowie en 1980, igual que Talking Heads y otras bandas de la new wave o el punk. Recuerdo en esos primeros asaltos a ‘Jean Genie’: no sonaba en la radio sino en fiestas de adolescentes, que musicalizaban otros adolescentes. La ruta de los discos se asociaba con los hijos de marinos que venían de vivir en otros países”.

Así, los testimonios sugieren siete años de suerte totalmente under para el músico en tiempos de dictadura, mientras la rompen, entre nosotros, otras bandas y solistas ingleses. En sintonía, las ediciones de sus discos se cancelan, y la circulación de notas súper adelgaza. Queda la veta más resbaladiza de la huella en músicos locales, ellos también viajeros por el mundo y el espacio. Tiende a decirse sobre esto que el primer músico argentino que curtió a Bowie fue un italiano que vivía en Londres. El mismo Luca habló del impacto que le causó Space Oddity cuando se mudó a Inglaterra en el ’73. Pero, en los hechos del rock nacional, eso cuajó recién en las grabaciones de Sumo en La Cumbresita (1981). Para entonces ya había otras huellas: podemos buscarlas en el oeste de la capital, en el Liniers de Pedro Aznar y el Devoto del Mono Fontana hacia 1975. El Mono habla de Bowie y del dolor que era viajar al centro hasta la casa Daiam detrás de un sintetizador que nunca se conseguía –no al menos en los setenta, cuando hacer sonidos electrónicos no te convertía “en un músico que se viste como un inmobiliario”. Otra inflexión puntera es, desde ya, la versión cien por ciento spinetteana del Major Tom: el capitán Beto (1976). Y hacia 1981 –todavía antes del Bowie popular– viene la segunda ola, la de los tímidos. Ahí están Coleman y Melero: desde Belgrano, el primero pone un aviso en la Expreso buscando “músicos que escuchen a Bowie y Brian Eno”, al que el segundo responde desde Flores. Ahora el influjo es el David oscuro de la trilogía berlinesa, ya sin hard rock ni plastic soul. Coleman y Melero podrán llevar esa huella hasta Soda Stereo, pero ese no es el punctum de la cuestión. El núcleo es un tema que hace Coleman en los primeros ochenta, aunque recién lo graba en el ’87 con su banda Fricción. Estoy hablando de la versión criolla de “Héroes”, que casi todos conocemos, y que hoy, después de tres décadas, seguro sigue en lo más alto en el plan de estudios de la Universidad del Cover.

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