Día del Himno

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Porque era un día especial, Luis se levantó más temprano. Salió a la calle vestido de blanco; en el camino al Zócalo se cruzó con otros niños igual de madrugados y arregladitos. Las chicas le parecieron más lindas, todas perfumadas y como novias. A algunas sus madres no habían podido comprarles ropa, pero desempolvando el traje de bodas lo ajustaron a esos cuerpos menudos y a la grandeza de la ocasión. Era la mañana del 6 de septiembre de 1910. Corría el mes de festejos por el centenario de la Independencia, y la ciudad clavaba la vista en los seis mil chicos de escuela primaria que entonarían el Himno y el recién compuesto Canto a la Bandera. Ellos sabían la letra de los dos; los adultos, sólo la del Himno. Pensar eso llenó de orgullo a Luis mientras cruzaba la Alameda. El orgullo lo hizo acercarse a unos soldados de uniforme extraño, que aceptaron conversar. Hablaban raro los soldados: unos decían “pibe” por chamaco; otros, “garoto”; y unos terceros ni se entendían. Le dijeron que venían de Francia, de Brasil, de Argentina; que iban a desfilar; que pronto llegarían sus presidentes. Otros chicos se acercaron, casi todos de la mano de sus padres, y se armó una ronda. Charlaron hasta que un adulto dijo que ya era hora, y apuraron el paso. Alguien le preguntó a Luis por su familia; mintió que estaban en el palco, al lado de Porfirio. Al salir de la Alameda, un kiosko exhibía la tapa de El Diario: leyó que el poeta de América, Rubén Darío, no iba a ser recibido por el presidente, por oponerse a la intervención yanqui en Nicaragua. Vio otro periódico, uno que el padre nunca había llevado a la casa. Con su nombre raro, El Antirreleccionista decía que unos estudiantes en apoyo a Darío tiraron piedras a la casa del Llorón. Llegó al Zócalo; formó fila; paseó la vista entre la gente. Tiempo sin ver al padre, allá en Jalisco. Sí vio, o creyó ver, a sus hermanas, vestidas de blanco, formando a unos cuantos metros de él. Faltaba Augusto, el mayor, el de más suerte. Que andaba por Guadalajara – antes se iba en carreta y llevaba una semana cruzar la distancia hasta Jalisco y esos lodazales que se hacían con lluvia. Saludó el presidente. Un militar habló de esta hermosa fiesta de la niñez en que, en presencia de la bandera tricolor, erigida en vastos lugares abiertos, los niños de todas las escuelas jurarían lealtad eterna. Sonó el Himno y Luis cantó. Siguió el Canto a la Bandera y los adultos, que hasta ahí la ignoraban, conocieron la nueva poesía. Estallaron aplausos. Luis se distrajo de nuevo. No entendió lo que decía la voz grave y aparatosa, pero vio que sus compañeros se agachaban. Pensó en lo absurdo de que les hicieran poner ropa blanca, para después tener que arrodillarse en el piso. Pensó en la mamma y se la imaginó lavando, ella que siempre había tenido quien le limpiara y perfumara cada prenda. Volvió a mirar a todos lados: no iba a encontrar a su hermano, y menos a su padre. Dejó que al orgullo lo atravesara otra emoción, más dura. Una envidia más fuerte que el piso repleto de rodillas. Sus colegas, que habían llegado acompañados, le parecieron chicos. Sintió tanta indiferencia por ellos como envidia por el hermano, que de un día para otro se pasaba al bando de los adultos. Se lo imaginó entrando a la estación Buenavista, camino a Jalisco, veintidós horas. Desde que estaba el tren, Guadalajara era como una colonia un poco más lejos del DF, papá se había mudado de barrio, no de ciudad. Vio a Augusto recorriendo ese otro barrio, vestido con un traje fino, el pantalón sin manchas, las calles con carteles de la Cervecería Estrella y la fábrica de perfumes La Parisiense. Lo vio llegar a la oficina del diario, abrazarse, conseguir trabajo en la sección de los músicos y los artistas. No vio, no pudo ver, que al hermano nadie lo recibía, que el viaje era en vano. No vio que al padre ya nadie lo llamaba gerente ni director. No supo que Augusto estaba solo en Jalisco, y que de regreso a México iba a tener que trabajar de cualquier cosa. Pero cuando empezó a agacharse distraído, unos segundos después que los demás, sí supo y sí vio que él mismo estaba solo. Y cuando clavó las rodillas en el Zócalo, vio y pensó que para él tendría que haber un destino importante. Recién entonces Luis pudo jurar por la Patria, algo retrasado. Tenía la cara atravesada de orgullo y envidia, de indiferencia y dolor.

(De: Una imprenta para los superhéroes. La historia de Luis Novaro y la Editorial Novaro)

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