La experiencia es una bola de confusión

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hendrix

En la serie Mad Men y su reconstrucción de punta a punta de la década del ’60 en Estados Unidos, el protagonista Don Draper sugiere o explicita varias veces su “ética” publicitaria personal, que aspira a ir en contra de la corriente de los avisos de la época, y que básicamente hace un llamado a abandonar los facilismos del afecto, las exageraciones de la emoción, la logorrea entrañable ante el producto. En especial, Draper rechaza el uso de verbos como “encantar” y “amar” (amo esta gaseosa), al tiempo que le pide a su equipo de redactores más preocupación por el vínculo mental de los seres a las cosas: les quema la cabeza a Peggy y demás, en defensa de la cabeza. Tomada en la clave realista que pretende, la serie estaría mostrando (y Draper discutiendo) un lugar común, un modo de la cultura estadounidense imperante a mitad de siglo no sólo para la conexión entre los productos y los individuos. De hecho, uno cambia “productos” por “estrellas” (de rock o lo que sea) y el vínculo muestra la misma apuesta: una identificación directa, excitada, ansiosa, verborreica y fuertemente emocional (no pasa por la cabeza, es un sentimiento) del público con el artista, que en muchos casos queda captada en una palabra: manía. Dentro de ese mundo con un casillero especial a priori para la manía se deslizó el rock and roll.

¿Y los que salvaron al rock de las “manías” son los que estaban más locos? Quizás, o más dispuestos a confundir(se). Muchos podían tener conexión con la poesía y la literatura; de movida, con la generación beat que eran los bichos raros de la década anterior, y que se la pasaban hablando de la mente. El trabajo con la mente no significa que esos rockers de la confusión, con su individualismo que ayudó a que el rock pasara a ser colectivo (masivo no; masivo ya era), fueran intelectuales, nada que ver. La expresión más justa sería: trepanadores de cabezas (nunca aclimatadores de flequillos ni de pelvis). Una transformación de ese tipo también requería cuerpo, exceso, intensidad, incandescencia. Como los tres grandes incandescentes murieron jóvenes (Morrison, Joplin, Hendrix), podría parecer que ese fuego mental fue una construcción posterior, pero no, por suerte. Una lectura materialista de la confusión, por lo demás, sugeriría que al cambio lo hizo posible el LSD, cuando en realidad pudo venir a respaldarlo o potenciarlo. Y dicho a riesgo: esa confusión inherente puede que fuera el punto de partida, el principio creativo estructural que hizo que existan las “letras de rock”.

En Mad Men o en la publicidad en general, era un recurso hacia otra cosa: por la vía del brain storming, la fórmula profunda. En el rock, como en alguna literatura, la (con)fusión es un procedimiento mayor y es el símbolo de una contracultura que empieza en la mente, que se debate en sí misma. Algo que opera por contrastes, tensiones y junturas, y por eso elige (a conciencia o no) de todo el arsenal de recursos del lenguaje aquellos que más tienen que ver con contra o yuxtaponer: condensaciones, elipsis, sinestesias, metáforas, enumeraciones caóticas. El rechazo al deslizamiento suave en la sintaxis y la semántica, como diciéndoles a las palabras “I don’t want to hold your hand”, caracteriza más allá de la calidad a esa ruptura. Y si el influjo pudo venir de la poesía contemporánea, tampoco se propuso remedarla. Es interesante cómo la poesía beat, que no era cantada, privilegió algunos recursos típicos de la canción desde sus orígenes hímnicos inmemoriales –la anáfora o repetición, central en dos de los poemas beat más conocidos, “Howl” de Ginsberg y “I am waiting” de Ferlinghetti– mientras que estas letras de rock fueron muy inteligentes en dejar de lado (o al menos no abusar de) ese recurso “cantado” (en los dos sentidos, también por obvio) en favor de otros. “Riders on the storm / There’s a killer on the road / His brain is squirming like a toad / Take a long holiday / Let your children play”: no sé si es necesario aclarar que pienso en un prototipo de letra de rock, una primera forma genuina, donde la confusión fue una solución contra la estupidez emocional de las manías reproducida por las líricas sentimentales más o menos insistentes y exacerbadas del rock and roll blanco o negro, norteamericano o inglés, masivo o masivo; tal fue el camino que tomaron los trepanadores de cabezas como Hendrix o Morrison, y que convivió de entrada con otras soluciones –las alegorías de Syd Barrett, las historias ‘comunes’ de Lou Reed, ambas mucho más narrativas y cohesivas–. Ese patrón compositivo de la letra sintáctica y semánticamente tensa y descentrada, de muchos sustantivos (con pocos artículos) y de usuales invocaciones no intelectuales a la idea, la mente, el cerebro o la cabeza quedó para siempre en el corazón de la música rock, trabajado por Richard Hell, Ian Curtis, Peter Murphy y Siouxsie Sioux entre otros. En Argentina, más que en la poesía de Spinetta –que es genial por otras vías, y con yuxtaposiciones no tan tensas–, donde me da la impresión de que encontró el modelo perfecto es en las letras de Palo Pandolfo (Don Cornelio y la Zona, Los Visitantes) como “Cabeza de platino”.

(Fragmento de “La experiencia es una bola de confusión”, del libro -inédito por el momento- Quisiera estar ahí)

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