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Las colecciones populares

agosto 25, 2017

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En los comienzos está la colección, una palabra del orden de las jaurías, las alamedas y las bandadas. Según las décadas de algún siglo, esa primera experiencia de lectura pudo llamarse Clásicos Billiken, Colección Robin Hood, Los Cuentos del Chiribitil o Elige tu propia aventura. A veces, y porque la infancia tiene el atributo pero no el monopolio de la fidelidad, se da el caso de lectores que permanecen atados de por vida a una matriz, hombres y mujeres que se resisten a dejar “El séptimo círculo” o “Grandes Novelistas”. ¿Por qué nos gustará tanto? Quizás en su democrática razón de ser hay un desprecio por el don (lo único, lo insuperable, lo que no tiene igual) y una consagración de la expectativa (lo que sigue, lo que falta, lo que un día vendrá). Uno diría que su fundamento puede captarse en aquel viejo chiste del Negro Dolina: “Más difícil que trazar una línea entre A y B sin que C se dé cuenta”. La colección es eso: la esperanza puesta en C y después en D, esperanza no de que el show siga, más bien de lo contrario, de que vuelva a empezar, parecido pero distinto, en otra parte. Otras continuidades (los volúmenes de una saga, las temporadas de una serie) tienden a renovar el “packaging”, la cobertura, y mantener intacto lo demás. Las colecciones hacen lo opuesto: igualitos de afuera todos sus episodios, por dentro cada uno instala un tiempo, un espacio, un argumento y unos personajes, a veces ajustándose a un bloque o un eje temático, otras ni eso.

centroY colecciones de libros hay miles, más que coleccionistas. Todas las editoriales tienen una, o dos, o diecisiete. En los años 70 el CEAL (Centro Editor de América Latina) podía llevar veinte colecciones en paralelo, que se ensanchaban religiosamente con un nuevo título a la semana o al mes. Más cerca en el tiempo, la editorial Mardulce tiene cuatro colecciones, aunque una de ellas se discontinuó, justo la que se llamaba “Tiempo”, y que era para asuntos sociales muy contemporáneos (extractivismo, desarrollo, guerras). También propone cuatro Eterna Cadencia y, otra vez, se paralizó la que más tenía que ver con el tiempo, “Crónica” (pobres los de Eterna: creyeron que la crónica era algo genuino, y no el negocito de una universidad). Entre los sellos medianos y grandes, Cuenco de Plata mantiene nueve, Adriana Hidalgo hoy maneja diez, Losada lleva adelante siete, Colihue unas treinta aunque engrosadas a ritmo relax. Todos los libros de una colección, se sabe, comparten cosas como el tamaño y cierto diseño de tapa, además de un campo de sentido que suele identificarse con un área de lectura: narrativa, teatro, historia, poesía, filosofía, psicoanálisis, etc. La victoria tajante de quienes las editan consiste en forjarle un diseño al espacio privado del lector, un sector del hogar donde continuidad y contigüidad se exhiben como tales: todos o casi todos los tomos en fila. Hay colecciones tan prestigiosas que se convierten en fetiche: existen para el espacio más que para el tiempo de lectura. Muchos quieren llenar sus bibliotecas, por ejemplo, con la colección “Compactos” de Anagrama, de preferencia sin que ningún tomo ajeno a la serie los perturbe, y, si no es mucho pedir, sin que las ganas de leer alteren la disposición obsesiva del estante quitándole fugazmente una margarita. La colección “verde” de Losada, la de filosofía, es otro caso, aunque distinto, de prestigio: salvo los abogados con ínfulas, la gente que compra esos tomos lo hace para leerlos, transportarlos, subrayarlos, estropearles los bordes a gusto y terminar posándolos al lado de cualquier otro objeto, no siempre un libro. Recientísima, la “Futuros próximos” de Caja Negra es ejemplo de saga con su buen puñado de feticheros ansiosos. La “Serie del Aventurador” (la naranja) para grandes historietas nacionales que saca Colihue ni siquiera tiene defensores o detractores, de tan parecida que es a lo indiscutible.

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Y suele darse una particularidad que hace que las colecciones de libros sean de dos tipos, según por donde se bifurca su carril de venta y circulación: en librerías o en kioscos. Las segundas, que existen quién sabe desde cuándo (Beatriz Sarlo ya las rastrea hacia 1910, en novelitas románticas que se compraban en la vereda), tienen varias características propias, distintas de las colecciones que van a librerías. Empezando por el precio -siempre son más baratas- y siguiendo por algo que puede ser sumamente tranquilizador para el lector o, todo lo contrario, algo muy insidioso. Este otro factor es la anticipación fría y premeditada de un fin: siempre o casi siempre las de kiosco empiezan anunciando cómo y dónde acaban. En tanto recortes adrede y preestablecidos, no se llevan muy bien con la idea de horizonte abierto que hoy parece correcta en cualquier política editora. Pero la insidia o la devoción que esto genera pasa más bien por otra cosa, por cierto efecto “colateral”. Casi por añadidura, una colección que nace anunciando donde acaba es también una acción de lectura: esto es lo que vale. Los recortes programados no son recortes para el perro, no quieren serlo. Me fascinan sobre todo las colecciones de la mejor literatura, baratas y juiciosas. El hombre o la mujer que armó en los años 90 la colección Crónica 100×100 fue alguien que leía como Walsh, Puig y Borges juntos. “Armar libros como si fueran relojes, venderlos como si fueran salchichones”: la frase es de otro pedagogo, Oliverio Girondo. Crónica 100×100, Club Bruguera, Biblioteca Básica Universal (del Centro Editor): tres colecciones populares de las que espero escribir, están para mí en lo más alto.

Porque además de baratas y doctrinarias, las colecciones de kiosko tienen esa tercera característica, la de ser populares. Y acá el valor de la palabra no hace a los contenidos (literarios) sino a la decisión editorial de llevar el combo al mayor número de casas. Salvo que las emprendan los diarios Clarín y La Nación -los dos con un concepto muy desangelado de lo popular-, las colecciones tienden a incluir grandes libros y autores, textos sofisticados y necesarios, explotando así los dos polos de la tensión reloj/salchichón. Vathek, la novela gótica de Beckford, esa joya, o lo mismo El Golem, o Plegarias atendidas de Capote: ¿en qué otro lugar los conocimos sino en tomitos seriados? ¿Y alguien va a poner en duda su singularidad literaria? No, desde ya, el editor que los plantó en el conurbano adosados al diario Crónica.

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Pausa. Y habría que ver la historia de algunas colecciones señeras. Eso quisiera proponerme en el siguiente tramo, empezando por la que mejor conocí: la Club Bruguera (1980-1984) en sus cien volúmenes de tapa dura y con tiradas de hasta trescientos mil ejemplares por título: más de veinte millones de ejemplares que hoy seguimos buscando y leyendo.

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Juegos de arte

agosto 3, 2017

Los trozos de papiros griegos más antiguos que se conservan son de los días de Aristóteles. Como en los egipcios, la escritura en ellos es continua, sin espacio entre palabras. Pero, a diferencia de los viejos textos egipcios, y en general de lo que solemos representarnos en nuestra mente, los papiros griegos no se leían “de arriba abajo”, no se desplegaban con una mano en alto y la otra punta del rollo tocando el piso, sino en sentido horizontal, tal como sería, hoy, la lectura de un libro muy apaisado. Y es que en Grecia se estilaba escribir primero en folios, y luego unirlos uno al costado del otro hasta lograr la extensión normal del rollo (cerca de seis metros, que enrollados calzaban bien en el puño). O sea: podía no existir aún el espacio entre palabras, pero ya estaba la diagramación, la página. Pudo haber sido la importancia de los textos breves lo que llevó a redefinir el espacio del rollo de esta otra manera. Pudo haber sido, la página, un invento de la poesía.

A la muerte de ese pollo de Aristóteles que fue Alejandro Magno, la Grecia clásica deriva en la etapa llamada helenística. La lengua que antes se usaba desde el sur de la península itálica a la costa turca se extiende a lo que hoy es Túnez, Egipto, Bulgaria, Siria, Armenia, Pakistán… Los reinos se dividen: hay que imaginarse el “mal de la extensión” (sintagma sarmientino que aplica a la pampa) pero no como tabla rasa sino en una dilatada tierra llena de ciudades y riquezas. Toda esa nueva heterogeneidad conjunta se contrarresta buscando un núcleo de sentido, ¿en dónde?, en el pasado, y así la literatura helenística se vuelve gramática, crítica literaria, ordenamiento del canon. Alejandría y su biblioteca que sale a la caza de la tradición (literalmente fue una caza, con agentes de aduana confiscando los libros que trasladaban los barcos) es el mejor símbolo. En sus gabinetes nace el poeta-filólogo y el texto cultural o hasta culturoso como nota al pie del poema canónico antiguo. Nace también la contracara del poema nerd: el elogio de la vida campestre. Asimismo, y en otra vertiente, la poesía de la experiencia y del conocimiento ceden su lugar, ocio urbano y vida fácil de por medio, a una nueva poesía del juego con las palabras o la página, el atletismo gráfico o verbal.

La poesía visual surge en el arranque de la época helenística. Los primeros ejemplos son los caligramas de Simias de Rodas hacia el 300 a.C.: tres poemas conocidos como “Las alas”, “El hacha” y “El huevo” justamente por el dibujo que forman las palabras en su disposición sobre el folio. Son juegos de arte (technopaignia) que más tarde pasarán a Roma –donde se los llamará carmina figurata– y prenderán fuerte sobre todo en la Edad Media. Pero la dicha palabrista sólo en el mejor de los casos se vuelca a la poesía visual. En el peor (y más decadente, y abundante), habría que pensar en los poemas que, además de no decir nada, tampoco dibujan nada. Los meros rebusques de palabras, que al parecer también se habrían cultivado en Grecia, aunque otra vez es el medioevo la fuente generosa (los poemas en latín de Ausonio, Alcuino y demás). Volviendo al helenismo, se sugería que en paralelo al despliegue de estos juegos de arte nació otra vertiente, la bucólica, con la idealización de la vida campestre en los poemas de Teócrito (retomados por Horacio, entre otros). La bucólica, esa poesía de la experiencia urbana por oposición –un allí y ahora contra el aquí y ahora–, luego podrá caer en automatismos y esquemas, pero es innegable que nace de un grito, un hartazgo, una perturbación. A Teócrito, dicho no al pasar, también se le atribuye un poema visual, uno no tan artificioso (frente a los de Simias) y donde el corte de versos va del más largo al más corto. Por el dibujo que forma se lo llamó “La siringa” –nosotros podríamos decirle “El siku”– en homenaje a la flauta de los campesinos.

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Como este ensayo no es sobre la poesía sino sobre la formación del libro de poesía, se impone la pregunta acerca de si esos poemas visuales funcionaban solos o dentro de un corpus. Y acá, una vez más, las opiniones se dividen. Algunos estudiosos creen que la ‘funcionalidad’ del poema-huevo (por dar un ejemplo) radicaba en su inscripción en una cerámica oval. Otros, en cambio, y a ellos adscribo, sugieren que justamente la forma del huevo tenía sentido en un folio de papiro (que a su vez es página de un libro) sobre el que ahora los griegos preferían ‘dibujar’. En el caso de Simias, de quien se conservaron tres caligramas, parece bastante claro que se trataba de un ejercicio sostenido. Pero además del dibujo hay que tener en cuenta que son poemas de léxico rebuscado y enigmático –intraducibles, dicen los que saben– y en este punto uno tiende a pensar que el atletismo verbal es maratónico: seguramente esos poemas formaban parte de libros enteros guiados por un principio de juego formal, junto con otros textos que en vez de trazar imágenes figurativas propondrían juegos de palabras, acrósticos, repeticiones, simetrías y encabalgamientos léxicos, etc. Una cosa es segura: la importancia de este modo poético en la historia que lleva al libro de poesía. Sin duda significó mucho en el abandono de la escritura continua y la materialización del espacio en blanco no sólo para el corte de verso.

(Fragmento de Apoyado en mi lanza. Aportes en torno al libro de poesía, de próxima aparición)

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Simias de Rodas: El Hacha – Las Alas – El Huevo

Dime quién salda

junio 5, 2017
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Colección RBA Romantics

El saldo es el Purgatorio de los libros. Es la segunda vida en bloque, en pelotón, de los que todavía pueden zafar del picadero de papel, que es el infierno de los libros. Como purgatorio, las mesas de saldo son lugares para libros que pasaron su primera vida sin encontrar lector, y que ahora, mientras esperan, bajan sus pretensiones (pudiendo caberles todavía la posibilidad del descenso al picadero). Por supuesto que también hay un paraíso de los libros. Está en las bibliotecas, las casas, en ciertos estantes de librerías. En ese paraíso manda el librito más veces leído, prestado, comprado, vendido y vuelto a comprar en todo el mundo. Cualquiera -un ejemplar de Las olas de Virginia Woolf edición tapa dura Bruguera 1981 con un sticker de librería en la primera hoja, un sello de casa de canjes, una ficha de biblioteca pública (abigarradísima de datos) pegada a la retiración de tapa, dos dedicatorias distintas a mano, tres o más pulsos diferentes en los subrayados a lápiz o birome y muchas anotaciones al margen (algunas de ellas discutiendo entre sí tipo “¡qué hermoso!” y “¿te parece?”- puede ser, en aquel paraíso, un dios. Pero hoy quiero hablar del purgatorio. (more…)

Como un golpe de rayo

abril 18, 2017
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La editorial Caja Negra acaba de sacar a la calle un nuevo libro, Como un golpe de rayo, del periodista musical inglés Simon Reynolds. Es un ensayo sobre los principales rockeros ingleses que en la década del 70 dieron forma (e imagen) a lo que se conoce como glam rock. Esos héroes glam son ante todo dos: David Bowie y Marc Bolan. En torno o en paralelo a ellos, el glam pesado de Alice Cooper y el glamour (que no es lo mismo) sentimental de Brian Ferry (Roxy Music). Como un golpe… es el cuarto libro de Reynolds que aparece entre nosotros, todos por la misma editorial, y siendo que este es el de escritura más reciente -se publicó en Inglaterra en 2016 después de la muerte de Bowie- y que los anteriores como Postpunk ya venían y vienen cosechando un público fiel, es de imaginar que se convertirá en uno de los libros más comentados del año. En estos días comenzó a entrar a librerías y El Corcel de La Libre (Bolívar 438) lo acaba de leer.

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La Teoría de la Vanguardia

marzo 31, 2017

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Un libro que durante mucho tiempo fue aceite para las fotocopiadoras de los edificios donde se enseña literatura o historia del arte: la Teoría de la vanguardia, de Peter Bürger. Su autor es un hijo de la famosa Escuela de Fráncfort donde trabajaron Theodor Adorno y Herbert Marcuse entre otros. Bürger, que dio a conocer este libro en 1974, sigue actualmente pillo y reflexionando sobre el tema -en 2014 de hecho sacó un libro cuyo título en alemán equivale a Después de la vanguardia, pero que hasta hoy no tiene traducción al español. Hay tres o cuatro libros de Bürger traducidos y más o menos disponibles en bibliotecas, no tanto en librerías. De todos modos es esta, la Teoría de la vanguardia, y quizás porque además de incluir planteos novedosos es también una especie de manual que repasa las concepciones del arte moderno desde Kant y Marx hasta Benjamin y Brecht, su obra principal o la más difundida. En algún momento existía una edición española del sello Península (que hoy pertenece al Grupo Planeta): esa edición es la que circuló en los ’90 la mayoría de las veces sin el aura del objeto-libro sino más bien en fragmentos o copias anilladas. Que hoy este libro pueda conseguirse, y a 220 pesos, en cualquier librería del ramo, se lo debemos a un editor remero de la escuela de Santiago Lange como es Néstor González, el editor de Las Cuarenta.
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Algo, urgente (Joao Gilberto Noll)

marzo 29, 2017

Los primeros años de vida despertaron en mí el gusto por la aventura. Mi padre decía que el sentido de la existencia a él se le escapaba, y vivía cambiando de trabajo, de mujer y de ciudad. La característica más visible en mi padre era la rotatividad. Se consideraba un filósofo sin libros, poseedor de una única fortuna: el pensamiento. Yo, al principio, pensaba en mi padre como en un hombre amargado por el hecho de que mi madre se hubiese ido dejándolo solo cuando yo todavía era un bebé. En ese entonces vivíamos en lo alto de la calle Ramiro Barcelos, en Porto Alegre; mi padre me llevaba a pasear todas las mañanas a la plaza Júlio de Castilhos y me enseñaba los nombres de los árboles, yo no quería quedarme sólo en los nombres, quería conocer las características de cada especie, su lugar de origen. Él me decía que el mundo no era solamente esas plantas, que era también las personas que pasaban y las que no pasaban y que cada uno tenía sus dramas. Yo le pedía upa. Él me alzaba en brazos y silbaba una canción medieval que decía que era su preferida. A upa de él, yo me ponía a balbucear pensamientos peligrosos:
–¿Cuándo te vas a morir?
–¡No te voy a dejar solo, hijo!
Me hablaba con una mirada visiblemente conmovida y decía que antes  me enseñaría a leer y escribir. Él se empeñaba en olvidar que yo sabía todo lo que le pasaba. ¿Para qué leer?, le preguntaba yo. Para describir la forma de este árbol, me respondía, un poco irritado por la pregunta. Pero enseguida se calmaba.
–Cuando aprendas a leer, de alguna forma vas a poseer todas las cosas, incluido a vos mismo.
A fines de 1969, a mi padre se lo llevaron preso en Paraná, en el interior. (Dicen que le pasaba armas a no sé qué grupo.) En esa época, tenía un negocio de artículos de pesca y caza en Ponta Grossa y ya no me llevaba a pasear. (more…)

El tío Piva

marzo 14, 2017

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Finalmente tenemos en castellano un libro sólo de poemas del brasileño Roberto Piva. Se trata de la edición bilingüe del que fue su primer libro, Paranoia, de 1963, traducida por Edgar Saavedra. El editor es Goyo, o Goyeneche, que desde hace diez años está al frente del sello Nulú Bonsai. La edición es pequeña, de bolsillo y hasta de bolsillo de camisa. Pero aun así incluye, fusionadas con los poemas, las fotos de Sao Paulo que tomó Wesley Duke Lee para la primera edición brasileña y universal de este librazo.

Roberto Piva (1937-2010) fue un poeta moral de una libertad absoluta para escribir sobre las cuestiones que le interesaron -detalles de la vida paulista capaces de mostrar o bien el fracaso de la civilización occidental o bien el constante renacer de lo dionisíaco-; un poeta que encontró su propia voz entre la enramada de algunos tonos de época -el aullido beatnik, la persistencia del surrealismo-, y alguien que se negó vehementemente a lo largo de su vida a crear o adscribir a movimientos o escuelas poéticas, siendo incluso que una etiqueta muy en boga en el ámbito brasileño de los ’70, la etiqueta “poesía marginal”, más de una vez lo persiguió para hacer de él algo así como el representante prototípico por delante de una decena de otros nombres, pero Piva la esquivó tanto como pudo. (more…)

El apoyo del mate

febrero 26, 2017

tabaHubo un momento en que los escritores habrán dicho: bueno, nosotros también tenemos que trabajar. Salieron entonces a buscar trabajo, y lo encontraron. Además de escribir sus cuentos y novelas, se hicieron agentes, editores, traductores, espías, ¡hasta críticos!, y algunos consiguieron una página de los diarios para ejercer la actividad paga más parecida a escribir: la columna literaria. Fue una buena ocupación; peor hubiese sido reemplazar a los docentes y ponerse a leerles cuentos a treinta chicos de sexto grado.
La columna literaria, que por amor a la redundancia a veces se llama “columna de opinión literaria”, es ese formato que ellos inventaron para los diarios y que tiene algo de crítica literaria -poco- y algo de ensayo -sobre todo el tono, y la genuina caprichosidad-. Su rasgo característico es lo breve: cuatro párrafos como mucho. En la Buenos Aires de hoy es un formato que se practica sistemáticamente en unos pocos diarios (Página 12, Perfil y La Nación) y que, esto es llamativo, está en manos de hombres, casi ninguna mujer. También se practica en blogs más o menos profesionalizados a cambio de algo (un librito, una corbata) y en las redes sociales (en estas últimas no son columnas pagas ni transadas, y están en manos de ñoños con ínfulas de buenos entendedores como este que escribe, o de maniáticos esquizofrénicos como este otro que escribe).
Los columnistas literarios que tenemos: unos diez. En Página, el primero que les dio total cabida, Forn, Fresán y Sasturain (hablo de oficio sistemático, no de un columna muy cada tanto). En La Nación, Gigena acaba de empezar la propia, subjetiva, después de cientos de notas bien pensadas sobre la Situación (de los editores, de los traductores, de las librerías, etc.). Página tiene también a Horacio González en tándem con el Vargas Llosa de La Nación: tipos que cada tanto escriben sobre literatura, pero que más bien ejercen el desmenuce crítico (Horacio) o el encomio sátrapa (Varguitas) de algún episodio de la coyuntura política local. El otro diario es Perfil, el de los múltiples columnistas literarios. Ahí sobresale el más divertido: Damián Tabarovsky. Martín Kohan siempre es legible y a veces muy bueno. Quintín quiere ser el Baby Etchecopar de la columna y aburre. Fabián Casas domina la técnica del altibajo y alternándolas cada tres semanas publica una columna excelente, otra pasatista y otra paupérrima.
Yo sigo a algunos, siempre. A veces al día y a veces con retraso. Como les pasa a tantos lectores, esas columnas son mi revancha matutina de placer cuando no salí el viernes o el sábado a la noche. En pleno siglo XXI, sigo vaciando una pava de mate mientras me río sobre todo con Tabarovsky, que hoy cierra su columna de domingo así: “Hace poco leí una novela de un autor argentino publicado por una gran casa multinacional con sede en España y sucursales en casi toda América Latina. Era tan tan mala que se me ocurrió que el autor podría presentarse a una beca para que la traduzcan al castellano. No sería una mala idea”.

Crónica de un fetiche

febrero 18, 2017

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Pierdo el tiempo mirando un Manual Tipográfico del siglo XVIII y el antivirus me avisa: “Cualquiera puede ver lo que estás haciendo”. Como si fuera porno… y sí: no se equivoca. Uno de los gajes de ser un biblióñoño es que también te calentás con esto. Las ediciones, las cajas de texto impecables, las tapas zarpadas de ilustradas, las guardas. ¿De dónde viene este amor por el cuerpo de los libros, cuando en casa, de chico, sólo había esas horribles ediciones Sopena? So pena, cuánta justicia el nombre de aquel sello. ¿Por qué no habré nacido en Italia, donde dicen que los editores aman lo que hacen? Miro el Manual Tipográfico de Giambattista Bodoni, “la madre de todos los libros”… Es hermoso, es perfecto, es la Noemí Alan de los libros (para los más chicos: Noemí, “la Tana”, es la mujer más bella que existió sobre la Tierra). Y enseguida salto de Bodoni a otro editor italiano, y leo la anécdota de cómo empezó, más cerca de nuestro tiempo y del tiempo de la Tana, el genial Franco Maria Ricci.

Eran los años ’60. A Ricci, por casualidad, le cae en manos el manual de Bodoni y dice: esto hay que reeditarlo tal cual existió una vez. Y lo reedita, y saca 400 ejemplares cuidando cada detalle… menos el precio de tapa, que según su propia leyenda fue un descuido con suerte. Porque Ricci quería venderlo a X cantidad de liras, y por error, diseñando los últimos toques de tapa, se le escapó un 0 más: como quien piensa “lo vendo a 1000” y acaba escribiendo 10.000. Lo que sigue: la edición, contra todo pronóstico, se agotó en meses. Ahí nomás una segunda tirada, igual a la anterior, y con las ganancias Ricci fundó su editorial y, ¿qué hizo? Viajó a Buenos Aires. Viajó a Buenos Aires para conocer a Borges, y se hicieron muy amigos. Muy. Otra leyenda dice que fue Ricci el que convenció a Kodama de aceptar la propuesta de casamiento de Jorgito. Uy, mencioné a Kodama y ahora van a odiar a Ricci y a mi historia. Pero no, por favor no lo hagan, antes miren sus trabajos. Conozcan sus colecciones: una incluso se editó en Argentina. Les cuento.

Ricci en 1975 le propuso a Borges que armara una colección de literatura fantástica para editar en Italia. Esa colección, La Biblioteca di Babele, se publicó a ritmo de un volumen cada dos meses durante cinco años. Eran libros de Melville, Kafka, Meyrink, Papini… Todos elegidos y prologados por Borges menos el tomo 19. Ahí Ricci se anticipó y mandó, para celebrarle el cumpleaños 80 a su amigo, que se tradujeran cuentos del viejo en italiano, y de sopetón lo traficó a Borges, en su mismísimo proyecto, estampándole la camiseta número 19 de la serie fantástica (“Borges fue el último escritor del siglo 19”, ¿les suena? Ahora saben de dónde sacó eso Piglia).

La editorial Ricci… Fíjense en la foto el corte de tapa. Los italianos, se sabe, fueron los que inventaron el libro impreso (Gutenberg apenas inventó la imprenta) y fueron los que, tomando los conceptos teóricos del arquitecto latino Vitruvio, establecieron la proporción áurea (3×2) para el alto y el ancho del libro. Pero acá Ricci quiebra la proporción áurea, y aun así logra ser clásico. Su corte es más alargado, sin dejar de ser robusto, como el de esa vedette que siempre preferí. En el mundo hay toneladas de editores que quiebran la proporción para un lado u otro, pero tranquilos, no son Picassos rompiendo la representación, la mayoría ni la conocen. Ricci la estiró en una suerte de 3,5 x 2, la modiglianizó; otros como el gordito de Anagrama la hicieron 2,5 x 2, casi cuadrados, para su famosa serie multicolor de bolsillo. Volviendo a Babel, tengo uno de los seis títulos que llegaron a salir en Argentina en la versión criolla de esta colección, editada para nosotros -en tiradas de cuatro mil ejemplares numerados- por el mismísimo Ricci en sociedad con Luis Alfonso (otro amigo de Borges, y librero de la calle Florida). La argentina es en cada detalle igual a la tana, salvo, claro está, en el idioma. Años después hubo incluso una versión española, que marcó el comienzo de Siruela. Pero lo cierto es que “La Biblioteca de Babel” nuestra se cortó tras el tomo 6 por la muerte del librero Alfonso en plena dictadura. Ese tomo sexto es el que tengo ahora, y en casa, y acá, a la derecha del teclado, al lado del aviso de Avast sugiriéndome que me cuide de ver cosas que todos pueden ver. Miren lo que es la tapa. Miren qué tana belleza. Las guardas, el interior, la tipografía Bodoni, me las guardo. Pero miren ese rojo, es pornográfico, y en vivo es… ay si lo vieran sin antivirus!

En la foto, atrás, hay un pequeño mueble. Lo fabricó mi abuelo. También en áurea ligeramente desproporcionada (Emerson: “La belleza siempre requiere un detalle fuera de proporción”).

El libro de poesía (5)

enero 31, 2017

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La corona y el cardo

Con los primeros poetas subjetivos de los siglos VII y VI antes de la era cristiana, recapitulando, nace la forma libro de poesía, posiblemente encarnada ya en un primer cuerpo del que nada sabemos. Con los poetas del siglo V, nos enteramos de que ese cuerpo existe y tiene un nombre genérico, escolio, pero ignoramos todo acerca de en qué medida el poeta participa en la fijación de su contorno, sus bordes, su alcance. Con las generaciones helenistas o alejandrinas, descubrimos que el tema del control sobre el cuerpo del libro es central -son poetas editores, bibliotecarios- pero en principio todo indica que esa preocupación por establecer el contorno y los órganos está más volcada a la obra ajena -la canónica, la “nacional”- que a la propia (del poeta editor Calímaco también se perdió casi todo). Habrá que llegar al primer siglo antes de Cristo para que la forma y el cuerpo del libro de poesía deje de sernos, en líneas generales, un misterio.

Entre los poetas injustamente relegados por este ensayito, y relegados por la escasa formación clásica del que escribe, quizás en primer lugar haya que mencionar al sirio Meleagro, que es quien, ya en la primera centuria antes de Cristo, deja evidencia -por lo poco que se conservó- de su celo por la selección y la difusión de un conjunto. Con Meleagro se hace común, además, el uso de una imagen que seguramente ya circulaba entre los antiguos para describir la variada unidad: una corona de flores, una guirnalda, una antología. Es notable que, después del paso erudito de los alejandrinos, buena parte de la literatura clásica más reproducida en la Edad Media, y por ende mejor conservada, sea para textos programáticos, prólogos, credos poéticos. Meleagro hizo publicar su Corona como una selección de cerca de veinte poemas breves escritos por él, y sabemos, porque nos llegó el prólogo, que la corona en cuestión hilvanaba también, adjudicándoles a cada uno la imagen de un flor determinada, partes de poemas de otros cuarenta y seis autores. A Safo, Meleagro le adjudica la rosa. A Alceo, el jacinto. El mirto -ligado simbólicamente a la fecundidad y la fidelidad- es para Calímaco. A Arquíloco le toca un símil que yo no sé descifrar si es despectivo o reivindicativo -o las dos cosas-, pero sin duda es elocuente: la flor del espinoso cardo. Interesante figura para nuestro precursor que, entre los animales, ya había sido comparado mucho antes con la cigarra, incapaz de callarse, menos que menos cuando le agarran las alas.

El compilado de Meleagro es eso: el de un poeta y crítico o lector con más recursos, en comparación con Calímaco, para controlar y hacer perdurar la difusión de sus propios poemas en conjunto, pero que todavía no puede, al parecer, hacerlo enteramente a sus anchas, por lo que su libro es al mismo tiempo una antología propia y ajena. Mientras que, casi en la misma época, otro poeta instalado en Roma es artífice, ya, de la concretización del libro de poesía a su antojo: un libro donde también habrá lugar para el homenaje a Safo y los alejandrinos. Para hablar de ese libro entonces tendremos que pasar al “último griego”, Catulo, que ya es un latino. Y todos los temas que veníamos siguiendo -la poesía de la experiencia; la perturbación de las emociones; el agridulce yambo, erótico y satírico; el relativo desprecio por los “grandes hechos”; los poemas mundanos pero que tampoco se amoldan a los casilleros de la vida mundana ritual (elogios del casamiento, celebraciones del triunfo en una competencia, etcétera)- así como la cuestión del celo por el conjunto de la obra, que hasta ahora era enigmática, se retoman y se concretan con los Cantos de este que, por supuesto, no era un griego, pero tenía “alma de griego”, se dirá. Por lo demás, junto con la retomada de todos esos temas o caminos y la concretización eficaz del celo por el cuerpo de la obra, Catulo dejará para los siglos la sencilla fórmula ‘matemática’ de la poesía de la experiencia: “Odio y amo al mismo tiempo. Me preguntás por qué y, la verdad, no lo sé. Sólo sé que es así, y que me atormenta”.

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