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Dime quién salda

junio 5, 2017
rba romantics

Colección RBA Romantics

El saldo es el Purgatorio de los libros. Es la segunda vida en bloque, en pelotón, de los que todavía pueden zafar del picadero de papel, que es el infierno de los libros. Como purgatorio, las mesas de saldo son lugares para libros que pasaron su primera vida sin encontrar lector, y que ahora, mientras esperan, bajan sus pretensiones (pudiendo caberles todavía la posibilidad del descenso al picadero). Por supuesto que también hay un paraíso de los libros. Está en las bibliotecas, las casas, en ciertos estantes de librerías. En ese paraíso manda el librito más veces leído, prestado, comprado, vendido y vuelto a comprar en todo el mundo. Cualquiera -un ejemplar de Las olas de Virginia Woolf edición tapa dura Bruguera 1981 con un sticker de librería en la primera hoja, un sello de casa de canjes, una ficha de biblioteca pública (abigarradísima de datos) pegada a la retiración de tapa, dos dedicatorias distintas a mano, tres o más pulsos diferentes en los subrayados a lápiz o birome y muchas anotaciones al margen (algunas de ellas discutiendo entre sí tipo “¡qué hermoso!” y “¿te parece?”- puede ser, en aquel paraíso, un dios. Pero hoy quiero hablar del purgatorio. (more…)

Como un golpe de rayo

abril 18, 2017
rayo
La editorial Caja Negra acaba de sacar a la calle un nuevo libro, Como un golpe de rayo, del periodista musical inglés Simon Reynolds. Es un ensayo sobre los principales rockeros ingleses que en la década del 70 dieron forma (e imagen) a lo que se conoce como glam rock. Esos héroes glam son ante todo dos: David Bowie y Marc Bolan. En torno o en paralelo a ellos, el glam pesado de Alice Cooper y el glamour (que no es lo mismo) sentimental de Brian Ferry (Roxy Music). Como un golpe… es el cuarto libro de Reynolds que aparece entre nosotros, todos por la misma editorial, y siendo que este es el de escritura más reciente -se publicó en Inglaterra en 2016 después de la muerte de Bowie- y que los anteriores como Postpunk ya venían y vienen cosechando un público fiel, es de imaginar que se convertirá en uno de los libros más comentados del año. En estos días comenzó a entrar a librerías y El Corcel de La Libre (Bolívar 438) lo acaba de leer.

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La Teoría de la Vanguardia

marzo 31, 2017

burger

Un libro que durante mucho tiempo fue aceite para las fotocopiadoras de los edificios donde se enseña literatura o historia del arte: la Teoría de la vanguardia, de Peter Bürger. Su autor es un hijo de la famosa Escuela de Fráncfort donde trabajaron Theodor Adorno y Herbert Marcuse entre otros. Bürger, que dio a conocer este libro en 1974, sigue actualmente pillo y reflexionando sobre el tema -en 2014 de hecho sacó un libro cuyo título en alemán equivale a Después de la vanguardia, pero que hasta hoy no tiene traducción al español. Hay tres o cuatro libros de Bürger traducidos y más o menos disponibles en bibliotecas, no tanto en librerías. De todos modos es esta, la Teoría de la vanguardia, y quizás porque además de incluir planteos novedosos es también una especie de manual que repasa las concepciones del arte moderno desde Kant y Marx hasta Benjamin y Brecht, su obra principal o la más difundida. En algún momento existía una edición española del sello Península (que hoy pertenece al Grupo Planeta): esa edición es la que circuló en los ’90 la mayoría de las veces sin el aura del objeto-libro sino más bien en fragmentos o copias anilladas. Que hoy este libro pueda conseguirse, y a 220 pesos, en cualquier librería del ramo, se lo debemos a un editor remero de la escuela de Santiago Lange como es Néstor González, el editor de Las Cuarenta.
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Algo, urgente (Joao Gilberto Noll)

marzo 29, 2017

Los primeros años de vida despertaron en mí el gusto por la aventura. Mi padre decía que el sentido de la existencia a él se le escapaba, y vivía cambiando de trabajo, de mujer y de ciudad. La característica más visible en mi padre era la rotatividad. Se consideraba un filósofo sin libros, poseedor de una única fortuna: el pensamiento. Yo, al principio, pensaba en mi padre como en un hombre amargado por el hecho de que mi madre se hubiese ido dejándolo solo cuando yo todavía era un bebé. En ese entonces vivíamos en lo alto de la calle Ramiro Barcelos, en Porto Alegre; mi padre me llevaba a pasear todas las mañanas a la plaza Júlio de Castilhos y me enseñaba los nombres de los árboles, yo no quería quedarme sólo en los nombres, quería conocer las características de cada especie, su lugar de origen. Él me decía que el mundo no era solamente esas plantas, que era también las personas que pasaban y las que no pasaban y que cada uno tenía sus dramas. Yo le pedía upa. Él me alzaba en brazos y silbaba una canción medieval que decía que era su preferida. A upa de él, yo me ponía a balbucear pensamientos peligrosos:
–¿Cuándo te vas a morir?
–¡No te voy a dejar solo, hijo!
Me hablaba con una mirada visiblemente conmovida y decía que antes  me enseñaría a leer y escribir. Él se empeñaba en olvidar que yo sabía todo lo que le pasaba. ¿Para qué leer?, le preguntaba yo. Para describir la forma de este árbol, me respondía, un poco irritado por la pregunta. Pero enseguida se calmaba.
–Cuando aprendas a leer, de alguna forma vas a poseer todas las cosas, incluido a vos mismo.
A fines de 1969, a mi padre se lo llevaron preso en Paraná, en el interior. (Dicen que le pasaba armas a no sé qué grupo.) En esa época, tenía un negocio de artículos de pesca y caza en Ponta Grossa y ya no me llevaba a pasear. (more…)

El tío Piva

marzo 14, 2017

piva

Finalmente tenemos en castellano un libro sólo de poemas del brasileño Roberto Piva. Se trata de la edición bilingüe del que fue su primer libro, Paranoia, de 1963, traducida por Edgar Saavedra. El editor es Goyo, o Goyeneche, que desde hace diez años está al frente del sello Nulú Bonsai. La edición es pequeña, de bolsillo y hasta de bolsillo de camisa. Pero aun así incluye, fusionadas con los poemas, las fotos de Sao Paulo que tomó Wesley Duke Lee para la primera edición brasileña y universal de este librazo.

Roberto Piva (1937-2010) fue un poeta moral de una libertad absoluta para escribir sobre las cuestiones que le interesaron -detalles de la vida paulista capaces de mostrar o bien el fracaso de la civilización occidental o bien el constante renacer de lo dionisíaco-; un poeta que encontró su propia voz entre la enramada de algunos tonos de época -el aullido beatnik, la persistencia del surrealismo-, y alguien que se negó vehementemente a lo largo de su vida a crear o adscribir a movimientos o escuelas poéticas, siendo incluso que una etiqueta muy en boga en el ámbito brasileño de los ’70, la etiqueta “poesía marginal”, más de una vez lo persiguió para hacer de él algo así como el representante prototípico por delante de una decena de otros nombres, pero Piva la esquivó tanto como pudo. (more…)

El apoyo del mate

febrero 26, 2017

tabaHubo un momento en que los escritores habrán dicho: bueno, nosotros también tenemos que trabajar. Salieron entonces a buscar trabajo, y lo encontraron. Además de escribir sus cuentos y novelas, se hicieron agentes, editores, traductores, espías, ¡hasta críticos!, y algunos consiguieron una página de los diarios para ejercer la actividad paga más parecida a escribir: la columna literaria. Fue una buena ocupación; peor hubiese sido reemplazar a los docentes y ponerse a leerles cuentos a treinta chicos de sexto grado.
La columna literaria, que por amor a la redundancia a veces se llama “columna de opinión literaria”, es ese formato que ellos inventaron para los diarios y que tiene algo de crítica literaria -poco- y algo de ensayo -sobre todo el tono, y la genuina caprichosidad-. Su rasgo característico es lo breve: cuatro párrafos como mucho. En la Buenos Aires de hoy es un formato que se practica sistemáticamente en unos pocos diarios (Página 12, Perfil y La Nación) y que, esto es llamativo, está en manos de hombres, casi ninguna mujer. También se practica en blogs más o menos profesionalizados a cambio de algo (un librito, una corbata) y en las redes sociales (en estas últimas no son columnas pagas ni transadas, y están en manos de ñoños con ínfulas de buenos entendedores como este que escribe, o de maniáticos esquizofrénicos como este otro que escribe).
Los columnistas literarios que tenemos: unos diez. En Página, el primero que les dio total cabida, Forn, Fresán y Sasturain (hablo de oficio sistemático, no de un columna muy cada tanto). En La Nación, Gigena acaba de empezar la propia, subjetiva, después de cientos de notas bien pensadas sobre la Situación (de los editores, de los traductores, de las librerías, etc.). Página tiene también a Horacio González en tándem con el Vargas Llosa de La Nación: tipos que cada tanto escriben sobre literatura, pero que más bien ejercen el desmenuce crítico (Horacio) o el encomio sátrapa (Varguitas) de algún episodio de la coyuntura política local. El otro diario es Perfil, el de los múltiples columnistas literarios. Ahí sobresale el más divertido: Damián Tabarovsky. Martín Kohan siempre es legible y a veces muy bueno. Quintín quiere ser el Baby Etchecopar de la columna y aburre. Fabián Casas domina la técnica del altibajo y alternándolas cada tres semanas publica una columna excelente, otra pasatista y otra paupérrima.
Yo sigo a algunos, siempre. A veces al día y a veces con retraso. Como les pasa a tantos lectores, esas columnas son mi revancha matutina de placer cuando no salí el viernes o el sábado a la noche. En pleno siglo XXI, sigo vaciando una pava de mate mientras me río sobre todo con Tabarovsky, que hoy cierra su columna de domingo así: “Hace poco leí una novela de un autor argentino publicado por una gran casa multinacional con sede en España y sucursales en casi toda América Latina. Era tan tan mala que se me ocurrió que el autor podría presentarse a una beca para que la traduzcan al castellano. No sería una mala idea”.

Crónica de un fetiche

febrero 18, 2017

kafkatapa

Pierdo el tiempo mirando un Manual Tipográfico del siglo XVIII y el antivirus me avisa: “Cualquiera puede ver lo que estás haciendo”. Como si fuera porno… y sí: no se equivoca. Uno de los gajes de ser un biblióñoño es que también te calentás con esto. Las ediciones, las cajas de texto impecables, las tapas zarpadas de ilustradas, las guardas. ¿De dónde viene este amor por el cuerpo de los libros, cuando en casa, de chico, sólo había esas horribles ediciones Sopena? So pena, cuánta justicia el nombre de aquel sello. ¿Por qué no habré nacido en Italia, donde dicen que los editores aman lo que hacen? Miro el Manual Tipográfico de Giambattista Bodoni, “la madre de todos los libros”… Es hermoso, es perfecto, es la Noemí Alan de los libros (para los más chicos: Noemí, “la Tana”, es la mujer más bella que existió sobre la Tierra). Y enseguida salto de Bodoni a otro editor italiano, y leo la anécdota de cómo empezó, más cerca de nuestro tiempo y del tiempo de la Tana, el genial Franco Maria Ricci.

Eran los años ’60. A Ricci, por casualidad, le cae en manos el manual de Bodoni y dice: esto hay que reeditarlo tal cual existió una vez. Y lo reedita, y saca 400 ejemplares cuidando cada detalle… menos el precio de tapa, que según su propia leyenda fue un descuido con suerte. Porque Ricci quería venderlo a X cantidad de liras, y por error, diseñando los últimos toques de tapa, se le escapó un 0 más: como quien piensa “lo vendo a 1000” y acaba escribiendo 10.000. Lo que sigue: la edición, contra todo pronóstico, se agotó en meses. Ahí nomás una segunda tirada, igual a la anterior, y con las ganancias Ricci fundó su editorial y, ¿qué hizo? Viajó a Buenos Aires. Viajó a Buenos Aires para conocer a Borges, y se hicieron muy amigos. Muy. Otra leyenda dice que fue Ricci el que convenció a Kodama de aceptar la propuesta de casamiento de Jorgito. Uy, mencioné a Kodama y ahora van a odiar a Ricci y a mi historia. Pero no, por favor no lo hagan, antes miren sus trabajos. Conozcan sus colecciones: una incluso se editó en Argentina. Les cuento.

Ricci en 1975 le propuso a Borges que armara una colección de literatura fantástica para editar en Italia. Esa colección, La Biblioteca di Babele, se publicó a ritmo de un volumen cada dos meses durante cinco años. Eran libros de Melville, Kafka, Meyrink, Papini… Todos elegidos y prologados por Borges menos el tomo 19. Ahí Ricci se anticipó y mandó, para celebrarle el cumpleaños 80 a su amigo, que se tradujeran cuentos del viejo en italiano, y de sopetón lo traficó a Borges, en su mismísimo proyecto, estampándole la camiseta número 19 de la serie fantástica (“Borges fue el último escritor del siglo 19”, ¿les suena? Ahora saben de dónde sacó eso Piglia).

La editorial Ricci… Fíjense en la foto el corte de tapa. Los italianos, se sabe, fueron los que inventaron el libro impreso (Gutenberg apenas inventó la imprenta) y fueron los que, tomando los conceptos teóricos del arquitecto latino Vitruvio, establecieron la proporción áurea (3×2) para el alto y el ancho del libro. Pero acá Ricci quiebra la proporción áurea, y aun así logra ser clásico. Su corte es más alargado, sin dejar de ser robusto, como el de esa vedette que siempre preferí. En el mundo hay toneladas de editores que quiebran la proporción para un lado u otro, pero tranquilos, no son Picassos rompiendo la representación, la mayoría ni la conocen. Ricci la estiró en una suerte de 3,5 x 2, la modiglianizó; otros como el gordito de Anagrama la hicieron 2,5 x 2, casi cuadrados, para su famosa serie multicolor de bolsillo. Volviendo a Babel, tengo uno de los seis títulos que llegaron a salir en Argentina en la versión criolla de esta colección, editada para nosotros -en tiradas de cuatro mil ejemplares numerados- por el mismísimo Ricci en sociedad con Luis Alfonso (otro amigo de Borges, y librero de la calle Florida). La argentina es en cada detalle igual a la tana, salvo, claro está, en el idioma. Años después hubo incluso una versión española, que marcó el comienzo de Siruela. Pero lo cierto es que “La Biblioteca de Babel” nuestra se cortó tras el tomo 6 por la muerte del librero Alfonso en plena dictadura. Ese tomo sexto es el que tengo ahora, y en casa, y acá, a la derecha del teclado, al lado del aviso de Avast sugiriéndome que me cuide de ver cosas que todos pueden ver. Miren lo que es la tapa. Miren qué tana belleza. Las guardas, el interior, la tipografía Bodoni, me las guardo. Pero miren ese rojo, es pornográfico, y en vivo es… ay si lo vieran sin antivirus!

En la foto, atrás, hay un pequeño mueble. Lo fabricó mi abuelo. También en áurea ligeramente desproporcionada (Emerson: “La belleza siempre requiere un detalle fuera de proporción”).

El libro de poesía (5)

enero 31, 2017

meleagro

La corona y el cardo

Con los primeros poetas subjetivos de los siglos VII y VI antes de la era cristiana, recapitulando, nace la forma libro de poesía, posiblemente encarnada ya en un primer cuerpo del que nada sabemos. Con los poetas del siglo V, nos enteramos de que ese cuerpo existe y tiene un nombre genérico, escolio, pero ignoramos todo acerca de en qué medida el poeta participa en la fijación de su contorno, sus bordes, su alcance. Con las generaciones helenistas o alejandrinas, descubrimos que el tema del control sobre el cuerpo del libro es central -son poetas editores, bibliotecarios- pero en principio todo indica que esa preocupación por establecer el contorno y los órganos está más volcada a la obra ajena -la canónica, la “nacional”- que a la propia (del poeta editor Calímaco también se perdió casi todo). Habrá que llegar al primer siglo antes de Cristo para que la forma y el cuerpo del libro de poesía deje de sernos, en líneas generales, un misterio.

Entre los poetas injustamente relegados por este ensayito, y relegados por la escasa formación clásica del que escribe, quizás en primer lugar haya que mencionar al sirio Meleagro, que es quien, ya en la primera centuria antes de Cristo, deja evidencia -por lo poco que se conservó- de su celo por la selección y la difusión de un conjunto. Con Meleagro se hace común, además, el uso de una imagen que seguramente ya circulaba entre los antiguos para describir la variada unidad: una corona de flores, una guirnalda, una antología. Es notable que, después del paso erudito de los alejandrinos, buena parte de la literatura clásica más reproducida en la Edad Media, y por ende mejor conservada, sea para textos programáticos, prólogos, credos poéticos. Meleagro hizo publicar su Corona como una selección de cerca de veinte poemas breves escritos por él, y sabemos, porque nos llegó el prólogo, que la corona en cuestión hilvanaba también, adjudicándoles a cada uno la imagen de un flor determinada, partes de poemas de otros cuarenta y seis autores. A Safo, Meleagro le adjudica la rosa. A Alceo, el jacinto. El mirto -ligado simbólicamente a la fecundidad y la fidelidad- es para Calímaco. A Arquíloco le toca un símil que yo no sé descifrar si es despectivo o reivindicativo -o las dos cosas-, pero sin duda es elocuente: la flor del espinoso cardo. Interesante figura para nuestro precursor que, entre los animales, ya había sido comparado mucho antes con la cigarra, incapaz de callarse, menos que menos cuando le agarran las alas.

El compilado de Meleagro es eso: el de un poeta y crítico o lector con más recursos, en comparación con Calímaco, para controlar y hacer perdurar la difusión de sus propios poemas en conjunto, pero que todavía no puede, al parecer, hacerlo enteramente a sus anchas, por lo que su libro es al mismo tiempo una antología propia y ajena. Mientras que, casi en la misma época, otro poeta instalado en Roma es artífice, ya, de la concretización del libro de poesía a su antojo: un libro donde también habrá lugar para el homenaje a Safo y los alejandrinos. Para hablar de ese libro entonces tendremos que pasar al “último griego”, Catulo, que ya es un latino. Y todos los temas que veníamos siguiendo -la poesía de la experiencia; la perturbación de las emociones; el agridulce yambo, erótico y satírico; el relativo desprecio por los “grandes hechos”; los poemas mundanos pero que tampoco se amoldan a los casilleros de la vida mundana ritual (elogios del casamiento, celebraciones del triunfo en una competencia, etcétera)- así como la cuestión del celo por el conjunto de la obra, que hasta ahora era enigmática, se retoman y se concretan con los Cantos de este que, por supuesto, no era un griego, pero tenía “alma de griego”, se dirá. Por lo demás, junto con la retomada de todos esos temas o caminos y la concretización eficaz del celo por el cuerpo de la obra, Catulo dejará para los siglos la sencilla fórmula ‘matemática’ de la poesía de la experiencia: “Odio y amo al mismo tiempo. Me preguntás por qué y, la verdad, no lo sé. Sólo sé que es así, y que me atormenta”.

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El libro de poesía (4)

enero 29, 2017

calimacoEl poeta editor y sus pliegues

“De mí murmuran (…) que a canto alguno sostenido (…) haya dado yo cima”. El cuarto momento en la historia del libro de poesía tiene esa genial impronta entre arrabalera y ñoña. Ya estamos en la época alejandrina, la de los grandes conservadores -los filólogos, los bibliotecarios-. Este poeta del que otros murmuran es africano, nacido en Libia, y antes de que lo contrataran, en el siglo III antes de Cristo, para ordenar una cierta biblioteca, era un maestro de gramática de los suburbios. Compositor de formas breves claramente para ser leídas (en silencio o rumiando) más que cantadas, su nombre es Calímaco, y es el primero de nosotros. El que ya escribe con una importante fila de nombres detrás.

Calímaco se jacta de cultivar lo breve, lo no sostenido. “Odio el poema cíclico”, dice en un verso de apertura. Parece entender que la épica está muerta (mientras su mejor alumno y rival, Apolonio de Rodas, no hace más que golpearse imitando a Homero). Como una suerte de proto último lector pigliano, va y viene obsesivamente del pasado sacando conclusiones, tomando distancias, buscando zonas por explorar. Calímaco amplía las posibilidades de lo breve creando el poema cultural: ni erótico ni pedagógico, ni filosófico ni político, sino más bien erudito e intertextual. Con él, por ejemplo, el mito de la cabellera de Berenice es narrado desde el punto de vista del cabello. En paralelo está su veta “lírica”: son textos sobre el amor ajeno en vez del propio. Con estos últimos, sublima la experiencia que a sí mismo no se habría permitido cantar. Pero Calímaco es en parte un objetivista en un momento en que la tradición se vuelve algo rico y complejo y la sofisticación es tal que ya nadie puede confundir los recursos con las intenciones. En algún momento de la historia, escribir en primera persona dejaba de ser necesariamente personal (con Anacreonte). Quizás con Calímaco escribir en tercera o escribir sobre asuntos exteriores -ajenos días de gloria, míticas cabelleras- es ya una forma de decir la vida propia.

Tenía oculta el huésped una herida. Subían dolorosos
suspiros de su pecho (¿te has fijado?)
mientras bebía su tercera copa, y las rosas
caían, pétalo a pétalo, todas a tierra desde su guirnalda.

“La anécdota es mínima, la instantánea es fílmica”, dice muy bien su traductor Luis Alberto de Cuenca. ¿Cómo tapar lo subjetivo en ese retrato de quién sabe quién? En tándem, los poemas breves en primera persona parecen tener siempre algo de generalización, como si nos dijera ‘no hablo de mi vida, hablo del amor en sus síntomas universales’, y también algo de autoironía, ese gran invento de los poetas de la experiencia para menguar cualquier derrape de egoísta excepcionalidad. Este otro comienzo es genial:

La mitad de mi alma todavía respira, la otra mitad no sé
si la raptó Eros o si fue Hades; lo que sé es que desapareció.
¿Se fue otra vez a casa de uno de sus muchachos?
Tantas veces les dije: “No la reciban, jóvenes, es una fugitiva”.

Y lo otro que se impone mencionar es que Calímaco es uno de los bibliotecarios de Alejandría. Su tensión mandante es reunir obras del pasado que corren riesgo de perderse o desdibujarse, y pasar entonces a canonizarlas y clasificarlas (reconocerles el autor, distinguirlas por libros). Los editores alejandrinos se imponen el respeto: toman distancia de las copias que encuentran de Heródoto o de Alceo, de Hesíodo o de Safo, agregando en los márgenes de la versión hallada sus propias correcciones: “sería mejor decir…”. También imponen respeto: son los que discuten, bajan línea y deciden, dentro de la red social de su época, cuál es el canon de la tradición, que a sus ojos no es sino un top ten integrado por siete poetas líricos, dos trágicos y un épico. Son ellos, por lo demás, los que a su vez establecerán el borde de las obras: Safo escribió nueve libros, dice uno; Píndaro, seis; y así siguiendo. Y en esto es en donde se nos revela un asunto: las diferencias y vacilaciones en el modus operandi de cada poeta editor de Alejandría. Estará, por ejemplo, el que organiza la obra de Safo en libros según criterios métricos o composicionales, y el que divide la de Alceo, en cambio, según criterios temáticos. El encorsetamiento y el, si se quiere, achatamiento editorial en última instancia nos estaría sugiriendo que eso a lo que nos referíamos en el apartado anterior, la posibilidad de un asomo de control autoral en el proceso y las formas de difusión impresa de la obra por parte de los poetas de la camada de Anacreonte, no debió haber sido muy efectivo. Pero otro elemento nos mostraría lo mismo “desde adentro” de la Biblioteca. Este es el hecho de que el grueso de la poesía de Calímaco, pese a haber sido un controlador de la herencia, y sobre todo pese a haber poseído los medios de producción de la época, se perdió.

Testimonios de la era cristiana le adjudican haber escrito cerca de ochocientos libros, en su mayoría en prosa y con títulos como Rarezas de todo el mundo ordenadas por lugar Sobre el cambio de nombre en los peces. Al Calímaco poeta se lo consideró decadente y se lo consideró nuevo, y su influencia es de las más fuertes que un poeta griego tuvo sobre los latinos. Nos llegaron sus Himnos, seis en total, y algunos fragmentos de sus Aitia (Orígenes), de su Hécale (un breve poema épico contra la epopeya) y de sus colecciones de yambos y epigramas. Para Luis De Cuenca, no hay duda de que la obra poética que se perdió constituía la parte más personal de su producción. El poema de la cabellera de Berenice se conoce gracias a que, doscientos años después, lo tradujo y lo asimiló Catulo.

El libro de poesía (3)

enero 28, 2017

baco

Los mecenas, las teorías

En cierto sentido está más lejos de nosotros la poesía griega clásica que la arcaica. Por dos razones: la consolidación del mecenazgo y la entrada dura de la filosofía. El tercer momento en la historia del libro de poesía podría simbolizarlo Anacreonte: con él, a comienzos del siglo V, el poeta es un apadrinado del poder, y su función no es tan distinta de la que Rubén Darío parodia en el “El rey burgués” de fines de siglo XIX. Anacreonte es un higienista de lo yámbico: sus versos condenan la maledicencia y rechazan el odio; trabajan el contrapunto entre el placer ansiado y el placer satisfecho (es sintomático su “amo y no amo, deliro y no deliro”, tan distinto del posterior “odio y amo” de Catulo), y en el puñado de composiciones que de él se conservan reluce más bien el recetario de los cuatro temas dignos de ser tratados cuando uno es un poeta lírico al servicio de un tirano: las alegrías del vino, el rejuvenecimiento en el baile, el amor de las muchachas (comparadas con yeguas que hay que domar) y el amor de los muchachos graciosos y gentiles. Con Anacreonte pasa algo curioso: como ya es un profesional de la primera persona, los únicos poemas buenos que nos dejó son en tercera (sobre todo la fábula de Eros y la abeja). Y algo más interesante aún: su poesía generó un legado que recorrió toda la época clásica, las composiciones llamadas “anacreónticas”, cultivadas por muchos autores, y que bien pueden ser descritas -no soy el primero en hacerlo- como odas banales, celebratorias, deslizantes. Esto quizás habilita una primera interpolación violenta para este ensayo: la irrupción de la “poesía banal” que se dio en la Argentina del menemismo, sobre todo bajo el mecenazgo de una institución, Antorchas, que ejecutaba el lado filantrópico de una multinacional de la minería, la Hochschild, llegando a transferir 28 millones de dólares para proyectos de arte y patrimonio cultural durante veinte años. La poesía banal, si se me permite esta simplificación que también puede ser acusada de lo mismo, sería, yendo a los textos, la depuración de las atracciones sin las broncas, del amo sin el odi, en un arco que se completa entre el anhelo y la satisfacción. Las alegrías del consumo en la poesía de los noventa (los poemas, se burlaba Juana Bignozzi, del “hoy fui al supermercado” o “me compré un pulóver verde”) tendrían entonces esa vieja marca anacreóntica. (more…)