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Ivo (Primera parte)

enero 18, 2018

ivoA muchos la vida de Ivo siempre nos tuvo sin cuidado. Hoy un libro dice que tiene más de sesenta años y que vive solo en el campo, rodeado de perros. Fuera de ese libro, que no está traducido, es casi nada lo que se sabe de él. Su biografía en Wikipedia es de las más sintéticas que vi, apenas diez líneas, y hablo de la versión en inglés, su lengua materna. Ni siquiera está la fecha de nacimiento, como para saber de qué signo era. Lo que destaca esa minibio es un hecho drástico: en 1994 Ivo sufrió un colapso nervioso y decidió vender todo, y retirarse a los cuarenta. No es un dato menor, pero insérteselo en una vida de repliegues y padecimientos varios, como puede que sea la vida de Ivo, el primer dark. La Wikipedia en inglés aclara qué es lo que nuestro hombre vendió: un sello discográfico, 4AD, celosamente construido en diez años. Luego nos enteramos de que por ese sello Ivo hizo debutar en disco a estas bandas: Bauhaus, Birthday Party (Nick Cave), Cocteau Twins, Dead Can Dance y los Pixies, entre otras. Por último se nos dice que, en su visión de las cosas, Ivo no era un productor de discos sino un director musical.

Nació en esa parte de Inglaterra que se conoce como Midlands, los condados del medio. Como César Vallejo, era el más chico de una banda de hermanos (ocho) criados en una granja que apenas les daba de comer. Las fotos de la abuela aristocrática todavía salían en los diarios del condado, pero la realidad, dice Martin Aston, autor del libro The Story of 4AD, es que la familia vivía en una mansión rural de vidrios rotos con cinco chicos durmiendo en una pieza y tres en otra. Ivo era Usher, ¿cómo no iba a terminar haciendo música oscura? El padre era un granjero que apenas hablaba. Las hermanas mayores hacían chistes y le decían que se preparara porque a los quince iba a conocer la voz del padre: “Ya podés usar el tractor”. En ese ambiente angostado de sentimientos, el paraíso fueron las películas sobre todo musicales que iban a ver al pueblo. Enseguida vinieron los discos de Ray Charles, Jimmy Hendrix y de repente el gran golpe, Pink Floyd.

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Siouxsie Sioux

En el ’72 pudo mudarse a Londres. Se instaló en el barrio de Earls Court, el más barato cerca del centro. “Era mi territorio”, la arena de un tímido. Corrían los días del glam y a Ivo no le gustaba nada ese reclamo de atención; decía que el glam y todo el art rock sonaban falsos, sin autenticidad, una onda “demasiado mírenme”. Poco después de su llegada a la capital consiguió trabajo en una disquería, atendiendo al público. En realidad era una cadena de disquerías, que se llamaba Beggars Banquet, y que en 1977 se lanzó a la edición de discos. Como primer sello independiente inglés de la época (un año después surgía Factory en Manchester), Beggars producía poco, tres o cuatro LPs por año, que costaba mucho editar. Tenían un ojo puesto en el punk –el disco debut del sello fuera para la banda The Lurkers– y otro en esa cosa oscura, un poco experimental y por momentos hasta bailable en torno al punk, algo que entonces no tenía nombre –no era exactamente new wave– pero sí un emblema, y femenino, en Siouxsie, que en 1978 firmaba con Polydor su single Hong Kong Garden (el post punk empieza ahí, con homenaje al restaurant chino donde Siouxsie a veces comía). Volviendo a Beggars, la búsqueda en esa línea los condujo a un Gary Numan más eléctrico y que les reportó varios miles de libras. Les permitió tener a Ivo no sólo como empleado de la disquería, sino como asesor del sello. Corrían los días del punk y a él no le gustaba nada ese reclamo de atención; de lo nuevo, diría, sólo le gustaban las voces: “Yo sólo amaba las voces”. Del soul, su preferido era Tim Buckley. De la new wave estadounidense, Television.

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Peter Murphy

Los comienzos de 4AD son oscuros. Los clientes de la disquería llevaban demos, muchísimos demos; Ivo después subía esas cintas hasta la oficina del sello o, quizás, si le gustaban mucho, se las guardaba en la campera, nunca se sabrá. Se dice que Martin, el dueño de Beggars, a veces se cansaba de su entusiasmo por alguna banda más o menos oscura y le espetaba: “¿Por qué no abrís tu propio sello?”. En 1979, cayó en manos de Ivo el primer simple de unos tales Bauhaus: Bela Lugosi’s Dead. Bauhaus era una banda extraña, surgida también de los condados del medio o Midlands, y que acababa de formarse después de que sus músicos llamaran a un pibe, Peter Murphy, obrero de imprenta que jamás había escrito ni cantado canciones, y lo convencieran de que tenía que ser el cantante porque su look, decían, era el ideal. Ivo se fascinó con la modulación de Peter cantándole a Drácula. El disco debut de Bauhaus, In the flat field, fue el primer long play de su propio sello, que al principio obró como subsidiario del sello de su jefe –por eso Beggars se quedó después con los siguientes discos de Bauhaus–. Para nombrar a la nueva criatura habían partido del lema 1980 FORWARD, esa era la idea, que en los ochenta empezara algo. Acortado, el lema quedó: 4AD. Estaba Siouxsie en Londres, Joy Division en Manchester: la cosa no empezaba de cero. Pero el pasaje del punk al dark o el post punk bien puede simbolizarse así: un sello dependiente que se planta, un tipo que decide no subir más escaleras, no llevar más bandas a la oficina de arriba, no regalar más Bauhaus, para quedarse en cambio abajo, en el suelo raso, con los demos que van llegando.

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(Sigue, pero no acá)

 

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¿Qué es el lunfardo?

diciembre 29, 2017

quino

Un recurso comunicativo de los estudiantes de intercambio. Miles de jóvenes europeos transitan Buenos Aires con base en barrios como San Telmo y con una habilidad indiscutible para hallar gemas de nuestra oralidad. A veces, más que gemas encuentran yemas, de huevos podridos hace cincuenta años. No sé de dónde sacan (¿de Lonely Planet?) esas palabras como “pebete” y “cameruza”. Pero reviviéndolas mantienen la llama, una llama de 222 patitos necesaria para, sin dominar la gramática del español o la diferencia entre ser y estar, hablar en criollo como un criollo. Pedir un “feca”, de paso, sólo puede ser un consejo de Lonely Planet.

Un recurso estético de los narradores para ganar credibilidad barrial. Necesidad de “rescatar” el habla de la tribu. El problema (del léxico) es que, por alguna extraña razón, muchas veces lo que se quiere rescatar no está en peligro. Está vivo, y se siente bien. ¿Qué hace entonces el socorrista? ¿Se vuelve a su casa? Es una posibilidad, la más sensata. Pero el narrador socorrista acaba de salir a la calle, y no quiere perderse el paisaje social. Insistirá entonces en el lunfardo, si es necesario prendiendo la tele (porque al final volvió a la casa). Nada impide que le vaya bien. La credibilidad barrial o street cred no es algo que se obtenga en el barrio, se sabe. (more…)

Las colecciones populares (2)

noviembre 18, 2017

De Quíos al kiosko

¿Hay un comienzo para lo que sería una historia de las colecciones? En un sentido amplio, pre-editorial, habría que moverse a un tiempo o una sociedad que mira sus documentos acumulados en papeles y en memorias y ante ellos dice, con intención más o menos escolar: “Estos van por un lado, aquellos van por otro”. Olvidemos la religión, porque el modo que tiene de separar unos textos de otros es elevando al conjunto A y ninguneando (si no quemando o prohibiendo) a todos los demás. Como movida jerárquica, sin duda, pero no diseñada para eliminar al resto, nuestra historia empieza en Grecia y su invención de esos dioses laicos que son los autores. Habría habido alguien, se nos dice, natural de la rocosa Quíos. Las obras del ciego arman una serie… EN REDACCIÓN

 

Así como rasgos que le son propios, la colección tiene su historia. Una que empieza en el momento en que un editor dice: ‘Estos libros van por un lado, aquellos van por otro’. Una venta segmentada en la que, casi colateralmente, se le baja un poco el copete a ese descubrimiento de la Grecia arcaica que es el autor. La colección hace que nada sea único: ni el objeto -que de libro se convierte en tomo- ni el sujeto: el autor deja de ser perfectamente excepcional no porque un editor publica a muchos, más bien porque pone a cada uno en alguna de varias series posibles. Sabemos que la venta y el lucro con los libros se da en la Atenas clásica, con editores que hacen renegar a Aristóteles, y pasa a Roma donde primero Cicerón y después Marcial van a decir ‘este tipo me está cagando’. En paralelo corre la clasificación de los libros en grupos, zonas, géneros, desde la biblioteca de Alejandría a los monasterios medievales. Cuando ambas líneas se cruzan, tenemos colecciones editoriales. Que ordenan el mundo y el bolsillo. Y que, si no desde antes, ya operan en el Renacimiento. Tuvieron que renacer las ciudades y, dentro de ellas, desde el siglo XII, las librerías. Pero además tuvieron que aparecer las ferias editoriales del 1500, en Frankfurt o en Lyon, donde los editores van con sus catálogos impresos y sus distintas colecciones nítidamente recortadas.

Mucho después, la era de la reproductibilidad técnica con su auge del público lector, su linotipia y demás, aportará un nuevo modo de bifurcar caminos. Las colecciones de libros podrán ser desde entonces de dos tipos según su carril de venta y circulación. A la estilada librería le sale un competidor con menos despliegue de alas. En la librería reina el surtido, la gran variedad por donde un conocedor nos guía; en este otro espacio los libros caben en la medida en que son pocos y se los puede almacenar, vender y reponer en pases de mano bastante sencillos. En las dos alas del puesto, entre diarios y revistas, se hacen fuerte las colecciones de calle, de kiosko. El kiosko es una sinécdoque: puede ser también una tabaquería, un almacén o hasta un local, una oficina de libros habilitada por el editor de estas nuevas colecciones. La calle es una metáfora, pero es verdad que a estas ediciones se accede con menos ceremonia. Como había libros populares desde antes en pulperías y almacenes, ahora hay colecciones populares, organizadas y ambiciosas.En Argentina existen desde 1901 -con la irrupción de ‘Biblioteca La Nación’- y en España desde 1907 -‘El Cuento Semanal’-

Oficina de venta de libros de “Biblioteca La Nación” (1901)

La calle es su lugar

Las colecciones populares van a tener sus propios rasgos, y que se vendan en las veredas es uno, el más evidente. La calle es olvidadiza: que hagan de la estricta periodicidad su oxígeno, que se impongan a rajatabla sacar un libro por semana o por quincena, sin atraso ni excepción, es otro. Y un tercer rasgo decisivo: que los libros sean baratos, que lo que en librería podía costar 1,5 se obtenga -en papel y encuadernación de menor calidad- a 0,40, tal la propuesta de Biblioteca La Nación, tomada de otras que funcionaban con éxito en Gran Bretaña, Francia o Italia y pensada por su aclimatador local Emilio Mitre para “no privar ni al humilde obrero de su libro de preferencia”. Entre 1901 y 1920 La Nación publicaría más de 850 títulos, siempre uno por semana, y en la década del ’10 empezaría a competir con otros proyectos de vereda -Ediciones Mínimas (1915), La Novela semanal (1917), La novela de hoy (1918)- que conseguían bajar el precio del libro a diez centavos.

Un cuarto rasgo puede que no sea inherente de estas que ya podemos llamar colecciones populares, pero es muy habitual. Hablo de la anticipación fría y premeditada de un fin: muchas veces las de kiosko empiezan anunciando cómo y dónde acaban. En tanto recortes adrede y preestablecidos, no se llevan muy bien con la idea de horizonte abierto propia de las colecciones que van por el carril normal de las librerías. Pero la insidia o la devoción que esto genera pasa más bien por otra cosa, por cierto efecto secundario que se vuelve mandante. Casi por añadidura, una colección que nace anunciando donde acaba es también una acción de lectura: esto es lo que vale. Los recortes programados no son recortes para el perro, no quieren serlo. Me fascinan sobre todo las colecciones de la mejor literatura, baratas y juiciosas. El hombre o la mujer que armó en los años 90 la colección Crónica 100×100 fue alguien que leía como Walsh, Puig y Borges juntos. “Armar libros como si fueran relojes, venderlos como si fueran salchichones”: la frase es de otro pedagogo, Oliverio Girondo. Crónica 100×100, Club Bruguera, Biblioteca Básica Universal (del Centro Editor): tres colecciones populares de las que espero escribir, están para mí en lo más alto.

Y es que además de callejeras, regulares, baratas y doctrinarias, las colecciones de kiosko tienen esa quinta característica, la de ser populares. Y acá el valor de la palabra no hace a los contenidos (literarios) sino a la decisión editorial de llevar el combo al mayor número de casas. Salvo que las emprendan los diarios Clarín y La Nación -los dos con un concepto muy desangelado de lo popular-, las colecciones tienden a incluir grandes libros y autores, textos sofisticados y necesarios, explotando así los dos polos de la tensión reloj/salchichón. Vathek, la novela gótica de Beckford, esa joya, o lo mismo El Golem, o Plegarias atendidas de Capote: ¿en qué otro lugar los conocimos sino en tomitos seriados? ¿Y alguien va a poner en duda su singularidad literaria? No, desde ya, el editor que los plantó en el conurbano adosados al diario Crónica.

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Pausa. Y habría que ver la historia de algunas colecciones señeras. Eso quisiera proponerme en el siguiente tramo, empezando por la que mejor conocí: la Club Bruguera (1980-1984) en sus cien volúmenes de tapa dura y con tiradas de hasta trescientos mil ejemplares por título: más de veinte millones de ejemplares que hoy seguimos buscando y leyendo.

Las colecciones populares (1)

agosto 25, 2017

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En los comienzos está la colección, una palabra del orden de las jaurías, las alamedas y las bandadas. Según las décadas de un viejo siglo, esa primera experiencia de lectura pudo llamarse Clásicos Billiken, Colección Robin Hood, Los Cuentos del Chiribitil o Elige tu propia aventura. A veces, y porque la infancia tiene el atributo pero no el monopolio de la fidelidad, se da el caso de lectores que siguen atados de por vida a una matriz, hombres y mujeres que se resisten a dejar “El séptimo círculo” o “Grandes Novelistas”. ¿Por qué nos gustará tanto? Quizás en su democrática razón de ser hay un desprecio por el don (lo único, lo insuperable, lo sin igual) y una consagración de la expectativa (lo que sigue, lo que falta, lo que un día aparece). Uno diría que su fundamento puede captarse en aquel chiste del Negro Dolina: “Más difícil que trazar una línea entre A y B sin que C se dé cuenta”. La colección es eso: la esperanza puesta en C y después en D, esperanza no de que el show siga, más bien de lo contrario, de que vuelva a empezar, parecido pero distinto, en otra parte. Otras continuidades (los volúmenes de una saga, las temporadas de una serie) tienden a renovar el packaging, la cobertura, y mantener intacto lo demás. Las colecciones hacen lo opuesto: igualitos de afuera todos sus episodios, por dentro cada uno instala un tiempo, un espacio, un argumento y unos personajes, a veces ajustándose a un bloque o un eje temático, otras ni eso.

centroColecciones de libros hay miles, más que coleccionistas. Todas las editoriales tienen una, o dos, o diecisiete. En los años 70 el CEAL (Centro Editor de América Latina) podía llevar veinte colecciones en paralelo, que se ensanchaban religiosamente, materialistamente, con un nuevo título a la semana o al mes. Más cerca en el tiempo, la editorial Mardulce tiene cuatro colecciones, aunque una de ellas se discontinuó, justo la que se llamaba “Tiempo”, y que era para asuntos sociales muy contemporáneos (extractivismo, desarrollo, guerras). También propone cuatro Eterna Cadencia y, otra vez, se paralizó la que más tenía que ver con el tiempo, “Crónica”. Entre los sellos medianos y grandes, Cuenco de Plata mantiene nueve, Adriana Hidalgo hoy maneja diez, Losada lleva adelante siete, Colihue unas treinta aunque engrosadas a ritmo relax. Ya los grupos como Planeta o Random House coleccionan editoriales, no sólo series de libros, y a veces más que sumar desagregan, compran sellos para eliminarlos, como hicieron con Grijalbo. (more…)

Juegos de arte

agosto 3, 2017

Los trozos de papiros griegos más antiguos que se conservan son de los días de Aristóteles. Como en los egipcios, la escritura en ellos es continua, sin espacio entre palabras. Pero, a diferencia de los viejos textos egipcios, y en general de lo que solemos representarnos en nuestra mente, los papiros griegos no se leían “de arriba abajo”, no se desplegaban con una mano en alto y la otra punta del rollo tocando el piso, sino en sentido horizontal, tal como sería, hoy, la lectura de un libro muy apaisado. Y es que en Grecia se estilaba escribir primero en folios, y luego unirlos uno al costado del otro hasta lograr la extensión normal del rollo (cerca de seis metros, que enrollados calzaban bien en el puño). O sea: podía no existir aún el espacio entre palabras, pero ya estaba la diagramación, la página. Pudo haber sido la importancia de los textos breves lo que llevó a redefinir el espacio del rollo de esta otra manera. Pudo haber sido, la página, un invento de la poesía.

A la muerte de ese pollo de Aristóteles que fue Alejandro Magno, la Grecia clásica deriva en la etapa llamada helenística. La lengua que antes se usaba desde el sur de la península itálica a la costa turca se extiende a lo que hoy es Túnez, Egipto, Bulgaria, Siria, Armenia, Pakistán… Los reinos se dividen: hay que imaginarse el “mal de la extensión” (sintagma sarmientino que aplica a la pampa) pero no como tabla rasa sino en una dilatada tierra llena de ciudades y riquezas. Toda esa nueva heterogeneidad conjunta se contrarresta buscando un núcleo de sentido, ¿en dónde?, en el pasado, y así la literatura helenística se vuelve gramática, crítica literaria, ordenamiento del canon. Alejandría y su biblioteca que sale a la caza de la tradición (literalmente fue una caza, con agentes de aduana confiscando los libros que trasladaban los barcos) es el mejor símbolo. En sus gabinetes nace el poeta-filólogo y el texto cultural o hasta culturoso como nota al pie del poema canónico antiguo. Nace también la contracara del poema nerd: el elogio de la vida campestre. Asimismo, y en otra vertiente, la poesía de la experiencia y del conocimiento ceden su lugar, ocio urbano y vida fácil de por medio, a una nueva poesía del juego con las palabras o la página, el atletismo gráfico o verbal.

La poesía visual surge en el arranque de la época helenística. Los primeros ejemplos son los caligramas de Simias de Rodas hacia el 300 a.C.: tres poemas conocidos como “Las alas”, “El hacha” y “El huevo” justamente por el dibujo que forman las palabras en su disposición sobre el folio. Son juegos de arte (technopaignia) que más tarde pasarán a Roma –donde se los llamará carmina figurata– y prenderán fuerte sobre todo en la Edad Media. Pero la dicha palabrista sólo en el mejor de los casos se vuelca a la poesía visual. En el peor (y más decadente, y abundante), habría que pensar en los poemas que, además de no decir nada, tampoco dibujan nada. Los meros rebusques de palabras, que al parecer también se habrían cultivado en Grecia, aunque otra vez es el medioevo la fuente generosa (los poemas en latín de Ausonio, Alcuino y demás). Volviendo al helenismo, se sugería que en paralelo al despliegue de estos juegos de arte nació otra vertiente, la bucólica, con la idealización de la vida campestre en los poemas de Teócrito (retomados por Horacio, entre otros). La bucólica, esa poesía de la experiencia urbana por oposición –un allí y ahora contra el aquí y ahora–, luego podrá caer en automatismos y esquemas, pero es innegable que nace de un grito, un hartazgo, una perturbación. A Teócrito, dicho no al pasar, también se le atribuye un poema visual, uno no tan artificioso (frente a los de Simias) y donde el corte de versos va del más largo al más corto. Por el dibujo que forma se lo llamó “La siringa” –nosotros podríamos decirle “El siku”– en homenaje a la flauta de los campesinos.

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siringa

 

Como este ensayo no es sobre la poesía sino sobre la formación del libro de poesía, se impone la pregunta acerca de si esos poemas visuales funcionaban solos o dentro de un corpus. Y acá, una vez más, las opiniones se dividen. Algunos estudiosos creen que la ‘funcionalidad’ del poema-huevo (por dar un ejemplo) radicaba en su inscripción en una cerámica oval. Otros, en cambio, y a ellos adscribo, sugieren que justamente la forma del huevo tenía sentido en un folio de papiro (que a su vez es página de un libro) sobre el que ahora los griegos preferían ‘dibujar’. En el caso de Simias, de quien se conservaron tres caligramas, parece bastante claro que se trataba de un ejercicio sostenido. Pero además del dibujo hay que tener en cuenta que son poemas de léxico rebuscado y enigmático –intraducibles, dicen los que saben– y en este punto uno tiende a pensar que el atletismo verbal es maratónico: seguramente esos poemas formaban parte de libros enteros guiados por un principio de juego formal, junto con otros textos que en vez de trazar imágenes figurativas propondrían juegos de palabras, acrósticos, repeticiones, simetrías y encabalgamientos léxicos, etc. Una cosa es segura: la importancia de este modo poético en la historia que lleva al libro de poesía. Sin duda significó mucho en el abandono de la escritura continua y la materialización del espacio en blanco no sólo para el corte de verso.

(Fragmento de Apoyado en mi lanza. Aportes en torno al libro de poesía, de próxima aparición)

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Simias de Rodas: El Hacha – Las Alas – El Huevo

Dime quién salda

junio 5, 2017
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Colección RBA Romantics

El saldo es el Purgatorio de los libros. Es la segunda vida en bloque, en pelotón, de los que todavía pueden zafar del picadero de papel, que es el infierno de los libros. Como purgatorio, las mesas de saldo son lugares para libros que pasaron su primera vida sin encontrar lector, y que ahora, mientras esperan, bajan sus pretensiones (pudiendo caberles todavía la posibilidad del descenso al picadero). Por supuesto que también hay un paraíso de los libros. Está en las bibliotecas, las casas, en ciertos estantes de librerías. En ese paraíso manda el librito más veces leído, prestado, comprado, vendido y vuelto a comprar en todo el mundo. Cualquiera -un ejemplar de Las olas de Virginia Woolf edición tapa dura Bruguera 1981 con un sticker de librería en la primera hoja, un sello de casa de canjes, una ficha de biblioteca pública (abigarradísima de datos) pegada a la retiración de tapa, dos dedicatorias distintas a mano, tres o más pulsos diferentes en los subrayados a lápiz o birome y muchas anotaciones al margen (algunas de ellas discutiendo entre sí tipo “¡qué hermoso!” y “¿te parece?”- puede ser, en aquel paraíso, un dios. Pero hoy quiero hablar del purgatorio. (more…)

Como un golpe de rayo

abril 18, 2017
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La editorial Caja Negra acaba de sacar a la calle un nuevo libro, Como un golpe de rayo, del periodista musical inglés Simon Reynolds. Es un ensayo sobre los principales rockeros ingleses que en la década del 70 dieron forma (e imagen) a lo que se conoce como glam rock. Esos héroes glam son ante todo dos: David Bowie y Marc Bolan. En torno o en paralelo a ellos, el glam pesado de Alice Cooper y el glamour (que no es lo mismo) sentimental de Brian Ferry (Roxy Music). Como un golpe… es el cuarto libro de Reynolds que aparece entre nosotros, todos por la misma editorial, y siendo que este es el de escritura más reciente -se publicó en Inglaterra en 2016 después de la muerte de Bowie- y que los anteriores como Postpunk ya venían y vienen cosechando un público fiel, es de imaginar que se convertirá en uno de los libros más comentados del año. En estos días comenzó a entrar a librerías y El Corcel de La Libre (Bolívar 438) lo acaba de leer.

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La Teoría de la Vanguardia

marzo 31, 2017

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Un libro que durante mucho tiempo fue aceite para las fotocopiadoras de los edificios donde se enseña literatura o historia del arte: la Teoría de la vanguardia, de Peter Bürger. Su autor es un hijo de la famosa Escuela de Fráncfort donde trabajaron Theodor Adorno y Herbert Marcuse entre otros. Bürger, que dio a conocer este libro en 1974, sigue actualmente pillo y reflexionando sobre el tema -en 2014 de hecho sacó un libro cuyo título en alemán equivale a Después de la vanguardia, pero que hasta hoy no tiene traducción al español. Hay tres o cuatro libros de Bürger traducidos y más o menos disponibles en bibliotecas, no tanto en librerías. De todos modos es esta, la Teoría de la vanguardia, y quizás porque además de incluir planteos novedosos es también una especie de manual que repasa las concepciones del arte moderno desde Kant y Marx hasta Benjamin y Brecht, su obra principal o la más difundida. En algún momento existía una edición española del sello Península (que hoy pertenece al Grupo Planeta): esa edición es la que circuló en los ’90 la mayoría de las veces sin el aura del objeto-libro sino más bien en fragmentos o copias anilladas. Que hoy este libro pueda conseguirse, y a 220 pesos, en cualquier librería del ramo, se lo debemos a un editor remero de la escuela de Santiago Lange como es Néstor González, el editor de Las Cuarenta.
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Algo, urgente (Joao Gilberto Noll)

marzo 29, 2017

Los primeros años de vida despertaron en mí el gusto por la aventura. Mi padre decía que el sentido de la existencia a él se le escapaba, y vivía cambiando de trabajo, de mujer y de ciudad. La característica más visible en mi padre era la rotatividad. Se consideraba un filósofo sin libros, poseedor de una única fortuna: el pensamiento. Yo, al principio, pensaba en mi padre como en un hombre amargado por el hecho de que mi madre se hubiese ido dejándolo solo cuando yo todavía era un bebé. En ese entonces vivíamos en lo alto de la calle Ramiro Barcelos, en Porto Alegre; mi padre me llevaba a pasear todas las mañanas a la plaza Júlio de Castilhos y me enseñaba los nombres de los árboles, yo no quería quedarme sólo en los nombres, quería conocer las características de cada especie, su lugar de origen. Él me decía que el mundo no era solamente esas plantas, que era también las personas que pasaban y las que no pasaban y que cada uno tenía sus dramas. Yo le pedía upa. Él me alzaba en brazos y silbaba una canción medieval que decía que era su preferida. A upa de él, yo me ponía a balbucear pensamientos peligrosos:
–¿Cuándo te vas a morir?
–¡No te voy a dejar solo, hijo!
Me hablaba con una mirada visiblemente conmovida y decía que antes  me enseñaría a leer y escribir. Él se empeñaba en olvidar que yo sabía todo lo que le pasaba. ¿Para qué leer?, le preguntaba yo. Para describir la forma de este árbol, me respondía, un poco irritado por la pregunta. Pero enseguida se calmaba.
–Cuando aprendas a leer, de alguna forma vas a poseer todas las cosas, incluido a vos mismo.
A fines de 1969, a mi padre se lo llevaron preso en Paraná, en el interior. (Dicen que le pasaba armas a no sé qué grupo.) En esa época, tenía un negocio de artículos de pesca y caza en Ponta Grossa y ya no me llevaba a pasear. (more…)

El tío Piva

marzo 14, 2017

piva

Finalmente tenemos en castellano un libro sólo de poemas del brasileño Roberto Piva. Se trata de la edición bilingüe del que fue su primer libro, Paranoia, de 1963, traducida por Edgar Saavedra. El editor es Goyo, o Goyeneche, que desde hace diez años está al frente del sello Nulú Bonsai. La edición es pequeña, de bolsillo y hasta de bolsillo de camisa. Pero aun así incluye, fusionadas con los poemas, las fotos de Sao Paulo que tomó Wesley Duke Lee para la primera edición brasileña y universal de este librazo.

Roberto Piva (1937-2010) fue un poeta moral de una libertad absoluta para escribir sobre las cuestiones que le interesaron -detalles de la vida paulista capaces de mostrar o bien el fracaso de la civilización occidental o bien el constante renacer de lo dionisíaco-; un poeta que encontró su propia voz entre la enramada de algunos tonos de época -el aullido beatnik, la persistencia del surrealismo-, y alguien que se negó vehementemente a lo largo de su vida a crear o adscribir a movimientos o escuelas poéticas, siendo incluso que una etiqueta muy en boga en el ámbito brasileño de los ’70, la etiqueta “poesía marginal”, más de una vez lo persiguió para hacer de él algo así como el representante prototípico por delante de una decena de otros nombres, pero Piva la esquivó tanto como pudo. (more…)