Archive for the ‘Crónicas’ Category

Las colecciones populares

agosto 25, 2017

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En los comienzos está la colección, una palabra del orden de las jaurías, las alamedas y las bandadas. Según las décadas de algún siglo, esa primera experiencia de lectura pudo llamarse Clásicos Billiken, Colección Robin Hood, Los Cuentos del Chiribitil o Elige tu propia aventura. A veces, y porque la infancia tiene el atributo pero no el monopolio de la fidelidad, se da el caso de lectores que permanecen atados de por vida a una matriz, hombres y mujeres que se resisten a dejar “El séptimo círculo” o “Grandes Novelistas”. ¿Por qué nos gustará tanto? Quizás en su democrática razón de ser hay un desprecio por el don (lo único, lo insuperable, lo que no tiene igual) y una consagración de la expectativa (lo que sigue, lo que falta, lo que un día vendrá). Uno diría que su fundamento puede captarse en aquel viejo chiste del Negro Dolina: “Más difícil que trazar una línea entre A y B sin que C se dé cuenta”. La colección es eso: la esperanza puesta en C y después en D, esperanza no de que el show siga, más bien de lo contrario, de que vuelva a empezar, parecido pero distinto, en otra parte. Otras continuidades (los volúmenes de una saga, las temporadas de una serie) tienden a renovar el “packaging”, la cobertura, y mantener intacto lo demás. Las colecciones hacen lo opuesto: igualitos de afuera todos sus episodios, por dentro cada uno instala un tiempo, un espacio, un argumento y unos personajes, a veces ajustándose a un bloque o un eje temático, otras ni eso.

centroY colecciones de libros hay miles, más que coleccionistas. Todas las editoriales tienen una, o dos, o diecisiete. En los años 70 el CEAL (Centro Editor de América Latina) podía llevar veinte colecciones en paralelo, que se ensanchaban religiosamente con un nuevo título a la semana o al mes. Más cerca en el tiempo, la editorial Mardulce tiene cuatro colecciones, aunque una de ellas se discontinuó, justo la que se llamaba “Tiempo”, y que era para asuntos sociales muy contemporáneos (extractivismo, desarrollo, guerras). También propone cuatro Eterna Cadencia y, otra vez, se paralizó la que más tenía que ver con el tiempo, “Crónica” (pobres los de Eterna: creyeron que la crónica era algo genuino, y no el negocito de una universidad). Entre los sellos medianos y grandes, Cuenco de Plata mantiene nueve, Adriana Hidalgo hoy maneja diez, Losada lleva adelante siete, Colihue unas treinta aunque engrosadas a ritmo relax. Todos los libros de una colección, se sabe, comparten cosas como el tamaño y cierto diseño de tapa, además de un campo de sentido que suele identificarse con un área de lectura: narrativa, teatro, historia, poesía, filosofía, psicoanálisis, etc. La victoria tajante de quienes las editan consiste en forjarle un diseño al espacio privado del lector, un sector del hogar donde continuidad y contigüidad se exhiben como tales: todos o casi todos los tomos en fila. Hay colecciones tan prestigiosas que se convierten en fetiche: existen para el espacio más que para el tiempo de lectura. Muchos quieren llenar sus bibliotecas, por ejemplo, con la colección “Compactos” de Anagrama, de preferencia sin que ningún tomo ajeno a la serie los perturbe, y, si no es mucho pedir, sin que las ganas de leer alteren la disposición obsesiva del estante quitándole fugazmente una margarita. La colección “verde” de Losada, la de filosofía, es otro caso, aunque distinto, de prestigio: salvo los abogados con ínfulas, la gente que compra esos tomos lo hace para leerlos, transportarlos, subrayarlos, estropearles los bordes a gusto y terminar posándolos al lado de cualquier otro objeto, no siempre un libro. Recientísima, la “Futuros próximos” de Caja Negra es ejemplo de saga con su buen puñado de feticheros ansiosos. La “Serie del Aventurador” (la naranja) para grandes historietas nacionales que saca Colihue ni siquiera tiene defensores o detractores, de tan parecida que es a lo indiscutible.

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Y suele darse una particularidad que hace que las colecciones de libros sean de dos tipos, según por donde se bifurca su carril de venta y circulación: en librerías o en kioscos. Las segundas, que existen quién sabe desde cuándo (Beatriz Sarlo ya las rastrea hacia 1910, en novelitas románticas que se compraban en la vereda), tienen varias características propias, distintas de las colecciones que van a librerías. Empezando por el precio -siempre son más baratas- y siguiendo por algo que puede ser sumamente tranquilizador para el lector o, todo lo contrario, algo muy insidioso. Este otro factor es la anticipación fría y premeditada de un fin: siempre o casi siempre las de kiosco empiezan anunciando cómo y dónde acaban. En tanto recortes adrede y preestablecidos, no se llevan muy bien con la idea de horizonte abierto que hoy parece correcta en cualquier política editora. Pero la insidia o la devoción que esto genera pasa más bien por otra cosa, por cierto efecto “colateral”. Casi por añadidura, una colección que nace anunciando donde acaba es también una acción de lectura: esto es lo que vale. Los recortes programados no son recortes para el perro, no quieren serlo. Me fascinan sobre todo las colecciones de la mejor literatura, baratas y juiciosas. El hombre o la mujer que armó en los años 90 la colección Crónica 100×100 fue alguien que leía como Walsh, Puig y Borges juntos. “Armar libros como si fueran relojes, venderlos como si fueran salchichones”: la frase es de otro pedagogo, Oliverio Girondo. Crónica 100×100, Club Bruguera, Biblioteca Básica Universal (del Centro Editor): tres colecciones populares de las que espero escribir, están para mí en lo más alto.

Porque además de baratas y doctrinarias, las colecciones de kiosko tienen esa tercera característica, la de ser populares. Y acá el valor de la palabra no hace a los contenidos (literarios) sino a la decisión editorial de llevar el combo al mayor número de casas. Salvo que las emprendan los diarios Clarín y La Nación -los dos con un concepto muy desangelado de lo popular-, las colecciones tienden a incluir grandes libros y autores, textos sofisticados y necesarios, explotando así los dos polos de la tensión reloj/salchichón. Vathek, la novela gótica de Beckford, esa joya, o lo mismo El Golem, o Plegarias atendidas de Capote: ¿en qué otro lugar los conocimos sino en tomitos seriados? ¿Y alguien va a poner en duda su singularidad literaria? No, desde ya, el editor que los plantó en el conurbano adosados al diario Crónica.

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Pausa. Y habría que ver la historia de algunas colecciones señeras. Eso quisiera proponerme en el siguiente tramo, empezando por la que mejor conocí: la Club Bruguera (1980-1984) en sus cien volúmenes de tapa dura y con tiradas de hasta trescientos mil ejemplares por título: más de veinte millones de ejemplares que hoy seguimos buscando y leyendo.

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Bowie

enero 14, 2016

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A comienzos de los ’80, en los barrios de Buenos Aires, la música y el estilo de David Bowie eran uno de los pocos ecosistemas, si no el único, en los que un adolescente podía apoyarse antes de tomar una decisión antipopular. Como por ejemplo la decisión de hacerse el lindo, la de vestirse limpio, o la de jugar a ser puto. Pero la gracia justamente de ese ecosistema era que le proveía a cualquier chico de clase media o mediobaja una posibilidad de lookearse elegante o coquetear con otros hombres sin perder el nexo con el paisaje ortodoxo del rock barrial. Esa era la diferencia entre que te gustara Bowie y te gustara Duran Duran o Culture Club. El halo de Bowie podía rozar, pero nunca incluir del todo, a esas otros solistas y bandas menos conocidos como Brian Ferry, Japan, Eurythmics o Spandau Ballet. Bandas que en Inglaterra habían creado una tendencia y una etiqueta: new romantics.

Todas esas bandas o solistas new romantics surgidas en los barrios de clase media londinense entre 1980 y 1982 se habían inspirado en Bowie. Particularmente en un acto de Bowie: su recital en Japón a fines de 1978. Ese concierto fue el emblema de una de las varias transformaciones del músico a lo largo de su carrera: marcó el pasaje del glam al glamour. Además de que sus canciones a partir de ahí empezaron a hablar más de baile y de amor, también su vestuario se repensó: mucho color, como siempre, pero ahora en sacos y camisas de corte “normal”. Lo otro llamativo de aquel concierto en Japón era el ambiente, la puesta de un escenario de claroscuros y sobriedad. A diferencia del glam, el glamour requería un choque entre figura y fondo. La estilización pasaba a ser un detalle (aunque no escondido sino evidente) del cuerpo y de la ropa del músico, inserto en un escenario depurado y ligeramente aséptico.

Como construcción estética, el Bowie “elegante” tenía un lado interesantísimo. Porque era una apuesta por desestimar y en última instancia destruir la ideología del “distinto”. Antes, el glam había sido frecuentar a Warhol; ahora el glamour, en cambio, era codearse con Tina Turner. Tina, además, estaba mucho más cerca que Warhol del ídolo de la infancia del Duque: Little Richard. De esas dos visiones de Estados Unidos, Bowie elegía una elegancia popular, una aristocracia callejera. Y su gesto no pasó desapercibido por los chicos de mi generación. Por eso los “conchetos” nunca asimilaron ni se identificaron con Bowie. Porque no podían encontrar en su propuesta argumentos para acusar al pueblo de “grasa”. Esos chicos de zona norte como nuestro actual ministro de Economía Prat-Gay necesitaron otras tendencias para formular su desprecio de clase. Lo que se entendía y creo que se sigue entendiendo por “concheto” es esa parte de la clase alta o medioalta que, por alguna razón, generalmente psicológica, necesita enfatizar que es de clase alta o medioalta. Es decir, la clase indiscreta. Opuesta a todas las clases elegantes.

Pienso en Bowie y más de una vez se me viene a la mente Potenzoni. Si a los doce años el Duque era el único chico de Bromley al que el padre le podía comprar una batería y un saxofón, Potenzoni era el único de Villa Real que tenía reloj con jueguitos. A Potenzoni le gustaba más Duran Duran (aunque a veces, cuando estaba con las chicas, podía preferir a George Michael), lo que no quitó que se le volara la cabeza, me consta, cuando con Cristian Godoy le hicimos escuchar el dúo Bowie-Jagger cantando “Dancin in the streets”.

Mi propio Bowie de todos modos llegó bastante después. Fue el Bowie electrónico que, influido por una nueva cultura callejera londinense como la de Massive Attack, fusionó al romántico con esa otra constante suya, la figura del viajero espacial, en un bloque de canciones que sonaban a distorsión dulce. Ese Bowie alrededor de los cincuenta años, recién casado con la modelo somalí Iman, marcó mis veinte. Es el período que va del disco Black Tie (1993) a Reality (2003), y que incluye temas como “You`ve been around”, “Spaceboy” y la perfección que es “I’m deranged”. Mi mejor amigo el Champion Docampo empezaba a trabajar de deejay; yo desgrababa clases en la facultad. Mi esposa era una finlandesa hermosa que había venido a Buenos Aires a estudiar guaraní. No teníamos plata y éramos felices.

Una visita gótica

diciembre 15, 2015

 

 

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Aunque a veces parezcan inoxidables, las bandas de rock nacen, crecen y mueren. Pero no todo el mundo es conciente de esto –de que incluso las bandas tienen un ciclo de vida– y por eso se explica que los grupos de Europa y Estados Unidos nos gusten más a nosotros que a la gente de allá. Nosotros sabemos, desde que alguien graba su primer disco, que ese músico o esa banda van a envejecer. Es un conocimiento que no comprime la emoción sino todo lo contrario: la potencia. ¿Y acaso en el Primer Mundo no lo saben? No tanto, porque cuando el acceso es rápido, las cosas dejan de enseñar. No es fácil asumir que los superhéroes envejecen con uno cuando los ves salvando al mundo a los diecisiete años. En cambio en los lugares periféricos nadie se engaña, porque son tierras que los músicos internacionales visitan cuando ya perdieron una buena cantidad de melena. Después de veinte, treinta años tocando, llegan con una ristra de temazos, muchos de ellos compuestos al salir de la adolescencia, cuando su público y sus amigos también tenían bandas. Satisfechos o no, el tiempo pasó y ahí los vemos llegar, curtidos. Adivinábamos que iba a ser así, y está todo bien, nos gusta. Porque a su vez –y esto es lo más interesante– entendemos que esas bandas nos visitan justo en el momento en que están entrando en Algo. En algún sentido, somos nosotros los que los agarramos frescos. Lo pienso en relación con lo que dijo un famoso gurú de los negocios: “Un emprendedor con plata no es un emprendedor, es un administrador”. Nunca me voy a olvidar de esa frase que leí en la revista de una aerolínea, y que se deja traducir perfectamente del mundo de las finanzas al de la música o el arte. Así, un artista joven es un mero administrador, porque la juventud en sí misma es un capital inicial, y muy poderoso, aunque algunos no lo aprovechen. Mientras que un músico que envejece, en cambio, es un aventurero fresquito. Y los países periféricos tenemos la suerte de encontrarlo cuando acaba de lanzarse a la intemperie, a medirse con un destino sin garantías.

Cuando vino New Order, el público celebraba sus bodas de plata con New Order. (more…)

La abeja y el mamut

agosto 26, 2015

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Qué lindo y atrevido y donjuanesco que es ser un editor independiente. ¿Quién no querría una etiqueta así, que al final lleve la palabra “independiente” y adelante, para que no se espante, el oficio: editor, escritor, cirujano, tachero? Encima, para ser independiente sólo hay que depender de una cosa: de nadie. Hay que ser, y voy a usar esta magnífica construcción adjetival del castellano, un pagado de sí mismo. Una delicia que, vista más de cerca, parecería ser común a casi todos los editores. Porque también los de empresas grandes, así como se arreglan con poquísimos empleados, muchas veces no tienen que esperar el sueldo ni los ajustes de cuentas de nadie. O sea que la cosa, en suma, no implica tanto atrevimiento. Más bien lo contrario: se es independiente a la fuerza. Pero igual: qué lindo es hacer algo porque no queda otra. Lindo como un poema de Rubén Darío que se llama “Lo fatal”. (more…)

¿Cuál es tu radio?

julio 6, 2015

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Con las décadas pasa como con los signos del zodiaco: unas tienen buena y otras mala prensa. La década del 90 es de las segundas, y se ganó su fama, ante todo, por la entrada de las privatizaciones de empresas públicas y por el auge del consumo de cosas con marca, adquiridas para mostrarse con ellas como primera utilidad. La pulsión marquera le dio otro tallado y enseguida otro relieve al mundo; bajo el halo de las etiquetas con más onda, la gente dejó de necesitar subirse a un escenario para sentirse estrella, y hasta las personas que ya se destacaban por su talento o su función –deportistas, presidentes– salieron a buscar el auxilio de esos significantes como “Ferrari” o “The Gap” para rockear la vida social con mayor elocuencia. Fue el tiempo en que los ricos se volvieron más tautológicos, más portadores de elementos que los delataran como ricos, y en que los pobres hicieron renacer a una antigua diosa latina, Niké, para rendirle por tributo la mitad de su sueldo a cambio de zapatillas. Nada era nuevo, salvo la sospecha de que un objeto a todas luces bien hecho y lanzado al mundo con la mejor materia disponible podía no ser bueno si no tenía determinada etiqueta a la vista, determinada inscripción.

El cambio había empezado antes, en los 80. Fue ahí cuando muchas más cosas empezaron a valer por su marca. Hasta la generación de nuestros viejos lo que se daba era que, dentro de la torta saussureana de los objetos de consumo, existían más porciones para las cosas que valían por su uso o por sus propiedades materiales. Nuestros hermanos mayores tenían más juguetes que eran buenos porque no se rompían. Recién en los años de Reagan, Tatcher y Fiorucci esto cambió y se empezó a convivir más con lo marcado que con lo conocido como bueno. Y lo marcado podía tener su relativa calidad, su relativa durabilidad, su relativo provecho, o también podía ser berreta.

Pero además había un detalle: buscando la marca uno se topaba muchas veces con la marca falsa. Del total de las cosas una mitad -la que valía por su etiqueta- se dividía a su vez en dos mitades: las etiquetas auténticas y las truchas. Las Nike y las Nike Feraldy. Las chombas Fred Perry y las chombas Fred Parry. Los cigarrillos mentolados More importados de Estados Unidos y los cigarrillos mentolados More fraguados en Misiones. Ese cuco de los 80 que era lo trucho (que compartía el mismo estatuto que “lo auténtico”, porque algo trucho era también, ante todo, una denominación ansiada) a veces operaba modificando levemente el nombre de la marca imitada, otras veces le agregaba texto ad hoc (“Feraldy”) y otras lo calcaba a la perfección. Después podía venir el escarnio: el pibe que se compró una chomba que todos creen que es auténtica hasta que otro pibe, con más plata, difunde que en realidad es trucha. La materialidad de la cosa algunas veces discernía, y otras no. Lo que estaba claro es que no eran cosas de valor atado a su calidad. Los pantalones o los zapatos de alta calidad en la tela, la goma y la confección (Ombú, Febo) no valían nada, en determinados ámbitos, comparados con otros lienzos y zapatos cotizadísimos por su nombre.

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El Parque Rivadavia

junio 2, 2015

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No sé muy bien en qué consiste el realismo visceral. No tengo diecisiete años, no me llamo Juan García Madero, no estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. No soy huérfano. No seré abogado. Soy un lector que viene seguido a este parque, simplemente. Y que, en los puestos de libros en fila, hojea la literatura de la época. De las novelas que se agotaron, podría quedar acá un ejemplar. Las que se fueron de librerías sin que nadie las comprara deben estar también, en las bateas superpuestas. Ese pibe que el año pasado iba a revolucionar la escritura está en mis manos: pasó, pero no era malo. Ese y la lista de sus amigos dicen presente. A precio de remate o de colección. Estoy en el punto de reunión de todo lo editado. Si el rock argentino tiene una cueva de los orígenes, si el baño del bar “La Perla” echó a andar una historia, la literatura en cambio tiene esta cueva de la sobrevida, el Parque Rivadavia, donde no nace ningún escritor. Pero a donde todos llegan, como a una costa bañada por el sol, a estirar las patas de sus firmas, por el tiempo que se pueda.

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De entre los distintos barrios creados para insertar inmigrantes ahí donde no había más que campo, mansiones dispersas y una vía del tren, Caballito, el menos obrero, tuvo desde siempre la simpatía y el favor de los hombres al mando del municipio. De hecho, cuando los conservadores del 900 ampliaron la ciudad a su pesar y se reservaron para ellos treinta manzanas con estatuas, jardines y bellos edificios, alguno, quizás Miguel Cané, proclamó el célebre dictado aristocrático: “Cerremos el círculo y velemos sobre él, pero también pongámosle algo de onda a Caballito”. Desde entonces el barrio es lo que es: masita fina a ojos del pueblo, bizcocho intragable para los acomodados. Por su esencia cuasi-privilegiada (en la que el cuasi es, sin duda, la mayor de las distancias), Caballito es el único barrio argentino que jamás dará un playboy. Eso sí: derrocha espacios de ocio, algunos verdes y otros no. Y si Cané y sus amigos le regalaron un parque como el Centenario, algunos años después el presidente Alvear pensó que era poco y le obsequió otros dos: Plaza Irlanda primero, y enseguida este Parque Rivadavia.

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El final de Mad Men

mayo 20, 2015

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Terminó Mad Men, la única serie estadounidense que vi completa. Como fumé muchos cigarrillos mirándola, es justo que escriba sobre ella. Disfruté y festejé la reconstrucción de una época que no viví, en una ciudad que conocemos de sobra. Si la serie nació pensada para representar el cambio de los ’50 a los ’60 en Nueva York, creo que lo logró con maestría, aun cuando su éxito la acabó llevando a tener siete temporadas y a ampliar un poco el recorte de época. Los protagonistas fueron todos hombres forjados en el imaginario masculino de los ’50: cowboys urbanos. Un machismo no tan distinto del ideal varonil que conoció el cine argentino a través de actores como Alberto de Mendoza. Las protagonistas, y en especial Peggy Olson, fueron todas mujeres cuya visión del mundo ya estaba jugada antes de la aparición de la pastilla anticonceptiva (1960). Quizás hubiese estado bien, dado que la serie se extendió en temporadas, insertar un personaje moldeado en los mismos años ’60 y que cobrara peso hasta volverse central. Quizás la hija de Don Draper, Sally, fue ese personaje. (more…)

Puntal en el desprendimiento

febrero 20, 2015

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La biblioteca estaba un poco fría y distante, y teníamos que volver a enamorarla. Recién casados, mi mujer y yo un día miramos los estantes y descubrimos con terror una especie de aburguesamiento general del espacio libresco. Alguien –no nosotros sino un espíritu maligno– había ordenado los libros por editorial, por forma, por color y en última instancia –la más terrible– por ambición de tener todo: todos los números de una revista, toda la serie de una colección, todos los títulos de una editorial. Faltaba incompletud en esa biblioteca. Sobraba dejadez en esa sofisticación. El matrimonio acusaba el impacto de todo con lo que te casás para amortiguar el matrimonio: cuando esas cosas se fijan, cuando no corre aire y algún punto de imprevisión entre ellas, terminan lastimando. El mundo había logrado instalar en nuestros cerebros de pareja la idea de que el Todo le da sentido a las Partes. Y así íbamos acumulando porque es “lindo”, porque la serie queda bien si está completa, aunque algunas temporadas no nos interesaban. Nos había entrado un virus no del todo ajeno a la dimensión invasiva del amor –del amor por la vida, por la pareja– pero que sin embargo se puede combatir y hasta erradicar. El matrimonio no es aburrido; lo aburrido es casarse y coleccionar todos los libros de Caja Negra o de Anagrama.

Así que nos miramos y dijimos: “Hay que empezar de nuevo, y algo de sangre va a correr”. (more…)

Barrio de gatos

febrero 11, 2015
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Alberto Breccia y Moebius

Soy el único, en esta larga hilera de pehaches, que tiene ventana en la medianera. Esa pequeña ilegalidad –ínfima en el barrio de Flores– hace que la luz del sol llegue a este primer piso también por el oeste. Y hace que puedan visitarme los gatos de la casa de al lado: tres gatos adultos, de alrededor de seis años, que se pasan los días en una terraza enorme debajo de la cual se instaló una nutrida familia okupa. Independientes como sus hermanos los gatos callejeros, los tres viven de la caza de pajaritos, trepándose a las ramas del plátano en la vereda o haciendo excursiones al pulmón de manzana. Desde que están los okupas, aprovechan también los restos de comida de ellos. Pero no son gatos domésticos, al menos no en el sentido habitual. Son señores de una casa que hoy tiene personas. Vienen a mi departamento casi todas las tardes, a la hora en que el sol ya no les gusta mucho. Entran por la ventana y se quedan en el living, no los dejo pasar a la pieza. Y pueden cruzarse a veces con otros gatos: los domésticos de mis copropietarios. Estos visitan mi pehache de tanto en tanto, cuando sus dueños no están. Se cuelan por la puerta si la dejo abierta, o por las ventanas que dan al este y al pasillo. Tampoco vienen buscando comida, sino contacto con los gatos de al lado. (more…)

No hay más Dios (que Dios)

enero 7, 2015

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En la mesa de un barcito de la costa atlántica, hace quince años, de visita en la ciudad marroquí de Larache, escuché por primera vez hablar de “post-islamismo”. Un estudiante ateo, o laico, que nos invitó a mi amigo y a mí a compartir su mesa, tiró en un momento la palabra. Ahí, en el borde más cercano a Occidente del mundo de la sumisión a Dios o islam, el futuro se presentaba luminoso para aquel pibe que no había querido, dijo, irse a vivir a Europa y convertirse en ciudadano de segunda. Veía un avance de la democracia en los distintos países musulmanes, desde las playas de Larache hasta la isla más oriental de Indonesia, casi pegada a Australia, y estaba tan confiado en el futuro que, cuando se habló de grupos fundamentalistas, dijo que cada vez convocaban menos adeptos. Muchos de esos pequeños grupos se nucleaban en una historia y un nombre: Hermanos Musulmanes. Pero según los teóricos y los partidarios del post-islamismo, estaban condenados a desaparecer. Hace quince años nos sentábamos, mi amigo Federico y yo, en ese barcito donde, según el estudiante marroquí, alguna vez se habían sentado a tomar té con menta Bob Marley y los Rolling Stones. A unos metros estaba la playa y el mar abierto, celeste; un poco más lejos, en un vallecito, las ruinas romanas, totalmente abandonadas entonces, de la estación de Lixus: punto de embarque marítimo de leones africanos hacia los circos de Roma. En la televisión del bar –un local donde sólo entraban hombres– estaban pasando “Expedientes Secretos X”. (more…)