Archive for the ‘Ensayitos’ Category

Las colecciones populares (2)

noviembre 18, 2017

Del Renacimiento al kiosko

Así como rasgos que le son propios, la colección tiene su historia. Una que empieza en el momento en que un editor dice: ‘Estos libros van por un lado, aquellos van por otro’. Una venta segmentada en la que, casi colateralmente, se le baja un poco el copete a ese descubrimiento de la Grecia arcaica que es el autor. La colección hace que nada sea único: ni el objeto -que de libro se convierte en tomo- ni el sujeto: el autor deja de ser perfectamente excepcional no porque un editor publica a muchos, más bien porque pone a cada uno en alguna de varias series posibles. Sabemos que la venta y el lucro con los libros se da en la Atenas clásica, con editores que hacen renegar a Aristóteles, y pasa a Roma donde primero Cicerón y después Marcial van a decir ‘este tipo me está cagando’. En paralelo corre la clasificación de los libros en grupos, zonas, géneros, desde la biblioteca de Alejandría a los monasterios medievales. Cuando ambas líneas se cruzan, tenemos colecciones editoriales. Que ordenan el mundo y el bolsillo. Y que, si no desde antes, ya operan en el Renacimiento. Tuvieron que renacer las ciudades y, dentro de ellas, desde el siglo XII, las librerías. Pero además tuvieron que aparecer las ferias editoriales del 1500, en Frankfurt o en Lyon, donde los editores van con sus catálogos impresos y sus distintas colecciones nítidamente recortadas.

Mucho después, la era de la reproductibilidad técnica con su auge del público lector, su linotipia y demás, aportará un nuevo modo de bifurcar caminos. Las colecciones de libros podrán ser desde entonces de dos tipos según su carril de venta y circulación. A la estilada librería le sale un competidor con menos despliegue de alas. En la librería reina el surtido, la gran variedad por donde un conocedor nos guía; en este otro espacio los libros caben en la medida en que son pocos y se los puede almacenar, vender y reponer en pases de mano bastante sencillos. En las dos alas del puesto, entre diarios y revistas, se hacen fuerte las colecciones de calle, de kiosko. El kiosko es una sinécdoque: puede ser también una tabaquería, un almacén o hasta un local, una oficina de libros habilitada por el editor de estas nuevas colecciones. La calle es una metáfora, pero es verdad que a estas ediciones se accede con menos ceremonia. Como había libros populares desde antes en pulperías y almacenes, ahora hay colecciones populares, organizadas y ambiciosas.

Oficina de venta de libros de “Biblioteca La Nación” (1901)

En Argentina existen desde 1901 -con la irrupción de ‘Biblioteca La Nación’- y en España desde 1907 -‘El Cuento Semanal’- van a tener sus propios rasgos. Que se vendan en las veredas es uno, el más evidente. La calle es olvidadiza: que hagan de la estricta periodicidad su oxígeno, que se impongan a rajatabla sacar un libro por semana o por quincena, sin atraso ni excepción, es otro. Y un tercer rasgo decisivo: que los libros sean baratos, que lo que en librería podía costar 1,5 se obtenga -en papel y encuadernación de menor calidad- a 0,40, tal la propuesta de Biblioteca La Nación, tomada de otras que funcionaban con éxito en Gran Bretaña, Francia o Italia y pensada por su aclimatador local Emilio Mitre para “no privar ni al humilde obrero de su libro de preferencia”. Entre 1901 y 1920 La Nación publicaría más de 850 títulos, siempre uno por semana, y en la década del ’10 empezaría a competir con otros proyectos de vereda -Ediciones Mínimas (1915), La Novela semanal (1917), La novela de hoy (1918)- que conseguían bajar el precio del libro a diez centavos.

Un cuarto rasgo puede que no sea inherente de estas que ya podemos llamar colecciones populares, pero es muy habitual. Hablo de la anticipación fría y premeditada de un fin: muchas veces las de kiosko empiezan anunciando cómo y dónde acaban. En tanto recortes adrede y preestablecidos, no se llevan muy bien con la idea de horizonte abierto propia de las colecciones que van por el carril normal de las librerías. Pero la insidia o la devoción que esto genera pasa más bien por otra cosa, por cierto efecto secundario que se vuelve mandante. Casi por añadidura, una colección que nace anunciando donde acaba es también una acción de lectura: esto es lo que vale. Los recortes programados no son recortes para el perro, no quieren serlo. Me fascinan sobre todo las colecciones de la mejor literatura, baratas y juiciosas. El hombre o la mujer que armó en los años 90 la colección Crónica 100×100 fue alguien que leía como Walsh, Puig y Borges juntos. “Armar libros como si fueran relojes, venderlos como si fueran salchichones”: la frase es de otro pedagogo, Oliverio Girondo. Crónica 100×100, Club Bruguera, Biblioteca Básica Universal (del Centro Editor): tres colecciones populares de las que espero escribir, están para mí en lo más alto.

Y es que además de callejeras, regulares, baratas y doctrinarias, las colecciones de kiosko tienen esa quinta característica, la de ser populares. Y acá el valor de la palabra no hace a los contenidos (literarios) sino a la decisión editorial de llevar el combo al mayor número de casas. Salvo que las emprendan los diarios Clarín y La Nación -los dos con un concepto muy desangelado de lo popular-, las colecciones tienden a incluir grandes libros y autores, textos sofisticados y necesarios, explotando así los dos polos de la tensión reloj/salchichón. Vathek, la novela gótica de Beckford, esa joya, o lo mismo El Golem, o Plegarias atendidas de Capote: ¿en qué otro lugar los conocimos sino en tomitos seriados? ¿Y alguien va a poner en duda su singularidad literaria? No, desde ya, el editor que los plantó en el conurbano adosados al diario Crónica.

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Pausa. Y habría que ver la historia de algunas colecciones señeras. Eso quisiera proponerme en el siguiente tramo, empezando por la que mejor conocí: la Club Bruguera (1980-1984) en sus cien volúmenes de tapa dura y con tiradas de hasta trescientos mil ejemplares por título: más de veinte millones de ejemplares que hoy seguimos buscando y leyendo.

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Juegos de arte

agosto 3, 2017

Los trozos de papiros griegos más antiguos que se conservan son de los días de Aristóteles. Como en los egipcios, la escritura en ellos es continua, sin espacio entre palabras. Pero, a diferencia de los viejos textos egipcios, y en general de lo que solemos representarnos en nuestra mente, los papiros griegos no se leían “de arriba abajo”, no se desplegaban con una mano en alto y la otra punta del rollo tocando el piso, sino en sentido horizontal, tal como sería, hoy, la lectura de un libro muy apaisado. Y es que en Grecia se estilaba escribir primero en folios, y luego unirlos uno al costado del otro hasta lograr la extensión normal del rollo (cerca de seis metros, que enrollados calzaban bien en el puño). O sea: podía no existir aún el espacio entre palabras, pero ya estaba la diagramación, la página. Pudo haber sido la importancia de los textos breves lo que llevó a redefinir el espacio del rollo de esta otra manera. Pudo haber sido, la página, un invento de la poesía.

A la muerte de ese pollo de Aristóteles que fue Alejandro Magno, la Grecia clásica deriva en la etapa llamada helenística. La lengua que antes se usaba desde el sur de la península itálica a la costa turca se extiende a lo que hoy es Túnez, Egipto, Bulgaria, Siria, Armenia, Pakistán… Los reinos se dividen: hay que imaginarse el “mal de la extensión” (sintagma sarmientino que aplica a la pampa) pero no como tabla rasa sino en una dilatada tierra llena de ciudades y riquezas. Toda esa nueva heterogeneidad conjunta se contrarresta buscando un núcleo de sentido, ¿en dónde?, en el pasado, y así la literatura helenística se vuelve gramática, crítica literaria, ordenamiento del canon. Alejandría y su biblioteca que sale a la caza de la tradición (literalmente fue una caza, con agentes de aduana confiscando los libros que trasladaban los barcos) es el mejor símbolo. En sus gabinetes nace el poeta-filólogo y el texto cultural o hasta culturoso como nota al pie del poema canónico antiguo. Nace también la contracara del poema nerd: el elogio de la vida campestre. Asimismo, y en otra vertiente, la poesía de la experiencia y del conocimiento ceden su lugar, ocio urbano y vida fácil de por medio, a una nueva poesía del juego con las palabras o la página, el atletismo gráfico o verbal.

La poesía visual surge en el arranque de la época helenística. Los primeros ejemplos son los caligramas de Simias de Rodas hacia el 300 a.C.: tres poemas conocidos como “Las alas”, “El hacha” y “El huevo” justamente por el dibujo que forman las palabras en su disposición sobre el folio. Son juegos de arte (technopaignia) que más tarde pasarán a Roma –donde se los llamará carmina figurata– y prenderán fuerte sobre todo en la Edad Media. Pero la dicha palabrista sólo en el mejor de los casos se vuelca a la poesía visual. En el peor (y más decadente, y abundante), habría que pensar en los poemas que, además de no decir nada, tampoco dibujan nada. Los meros rebusques de palabras, que al parecer también se habrían cultivado en Grecia, aunque otra vez es el medioevo la fuente generosa (los poemas en latín de Ausonio, Alcuino y demás). Volviendo al helenismo, se sugería que en paralelo al despliegue de estos juegos de arte nació otra vertiente, la bucólica, con la idealización de la vida campestre en los poemas de Teócrito (retomados por Horacio, entre otros). La bucólica, esa poesía de la experiencia urbana por oposición –un allí y ahora contra el aquí y ahora–, luego podrá caer en automatismos y esquemas, pero es innegable que nace de un grito, un hartazgo, una perturbación. A Teócrito, dicho no al pasar, también se le atribuye un poema visual, uno no tan artificioso (frente a los de Simias) y donde el corte de versos va del más largo al más corto. Por el dibujo que forma se lo llamó “La siringa” –nosotros podríamos decirle “El siku”– en homenaje a la flauta de los campesinos.

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siringa

 

Como este ensayo no es sobre la poesía sino sobre la formación del libro de poesía, se impone la pregunta acerca de si esos poemas visuales funcionaban solos o dentro de un corpus. Y acá, una vez más, las opiniones se dividen. Algunos estudiosos creen que la ‘funcionalidad’ del poema-huevo (por dar un ejemplo) radicaba en su inscripción en una cerámica oval. Otros, en cambio, y a ellos adscribo, sugieren que justamente la forma del huevo tenía sentido en un folio de papiro (que a su vez es página de un libro) sobre el que ahora los griegos preferían ‘dibujar’. En el caso de Simias, de quien se conservaron tres caligramas, parece bastante claro que se trataba de un ejercicio sostenido. Pero además del dibujo hay que tener en cuenta que son poemas de léxico rebuscado y enigmático –intraducibles, dicen los que saben– y en este punto uno tiende a pensar que el atletismo verbal es maratónico: seguramente esos poemas formaban parte de libros enteros guiados por un principio de juego formal, junto con otros textos que en vez de trazar imágenes figurativas propondrían juegos de palabras, acrósticos, repeticiones, simetrías y encabalgamientos léxicos, etc. Una cosa es segura: la importancia de este modo poético en la historia que lleva al libro de poesía. Sin duda significó mucho en el abandono de la escritura continua y la materialización del espacio en blanco no sólo para el corte de verso.

(Fragmento de Apoyado en mi lanza. Aportes en torno al libro de poesía, de próxima aparición)

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Simias de Rodas: El Hacha – Las Alas – El Huevo

Dime quién salda

junio 5, 2017
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Colección RBA Romantics

El saldo es el Purgatorio de los libros. Es la segunda vida en bloque, en pelotón, de los que todavía pueden zafar del picadero de papel, que es el infierno de los libros. Como purgatorio, las mesas de saldo son lugares para libros que pasaron su primera vida sin encontrar lector, y que ahora, mientras esperan, bajan sus pretensiones (pudiendo caberles todavía la posibilidad del descenso al picadero). Por supuesto que también hay un paraíso de los libros. Está en las bibliotecas, las casas, en ciertos estantes de librerías. En ese paraíso manda el librito más veces leído, prestado, comprado, vendido y vuelto a comprar en todo el mundo. Cualquiera -un ejemplar de Las olas de Virginia Woolf edición tapa dura Bruguera 1981 con un sticker de librería en la primera hoja, un sello de casa de canjes, una ficha de biblioteca pública (abigarradísima de datos) pegada a la retiración de tapa, dos dedicatorias distintas a mano, tres o más pulsos diferentes en los subrayados a lápiz o birome y muchas anotaciones al margen (algunas de ellas discutiendo entre sí tipo “¡qué hermoso!” y “¿te parece?”- puede ser, en aquel paraíso, un dios. Pero hoy quiero hablar del purgatorio. (more…)

El libro de poesía (5)

enero 31, 2017

meleagro

La corona y el cardo

Con los primeros poetas subjetivos de los siglos VII y VI antes de la era cristiana, recapitulando, nace la forma libro de poesía, posiblemente encarnada ya en un primer cuerpo del que nada sabemos. Con los poetas del siglo V, nos enteramos de que ese cuerpo existe y tiene un nombre genérico, escolio, pero ignoramos todo acerca de en qué medida el poeta participa en la fijación de su contorno, sus bordes, su alcance. Con las generaciones helenistas o alejandrinas, descubrimos que el tema del control sobre el cuerpo del libro es central -son poetas editores, bibliotecarios- pero en principio todo indica que esa preocupación por establecer el contorno y los órganos está más volcada a la obra ajena -la canónica, la “nacional”- que a la propia (del poeta editor Calímaco también se perdió casi todo). Habrá que llegar al primer siglo antes de Cristo para que la forma y el cuerpo del libro de poesía deje de sernos, en líneas generales, un misterio.

Entre los poetas injustamente relegados por este ensayito, y relegados por la escasa formación clásica del que escribe, quizás en primer lugar haya que mencionar al sirio Meleagro, que es quien, ya en la primera centuria antes de Cristo, deja evidencia -por lo poco que se conservó- de su celo por la selección y la difusión de un conjunto. Con Meleagro se hace común, además, el uso de una imagen que seguramente ya circulaba entre los antiguos para describir la variada unidad: una corona de flores, una guirnalda, una antología. Es notable que, después del paso erudito de los alejandrinos, buena parte de la literatura clásica más reproducida en la Edad Media, y por ende mejor conservada, sea para textos programáticos, prólogos, credos poéticos. Meleagro hizo publicar su Corona como una selección de cerca de veinte poemas breves escritos por él, y sabemos, porque nos llegó el prólogo, que la corona en cuestión hilvanaba también, adjudicándoles a cada uno la imagen de un flor determinada, partes de poemas de otros cuarenta y seis autores. A Safo, Meleagro le adjudica la rosa. A Alceo, el jacinto. El mirto -ligado simbólicamente a la fecundidad y la fidelidad- es para Calímaco. A Arquíloco le toca un símil que yo no sé descifrar si es despectivo o reivindicativo -o las dos cosas-, pero sin duda es elocuente: la flor del espinoso cardo. Interesante figura para nuestro precursor que, entre los animales, ya había sido comparado mucho antes con la cigarra, incapaz de callarse, menos que menos cuando le agarran las alas.

El compilado de Meleagro es eso: el de un poeta y crítico o lector con más recursos, en comparación con Calímaco, para controlar y hacer perdurar la difusión de sus propios poemas en conjunto, pero que todavía no puede, al parecer, hacerlo enteramente a sus anchas, por lo que su libro es al mismo tiempo una antología propia y ajena. Mientras que, casi en la misma época, otro poeta instalado en Roma es artífice, ya, de la concretización del libro de poesía a su antojo: un libro donde también habrá lugar para el homenaje a Safo y los alejandrinos. Para hablar de ese libro entonces tendremos que pasar al “último griego”, Catulo, que ya es un latino. Y todos los temas que veníamos siguiendo -la poesía de la experiencia; la perturbación de las emociones; el agridulce yambo, erótico y satírico; el relativo desprecio por los “grandes hechos”; los poemas mundanos pero que tampoco se amoldan a los casilleros de la vida mundana ritual (elogios del casamiento, celebraciones del triunfo en una competencia, etcétera)- así como la cuestión del celo por el conjunto de la obra, que hasta ahora era enigmática, se retoman y se concretan con los Cantos de este que, por supuesto, no era un griego, pero tenía “alma de griego”, se dirá. Por lo demás, junto con la retomada de todos esos temas o caminos y la concretización eficaz del celo por el cuerpo de la obra, Catulo dejará para los siglos la sencilla fórmula ‘matemática’ de la poesía de la experiencia: “Odio y amo al mismo tiempo. Me preguntás por qué y, la verdad, no lo sé. Sólo sé que es así, y que me atormenta”.

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El libro de poesía (1)

diciembre 20, 2016

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La línea de Yambe

El libro de poesía nació a partir de la poesía subjetiva, la de los cantores de la propia experiencia. En lo que hoy es Grecia y Turquía, siete siglos antes de Cristo, irrumpieron esas composiciones breves en primera persona que, reunidas más tarde en conjuntos que les daban identidad, significaron el comienzo de lo que entendemos por libro, poemario u obra poética, incluso antes de la existencia de un mercado de venta de libros. Mi fragmento preferido de todos esos cantos dice así: “De mi lanza depende el pan que como… Apoyado en mi lanza, bebo”. El presumible autor de esos versos, Arquíloco, habría vivido en la isla de Paros entre los años 700 y 650, en tiempos en que los dialectos griegos iban fusionándose en un cuerpo y las ciudades griegas, también.

Hijo de una mujer esclava y un padre acomodado, Arquíloco ha sido visto desde la Antigüedad como el poeta que, en vez de orientarse hacia los grandes hechos, prefirió ser ‘testigo de sí mismo’ (Critias) y volcarse a temas mundanos con un lenguaje ‘lascivo’ y un contenido ‘maledicente’ de sí y de los demás. Para Horacio, representó el surgimiento del poeta rabioso (“la rabia armó del yambo que le es propio Arquíloco”) y para muchos que vinieron después, como Nietzsche, fue el “primer artista subjetivo”. Los poemas breves que se conservaron, los textos y retazos que se le atribuyen como autor, indican que Arquíloco no frecuentó la épica de glorias pasadas -como sí hicieron sus contemporáneos Calino y Pisandro-, no exaltó a gobernantes que lo ampararan ni propuso métodos de gobierno -como Tirteo o Solón-, no cultivó esquemas morales o filosóficos -como Jenófanes o más adelante Parménides- y, en cuanto a la poesía religiosa, la practicó de un modo algo tangencial, bajo la forma dionisíaca y casi “terrenal” del ditirambo. Todo esto significa que el poeta en cuestión no encontró que lo más importante fuera consagrarse a personajes por encima del orden mundano -héroes, reyes, dioses- ni a ideas más o menos exhaustivas –cosmogonías, filosofías, leyes-. Lo político en Arquíloco escapó a la pedagogía y la alabanza; su lugar lo ocupó el conocimiento directo de los escenarios de guerra, el cuidado del pellejo, la paga del soldado. Lo religioso escapó a lo que llamaríamos himno, optando a cambio por poemas que muestran de un modo gracioso lo que los dioses hacen con los hombres: “Al que caminaba erguido, lo ponen panza arriba”. Y, por encima de todo, el grueso de esas composiciones que nos llegaron desnudan una preferencia por las cuestiones más cotidianas, atravesadas por la posición personal respecto de ellas, y atravesadas también por el humor, ya que no podía carecer de humor, o al menos de juego, cualquier canto que no fuera religioso, épico, pedagógico o elegíaco. Arquíloco tomó para eso la línea de Yambe, la esclava de la diosa Démeter, que según el mito solía inventar y recitar poemas mundanos, eróticos o burlones, para distraer las cuitas y alegrar las horas de su ama mientras esta lidiaba con la desaparición de su hija Perséfone. Yambe era esclava, y era diosa también. Arquíloco, hijo de madre esclava, bautizó a su propia poesía yámbica. Priorizó entonces los dos tonos de Yambe, el de lo erótico y amoroso, el de lo burlesco o satírico, y extendió el campo de los temas profanos a esa suerte de real politik desde el llano: la vida (del poeta) en la polis, los modos de ganarse el pan, la guerra como un quehacer. Eran temas “bajos”, aunque no desprovistos de pathos, de emoción. Lo otro que Arquíloco estableció fue una combinación fija de sílabas -el yambo– como medida para el nuevo verso. (more…)

La propiedad literaria

noviembre 24, 2016

En 2007, Pablo Katchadjian publicó su libro El Martin Fierro ordenado alfabéticamente. El libro era una alteración del Martín Fierro de Hernández bajo esta consigna: todos los versos del poema de Hernández se presentaban ordenados de la A a la Z. El resultado era un texto literario diferente, que habilitaba otros sentidos, otras junturas, y que priorizaba otros procedimientos (por ejemplo la repetición o anáfora) y otra concepción de la literatura. Como la obra retomada y alterada era un clásico del siglo XIX sobre el que ya no rige el derecho de propiedad, el caso sólo despertó el interés de unos cuantos poetas y de algunos narradores, para quienes el libro de Katchadjian era un experimento productivo, entretenido, estimulante. Cuando un par de años después circuló tímidamente, también en edición del autor, el libro El Aleph engordado, la cosa fue distinta. La alteración manifiesta de un texto de Borges ofendió a la derechohabiente María Kodama. Se abrió entonces un juicio que en su último capítulo, por estos días, acaba de conocer un fallo favorable a Kodama. Y que condujo a un juez, de acuerdo con su interpretación de la ley vigente para este tema (Ley 11.723), a procesar a Pablo Katchadjian por el delito de defraudación de los Derechos de Propiedad Intelectual. (more…)

Los escritores-peligro

julio 21, 2015

arquero

Hay un relato de ficción que se da muy bien en la literatura brasileña, lo mismo que en algunos países de Europa, pero que apenas tiene peso en nuestra tradición local. Me refiero a un tipo de relato urbano, que cuaja sobre todo en la forma del cuento o la nouvelle, y en donde el protagonista es un escritor famoso que está harto del modo en que se gana la vida. Nosotros tenemos, por supuesto, el hastío en los personajes de Roberto Arlt, pero esto de lo que hablo es distinto. En vez del desasosiego arltiano y las cuitas de la “struggle for life”, estas son historias donde al protagonista le va bien en su trabajo y la angustia que siente, menos densa, no es por acceder sino por salirse del Negocio. En esos relatos, el héroe conoce y a veces domina la lógica financiera que mueve al mundo (y a los prestigios literarios dentro de este) pero ese saber que se ostenta tiene la contracara de que conduce a su poseedor a una vida gris, demasiado doméstica y sin la felicidad del riesgo. Y todo dentro de una delicada arquitectura narrativa que hace suponer, en los escritores de carne y hueso que urden esas tramas, una vida profesional tranquila, sin amenazas. No es algo de ahora: ese tipo de relato ya está en el siglo XIX en un genio como el carioca Machado de Assis, y continúa vivo y atractivo hasta hoy en los cuentos de Sergio Sant’Anna o de Joca Reiners Terron. Lo hace posible una historia, la historia de Brasil, que es más financiera que la nuestra, y que ya era así en la época del Imperio, mientras que la argentina era y sigue siendo una historia más política. Mal que nos pese a algunos, que preferimos a Mansilla, nuestro emblema del siglo XIX es el pendenciero Sarmiento; el de los brasileños, en cambio, es el sofisticado y calmo Machado, padre, tutor y encargado de buena parte de la biblioteca brasileña. (more…)

Deriva del spam

abril 6, 2015

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En los libros de James Joyce se come mucho corned beef. Esa es, o podría ser, la mayor marca rioplatense en el autor del Ulises. Para alguien que no leyó a Sarmiento ni a Mansilla, no es poco. Lo que sí se comenta es que Joyce hojeó algún libro de Güiraldes (tenían amigos franceses en común). Y ante una versión enlatada y for export del campo argentino como es Don Segundo Sombra, debe haber preferido una versión enlatada y for export de los productos del campo argentino, como es el corned beef. Yo en su lugar elegía lo mismo. Cualquier corte de vaca es mejor que una oda al ganado. El plato lleno antes que la prosa bucólica. Y el corned beef, a fin de cuentas, tampoco es carne mala. Dicen que fue y sigue siendo de falda. Se ubica más cerca del manjar que de la porquería. En Inglaterra, de hecho, y varias décadas después del Ulises, Margaret Tatcher supo definirlo como una “delicatessen para los días de guerra”. Una wartime delicacy, dijo la Tatcher no de la obra de Joyce sino del corned beef –y lo mismo se puede decir del spam.

Latas de falda argentina o uruguaya molida se abrieron en toda Europa durante los preparativos y los recreos de las dos grandes guerras. (more…)

El escritor argentino y la extradición

marzo 14, 2015

Primero fue Hernán Casciarmapai, y no dijimos nada. Después vino un tal Andrés Neuman, y ahora uno que se llama Patricio Pron. Seguro, si las cosas se ponen más oscuras como parece, van a venir muchos más. Quiero ser claro: hablo de los narradores que escriben una versión de sus textos para Argentina y otra para España. De los que superaron el drama de elegir entre el tú y el vos, o entre el boludo y el gilipollas, y, según la audiencia, alternan. La idea más o menos es que los lectores españoles se percaten de lo bien que los tipos se españolizaron, y los argentinos de cuánto les siguen tirando el alfajor, el colectivo, la birome y el dulce de leche. Son ajedrecistas del mercado literario. Nos representan en Madrid, en Frankfurt, en París. Cuando los llevan a la Feria de Guadalajara dudan un segundo acerca de cómo dirigirse al público: si de vosotros o de ustedes. O de queridos cuates. (more…)

Historia del comic estadounidense (fragm.)

octubre 17, 2014

superman-fairbanks

Jerry Siegel y Joe Schuster tenían diecinueve años cuando crearon a Superman. En la industrial ciudad de Cleveland, en el medio oeste, recién salían de la secundaria. Sus otros amigos, los más cercanos a la yunta de tiempo entero que ambos formaban, eran amigos por correo: fans, como ellos, del cine y los cuentos de ciencia ficción. Iban moldeando, en sus cruces de cartas, una hermandad moderna de chicos tímidos capaces de tomarse muy en serio el pedacito de cultura popular que los apasionaba, y de discutir horas sobre temas que la otra gente simplemente rechazaba o consumía. Eran los primeros junks, o nerds, o geeks. (more…)