Archive for the ‘Ensayitos’ Category

El libro de poesía (5)

enero 31, 2017

meleagro

La corona y el cardo

Con los primeros poetas subjetivos de los siglos VII y VI antes de la era cristiana, recapitulando, nace la forma libro de poesía, posiblemente encarnada ya en un primer cuerpo del que nada sabemos. Con los poetas del siglo V, nos enteramos de que ese cuerpo existe y tiene un nombre genérico, escolio, pero ignoramos todo acerca de en qué medida el poeta participa en la fijación de su contorno, sus bordes, su alcance. Con las generaciones helenistas o alejandrinas, descubrimos que el tema del control sobre el cuerpo del libro es central -son poetas editores, bibliotecarios- pero en principio todo indica que esa preocupación por establecer el contorno y los órganos está más volcada a la obra ajena -la canónica, la “nacional”- que a la propia (del poeta editor Calímaco también se perdió casi todo). Habrá que llegar al primer siglo antes de Cristo para que la forma y el cuerpo del libro de poesía deje de sernos, en líneas generales, un misterio.

Entre los poetas injustamente relegados por este ensayito, y relegados por la escasa formación clásica del que escribe, quizás en primer lugar haya que mencionar al sirio Meleagro, que es quien, ya en la primera centuria antes de Cristo, deja evidencia -por lo poco que se conservó- de su celo por la selección y la difusión de un conjunto. Con Meleagro se hace común, además, el uso de una imagen que seguramente ya circulaba entre los antiguos para describir la variada unidad: una corona de flores, una guirnalda, una antología. Es notable que, después del paso erudito de los alejandrinos, buena parte de la literatura clásica más reproducida en la Edad Media, y por ende mejor conservada, sea para textos programáticos, prólogos, credos poéticos. Meleagro hizo publicar su Corona como una selección de cerca de veinte poemas breves escritos por él, y sabemos, porque nos llegó el prólogo, que la corona en cuestión hilvanaba también, adjudicándoles a cada uno la imagen de un flor determinada, partes de poemas de otros cuarenta y seis autores. A Safo, Meleagro le adjudica la rosa. A Alceo, el jacinto. El mirto -ligado simbólicamente a la fecundidad y la fidelidad- es para Calímaco. A Arquíloco le toca un símil que yo no sé descifrar si es despectivo o reivindicativo -o las dos cosas-, pero sin duda es elocuente: la flor del espinoso cardo. Interesante figura para nuestro precursor que, entre los animales, ya había sido comparado mucho antes con la cigarra, incapaz de callarse, menos que menos cuando le agarran las alas.

El compilado de Meleagro es eso: el de un poeta y crítico o lector con más recursos, en comparación con Calímaco, para controlar y hacer perdurar la difusión de sus propios poemas en conjunto, pero que todavía no puede, al parecer, hacerlo enteramente a sus anchas, por lo que su libro es al mismo tiempo una antología propia y ajena. Mientras que, casi en la misma época, otro poeta instalado en Roma es artífice, ya, de la concretización del libro de poesía a su antojo: un libro donde también habrá lugar para el homenaje a Safo y los alejandrinos. Para hablar de ese libro entonces tendremos que pasar al “último griego”, Catulo, que ya es un latino. Y todos los temas que veníamos siguiendo -la poesía de la experiencia; la perturbación de las emociones; el agridulce yambo, erótico y satírico; el relativo desprecio por los “grandes hechos”; los poemas mundanos pero que tampoco se amoldan a los casilleros de la vida mundana ritual (elogios del casamiento, celebraciones del triunfo en una competencia, etcétera)- así como la cuestión del celo por el conjunto de la obra, que hasta ahora era enigmática, se retoman y se concretan con los Cantos de este que, por supuesto, no era un griego, pero tenía “alma de griego”, se dirá. Por lo demás, junto con la retomada de todos esos temas o caminos y la concretización eficaz del celo por el cuerpo de la obra, Catulo dejará para los siglos la sencilla fórmula ‘matemática’ de la poesía de la experiencia: “Odio y amo al mismo tiempo. Me preguntás por qué y, la verdad, no lo sé. Sólo sé que es así, y que me atormenta”.

* * *

El libro de poesía (4)

enero 29, 2017

calimacoEl poeta editor y sus pliegues

“De mí murmuran (…) que a canto alguno sostenido (…) haya dado yo cima”. El cuarto momento en la historia del libro de poesía tiene esa genial impronta entre arrabalera y ñoña. Ya estamos en la época alejandrina, la de los grandes conservadores -los filólogos, los bibliotecarios-. Este poeta del que otros murmuran es africano, nacido en Libia, y antes de que lo contrataran, en el siglo III antes de Cristo, para ordenar una cierta biblioteca, era un maestro de gramática de los suburbios. Compositor de formas breves claramente para ser leídas (en silencio o rumiando) más que cantadas, su nombre es Calímaco, y es el primero de nosotros. El que ya escribe con una importante fila de nombres detrás.

Calímaco se jacta de cultivar lo breve, lo no sostenido. “Odio el poema cíclico”, dice en un verso de apertura. Parece entender que la épica está muerta (mientras su mejor alumno y rival, Apolonio de Rodas, no hace más que golpearse imitando a Homero). Como una suerte de proto último lector pigliano, va y viene obsesivamente del pasado sacando conclusiones, tomando distancias, buscando zonas por explorar. Calímaco amplía las posibilidades de lo breve creando el poema cultural: ni erótico ni pedagógico, ni filosófico ni político, sino más bien erudito e intertextual. Con él, por ejemplo, el mito de la cabellera de Berenice es narrado desde el punto de vista del cabello. En paralelo está su veta “lírica”: son textos sobre el amor ajeno en vez del propio. Con estos últimos, sublima la experiencia que a sí mismo no se habría permitido cantar. Pero Calímaco es en parte un objetivista en un momento en que la tradición se vuelve algo rico y complejo y la sofisticación es tal que ya nadie puede confundir los recursos con las intenciones. En algún momento de la historia, escribir en primera persona dejaba de ser necesariamente personal (con Anacreonte). Quizás con Calímaco escribir en tercera o escribir sobre asuntos exteriores -ajenos días de gloria, míticas cabelleras- es ya una forma de decir la vida propia.

Tenía oculta el huésped una herida. Subían dolorosos
suspiros de su pecho (¿te has fijado?)
mientras bebía su tercera copa, y las rosas
caían, pétalo a pétalo, todas a tierra desde su guirnalda.

“La anécdota es mínima, la instantánea es fílmica”, dice muy bien su traductor Luis Alberto de Cuenca. ¿Cómo tapar lo subjetivo en ese retrato de quién sabe quién? En tándem, los poemas breves en primera persona parecen tener siempre algo de generalización, como si nos dijera ‘no hablo de mi vida, hablo del amor en sus síntomas universales’, y también algo de autoironía, ese gran invento de los poetas de la experiencia para menguar cualquier derrape de egoísta excepcionalidad. Este otro comienzo es genial:

La mitad de mi alma todavía respira, la otra mitad no sé
si la raptó Eros o si fue Hades; lo que sé es que desapareció.
¿Se fue otra vez a casa de uno de sus muchachos?
Tantas veces les dije: “No la reciban, jóvenes, es una fugitiva”.

Y lo otro que se impone mencionar es que Calímaco es uno de los bibliotecarios de Alejandría. Su tensión mandante es reunir obras del pasado que corren riesgo de perderse o desdibujarse, y pasar entonces a canonizarlas y clasificarlas (reconocerles el autor, distinguirlas por libros). Los editores alejandrinos se imponen el respeto: toman distancia de las copias que encuentran de Heródoto o de Alceo, de Hesíodo o de Safo, agregando en los márgenes de la versión hallada sus propias correcciones: “sería mejor decir…”. También imponen respeto: son los que discuten, bajan línea y deciden, dentro de la red social de su época, cuál es el canon de la tradición, que a sus ojos no es sino un top ten integrado por siete poetas líricos, dos trágicos y un épico. Son ellos, por lo demás, los que a su vez establecerán el borde de las obras: Safo escribió nueve libros, dice uno; Píndaro, seis; y así siguiendo. Y en esto es en donde se nos revela un asunto: las diferencias y vacilaciones en el modus operandi de cada poeta editor de Alejandría. Estará, por ejemplo, el que organiza la obra de Safo en libros según criterios métricos o composicionales, y el que divide la de Alceo, en cambio, según criterios temáticos. El encorsetamiento y el, si se quiere, achatamiento editorial en última instancia nos estaría sugiriendo que eso a lo que nos referíamos en el apartado anterior, la posibilidad de un asomo de control autoral en el proceso y las formas de difusión impresa de la obra por parte de los poetas de la camada de Anacreonte, no debió haber sido muy efectivo. Pero otro elemento nos mostraría lo mismo “desde adentro” de la Biblioteca. Este es el hecho de que el grueso de la poesía de Calímaco, pese a haber sido un controlador de la herencia, y sobre todo pese a haber poseído los medios de producción de la época, se perdió.

Testimonios de la era cristiana le adjudican haber escrito cerca de ochocientos libros, en su mayoría en prosa y con títulos como Rarezas de todo el mundo ordenadas por lugar Sobre el cambio de nombre en los peces. Al Calímaco poeta se lo consideró decadente y se lo consideró nuevo, y su influencia es de las más fuertes que un poeta griego tuvo sobre los latinos. Nos llegaron sus Himnos, seis en total, y algunos fragmentos de sus Aitia (Orígenes), de su Hécale (un breve poema épico contra la epopeya) y de sus colecciones de yambos y epigramas. Para Luis De Cuenca, no hay duda de que la obra poética que se perdió constituía la parte más personal de su producción. El poema de la cabellera de Berenice se conoce gracias a que, doscientos años después, lo tradujo y lo asimiló Catulo.

El libro de poesía (3)

enero 28, 2017

baco

Los mecenas, las teorías

En cierto sentido está más lejos de nosotros la poesía griega clásica que la arcaica. Por dos razones: la consolidación del mecenazgo y la entrada dura de la filosofía. El tercer momento en la historia del libro de poesía podría simbolizarlo Anacreonte: con él, a comienzos del siglo V, el poeta es un apadrinado del poder, y su función no es tan distinta de la que Rubén Darío parodia en el “El rey burgués” de fines de siglo XIX. Anacreonte es un higienista de lo yámbico: sus versos condenan la maledicencia y rechazan el odio; trabajan el contrapunto entre el placer ansiado y el placer satisfecho (es sintomático su “amo y no amo, deliro y no deliro”, tan distinto del posterior “odio y amo” de Catulo), y en el puñado de composiciones que de él se conservan reluce más bien el recetario de los cuatro temas dignos de ser tratados cuando uno es un poeta lírico al servicio de un tirano: las alegrías del vino, el rejuvenecimiento en el baile, el amor de las muchachas (comparadas con yeguas que hay que domar) y el amor de los muchachos graciosos y gentiles. Con Anacreonte pasa algo curioso: como ya es un profesional de la primera persona, los únicos poemas buenos que nos dejó son en tercera (sobre todo la fábula de Eros y la abeja). Y algo más interesante aún: su poesía generó un legado que recorrió toda la época clásica, las composiciones llamadas “anacreónticas”, cultivadas por muchos autores, y que bien pueden ser descritas -no soy el primero en hacerlo- como odas banales, celebratorias, deslizantes. Esto quizás habilita una primera interpolación violenta para este ensayo: la irrupción de la “poesía banal” que se dio en la Argentina del menemismo, sobre todo bajo el mecenazgo de una institución, Antorchas, que ejecutaba el lado filantrópico de una multinacional de la minería, la Hochschild, llegando a transferir 28 millones de dólares para proyectos de arte y patrimonio cultural durante veinte años. La poesía banal, si se me permite esta simplificación que también puede ser acusada de lo mismo, sería, yendo a los textos, la depuración de las atracciones sin las broncas, del amo sin el odi, en un arco que se completa entre el anhelo y la satisfacción. Las alegrías del consumo en la poesía de los noventa (los poemas, se burlaba Juana Bignozzi, del “hoy fui al supermercado” o “me compré un pulóver verde”) tendrían entonces esa vieja marca anacreóntica. (more…)

El libro de poesía (2)

enero 18, 2017

safo

Safo y el epitalamio resentido

Torciendo raíces esclavas hasta convertirse en su propia autoridad, la poesía de la experiencia, la poesía yámbica o “satírica” en sentido amplio, surgió entonces en las islas del Mar Egeo algo menos de 2700 años atrás. Que para cultivar ese caleidoscopio abierto de los amores y los odios personales se requería una enorme destreza lo demuestra el hecho de que, pasados cien o doscientos años, los poetas y filósofos griegos hablarán de Arquíloco como un inventor, incluso para censurarlo o tomar distancia de sus temas. Largos siglos después, poetas centrales de la lengua castellana como Martí o Vallejo -y hasta el “exteriorista” Darío, sobre todo en sus Cantos de vida y esperanza- seguirán tomando la línea de Yambe, lo que demuestra qué manejo del lenguaje puede requerir un tipo de poesía como este, pese a que muchos asocien la escritura de lo vital con la espontaneidad y la carencia de recursos. De todos modos, si por algo importa acá esa concepción de la escritura poética donde las observaciones son vividas y sólo a partir de ahí son o pueden ser políticas, filosóficas, morales y un largo etcétera, es porque imbricadísimo con ese modo de encarar la creación verbal surgió el libro de poesía, como ya se comentó, y surgió también el segundo momento en la historia del libro de poesía, algunas décadas después, en un salto de la isla de Paros a la de Lesbos. (more…)

El libro de poesía (1)

diciembre 20, 2016

rq

La línea de Yambe

El libro de poesía nació a partir de la poesía subjetiva, la de los cantores de la propia experiencia. En lo que hoy es Grecia y Turquía, siete siglos antes de Cristo, irrumpieron esas composiciones breves en primera persona que, reunidas más tarde en conjuntos que les daban identidad, significaron el comienzo de lo que entendemos por libro, poemario u obra poética, incluso antes de la existencia de un mercado de venta de libros. Mi fragmento preferido de todos esos cantos dice así: “De mi lanza depende el pan que como… Apoyado en mi lanza, bebo”. El presumible autor de esos versos, Arquíloco, habría vivido en la isla de Paros entre los años 700 y 650, en tiempos en que los dialectos griegos iban fusionándose en un cuerpo y las ciudades griegas, también.

Hijo de una mujer esclava y un padre acomodado, Arquíloco ha sido visto desde la Antigüedad como el poeta que, en vez de orientarse hacia los grandes hechos, prefirió ser ‘testigo de sí mismo’ (Critias) y volcarse a temas mundanos con un lenguaje ‘lascivo’ y un contenido ‘maledicente’ de sí y de los demás. Para Horacio, representó el surgimiento del poeta rabioso (“la rabia armó del yambo que le es propio Arquíloco”) y para muchos que vinieron después, como Nietzsche, fue el “primer artista subjetivo”. Los poemas breves que se conservaron, los textos y retazos que se le atribuyen como autor, indican que Arquíloco no frecuentó la épica de glorias pasadas -como sí hicieron sus contemporáneos Calino y Pisandro-, no exaltó a gobernantes que lo ampararan ni propuso métodos de gobierno -como Tirteo o Solón-, no cultivó esquemas morales o filosóficos -como Jenófanes o más adelante Parménides- y, en cuanto a la poesía religiosa, la practicó de un modo algo tangencial, bajo la forma dionisíaca y casi “terrenal” del ditirambo. Todo esto significa que el poeta en cuestión no encontró que lo más importante fuera consagrarse a personajes por encima del orden mundano -héroes, reyes, dioses- ni a ideas más o menos exhaustivas –cosmogonías, filosofías, leyes-. Lo político en Arquíloco escapó a la pedagogía y la alabanza; su lugar lo ocupó el conocimiento directo de los escenarios de guerra, el cuidado del pellejo, la paga del soldado. Lo religioso escapó a lo que llamaríamos himno, optando a cambio por poemas que muestran de un modo gracioso lo que los dioses hacen con los hombres: “Al que caminaba erguido, lo ponen panza arriba”. Y, por encima de todo, el grueso de esas composiciones que nos llegaron desnudan una preferencia por las cuestiones más cotidianas, atravesadas por la posición personal respecto de ellas, y atravesadas también por el humor, ya que no podía carecer de humor, o al menos de juego, cualquier canto que no fuera religioso, épico, pedagógico o elegíaco. Arquíloco tomó para eso la línea de Yambe, la esclava de la diosa Démeter, que según el mito solía inventar y recitar poemas mundanos, eróticos o burlones, para distraer las cuitas y alegrar las horas de su ama mientras esta lidiaba con la desaparición de su hija Perséfone. Yambe era esclava, y era diosa también. Arquíloco, hijo de madre esclava, bautizó a su propia poesía yámbica. Priorizó entonces los dos tonos de Yambe, el de lo erótico y amoroso, el de lo burlesco o satírico, y extendió el campo de los temas profanos a esa suerte de real politik desde el llano: la vida (del poeta) en la polis, los modos de ganarse el pan, la guerra como un quehacer. Eran temas “bajos”, aunque no desprovistos de pathos, de emoción. Lo otro que Arquíloco estableció fue una combinación fija de sílabas -el yambo– como medida para el nuevo verso. (more…)

La propiedad literaria

noviembre 24, 2016

En 2007, Pablo Katchadjian publicó su libro El Martin Fierro ordenado alfabéticamente. El libro era una alteración del Martín Fierro de Hernández bajo esta consigna: todos los versos del poema de Hernández se presentaban ordenados de la A a la Z. El resultado era un texto literario diferente, que habilitaba otros sentidos, otras junturas, y que priorizaba otros procedimientos (por ejemplo la repetición o anáfora) y otra concepción de la literatura. Como la obra retomada y alterada era un clásico del siglo XIX sobre el que ya no rige el derecho de propiedad, el caso sólo despertó el interés de unos cuantos poetas y de algunos narradores, para quienes el libro de Katchadjian era un experimento productivo, entretenido, estimulante. Cuando un par de años después circuló tímidamente, también en edición del autor, el libro El Aleph engordado, la cosa fue distinta. La alteración manifiesta de un texto de Borges ofendió a la derechohabiente María Kodama. Se abrió entonces un juicio que en su último capítulo, por estos días, acaba de conocer un fallo favorable a Kodama. Y que condujo a un juez, de acuerdo con su interpretación de la ley vigente para este tema (Ley 11.723), a procesar a Pablo Katchadjian por el delito de defraudación de los Derechos de Propiedad Intelectual. (more…)

Los escritores-peligro

julio 21, 2015

arquero

Hay un relato de ficción que se da muy bien en la literatura brasileña, lo mismo que en algunos países de Europa, pero que apenas tiene peso en nuestra tradición local. Me refiero a un tipo de relato urbano, que cuaja sobre todo en la forma del cuento o la nouvelle, y en donde el protagonista es un escritor famoso que está harto del modo en que se gana la vida. Nosotros tenemos, por supuesto, el hastío en los personajes de Roberto Arlt, pero esto de lo que hablo es distinto. En vez del desasosiego arltiano y las cuitas de la “struggle for life”, estas son historias donde al protagonista le va bien en su trabajo y la angustia que siente, menos densa, no es por acceder sino por salirse del Negocio. En esos relatos, el héroe conoce y a veces domina la lógica financiera que mueve al mundo (y a los prestigios literarios dentro de este) pero ese saber que se ostenta tiene la contracara de que conduce a su poseedor a una vida gris, demasiado doméstica y sin la felicidad del riesgo. Y todo dentro de una delicada arquitectura narrativa que hace suponer, en los escritores de carne y hueso que urden esas tramas, una vida profesional tranquila, sin amenazas. No es algo de ahora: ese tipo de relato ya está en el siglo XIX en un genio como el carioca Machado de Assis, y continúa vivo y atractivo hasta hoy en los cuentos de Sergio Sant’Anna o de Joca Reiners Terron. Lo hace posible una historia, la historia de Brasil, que es más financiera que la nuestra, y que ya era así en la época del Imperio, mientras que la argentina era y sigue siendo una historia más política. Mal que nos pese a algunos, que preferimos a Mansilla, nuestro emblema del siglo XIX es el pendenciero Sarmiento; el de los brasileños, en cambio, es el sofisticado y calmo Machado, padre, tutor y encargado de buena parte de la biblioteca brasileña. (more…)

Deriva del spam

abril 6, 2015

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En los libros de James Joyce se come mucho corned beef. Esa es, o podría ser, la mayor marca rioplatense en el autor del Ulises. Para alguien que no leyó a Sarmiento ni a Mansilla, no es poco. Lo que sí se comenta es que Joyce hojeó algún libro de Güiraldes (tenían amigos franceses en común). Y ante una versión enlatada y for export del campo argentino como es Don Segundo Sombra, debe haber preferido una versión enlatada y for export de los productos del campo argentino, como es el corned beef. Yo en su lugar elegía lo mismo. Cualquier corte de vaca es mejor que una oda al ganado. El plato lleno antes que la prosa bucólica. Y el corned beef, a fin de cuentas, tampoco es carne mala. Dicen que fue y sigue siendo de falda. Se ubica más cerca del manjar que de la porquería. En Inglaterra, de hecho, y varias décadas después del Ulises, Margaret Tatcher supo definirlo como una “delicatessen para los días de guerra”. Una wartime delicacy, dijo la Tatcher no de la obra de Joyce sino del corned beef –y lo mismo se puede decir del spam.

Latas de falda argentina o uruguaya molida se abrieron en toda Europa durante los preparativos y los recreos de las dos grandes guerras. (more…)

El escritor argentino y la extradición

marzo 14, 2015

Primero fue Hernán Casciarmapai, y no dijimos nada. Su atropello y sus orsais nos caían bien. Después vino un tal Andrés Neuman, y ahora uno que se llama Patricio Pron. Ya es una banda.

Son los narradores que escriben una versión de sus textos para Argentina y otra para España. No tienen drama en elegir entre el tú y el vos, o entre el boludo y el gilipollas: según la audiencia, alternan. La idea más o menos es que los lectores españoles se percaten de lo bien que los tipos se españolizaron, y los argentinos de cuánto les siguen tirando el alfajor, el colectivo, la birome y el dulce de leche. Son ajedrecistas del mercado literario. Nos representan en Madrid, en Frankfurt, en París. Cuando los llevan a la Feria de Guadalajara dudan un segundo acerca de cómo dirigirse al público: si de vosotros o de ustedes. O de queridos cuates. (more…)

Historia del comic estadounidense (fragm.)

octubre 17, 2014

superman-fairbanks

Jerry Siegel y Joe Schuster tenían diecinueve años cuando crearon a Superman. En la industrial ciudad de Cleveland, en el medio oeste, recién salían de la secundaria. Sus otros amigos, los más cercanos a la yunta de tiempo entero que ambos formaban, eran amigos por correo: fans, como ellos, del cine y los cuentos de ciencia ficción. Iban moldeando, en sus cruces de cartas, una hermandad moderna de chicos tímidos capaces de tomarse muy en serio el pedacito de cultura popular que los apasionaba, y de discutir horas sobre temas que la otra gente simplemente rechazaba o consumía. Eran los primeros junks, o nerds, o geeks. (more…)