Archive for the ‘Entreveros’ Category

El apoyo del mate

febrero 26, 2017

Hubo un momento en que los escritores habrán dicho: bueno, nosotros también tenemos que trabajar de algo. Salieron entonces a buscar trabajo, y lo encontraron. Además de escribir sus cuentos y novelas, reemplazaron a los periodistas culturales, o les robaron una página de los diarios para ejercer lo suyo: la columna literaria. Fue una buena ocupación; mucho peor hubiese sido reemplazar a los docentes en las escuelas y ponerse a leerles cuentos a treinta chicos de sexto grado.
La columna literaria, que por amor a la redundancia a veces se llama “columna de opinión literaria”, es ese formato que ellos inventaron para los diarios y que tiene algo de crítica literaria -poco- y algo de ensayo -sobre todo el tono, y la genuina caprichosidad-. Su rasgo característico es lo breve: cuatro párrafos como mucho. En la Buenos Aires de hoy es un formato que se practica sistemáticamente sólo en tres diarios (Página 12, Perfil y La Nación) y que, esto es llamativo, está en manos de hombres, ninguna mujer. También se practica en blogs más o menos profesionalizados a cambio de algo (un librito, una corbata) y en las redes sociales (en estas últimas no son columnas pagas ni transadas, y están en manos de ñoños con ínfulas de buenos entendedores como este que escribe o de maniáticos esquizofrénicos como este otro que escribe).
Los columnistas literarios que tenemos: unos diez. En Página, el primero que les dio total cabida, Forn, Fresán y Sasturain (hablo de oficio sistemático, no de un columna muy cada tanto). En La Nación, Gigena acaba de empezar la propia, subjetiva, después de cientos de notas bien pensadas sobre la Situación (de los editores, de los traductores, de las librerías, etc.). Página tiene también a Horacio González en tándem con el Vargas Llosa de La Nación: tipos que cada tanto escriben sobre literatura, pero que más bien ejercen el desmenuce crítico (Horacio) o el encomio sátrapa (Varguitas) de algún episodio de la coyuntura política local. El otro diario es Perfil, el de los múltiples columnistas literarios. Ahí sobresale el más divertido y el que mejor entendió el oficio: Damián Tabarovsky. Martín Kohan a veces es legible y muy bueno; Fabián Casas domina la técnica del altibajo y alternándolas cada tres semanas publica una columna excelente, otra pasatista y otra paupérrima.
Yo los leo a todos, siempre. A veces al día y a veces con retraso. Como les pasa a tantos lectores, esas columnas son mi revancha matutina de placer cuando no salí el viernes o el sábado a la noche. En pleno siglo XXI, sigo vaciando una pava de mate mientras me río sobre todo con Tabarovsky, que hoy cierra su columna de domingo así: “Hace poco leí una novela de un autor argentino publicado por una gran casa multinacional con sede en España y sucursales en casi toda América Latina. Era tan tan mala que se me ocurrió que el autor podría presentarse a una beca para que la traduzcan al castellano. No sería una mala idea”.

Yugando

enero 12, 2016
italo

Italo Calvino es su ph.

Hay muchos paramundos, y todos están en este. Está por ejemplo el mundo de la parapsicología, con sus enigmas y sus sabrosos lucros, y está el de la paraliteratura, bastante menos rentable y misterioso. En la paraliteratura reinan las cosas -los trabajos- de los que vivimos los idiotas que sólo sabemos leer y escribir. Las traducciones literarias podrían ser la faceta más vistosa dentro de ese mundo; en la otra cara, la actividad más oculta podría ser la redacción de informes de lectura. A las personas que hacen esto último se las llama lectores editoriales.

El lector editorial resume, describe y evalúa los textos que llegan a una editorial buscando ser publicados. Recomienda o no su publicación. Es un trabajo con un 33% de seriedad: de cada tres libros que el lector evalúa, las editoriales le hacen caso en uno. Muchas veces, lo que más les importa a los editores es la primera parte del informe: la síntesis de la trama del libro. Después miran la evaluación, claro, pero con el criterio de ellos, no el del lector. Es un trabajo secreto, acorde con que es un oficio invisible. Una ley no escrita preserva el nombre del lector para que después el escritor no se lo tome personalmente si hubo un fallo en su contra. Esa ley tiene sentido sobre todo cuando el lector se llama Fulano. El despecho de un escritor puede ser terrible y, si conoce el nombre del Fulano que lo “reprobó”, quizás quiera ponerlo en ridículo y hasta dejarlo sin trabajo. Distinto es cuando el lector se llama Italo Calvino. En este caso el protocolo del anonimato no tiene razón de ser. Calvino hizo informes de lectura para editoriales italianas durante largos años. Le daba orgullo su trabajo porque consideraba que lo mejor que puede hacer un escritor es ganarse el cheque haciendo algo cercano, pero distinto, a la escritura. Además de la síntesis, la observación y la evaluación, del lector también puede esperarse que haga un señalamiento de inconsistencias en la trama o el argumento -por ejemplo, que una tía abuela que falleció en la página 30 no reaparezca en la página 72, salvo que sea un fantasma o un flashback. Cuando el escritor se entera de estas observaciones, la bronca crece. Los escritores tienden a tolerar mejor el rechazo pleno que la sugerencia parcial.

Ese es el paramundo de los lectores editoriales. Viven en él unos cuantos paracalvinos, y algún que otro subcalvino mejor posicionado. Por supuesto que viven de hacer varias cosas, igual de anónimas que los informes que redactan. Nadie llega a fin de mes sólo informando. Hacen un trabajo extraño. De ellos sí se puede decir, literalmente, que “el resto es literatura”. Mientras ellos leen y evalúan, ocultos en los cuartuchos de la paraliteratura, afuera las voces de los escritores copan los meeting points, los bares, las librerías, los corredores fantásticos de la literatura comentando: “rechazaron la novela de Tal”.

Hace poco se editó la última novela de Fabián Casas, Titanes del coco. Fabián es un escritor leído y felicitado en todos lados: en la prensa, en las universidades, en la prensa, en el boca o boca, en la prensa. Pero la persona a la que le tocó informar Titanes recomendó que no lo editaran, y el autor se enteró. Se enteró además que esa persona admiraba todos los libros anteriores de Fabián, pero este le parecía flojo. ¿Y cómo nos enteramos nosotros de todo esto? De boca del escritor, ofendido con “esa chica”. En una entrevista indulgente, favorable, en una entrevista donde todo es elogio y felicitaciones, de repente salta ese punctum en la memoria del escritor que le recuerda la existencia de una voz mínima, apenas perceptible, una voz sin poder (el libro al fin y al cabo se publicó) hablando en su contra. Ahí entonces la corona del escritor muestra la gorra debajo: el entrevistado se detiene en esa pequeña voz y la juzga. Busca ponerla en ridículo, la quiere delatar. Luego podrá venir, en el calor de la entrevista, el punto más emotivo: ahí donde el escritor elogia el trabajo de “los invisibles”, de toda la gente anónima que hace las grandes cosas, los buenos zapatos, los buenos libros, lejos del ruido y la notoriedad. Pero al invisible en cuestión ya se lo denunció.

Tengo que parar de hacer informes de lectura por dos años. Porque realmente me detengo en el análisis de boludeces; realmente, si lo pienso bien, no tiene importancia eso que dijo Fabián. Fue un comentario menor, al pasar, sin verdadera mala fe, quizás con un puntito de resentimiento, pero nada grave. De hecho, lo que más repercutió de esa entrevista fue otra frase de Casas: “Si me ofrecen un premio y ese premio no incluye plata, no me interesa recibirlo”. Le dijo eso al periodista, lo publicaron en http://www.polvo.com.ar y al otro día en las redes sociales todos lo estaban llamando de todo, empezando por pesetero.

Sin embargo, no puedo estar más de acuerdo. Y me gusta que Fabián Casas haya dicho eso casi tanto como me gustan sus poemas. Casas es un escritor que, como los que hacen informes de lectura, en un momento tomó una gran decisión: vivir de otra cosa, parecida pero distinta. Adoptó la premisa que Discépolo le adjudicaba a Perón: un escritor es alguien que además de trabajar, escribe. Otros que sólo saben leer y escribir tienen, por el contrario, la expectativa de vivir de lo que escriben, de ganar plata de lo que garabatean. Y ahí está toda la diferencia, y es una diferencia mecánica. Los que quieren vivir de lo que escriben, la cagaron. A los 40 empiezan a hacer todo mal. Para su idiotez, como para la mía, había decenas de oficios paralelos: editar libros de otros, traducirlos, corregirlos, publicarlos, venderlos en una librería. Ninguno una maravilla, convenido. Pero todos sirven para cubrir el alquiler, las vacaciones, a veces hasta entretienen, más de una vez incluso estimulan. Y hacen que uno esté más relajado, más seguro de sí mismo, cuando a la noche hay que abrir el archivo de word y pensar en un proyecto, no en un cheque. Porque en el cheque ya se pensó mientras se trabajaba.

Decir que un premio literario es inútil si no es en efectivo es un pronunciamiento que a mí me da confianza. Esa frase sólo puede salir de la boca de un tipo que analizó sus expectativas, dialogó con sus miserias y logró, y quizás todavía logra, sentarse a escribir lo que él quiere, sin un cronograma de pagos. Y sin hacerse el santo, ante todo. Porque a fin de cuentas, lo que hubo de por medio fue un esfuerzo enorme. Si alguien quiere conocer el resultado de ese esfuerzo y no tiene plata para comprarlo, lo puede pedir prestado (la edición analógica todavía lo permite). Ya si alguien quiere premiar ese esfuerzo, que tenga fondos. Que sea capaz de retribuirle algo al otro, al escritor, a cambio de ese pedacito de aura que va a robarle cuando se saquen juntos una foto.

 

 

Números

octubre 26, 2015

Acaba de sentarse más acá,
a un cuerpo de distancia de mi alma,
el que vino en un asno a enflaquecerme
.
César Vallejo

La locura, dijo Einstein, es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener mejores resultados. Eso dijo Einstein que no era político. Que manejaba otros números, y sin embargo… Me pregunto cuánto calza su frase para las elecciones de ayer.

A tranco lento venían las PASO, las elecciones primarias que tuvimos hace algunos meses, A Macri en las PASO lo habían votado 5,5 millones de personas: el 24 por ciento de los que ese domingo de agosto entraron a una escuela. Ayer lo votaron 8,5 millones. Del voto de convicción (el de las PASO) al voto de apoyo (el de ayer) ganó tres millones más. En noviembre se verá cuál es el voto de confianza en Macri, y si no pasa nada singular de por medio, ocurriría que a la gente que ya cree en el modelo del Pro y a la gente que más o menos se dispuso a apoyarlo se le sume otra gente que decida, también, más o menos, “confiar” en Macri para presidente.

Ahora bien, lo significativo es que esos 3 millones de votos nuevos que tuvo Macri no vienen en absoluto de personas que en las PASO hayan votado a Scioli ni a Massa ni a la Izquierda (aunque algunos sí le habrían llegado de Margarita Stolbizer). Para el oficialismo Scioli ganó, de las PASO a ayer, 300 mil votos nuevos. Massa ganó algo más: 500 mil que en las PASO no había tenido él ni De la Sota (Massa tuvo dos millones de votos extra, pero que en principio incluirían el 1,5 millón de su aliado cordobés De la Sota). En cuanto a la Izquierda, el FIT tuvo 100mil votos más que en las PASO. Los únicos que perdieron votos fueron Stolbizer (200 mil menos) y Rodríguez Saa (100 mil menos). También perdió votos, y muchos, el blanco: cayó a la mitad, de 1 a medio millón.

No hay ningún dato que demuestre que la gran mayoría de los votantes reafirmaron su voto, pero tampoco, claro, nada que demuestre lo contrario. Sólo la experiencia diaria de cada uno de nosotros en diálogo con los demás sugiere, al menos en mi caso, que la tendencia general fue a reconfirmar -en los casos en que esto era posible- el apoyo al candidato al que habíamos votado en las PASO. Los resultados de ayer en principio demostrarían una sola cosa: que no existe la “traición”. El único “traicionado” significativo fue el voto en blanco. Y, con menor impacto, Stolbizer y Saa. ¿Entonces Aníbal Fernández se equivoca cuando habla de traición? Nadie dejó de votar a Scioli de los que hace meses lo votaron. Pero sí medio millón de votantes de la Provincia de Bs As votaron a Scioli para presidente y no votaron a Aníbal para gobernador. No sé si eso es traición.

La diferencia con las PASO se explicaría por el hecho de que hubo esta vez 2 millones más de votantes (25 millones, contra 23 hace unos meses) y sólo un porcentaje bajísimo -que no es medible, está bien, pero que se puede especular en torno al 10%- de esa gente a la que no le interesa mucho votar pero ayer sí fue a votar, lo hizo por Scioli. Y un dato: de esos dos millones de personas que votaron ayer pero no en las PASO, la mitad son de la Provincia de Buenos Aires. En la provincia que tiene algo más del tercio del electorado real del país se registraron esta vez la mitad de los votos del electorado fluctuante (que no es lo mismo que indeciso) que no siempre va a votar. O sea que alguien, que claramente no fue el Frente para la Victoria, logró llevar a esa gente a votar y, claro, llevarse esos votos. Alguien trabajó mejor en esa zona de la ciudadanía que no es ni traidora (porque traición implica lealtad previa) ni indecisa (porque la tan mentada indecisión era sobre a quién votar, y no sobre si ir o no a votar). La zona gris, indiferente, veleta.

A Macri los 3 millones extras de voto de apoyo parecen haberle venido sólo en un 40% (1, 3 millones) de los que eran sus contendientes internos en las PASO (radicales y Unen). Y un 10  a 20% podría haberle venido de gente que en las PASO votó en blanco o de desertores de Stolbizer, Rodríguez Saa e incluso de la izquierda que no es el FIT.

O SEA: El Pro logró en estos pocos meses que CERCA DE 1,5 MILLONES de personas bastante indiferentes al sistema democrático, o al menos a ir a votar, fueran ayer a votar y lo votaran a Macri.

¿Cómo lo hizo? Misterio. O no. A mí me parece que desde el Pro le hicieron caso a Einstein.

Porque claramente no hicieron lo mismo que antes de las PASO. Por un lado, cambiaron el discurso: se habló mucho del monumento a Perón, del coqueteo de Macri con los valores justicialistas, del “lo que el gobierno hizo bien, vamos a seguir haciéndolo”. Por otro lado, Macri en este último mes hizo la campaña más desencajada de las últimas décadas, con spots publicitarios basados en promesas incumplibles como “si me votan, no va a haber más inquilinos, todos vamos a tener casa propia”. Y finalmente, en un factor también muy importante, el Pro invirtió muchísimo dinero en estos últimos 15 días en movidas como la de los llamados telefónicos: llamados no sólo pregrabados sino con una tropa de quizás mil simpáticas fonomarketers que te buscaban charla, que eran “reales” -yo recibí al menos tres de esas llamadas verdaderas.

Abrumado, como los que escriben en primera persona, hoy digo “quiero entender”. Sólo que trato de bucear en todo lo que no me define, ni a mí ni a “mi gente”, y se me escapa, Pienso, primero, en los votantes convictos del PRO. Conozco poquísima gente que lo votó con cierta convicción (y uso la palabra “convicción” en un sentido muy laxo, que incluye la fe o la creencia propia de aquellas personas según la cual un país donde los pobres están mejor es necesariamente un país donde yo estaré peor). Tengo 3 conocidos que vienen apoyando al Pro desde hace meses o años. Trato de ver qué tienen en común. No son exactamente chetos, pero también es cierto que conozco poquísimos chetos. Lo único que tienen en común, descubro, es que, cuando los conocí y los frecuenté en la adolescencia, eran chicos de clase media con plata que iban a escuela pública y que repitieron al menos un año. Sí, me digo, son los repitentes, o al menos una parte de ellos. Son los que hoy están felices porque sus hijos van a escuelas privadas y pasan de una, y nadie les toma pruebas de historia ni ecuaciones ni ortografía. Eso es lo que mis tres votantes del Pro tienen en común. Además de que hace años ni los veo.

Pienso, después, en los votantes que ayer apoyaron al Pro y en las PASo habían votado a Carrió o al radicalismo. Ahí conozco a varios, algunos incluso son  amigos. Uno de ellos es un furibundo crítico de un intendente K de la provincia de BsAs, un intendente que, hay que darle la razón a mi amigo, venía haciendo agua por todos lados.

Y trato de pensar, por último, en alguno de ese millón y medio de personas que, no habiendo ido a votar en las PASO, ayer fue y votó a Macri. Son ellos -incluso más que “los chetos”- mi otredad, mi desconocimiento total. ¿Qué es esa gente? ¿Dónde viven? ¿Con quién se tocan? La duda sé que me va a carcomer los próximas días.

¿Quiénes son? ¿Son los descreídos útiles? ¿Son los que tienen precio y encima un precio muy bajo? ¿Son asnos? ¿Son los homo sacer? ¿Podría odiarlos?

¿Van a ser ellos los que definan?

El Gran Despecho

agosto 1, 2015
1942 --- Original caption: New York, NY: Oona O'Neill (Mrs. Charles Chaplin) when she was 16 years old and a student in New York, waiting for a bus at Madison Avenue. Photograph. --- Image by © Bettmann/CORBIS

1942 — Oona O’Neill

Llegaron a mis manos unas cuantas biografías de escritores: Camus, Yourcenar, Borges (escrita por Katchadjian) (no, mentira) y una de Salinger que me puse a leer. Como corresponde a un género tan taimado, la biografía de Salinger, escrita por un tal Shields, hace eje en un episodio de despecho amoroso en la juventud del escritor. Igual que esos que dicen que Borges fue lo que fue porque una chica noruega de piernas larguísimas, Norah Lange, lo despreció en una cena y prefirió en cambio a Girondo -y lo prefirió para toda la vida-, así también se construye en esta biografía la figura de Salinger, aunque con el ingrediente espeso de la Segunda Guerra en el medio. ¿La chica? Oona O’Neill: preciosa, ver foto. Diecisiete años, hija de Eugene, Premio Nobel. Su padre la ignora desde que era una bebé, encerrado como le gustaba estar, todo el tiempo, escribiendo piezas teatrales. Le pasa una mensualidad potente, que Oona gasta en ropa y salidas nocturnas. Ella combate su orfandad como puede, con frivolidad. En ese contexto de la noche medioalta neoyorquina, se conocen Oona y Salinger. Empiezan a salir, van a los bares de moda, y enseguida J.D. va a la guerra. En Francia él cumple sus tareas de contraespionaje y recabado de información entre prisioneros, para lo cual la táctica consiste en llevar al prisionero (soldados teutones, colaboracionistas franceses) al medio de un campo, darle una pala y obligarlo a cavar un rectángulo de tierra, exigiéndole, si es que el tipo no se quiebra y confiesa antes, que se arroje él mismo dentro del pozo -aunque por lo general, cuenta el biógrafo, no hacía falta llegar a tanto-. Eso de día, todos los días. De noche, todas las noches, Salinger le escribe cartas de catorce páginas a Oona. Ella lo espera y, los primeros meses, le responde. Le cuenta que se mudó a Hollywood, donde quiere ser actriz. Y un día le deja de responder, para martirio del soldado J.D. que endemientras martiriza a sus propios prisioneros. ¿Qué pasó en el medio? Pasaron dos cosas.

Pasó, primero, que Oona conoce a Orson Welles: tienen un affaire. Y este hombre genial que debe haber sido Orson una noche le toma la mano a nuestra adolescente, le mira las líneas y dice: “Vas a conocer a un hombre mucho mayor que vos, un hombre que te va a hacer reír por el resto de tu larga vida”. Me vino a la mente, mientras leía ese pasaje, la frase criolla que Oliverio Girondo le disparó a Norah Lange en medio de una cena en la SADE. Norah, que había llegando al mitín acompañando a Borges, en un momento volcaba sin querer sobre el mantel su copa de vino, y Oliverio, que estaba justo sentado en frente, sancionó: “Va a correr sangre entre nosotros”. Pero la profecía de Orson es más perfecta que la de Girondo, porque no lo incluye. Pasó entonces la segunda cosa: a las semanas del affaire con Welles, Oona conoce a Charles Chaplin. Ella tiene 18, él 52. Para entonces Salinger ya entró con su regimiento a ocupar París, ciudad en la que se entera, por los diarios, del casamiento. Son fotos en primera plana en todos los diarios de Europa. Festejan la suerte del primer actor global, Carlitos, algunos medios incluso malician que no se merecía tanto. La chica es muy joven, se dice; este señor, por más divertido que sea, va a arruinarle la vida. Un colega le murmura a J.D: Chaplin es un viejo sátiro que consume glándulas de mono (el Viagra de la época). Nuestro escritor ni mu: los demás hablan; él, callado. Ya madura hacia el budismo el despecho. Quizás intuye lo que finalmente tendrán que reconocer todos: es un amor invencible, porque es de necesidad mutua. Dirán que ella quería un padre que no tuvo, la cosa es que Oona y Chaplin pasan juntos el resto de sus vidas. Tienen ocho hijos. Ella muere poco después de él, y antes de morir declara: “Chaplin me dio alegría, y yo le di juventud”.

La selfie del fiscal

enero 23, 2015

nisma

Ayer leí las primeras 200 págs del libro de Nisman. Lo más llamativo de ese texto es su bipolaridad. Está dirigido a un Juez Federal pero también a un público lector. Para eso Nisman se atreve a conjugar tonos que me imagino que en un texto jurídico no son los más comunes. Abusa de dos procedimientos retóricos: 1) la interpretación de sucesos puntuales de la causa como acontecimientos (tristemente) singulares de la historia argentina. Esta veta historiadora de raigambre claramente sarmientina se asienta en oraciones de tipo “Nunca antes en nuestra historia … (había pasado tal cosa)”. 2 ) Lo otro es la profusión de observaciones cortitas y emocionales al pie, por ejemplo cada vez que, después de una oración larga y “correcta” en términos del discurso jurídico, remata con cosas como “Vaya ironía”, así, entre puntos. Son, para mí, zonas del texto que ponen en evidencia el doble destinatario y traslucen, a su vez, los problemas típicos de los textos con doble destinatario: que uno termine produciendo medio mensaje para cada tipo de lector, en vez de un mensaje completo para un lector determinado. Pero otra cosa también sentí yo después de leer esas primeras 200 páginas: Nisman no se suicidó. Alguien que escribe “Vaya ironía” no se suicida. Está(ba)mos ante un jugador, independientemente de sus convicciones, un verdadero jugador, alguien sin el menor conflicto interno a la hora de ponerse en juez moral de la historia -y aclaro que el discurso jurídico en general requiere eso, un tono moralmente superior, pero no un “yo” moralmente superior; el discurso jurídico justamente se cuida de esto último evitando toda retórica más o menos impulsiva. Nisman hace lo contrario. Nisman hace todo, toca todas las cuerdas posibles, su discurso es la pesadilla del rizoma bajo control.

Como nota al pie, ayer hablábamos de esto con mi amiga Mon Sendra y salió de la nada en la conversación algo que dice Kurt Vonnegut cuando habla de los “self-indexers”, la gente que es “auto-indexadora”, los escritores que te mandan un manuscrito y ellos mismos se hacen el índice del libro. Decíamos con Mon: un tipo que le hace el índice a su propio libro es alguien que es capaz de vender a la vieja. No me es fácil pensar la relación entre esto del self-indexer y Nisman, pero la sentí con mucha fuerza. Quizás se deba no sólo a su discurso escrito sino también a algo que me llamó muchísimo la atención: que el sábado Nisman haya desplegado minuciosamente sobre una mesa de su casa las hojas de su denuncia y haya sacado (y enviado) una foto de esa mesa, una foto probatoria de la aplicación y el esfuerzo de su trabajo. Una selfie autoindicial.

Restos de Fogwill

abril 13, 2014

Fogwill murió y dejó una ristra de apóstoles indiscretos. Muchos de estos truhanes se dan cita en un libro que acaba de salir: Fogwill, una memoria coral, editado por Mansalva. Mientras lo leía, se me venía a la mente un pasaje sumamente miserable de la vida literaria argentina: aquel programa de televisión “Los siete locos”, cuando armó un mesa a propósito de la muerte de David Viñas para que la invitada, Sarlo, y la conductora, Fulana, hablaran mal de David. Episodios de ese tipo demuestran que la literatura no es una religión -¿cómo podría serlo si todo el mundo escribe? La literatura es la senda de Judas disfrazada de apostolado. Es bueno saberlo y punto. Fogwill, una memoria coral, de todos modos no es exactamente -o no es abiertamente- un libro contra Fogwill. Pero su efecto de lectura conduce al mismo lugar. Y es que las entrevistas a sus amigos escritores se detienen casi todas en los aspectos más pobres de una vida. Chimentean, cuentan anécdotas opacas, buscando siempre el lado improductivo del homenajeado. Sobresale el testimonio de Sergio Bizzio, un novelista que trabaja de lunes a viernes escribiendo guiones estándar para el cine y la televisión y consagra sus fines de semana a la literatura de vanguardia. Dice Bizzio, en un trecho de su sentida razzia: “A Fogwill lo vi tomarse rayas del tamaño de una caña de bambú”.

Una memoria coral es un grupo de escritores tratando de construir la imagen de otro, fallecido, supuestamente homenajeado, como un talento que se desperdiciaba a sí mismo. Incluso algunos trechos que hablan de la generosidad de Fogwill dan a entender que era una generosidad regalada, desperdiciada, improductiva. No sé qué grado de amistad unía a Bizzio y otros con Fogwill; seguramente era escaso. Sí da la impresión de que algunos de sus amigos, como Fabián Casas, se negaron a dar testimonio en el libro. Un buen reflejo, el de estos otros.

 

Quino y las empanadas de la paz

marzo 23, 2014

“La principal preocupación de Mafalda hoy sería la estupidez humana”. Lo dijo Quino en el Salón del Libro de París, actualizando así su respuesta a la eterna pregunta de los admiradores. La ocasión ameritaba, sin duda, unas palabras del dibujante sobre cómo sería la Mafalda del siglo XXI. Ya que no va a dibujarla nunca más, al menos una pista.

La ocasión era la entrega, de manos del actual embajador francés en Argentina, de “un reconocimiento que cuando era chiquito me daba envidia”: la Legión de Honor. Ovacionado por mil personas, Quino también respondió a la pregunta sobre qué hay de argentino en Mafalda. “Yo”, acotó. Y se metió a la legión en el bolsillo. (more…)

Gelman y Facebook

enero 17, 2014

Las redes sociales han mostrado ser inútiles a la hora de ayudarnos a responder estas y otras grandes incógnitas de la vida:
* ¿Por qué cerraron Crash y Juan de los Palotes?
* ¿Cómo se viaja al Partido, no al aeropuerto, de Ezeiza?
* ¿De dónde viene la gente a la que no le gusta la fainá?
Miles de preguntas. Estas de recién son un poco en broma. Pero algo se saca.

Las redes sociales le dan la espalda al pasado, a la experiencia. De Twitter ni hablo, si ni caracteres tiene, ese refugio de la cultura irónica. Las redes abusan del futuro: lo que seguramente haré, lo que probablemente haré, lo que posiblemente haré, lo que quizás en el fondo nunca haga. Facebook en sí fue sabio, y colocó un recuadro a la derecha para anunciar próximos eventos. Pero todo en Facebook al final lo volvimos anuncios de eventos. Es el lugar que elegimos para mostrar proyectos o para proyectar, que no es lo mismo. Todo para adelante, manga de vagos.
Hacen falta vendedores de pasado, no sólo de futuro, en las redes. Aunque le pongan ficción a lo que cuentan.

La muerte de Juan Gelman fue lo que me hizo pensar en esto.
Porque eso sí pasa en las redes: muere alguien que se admira, y ahí relatamos. Porque el corazón de los adolescentes, escribió Harold Bloom, es un cementerio de artistas muertos -y el de los adultos también. Entonces llega el Relato que hacía falta: y es MUY malo. Es un relato pobre, que muestra el núcleo del evento (“el día que mi hermana me regaló un libro de Gelman”) y el resto es apelar a la emoción. ¿Y qué más? ¿Qué pasó? ¿Después de tu hermana a quién se lo mostraste? ¿Dónde estabas? ¿Qué pensabas? ¿Con qué conectaste?
Silencio. Sólo emoción.
Desastre.
Claro que hay excepciones.
Nunca lo había pensado. Las redes sociales nos invitan a abusar del proyecto (levantero, profesional, hasta político) y de la proyección (psicológica y punto), y huyendo para adelante vamos perdiendo la habilidad de contar lo que pasó y cómo. Mi red está llena de escritores, encima, que no saben narrar. Gelman murió: recuerdo el día que me tocó presentarlo en el Centro Cultural Pirulo, dice un poeta, Bossi, y es eso y la inmensidad de sus sentimientos tocados, y algunos errores de ortografía.
Una chica: “Perdoname, Juan Gelman. Vos sabés por qué. Te querré siempre”.

De Gelman me gusta todo menos el tono, y así: no me gusta nada. Nunca pude terminar un libro suyo, pero no viene al caso. Al final Facebook era una elegía y estábamos al tanto, un mundo donde todos hablamos de los difuntos como de grandes amigos y damos permiso a nuestra mente para que diga que el corazón se nos acaba de destrozar.
Claro que todos entramos a las redes, un día, porque teníamos el corazón roto.
Hay que abrir el pasado y aprender de vuelta a contar algo.

La militancia apocalíptica

agosto 29, 2013

En un reciente escrito, el bloguero Damián Selci cuestiona a los blogueros K que no se comprometieron a militar. Critica, también, la “decencia” y la “sensatez” con que los antiguos jóvenes blogueros habrían empezado a evaluar las cosas. Al parecer no se salva nadie; todos los blogueros tenían adn veleta. Pero la tesis tiene su componente de autoindulgencia: los que hoy abandonan el kirchnerismo son los que antes estaban pero no estaban. Hay una pasaje gracioso: cuando se dice que de última al bloguero Martín Rodríguez los analistas políticos lo respetan porque tiene una obra poética. Hace unos años Selci hacía sesudos resúmenes del Capital de Marx; hoy, en este texto, sostiene que es la posición misma del analista la que incluye el elemento conservador. ¿Cómo vuelve de esa frase alguien que escribe, alguien que es flacuchito y que uno lo ve y dice “lo que puede aportar este tipo al país son ideas”? ¿Por qué se autoflagela? ¿Por qué busca un amo que le diga “bien, pibe, seguí escribiendo así, hay que hacer pelota a los que piensan”? Es como si no hubiera razones para cuestionar lo que otros piensan. Como si el problema fuera el análisis. El kirchnerismo también fabrica contenidos audiovisuales y libros, manuales de todo, de historia, de geografía, de matemática y de lengua. ¿Esos manuales van a decir que la posición misma del analista es enemiga?

Sólo un kirchnerismo que se cree muerto o se da latigazos (¿un kirchnerismo jesuita, bergogliano?) puede clamar por la acción sin análisis. Hay buenas razones para confiar en que, incluso si se pierde en 2015, el modelo, es decir, el contenido kirchnerista, ese que merece ser pensado siempre, duplique sus adherentes ni bien cualquier otro modelo tome el poder y haga lo que sabe hacer. A nadie le hace bien el giro apocalíptico. Como a nadie le hace bien un revisionismo donde Néstor habría surgido de la nada y los demás se subían o no se subían al caballo. En última instancia, el único modelo donde pensar no sirve -o donde pensar es lo único que sirve- es el de la revolución permanente, que no tiene nada que ver con este.

Elecciones

agosto 12, 2013

Fue un golpe a la política que, si hay que buscar el que mejor la encarna, representa Moreno. En Provincia de Buenos Aires ganó un tipo que en público dice vaporosidades, pero que en reuniones de empresarios tiene un mensaje claro: ““El desendeudamiento fue importante, pero hay que entender que estamos perdiendo oportunidades en un mundo donde sobra liquidez”. Y que además promete que con él habrá reforma impositiva y no habrá reforma judicial.
Massa tiene un modelo, aunque felpudee un discurso. Es el mismo que alimenta a Carrió por debajo de su hablarle al corazón. Que vuelva el dólar, que caigan las retenciones, que se respeten los negocios, después -y en esto se diferencian del PRO- vemos cuánto queda para largoplazismo social. En capital todo bien, en capital si estos ganan va a ser un avance, dadas las cosas. Y Provincia de Buenos Aires… hace tiempo que dejó de ser espejo federal, Chivilcoy es Palermo Soho. Córdoba siempre en su rancho aparte, votando a una “Unión por Córdoba”, imaginate si en Chicago votaran una “Unión del Midwest” yanki en vez de demócratas o republicanos, todo para diferenciarse de Washington y de Nueva York, y te hacés una idea del resentimiento medieval cordobés. Y Mendoza en lo suyo, ya le harán el mayor trapo del mundo al Papa, ya prohibirán en las escuelas otras “Polenta con pajaritos”. Pero el interior, el verdadero interior…
Ese es el que más perdería si en 2015 hay un cambio. Porque es el que más viene cambiando en los últimos años. Perdería el changuito jujeño ese que tanto jode porque cómo Cristina va a utilizar a un niño para hacer política. Perdería el yerbatero misionero, no digas que no.
Mientras que acá volverían los dólares y se iría el PRO. Qué más puede pedir el espectador de Lanata. En fin, ¿Massa y UNEN ganando capital y provincia en 2015? Y Vicki Donda sacando las rejas de las plazas.