Archive for the ‘Noticias de libros’ Category

Como un golpe de rayo

abril 18, 2017
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La editorial Caja Negra acaba de sacar a la calle un nuevo libro, Como un golpe de rayo, del periodista musical inglés Simon Reynolds. Es un ensayo sobre los principales rockeros ingleses que en la década del 70 dieron forma (e imagen) a lo que se conoce como glam rock. Esos héroes glam son ante todo dos: David Bowie y Marc Bolan. En torno o en paralelo a ellos, el glam pesado de Alice Cooper y el glamour (que no es lo mismo) sentimental de Brian Ferry (Roxy Music). Como un golpe… es el cuarto libro de Reynolds que aparece entre nosotros, todos por la misma editorial, y siendo que este es el de escritura más reciente -se publicó en Inglaterra en 2016 después de la muerte de Bowie- y que los anteriores como Postpunk ya venían y vienen cosechando un público fiel, es de imaginar que se convertirá en uno de los libros más comentados del año. En estos días comenzó a entrar a librerías y El Corcel de La Libre (Bolívar 438) lo acaba de leer.

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La Teoría de la Vanguardia

marzo 31, 2017

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Un libro que durante mucho tiempo fue aceite para las fotocopiadoras de los edificios donde se enseña literatura o historia del arte: la Teoría de la vanguardia, de Peter Bürger. Su autor es un hijo de la famosa Escuela de Fráncfort donde trabajaron Theodor Adorno y Herbert Marcuse entre otros. Bürger, que dio a conocer este libro en 1974, sigue actualmente pillo y reflexionando sobre el tema -en 2014 de hecho sacó un libro cuyo título en alemán equivale a Después de la vanguardia, pero que hasta hoy no tiene traducción al español. Hay tres o cuatro libros de Bürger traducidos y más o menos disponibles en bibliotecas, no tanto en librerías. De todos modos es esta, la Teoría de la vanguardia, y quizás porque además de incluir planteos novedosos es también una especie de manual que repasa las concepciones del arte moderno desde Kant y Marx hasta Benjamin y Brecht, su obra principal o la más difundida. En algún momento existía una edición española del sello Península (que hoy pertenece al Grupo Planeta): esa edición es la que circuló en los ’90 la mayoría de las veces sin el aura del objeto-libro sino más bien en fragmentos o copias anilladas. Que hoy este libro pueda conseguirse, y a 220 pesos, en cualquier librería del ramo, se lo debemos a un editor remero de la escuela de Santiago Lange como es Néstor González, el editor de Las Cuarenta.
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El tío Piva

marzo 14, 2017

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Finalmente tenemos en castellano un libro sólo de poemas del brasileño Roberto Piva. Se trata de la edición bilingüe del que fue su primer libro, Paranoia, de 1963, traducida por Edgar Saavedra. El editor es Goyo, o Goyeneche, que desde hace diez años está al frente del sello Nulú Bonsai. La edición es pequeña, de bolsillo y hasta de bolsillo de camisa. Pero aun así incluye, fusionadas con los poemas, las fotos de Sao Paulo que tomó Wesley Duke Lee para la primera edición brasileña y universal de este librazo.

Roberto Piva (1937-2010) fue un poeta moral de una libertad absoluta para escribir sobre las cuestiones que le interesaron -detalles de la vida paulista capaces de mostrar o bien el fracaso de la civilización occidental o bien el constante renacer de lo dionisíaco-; un poeta que encontró su propia voz entre la enramada de algunos tonos de época -el aullido beatnik, la persistencia del surrealismo-, y alguien que se negó vehementemente a lo largo de su vida a crear o adscribir a movimientos o escuelas poéticas, siendo incluso que una etiqueta muy en boga en el ámbito brasileño de los ’70, la etiqueta “poesía marginal”, más de una vez lo persiguió para hacer de él algo así como el representante prototípico por delante de una decena de otros nombres, pero Piva la esquivó tanto como pudo. (more…)

Crónica de un fetiche

febrero 18, 2017

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Pierdo el tiempo mirando un Manual Tipográfico del siglo XVIII y el antivirus me avisa: “Cualquiera puede ver lo que estás haciendo”. Como si fuera porno… y sí: no se equivoca. Uno de los gajes de ser un biblióñoño es que también te calentás con esto. Las ediciones, las cajas de texto impecables, las tapas zarpadas de ilustradas, las guardas. ¿De dónde viene este amor por el cuerpo de los libros, cuando en casa, de chico, sólo había esas horribles ediciones Sopena? So pena, cuánta justicia el nombre de aquel sello. ¿Por qué no habré nacido en Italia, donde dicen que los editores aman lo que hacen? Miro el Manual Tipográfico de Giambattista Bodoni, “la madre de todos los libros”… Es hermoso, es perfecto, es la Noemí Alan de los libros (para los más chicos: Noemí, “la Tana”, es la mujer más bella que existió sobre la Tierra). Y enseguida salto de Bodoni a otro editor italiano, y leo la anécdota de cómo empezó, más cerca de nuestro tiempo y del tiempo de la Tana, el genial Franco Maria Ricci.

Eran los años ’60. A Ricci, por casualidad, le cae en manos el manual de Bodoni y dice: esto hay que reeditarlo tal cual existió una vez. Y lo reedita, y saca 400 ejemplares cuidando cada detalle… menos el precio de tapa, que según su propia leyenda fue un descuido con suerte. Porque Ricci quería venderlo a X cantidad de liras, y por error, diseñando los últimos toques de tapa, se le escapó un 0 más: como quien piensa “lo vendo a 1000” y acaba escribiendo 10.000. Lo que sigue: la edición, contra todo pronóstico, se agotó en meses. Ahí nomás una segunda tirada, igual a la anterior, y con las ganancias Ricci fundó su editorial y, ¿qué hizo? Viajó a Buenos Aires. Viajó a Buenos Aires para conocer a Borges, y se hicieron muy amigos. Muy. Otra leyenda dice que fue Ricci el que convenció a Kodama de aceptar la propuesta de casamiento de Jorgito. Uy, mencioné a Kodama y ahora van a odiar a Ricci y a mi historia. Pero no, por favor no lo hagan, antes miren sus trabajos. Conozcan sus colecciones: una incluso se editó en Argentina. Les cuento.

Ricci en 1975 le propuso a Borges que armara una colección de literatura fantástica para editar en Italia. Esa colección, La Biblioteca di Babele, se publicó a ritmo de un volumen cada dos meses durante cinco años. Eran libros de Melville, Kafka, Meyrink, Papini… Todos elegidos y prologados por Borges menos el tomo 19. Ahí Ricci se anticipó y mandó, para celebrarle el cumpleaños 80 a su amigo, que se tradujeran cuentos del viejo en italiano, y de sopetón lo traficó a Borges, en su mismísimo proyecto, estampándole la camiseta número 19 de la serie fantástica (“Borges fue el último escritor del siglo 19”, ¿les suena? Ahora saben de dónde sacó eso Piglia).

La editorial Ricci… Fíjense en la foto el corte de tapa. Los italianos, se sabe, fueron los que inventaron el libro impreso (Gutenberg apenas inventó la imprenta) y fueron los que, tomando los conceptos teóricos del arquitecto latino Vitruvio, establecieron la proporción áurea (3×2) para el alto y el ancho del libro. Pero acá Ricci quiebra la proporción áurea, y aun así logra ser clásico. Su corte es más alargado, sin dejar de ser robusto, como el de esa vedette que siempre preferí. En el mundo hay toneladas de editores que quiebran la proporción para un lado u otro, pero tranquilos, no son Picassos rompiendo la representación, la mayoría ni la conocen. Ricci la estiró en una suerte de 3,5 x 2, la modiglianizó; otros como el gordito de Anagrama la hicieron 2,5 x 2, casi cuadrados, para su famosa serie multicolor de bolsillo. Volviendo a Babel, tengo uno de los seis títulos que llegaron a salir en Argentina en la versión criolla de esta colección, editada para nosotros -en tiradas de cuatro mil ejemplares numerados- por el mismísimo Ricci en sociedad con Luis Alfonso (otro amigo de Borges, y librero de la calle Florida). La argentina es en cada detalle igual a la tana, salvo, claro está, en el idioma. Años después hubo incluso una versión española, que marcó el comienzo de Siruela. Pero lo cierto es que “La Biblioteca de Babel” nuestra se cortó tras el tomo 6 por la muerte del librero Alfonso en plena dictadura. Ese tomo sexto es el que tengo ahora, y en casa, y acá, a la derecha del teclado, al lado del aviso de Avast sugiriéndome que me cuide de ver cosas que todos pueden ver. Miren lo que es la tapa. Miren qué tana belleza. Las guardas, el interior, la tipografía Bodoni, me las guardo. Pero miren ese rojo, es pornográfico, y en vivo es… ay si lo vieran sin antivirus!

En la foto, atrás, hay un pequeño mueble. Lo fabricó mi abuelo. También en áurea ligeramente desproporcionada (Emerson: “La belleza siempre requiere un detalle fuera de proporción”).

Las re-revistas de la Biblioteca

julio 6, 2016

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Hacelo igual: fac simile. Toda cultura necesita, también, reproducir. Ley biológica o expresión de deseo, cuando las cosas parecen tener sentido  ¿cómo no querer que se expandan? Y fac simile ante todo cuando el trabajo todavía no cristalizó, no se agotó, no llegó hasta su horizonte. ¿Por qué habría que volver a empezar?, ¿para darle el gusto a Lerner? No. Vivimos en tiempos de recreación, y el pasado se convierte muchas veces para nosotros, subjetivistas al taco, en una excusa para modificar, interpretar, reversionar, glosar o ambientar el presente. Vivimos en tiempos de recreación, y hasta las series que nos gustan dibujan décadas que no transitamos y lo hacen con mucha habilidad, buenos recursos, muy bien, insertándonos la idea de que esos vestuarios, esas fachadas y esos discursos son fieles a “su” época. Pero a veces uno necesita volver a la Cosa como era, en su completud original, rehecha igual a sí misma –fac simile– con sus altos y sus bajos. A veces uno ya tiene su versión del pasado, surgida del cruce con otras versiones más o menos contagiosas del pasado, de modo que no parece estar la necesidad de ‘descubrir’  la Cosa porque ya existen la Opinión Legitimada, la Opinión Alternativa, la Síntesis, la Versión, la Adaptación, la Glosa, el Cover o el Refrito de la Cosa… pero falta el Calco, eso que se le pone encima y nos descubre (o al menos la tapa bastante menos) a la Cosa.

Los facsimilares de una serie bastante amplia de revistas argentinas son uno de los grandes aciertos en la gestión de Horacio González como director de la Biblioteca Nacional entre 2005 y 2015.
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El arcoiris de la gravedad

enero 2, 2016

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Hay novelas que son geniales y sin embargo no son una experiencia de lectura. Quizás porque en ellas hay un control desmesurado de la prosa o, quizás porque los protagonistas conocen demasiado bien su camino, las acciones que están por emprender, las decisiones que toman. Pasa por ejemplo en Seda de Baricco o en Plataforma de Houellebecq. Ahí donde el protagonista es dueño de casi todo lo que piensa o hace y sus movimientos “fríamente calculados” lo acaban llevando al éxito o la ruina prevista, la novela en cierto modo se autocondena, me parece, a tener lectores que la admiren, pero sin que la vivan. Quizás Borges no practicó el género por eso, porque se percató de que su naturaleza era muy manijera y que no podía permitirse un héroe medianamente desnorteado y con algo a llenar. Pero en muchas otras novelas, en cambio, mandan la incertidumbre, la vacilación, el ansia, también la paranoia, en los sujetos que están en medio de una búsqueda no saben bien de qué. Según Deleuze, eso es algo que se da casi como un sello distintivo en la novela norteamericana. Deleuze, como buen francés, usufructuaba el elogio de la literatura norteamericana para no reconocérselo a las literaturas rusa, alemana e inglesa, que también abundan en grandes protagonistas llenos de problemas y aventuras detrás del autoconocimiento. Pero démosle la derecha al filósofo de los devenires al menos esta vez, como hace veinte años cuando leímos Moby Dick, sólo que hoy todavía estremecidos por la experiencia de leer -después de haber encontrado la clave, finalmente, para atravesarlas- las mil páginas de El arcoiris de la gravedad de Thomas Pynchon.

El arcoiris de la gravedad (1973), novela de tránsito muy lento entre otras cosas porque no da tregua con la confusión entre lo que los personajes viven y lo que imaginan o pesadillean, novela donde las ratas hablan y los hombres se pueden caer en una letrina y palpar quilos de mierda, novela que también es discurso pre-Google (¡hoy es fácil, eh!) espiralado de data sobre la construcción de un cohete, el origen de un traje o los diferentes polímeros de un plástico, lleva a un punto maestro esa concepción de la deriva del héroe detrás de sí mismo. De todos los que visité, parece ser el libro de relación más inversamente proporcional entre el dominio de la prosa por parte del autor -cientos de personajes muy bien perfilados, treinta o cuarenta historias pseudoparalelas gravitando, y sobre todo esa imaginación de Pynchon y esa capacidad para lograr el insight en medio del derrape o la verborragia, esa forma de alcanzar la poesía sin ronronearla- y el dominio (nulo) que sobre sus actos puede ostentar el héroe al menos durante un buen y largo rato.
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En las tolderías de Uhart

diciembre 18, 2015

uhartDe Patagonia a México es el título de la última recopilación de crónicas de viaje escritas por Hebe Uhart. A este volumen lo anteceden, siempre editados por Adriana Hidalgo, otros cuatro títulos donde la autora reúne observaciones y charlas (Visto y oído se llama uno de ellos) registradas en viajes por el país y el exterior. Sus crónicas, al menos las de este último libro, no están fechadas: no hay referencia al año del viaje ni al de su narración. Esto, que quizás para los uhartistas no es un descuido sino un código -quizás ellos conocen un protocolo del tipo “las crónicas que publica Hebe son siempre sobre viajes muy recientes”-, podría ser, se me ocurre, para otros lectores, un desacierto de la edición. Porque uno quiere saber, por ejemplo, si tal viaje a El Bolsón es de 2008 o 2014, y se queda con las ganas. En todo lo demás la edición es un chiche. Y las crónicas en sí, una mejor que la otra.
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Alrededor de Shannon

diciembre 16, 2015

shannonAntes de tener 120 páginas, Alrededor de Shannon tuvo 120 lecturas. Más o menos desde 2010 el autor, Martín Dubini, que carga con keatoniano talento su fobia a las situaciones de recital, viene siendo invitado a todos los eventos donde la poesía se dice en voz alta -ciclos, terrazas, festivales- y saliendo muy bien parado de cada una de esas entreguerras. Estudiadamente tosco, de una timidez sibarita, su modo de presentarse en público incita o más bien determina la estructura sentimental del héroe de sus poemas, el combatiente Steve, que en medio de la catástrofe bélica se siente aislado y a la vez el centro de una fiesta. Dubini lee sin el menor guiño a la audiencia, pero en total complicidad con ella. Varias virtudes melódicas -como sus cambios de ritmo o sus tonos en falsete- se suman a las propias de su escritura y lo convierten, me parece, en un jugador importante dentro de esto que se llama poesía actual.

Para ser leídos, sus poemas de Steve y Shannon circulaban hasta ahora en posteos, pero la suya, que es una poesía del soliloquio, no cuajaba bien en redes sociales donde se supone que el autor debe responder con un “¡muchas gracias!” a cada uno de los “¡sos un genio!” siendo que Dubini, lo mismo que Steve, curte la parquedad. Por eso muchos nos pusimos contentos cuando la editorial Cuervo & Bicho, más conocida como Blatt & Ríos, decidió que era hora de trasladar al papel estas églogas cyberpunks.

El libro se llama entonces Alrededor de Shannon, y es la historia de un melómano en el frente de batalla. La palabra “alrededor” en el título ya da noticia de lo que es la concepción poética de Dubini: una preocupación por recuperar el lirismo de la manera menos directa posible, camuflándolo bajo claves de lectura técnicas y hasta políticas; un rodeo o un ir y venir sin acercarse nunca del todo como para no quedar pegado -¿y quién no queda pegado?- a la doña, la amada, la vieja y romántica belle dame sans merci.

Kryptonita, de Leo Oyola

diciembre 15, 2015

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Es toda una tradición literaria en estas tierras -y una muy querida, incluso cuando apenas pasa de pícara- que los héroes del mundo mundial, los mitos del folclore y la literatura de Oriente y Occidente, vivan también un episodio criollo, una singular y más o menos discontinua deriva argentina, muchas veces por caminos suburbanos. Momentos de esa tradición incluyen al diablo alemán, el Fausto, leído y comentado por dos gauchos orilleros del siglo XIX, así como a diversos seres de la mitología europea reencarnados en un grupete de escritores que se mueven oscuros por la noche de Saavedra, según la imaginación de Marechal. En estos primeros pliegues del siglo XXI la misma tradición se enriquece con el aporte, entre otros, de la novela Kryptonita de Leo Oyola, que salió a la calle en 2011 y hoy se reimprime a granel gracias a que fue llevada al cine.
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El Gran Despecho

agosto 1, 2015
1942 --- Original caption: New York, NY: Oona O'Neill (Mrs. Charles Chaplin) when she was 16 years old and a student in New York, waiting for a bus at Madison Avenue. Photograph. --- Image by © Bettmann/CORBIS

1942 — Oona O’Neill

Llegaron a mis manos unas cuantas biografías de escritores: Camus, Yourcenar, Borges (escrita por Katchadjian) (no, mentira) y una de Salinger que me puse a leer. Como corresponde a un género tan taimado, la biografía de Salinger, escrita por un tal Shields, hace eje en un episodio de despecho amoroso en la juventud del escritor. Igual que esos que dicen que Borges fue lo que fue porque una chica noruega de piernas larguísimas, Norah Lange, lo despreció en una cena y prefirió en cambio a Girondo -y lo prefirió para toda la vida-, así también se construye en esta biografía la figura de Salinger, aunque con el ingrediente espeso de la Segunda Guerra en el medio. ¿La chica? Oona O’Neill: preciosa, ver foto. Diecisiete años, hija de Eugene, Premio Nobel. Su padre la ignora desde que era una bebé, encerrado como le gustaba estar, todo el tiempo, escribiendo piezas teatrales. Le pasa una mensualidad potente, que Oona gasta en ropa y salidas nocturnas. Ella combate su orfandad como puede, con frivolidad. En ese contexto de la noche medioalta neoyorquina, se conocen Oona y Salinger. Empiezan a salir, van a los bares de moda, y enseguida J.D. va a la guerra. En Francia él cumple sus tareas de contraespionaje y recabado de información entre prisioneros, para lo cual la táctica consiste en llevar al prisionero (soldados teutones, colaboracionistas franceses) al medio de un campo, darle una pala y obligarlo a cavar un rectángulo de tierra, exigiéndole, si es que el tipo no se quiebra y confiesa antes, que se arroje él mismo dentro del pozo -aunque por lo general, cuenta el biógrafo, no hacía falta llegar a tanto-. Eso de día, todos los días. De noche, todas las noches, Salinger le escribe cartas de catorce páginas a Oona. Ella lo espera y, los primeros meses, le responde. Le cuenta que se mudó a Hollywood, donde quiere ser actriz. Y un día le deja de responder, para martirio del soldado J.D. que endemientras martiriza a sus propios prisioneros. ¿Qué pasó en el medio? Pasaron dos cosas.

Pasó, primero, que Oona conoce a Orson Welles: tienen un affaire. Y este hombre genial que debe haber sido Orson una noche le toma la mano a nuestra adolescente, le mira las líneas y dice: “Vas a conocer a un hombre mucho mayor que vos, un hombre que te va a hacer reír por el resto de tu larga vida”. Me vino a la mente, mientras leía ese pasaje, la frase criolla que Oliverio Girondo le disparó a Norah Lange en medio de una cena en la SADE. Norah, que había llegando al mitín acompañando a Borges, en un momento volcaba sin querer sobre el mantel su copa de vino, y Oliverio, que estaba justo sentado en frente, sancionó: “Va a correr sangre entre nosotros”. Pero la profecía de Orson es más perfecta que la de Girondo, porque no lo incluye. Pasó entonces la segunda cosa: a las semanas del affaire con Welles, Oona conoce a Charles Chaplin. Ella tiene 18, él 52. Para entonces Salinger ya entró con su regimiento a ocupar París, ciudad en la que se entera, por los diarios, del casamiento. Son fotos en primera plana en todos los diarios de Europa. Festejan la suerte del primer actor global, Carlitos, algunos medios incluso malician que no se merecía tanto. La chica es muy joven, se dice; este señor, por más divertido que sea, va a arruinarle la vida. Un colega le murmura a J.D: Chaplin es un viejo sátiro que consume glándulas de mono (el Viagra de la época). Nuestro escritor ni mu: los demás hablan; él, callado. Ya madura hacia el budismo el despecho. Quizás intuye lo que finalmente tendrán que reconocer todos: es un amor invencible, porque es de necesidad mutua. Dirán que ella quería un padre que no tuvo, la cosa es que Oona y Chaplin pasan juntos el resto de sus vidas. Tienen ocho hijos. Ella muere poco después de él, y antes de morir declara: “Chaplin me dio alegría, y yo le di juventud”.