Archive for the ‘Relatos’ Category

Día del Himno

mayo 18, 2018

Porque era un día especial, Luis se levantó más temprano. Salió a la calle vestido de blanco; en el camino al Zócalo se cruzó con otros niños igual de madrugados y arregladitos. Las chicas le parecieron más lindas, todas perfumadas y como novias. A algunas sus madres no habían podido comprarles ropa, pero desempolvando el traje de bodas lo ajustaron a esos cuerpos menudos y a la grandeza de la ocasión. Era la mañana del 6 de septiembre de 1910. Corría el mes de festejos por el centenario de la Independencia, y la ciudad clavaba la vista en los seis mil chicos de escuela primaria que entonarían el Himno y el recién compuesto Canto a la Bandera. Ellos sabían la letra de los dos; los adultos, sólo la del Himno. Pensar eso llenó de orgullo a Luis mientras cruzaba la Alameda. El orgullo lo hizo acercarse a unos soldados de uniforme extraño, que aceptaron conversar. Hablaban raro los soldados: unos decían “pibe” por chamaco; otros, “garoto”; y unos terceros ni se entendían. Le dijeron que venían de Francia, de Brasil, de Argentina; que iban a desfilar; que pronto llegarían sus presidentes. Otros chicos se acercaron, casi todos de la mano de sus padres, y se armó una ronda. Charlaron hasta que un adulto dijo que ya era hora, y apuraron el paso. Alguien le preguntó a Luis por su familia; mintió que estaban en el palco, al lado de Porfirio. Al salir de la Alameda, un kiosko exhibía la tapa de El Diario: leyó que el poeta de América, Rubén Darío, no iba a ser recibido por el presidente, por oponerse a la intervención yanqui en Nicaragua. Vio otro periódico, uno que el padre nunca había llevado a la casa. Con su nombre raro, El Antirreleccionista decía que unos estudiantes en apoyo a Darío tiraron piedras a la casa del Llorón. Llegó al Zócalo; formó fila; paseó la vista entre la gente. Tiempo sin ver al padre, allá en Jalisco. Sí vio, o creyó ver, a sus hermanas, vestidas de blanco, formando a unos cuantos metros de él. Faltaba Augusto, el mayor, el de más suerte. Que andaba por Guadalajara – antes se iba en carreta y llevaba una semana cruzar la distancia hasta Jalisco y esos lodazales que se hacían con lluvia. Saludó el presidente. Un militar habló de esta hermosa fiesta de la niñez en que, en presencia de la bandera tricolor, erigida en vastos lugares abiertos, los niños de todas las escuelas jurarían lealtad eterna. Sonó el Himno y Luis cantó. Siguió el Canto a la Bandera y los adultos, que hasta ahí la ignoraban, conocieron la nueva poesía. Estallaron aplausos. Luis se distrajo de nuevo. No entendió lo que decía la voz grave y aparatosa, pero vio que sus compañeros se agachaban. Pensó en lo absurdo de que les hicieran poner ropa blanca, para después tener que arrodillarse en el piso. Pensó en la mamma y se la imaginó lavando, ella que siempre había tenido quien le limpiara y perfumara cada prenda. Volvió a mirar a todos lados: no iba a encontrar a su hermano, y menos a su padre. Dejó que al orgullo lo atravesara otra emoción, más dura. Una envidia más fuerte que el piso repleto de rodillas. Sus colegas, que habían llegado acompañados, le parecieron chicos. Sintió tanta indiferencia por ellos como envidia por el hermano, que de un día para otro se pasaba al bando de los adultos. Se lo imaginó entrando a la estación Buenavista, camino a Jalisco, veintidós horas. Desde que estaba el tren, Guadalajara era como una colonia un poco más lejos del DF, papá se había mudado de barrio, no de ciudad. Vio a Augusto recorriendo ese otro barrio, vestido con un traje fino, el pantalón sin manchas, las calles con carteles de la Cervecería Estrella y la fábrica de perfumes La Parisiense. Lo vio llegar a la oficina del diario, abrazarse, conseguir trabajo en la sección de los músicos y los artistas. No vio, no pudo ver, que al hermano nadie lo recibía, que el viaje era en vano. No vio que al padre ya nadie lo llamaba gerente ni director. No supo que Augusto estaba solo en Jalisco, y que de regreso a México iba a tener que trabajar de cualquier cosa. Pero cuando empezó a agacharse distraído, unos segundos después que los demás, sí supo y sí vio que él mismo estaba solo. Y cuando clavó las rodillas en el Zócalo, vio y pensó que para él tendría que haber un destino importante. Recién entonces Luis pudo jurar por la Patria, algo retrasado. Tenía la cara atravesada de orgullo y envidia, de indiferencia y dolor.

(De: Una imprenta para los superhéroes. La historia de Luis Novaro y la Editorial Novaro)

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El rey de las especias (comienzo)

septiembre 21, 2015

El 21 de septiembre de … tocó soleado. Empezaba la primavera y muchos andaban por la calle desde temprano, en grupitos, festejando el día y festejando que no se cumpliera esa fatalidad histórica que hace que todos los 21 de septiembre arranquen nublados por la mañana y terminen lluviosos por la tarde, la Naturaleza estropeando en dos actos, en dos pases de su movimiento elemental, el día tomado quién sabe desde cuándo por los estudiantes para autofestejarse al aire libre y llenar los parques. Esa creencia o esa memoria de que la primavera siempre empieza nublada y con una opción –a la tarde las nubes se corren para que salga el sol– indefectiblemente cancelada año tras año por otra opción –a la tarde las nubes se llenan de agua que termina cayendo– es una cantilena que a pesar de su pesimismo tiene cierto espesor atractivo: en un mundo como el nuestro, sin dioses, en donde toda injusticia tiene como agente a un ser humano, parece ser la única leyenda urbana que, a la manera de los antiguos mitos, tiene al clima por protagonista. Sólo por eso, casi no necesita que se cumpla para que tenga sentido. Pero es verdad que también se cumple, la mayoría de las veces. Al menos en mis recuerdos, mientras avanzaba tempranito en mi bicicleta, muchos 21 de septiembre soleados no aparecieron. Debería ser aquella, entonces, una mañana excepcional, opuesta a las otras, las legendarias por feas. El mito tiene más detalles y habla también de un contraste con la noche anterior, la del 20, que todos los años tendría cielo despejado, claridad de estrellas, promesa de felicidad, todas cosas que a la mañana siguiente se incumplen. Ahora bien: de la noche del 20 de septiembre de … no me acuerdo nada porque la pasé encerrado en casa. El cielo pudo haber estado claro o no; igual mi mente veía todo oscuro mientras maquinaba la paliza que al otro día iba a darle a Marco Polo, el florista.

Los claros mandan (relato)

abril 7, 2015

fut

En las inferiores somos muchos, y casi todos quieren ser Messi. La competencia es cruel de mitad de cancha para adelante, así que sólo los defensores tenemos el puesto asegurado. Eso influye en nuestro cotidiano: los de atrás nos movemos firmes, tranquilos, sin riesgo. Somos como trabajadores de planta en una empresa, o como músicos de Charly García. Charlamos entre nosotros, pese a que tenemos quince o dieciséis años, con madurez. La delantera es picardía y pesadillas de inconstancia; el mediocampo es lo mejor: lucha, insidia ,creación. Pero la defensa tiene sus ventajas: el piso no se mueve, la ropa no desaparece de los lockers. La vida es sencilla y los colectivos que te llevan al entrenamiento no se atrasan. Sin embargo, a veces más que sencilla, la vida en la defensa se vuelve un poco gris. Debe ser eso -el hartazgo que siente un adolescente ante cualquier función fija, el rechazo a estancarme en el bienestar europeo del defensor- lo que de un tiempo a esta parte me hace querer dejar el club. (more…)

Tinta

marzo 24, 2014

El 11 de junio de 1982 Osvaldo Ursich fue el doble de Juan Pablo II. Temprano ese día, Osvaldo estaba dibujando en su estudio cuando recibió la visita de un cardenal y tres soldados. Lo llevaron al edificio de la Nunciatura. De ahí, el dibujante de origen croata –pero que era tan porteño como que a un croata le digamos “ruso”– fue trasladado en el Papamóvil hasta el partido de Morón. Siguió camino en “El Líder”, como se llamaba el tren que había sido de un presidente, y a velocidad que ya no era paso de hombre avanzó cuarenta kilómetros hacia el oeste. Faltando poco para Luján, lo subieron a un helicóptero que lo dejó en la basílica. Ahí se acababa su función, minutos antes de que empezara la homilía. Pero después, en el mismo helicóptero y en calidad de Papa, Ursich fue llevado al centro porteño. Y a la mañana siguiente, al aeropuerto.

Acababa de cumplir 76 años. Tenía la cara de Juan Pablo II, que entonces iba por los 62. En contextura física andaban bastante iguales. Uno mundialmente famoso, el otro un absoluto “tapado”, compartían otro rasgo: la devoción por el arte. De hecho Juan Pablo, cuando todavía era un adolescente con granitos que le tapaban la cara –en Cracovia le decían “Karol el cara de choclo” sus amigos del Círculo de Ajedrez– tenía como una de sus mayores aspiraciones o fantasías ser un gran dibujante. Después vino la pasión religiosa, y convivieron por un tiempo los bocetos de chicas pulposas y el aprendizaje de lenguas y sermones. Fue un tiempo breve; cuando pasó, Karol se convirtió en un muchacho bastante parecido al Juan Pablo que un día iba a tener que encarnar, y si bien nunca mermó en su interior la emoción frente a las obras de arte, lo cierto es que abandonó la práctica del dibujo casi por completo. Mientras que Ursich, en cambio, pudo vivir desde muy joven de eso que más le gustaba hacer. A los quince conseguía empleo en una agencia de publicidad; a los veinte saltaba al periodismo y se ganaba –perdón si esto suena medio incongruente– el respeto de las redacciones. Todo sugiere que aquel día en el oeste, cuando las autoridades invadieron su domicilio y no le dejaron terminar la segunda taza de café, fue, en toda su vida, el único día trabajado a disgusto. Hasta entonces Osvaldo hacía lo que se le cantaba, siempre parco, de perfil bajo, bastante reacio a las charlas, pero muy comprometido con las historietas que dibujaba a diario para el diario Diario Popular. Sus tiras nunca se repetían. Fue un artista toda la vida y sé que siguió siéndolo hasta su muerte, en 2005. Como todos los dibujantes de historietas que conozco, dicho sea de paso, su destino era alcanzar los noventa en buen estado físico y con un amplio set de neuronas en actividad (dibujar prolonga la vida, sépanlo). (more…)

Rezos

marzo 4, 2012

“Rezale a San Gonzalo”, me aconsejó la bahiana. “Es el santo que devuelve a la persona amada, o que ayuda a ter um namoro con una persona más nueva, más joven”.

Así que hay un santo que si no te devuelve la pareja te indemniza con una lolita. Lo seguro, pensé, es que te pone de rodillas a esperarla. Estaba comiendo unas salteñas en la esquina de la terminal de ómnibus, la bahiana sentada sola en una mesa con cuatro bolsos. Su micro a Encarnación venía muy atrasado, pero su micro de Encarnación a São Paulo salía dos días después. En un momento me preguntó si yo rezaba y le contesté que no; entonces citó a San Francisco de Asís: “Francisco dice que el día siempre llega”. Después quiso saber si estaba soltero y le respondí que sí; ahí me invitó a rezarle a San Jorge aunque enseguida ella misma se corrigió. Dijo: “Mejor, rezale a San Gonzalo. Porque Jorge te va a dar fuerza hasta que el amor vuelva, pero Gonzalo te va a traer de vuelta el amor”.

Atrevida, me preguntó por qué me había quedado solo. Y yo, un poco inspirado por el picante de las empanadas y otro poco por la confianza en los desconocidos, solté todo. Estaba en la crisis de un estilo de vida. El amor por la imaginación y los viajes, el desinterés por las cosas materiales, me arrinconaban a una soledad más grande que la que quería. Alentaba una fantasía que era quedarme una noche en casa escribiendo y pasar la noche siguiente con mi pareja, así por siempre, alternando el compañerismo y la misantropía, un día sí, un día no. Pero nunca había podido concretarla. Siempre la cosa terminaba en problema. No era llevadero. Era demasiado esquemático.

“Rezale a San Agustín”, me dijo entonces, “para que la luz de la imaginación nunca te falte”. Yo ya estaba en el juego y le dije que justamente ese era el punto: basta de imaginar. Ahí la bahiana reflotó a un santo que había quedado medio de costado: Jorge. Me dijo: “Jorge es un santo tranquilo, descontraído”. Amplió: “Es el que mata al dragón que es todo locura y energía fantástica”. Después resumió: “Jorge es el santo de la acción, de la fuerza y de la paciencia hasta que la fuerza llega”.

“Hasta que ella te perdone”, la muy turra agregó.

Sí, hasta que me perdone y hasta que me acepte como soy.

“Por eso. Rezale a Jorge, mas piensa también en lo que Jorge mata. Porque vos no querés morir eso, me parece. Olvidate entonces de Gonzalo, que es santo para outros hombres. Pero rezale a San Jorge y también San Dragón”.

Darth Vader y yo

febrero 13, 2012

A Darth Vader no le gusta desperdiciar nada, y no es por ecología. No le gusta, por ejemplo, mover nada de lo que escribe en la computadora a la Papelera: el vago aprovecha todo. No se cuestiona, no se frena; ya hace dos años que hablo de esto con él. Se para al lado mío y cuando me ve escribir en borrador se burla. Y apenas corto para ir al baño o hacer otra cosa, él va y aprieta “send”. Manda el mensaje de prueba, ese que uno escribe sabiendo que no es para enviar, o sube el texto en bruto, en caliente, al sitio de publicaciones: va y aprieta “publicar”. Todo para ya, mi enemigo. Creo que ni siquiera llega a leer la palabra “send”. Entiende “sent” desde el comienzo, mandado. Ve sólo el cuadrito azul en la pantalla y el resto en blanco. (more…)

Patitas

junio 1, 2010

A Teresa

-Te invito acá porque no me alcanza para el psicoanalista. Vos, que no me conocés, con esto vas a poder alzar el dedo; no importa, yo gano mi comprensión. Y después te saco de patitas a la calle. (more…)

Oeste

marzo 9, 2010

Una noche puse a Nick Cave, el músico australiano, en una reunión de kimbanda. El Mestre Fábio, con quien yo había tenido la oportunidad de conversar toda una tarde en una galería de la zona, me miró sorprendido. Esperaba mi visita, no así la de una estrella tan “cultuada” –dijo– de la música pospunk. “No es común encontrarse con gente como usted en el barrio”, le apuntó Fábio al visitante, a lo que éste contestó: “Coisa nenhuma é comum, vocé sabe”. Nick hablaba un portugués diferente del nuestro, como muy espartano –y no canchero– al pronunciar sonidos nasales, que había adquirido en sus años de residencia en San Pablo después de la caída del Muro. Su simpatía por la kimbanda, nos contaría después, había nacido ya en Berlín y pronto fue madurando a instancias de Viviane, la brasileña con la que se casó, madre de su segundo hijo (el primero es apenas diez días mayor y nació en Australia). Mientras subíamos las escaleras del edificio –un predio ocupa en lo que antes había sido una mutual de imprenteros–, Mestre Fábio quiso saber si el visitante ya conocía la zona. Como yo me apuré a contestar que no, el propio Cave restableció la elegancia anticipándose a la siguiente pregunta del Mestre y dijo: “Adoro o bairro. A meninada aqui é muito punki, tem punkis lavando carros, eu nunca tinha visto”. (more…)