Archive for the ‘Trazos sueltos’ Category

El libro de poesía (2)

enero 18, 2017

safo

Safo y el epitalamio resentido

Torciendo raíces esclavas hasta convertirse en su propia autoridad, la poesía de la experiencia, la poesía yámbica o “satírica” en sentido amplio, surgió entonces en las islas del Mar Egeo algo menos de 2700 años atrás. Que para cultivar ese caleidoscopio abierto de los amores y los odios personales se requería una enorme destreza lo demuestra el hecho de que, pasados cien o doscientos años, los poetas y filósofos griegos hablarán de Arquíloco como un inventor, incluso para censurarlo o tomar distancia de sus temas. Largos siglos después, poetas centrales de la lengua castellana como Martí o Vallejo -y hasta el “exteriorista” Darío, sobre todo en sus Cantos de vida y esperanza- seguirán tomando la línea de Yambe, lo que demuestra qué manejo del lenguaje puede requerir un tipo de poesía como este, pese a que muchos asocien la escritura de lo vital con la espontaneidad y la carencia de recursos. De todos modos, si por algo importa acá esa concepción de la escritura poética donde las observaciones son vividas y sólo a partir de ahí son o pueden ser políticas, filosóficas, morales y un largo etcétera, es porque imbricadísimo con ese modo de encarar la creación verbal surgió el libro de poesía, como ya se comentó, y surgió también el segundo momento en la historia del libro de poesía, algunas décadas después, en un salto de la isla de Paros a la de Lesbos. (more…)

Alardes y remordimientos

marzo 9, 2016

Diez escritores potentísimos, vitales en algún momento de esta vida: Arlt, Baudelaire, Byron, Poe, Dostoievski, Vallejo, Flaubert, Stendhal, Walsh, Lispector, Pynchon. Arlt y Dostoievski tendrían que ir juntos, porque dije diez. Y no incluyo a Cervantes porque no lo leí bien; ese sería mi remordimiento. Muy en otro orden de cosas: diez series de televisión. El increíble Hulk, Mork y Mindy, El pulpo negro, Oz, Coupling, Black books, Mad men, True detective, Gotham, Daredevil. Todas me gustaron y me hicieron olvidar la pena que me seguía de chico cuando faltaba el televisor y mis compañeros me preguntaban “¿viste a b.j., viste a b.j.?, ¡es genial!, ¿no viste a b.j.?” y yo pensaba en una abeja gigante. Como ahora pienso en el aguijón del remordimiento.

Libros gruesos

noviembre 25, 2015

 

Los libros gruesos vienen con trampa y es que tarde o temprano se acaban. Si el clima acompaña, suelen terminarse más temprano que tarde. Además, los libros gruesos son deliberados: a la página cincuenta ya sabemos que el escritor sabía que su libro iba a ser muy grueso. A esa altura, El arcoiris de la gravedad de Thomas Pynchon ya presentó una docena de personajes que son pura potencia, con todo por delante, y El libro de los pasajes de Walter Benjamin hizo lo propio con una docena de ideas. Distinto es el caso de las sagas que después, por las razones más diversas, terminan siendo reunidas en un solo libro. Uno lee el primer libro de Sayañezndokán y nada indica que la obra podría extenderse dos mil páginas. Tampoco es el caso de los folletines del siglo XIX como Los misterios de París o El conde de Montecristo. Estos no podrían tener menos páginas de las que tienen básicamente desde el punto de vista del corazón que las lee; pero desde el punto de vista de la historia que cuentan, sí podrían acortarse. El Ulises de Joyce es el más sentimental de todos esos folletines. Sólo que es un folletín erudito y para amantes de la historia de la literatura. El Ulises, en cierto sentido, pertenece más al siglo XIX que al XX. El caso opuesto es Crimen y castigo, que en cada párrafo exige más y más páginas. Rojo y negro, casi lo mismo. Más acá hay grosores programáticos, como el de Rayuela, que se alimentan del collage, la digresión, la infiltración de todo tipo; Moby Dick, que es de la época de confianza en el progreso técnico, subordinaba esos injertos a su valor descriptivo, al conocimiento real que aportaban; Los detectives salvajes, que es de la época de confianza en el individuo y del culto a la personalidad, lo que hace es consagrar trescientas páginas a lo que cientos de personajes menores opinan de los dos protagonistas.

 

 

 

 

Influencias

marzo 28, 2014

Simón y su novia, Virginia, me dicen que les está encantando la novela G, de John Berger. Como es un libro que les recomendé, la satisfacción es grande para este lector-guía. Me siento incluso animado a seguir recomendando libros -no a Simón y Virginia, a ellos ya me los “gané”, ahora tengo que conquistar a alguien más, o sentirlos un poco lejos a los dos, sentirlos volcados a otras preocupaciones, reinsumisos a mi talento, y entonces reconquistarlos con otro gesto. Sin querer me metí en el tema que tenemos con mi psicóloga imaginaria.

Por lo pronto hoy estoy leyendo La primavera de las solteronas de Muriel Spark. Su título en traducción fiel sería más bien “La plenitud de la Señorita Brodie”. Según el juicio de algunas revistas británicas de literatura (el juicio o la pesadilla del juicio: el ránking), “La plenitud de la Señorita Brodie” está entre las cien mejores novelas en lengua inglesa. Es excelente, opino. Fue llevada al cine en los ’70. En Argentina la editorial La Bestia Equilátera, que es la que viene publicando novelas de Spark a ritmo anual, todavía no editó esta. Quizás sus derechos son más caros, porque además de excelente fue muy exitosa (valor literario 10, valor comercial 8, tendría que decir si esto fuese un informe de lectura).

La señorita Brodie es una profesora de un secundario inglés que decide, planifica y ejecuta durante cinco años su proyecto de marcar a fuego las cabezas de seis de sus adolescentes alumnas. Está determinada a educarlas a su modo, desviándose de los planes de enseñanza y sobre todo de la ideología progresista de esos planes. De modo que usa las clases para hablar de sus novios, de la guerra, para sublimar la Italia de Mussolini y denostar a los Estados Unidos y a Inglaterra. La edición que tengo fue publicada por la colombiana Edecol, también en los ’70. La conseguí en Parque Rivadavia; me dio vergüenza pagar los tres pesos que valía y compré otro libro (uno de Silvia Molloy, que ahí lo tengo por ahora).

La tercera orilla

marzo 22, 2014

Cuando en la cabeza de un adolescente hay algo que se prepara para estallar, nadie se da cuenta casi hasta que estalla, ¿no? Así es en la vida y en las buenas películas. En las películas malas, en cambio, los adolescentes hablan, protestan y anuncian todo el tiempo que se viene un quilombo. Las películas malas son especialmente neuróticas con sus personajes adolescentes o jóvenes. No es el caso, por ejemplo, de Buenos Aires viceversa (de Agresti) que tiene ese comienzo maravilloso con el pibe que trabaja en un telo y escucha Pescado Rabioso.Y también es muy buena La tercera orilla, la nueva película de Celina Murga, que fui a ver ayer al Gaumont. No pienso contar nada de la historia más que el punto de partida: en una ciudad chica de Entre Ríos (parece ser Concordia o Concepción del Uruguay), un médico y dueño de un laboratorio tiene dos familias: la mainstream, con esposa joven e hijito que es obligado a jugar rugby, y la clandestina, con mujer bonachona, hija a punto de cumplir quince y dos hijos varones: un chiquilín igual a Fontanini (defensor de San Lorenzo) y uno de 17 que es el que, bueno, un día se saca. El médico mantiene a las dos flías y a la segunda, la no oficial, la visita seguido y les lleva regalos caros (un plasma). La referencia que hice a Pescado Rabioso no es casual, porque en esta peli en un momento hay un cover de Spinetta, un cover muy punk, que transforma al protagonista. La crítica que hizo Rosario Bléfari es muy buena y señala el contraste entre el padre monstruoso (su doble vida es monstruosa) y el hijo mayor que quiere cambiar el juego. Está bien, pero La tercera orilla no es un esquema: el héroe tiene rasgos del “enemigo”, y lo sabe. Le gustan algunas cosas del enemigo, mucho. Y además sabe muy bien que está en una encrucijada y que en su caso no es tan simple como rajar de la casa. No puede irse así nomás porque el chico es sostén de familia. Su padre es apenas un visitador y un proveedor.

La película me pareció un relectura del que para muchos es el mejor cuento de la literatura brasileña: “La tercera orilla del río” de Guimaraes Rosa. El nexo está en el título y en la conformación de la familia del héroe (“mi mamá era la que se ocupaba de lo cotidiano con nosotros: mi hermana, mi hermano menor y yo”, dice el cuento al principio). Por lo demás, la de Guimaraes Rosa es la historia de un padre que un día dice “me voy” y se sube a una canoa (“y lo dejé todo por esta soledad”, podría cantar ese padre). Acá el que cuenta, el que canta y el que marcha es el hijo. Los quince minutos finales hacen llorar a los que se conmueven con las historias de responsabilidades tempranas, aunque no es en absoluto un final expresivo. La última escena, que vi por ahí que fue bastante criticada, no me resultó nada fascinante ni esperaba que lo fuera; me pareció, también, como la vida ante esos momentos de desenlace. Sin brillo ni espamento exterior, el iceberg de la adolescencia bajando, tranquilo, sus aguas preparándose para un nuevo curso -cuando la veas, lector, acordate cómo fue.

Ir al cine

marzo 21, 2014

Para la gente que flota en este siglo pero tiene raíces en el anterior, ir al cine es un ritual. La necesidad de las salas de cine, superada sólo por la necesidad de bares, es lo que vuelve inimaginable la vida en el campo o en los pueblos chicos, y de hecho es lo primero que decimos para justificar no nuestra integración al lugar donde vivimos sino nuestra negativa a vivir en un lugar distinto: tiene que haber bares, tiene que haber cines. Como si se tratara de un bioma más: la selva, el pastizal, el desierto, el lugar con cines y bares. Un bioma con sus ritmos estacionales, donde el otoño es más intesamente cinéfilo que el verano. Seguro la gente que está naciendo en este milenio lo verá de otra forma, y para ellos, con las tecnologías a su alcance desde que tienen uso de razón, la vida multitudinaria va a ser posible en cualquier lugar. El problema, por supuesto, no son ni ellos ni nosotros. El problema es la gente que la última vez que fue al cine fue a ver Titanic.

 

La vida de Adele

febrero 25, 2014

Los adolescentes protestan y luchan contra el sistema hasta que se enamoran de alguien y mandan la política al closet. Viven enamorados hasta que un día les toca cocinar pasta y la vida se vuelve un desencuentro y la pasta mata al sexo. Alrededor no hay nada: ni amigos ni humor. El cuerpo herido por la infamia de vivir en sociedad se refugia en un empleo dentro del sistema de educación o en las redes de la gestión cultural: a los veinticinco, una isla.
De Sthendal a Rohmer, todo convertido en nada. Salí del cine, después de ver “La vie d’Adèle”, con la sensación de que Francia está muerta.

Valijas

diciembre 29, 2013

varig

En el sueño, mi casa tenía electricidad. Pero cuando me desperté seguíamos sin luz en Flores: octavo día. Más que estar sin luz, que es como siempre se resume la falta de electricidad, el problema es estar sin ventilador, sin aire a fines de diciembre. En casa de Natalia las cosas están mejor, sobre todo en cuanto a luz, no tanto en aire.

Antes me proponía empezar siempre el año escribiendo. Era marcarme la cancha, escolarizarme la confianza. Pero ya el año pasado me preocupé por ahorrar y después pasar el 1 de enero en otro país: en Río. Los vasos siguen medio llenos; es sólo que la escritura dejó de ser proyectual. Dos libros de poemas ya terminados, pero para los que no asoman chances de edición, me borraron de la cabeza las ganas de armar nuevos libros, y lo que fui escribiendo este año tiene carácter de suelto, o de vuelto: palitos de la selva desparramados, cada uno con su animal. Muy en otro orden de cosas, el mismo cambio se dio en las boludeces que subo a las redes. Hubo un tiempo donde usé Facebook para contarle mi vida a un ausente, y todos los posteos se encadenaban en ese denso proyecto. Hasta que un día sentí que no le escribía a algo ausente sino a algo muerto, y dejé de hablarle. Nada, igual, que no haya tenido que ser como fue.

También pude dejar, este año, un trabajo que me reducía, un servicio que le aporté a la facultad desde los veinte años, y que hacía tiempo que no daba para más: desgrabar clases. Haber seguido en la facultad haciendo un trabajo menor quizás era mi modo de mantener una voz en ese espacio donde quise ser docente aun teniendo todo en contra: la institución de los ad honorem, a la cual nunca me presté, me cerró la puerta de tres cátedras; la miseria de alguien me impidió entrar a una cuarta. Pero pasaba el tiempo, y realmente mucho tiempo pasó. Tendría que haber tomado esa decisión antes. Tampoco fue fácil encontrar una brecha para que este otro trabajo, de traductor, se volviera estable. Un año necesita al menos siete libros para traducir; con eso se gana aproximadamente seis mil pesos al mes durante doce meses. Deja tiempo para otras changas. Pero llegar a siete libros es difícil. Este año llegué a seis. Cada año es una obra abierta.

La traducción y selección de los poemas de Vinicius de Moraes: ese fue el antes y después. Todas las reseñas destacaron el trabajo hecho. Ahora quiero hacer algo similar, ampliar la serie de “antologías sustanciales” a otros poetas: Drummond de Andrade y Leonard Cohen son dos que ya vengo bosquejando en la cabeza. Pienso que en esta época donde cualquier perejil publica la totalidad indiscriminada de sus “obras reunidas” hace falta volver al concepto de las antologías, los viejos y buenos selected poems.

En el rubro fracasos, 2013 no me vio entusiasmando a ningún editor con mis relatos. Le mostré la novela a Leo; no le gustó el tema, me dijo, aunque le pareció que la escritura era potente. Le mostré los cuentos a Damián: evaluó al revés: aprobó tema y denostó escritura. De repente si escribo una nouvelle logro consenso. Seguro tengo una nouvelle escrita por ahí para pulir. Pero no ahora, que se viene el 1 de enero.

 

Haedo

julio 4, 2013

En Marruecos conocí a un árabe que me dijo: “Tengo un primo en Argentina, en Haedo. Los demás viven en Europa, pero él es el único que vive feliz”.

Estábamos en Larache, una vieja colonia francesa al borde del Atlántico; habíamos ido a visitar las ruinas romanas, totalmente abandonadas entonces, año 1998, de la estación de Linux: punto de embarque marítimo de leones africanos hacia los circos de Roma. Tomábamos té con menta, mi amigo Federico y yo, cuando se nos acercó aquel árabe de familia en el conurbano; acabábamos de sentarnos en un bar cualquiera, un bar donde sólo entraban hombres. En la tele pasaban “Expedientes Secretos X”. Siempre atentos a la traducción, Federico y yo en un momento notamos que, cada vez que Mulder movía la boca, salían palabras que sonaban a árabe, mientras que, cuando era Dana la que movía los labios, sólo de vez en cuando se acompañaban de sonido, apenas en los momentos, sospechábamos con Fede, en que la trama tenía algo muy importante que decir a través de ella.

En fin, hace un rato pensaba en los árabes que no quieren:
a) ni vivir bajo el gobierno de un partido llamado “Hermandad Musulmana” cuyo lema es “El Corán es la solución”,
b) ni bancar a una dictadura que derroque a ese partido para igual seguir manteniendo al grueso de la población en estado de miseria, desprecio y analfabetismo,
c) ni mudarse a Europa y aceptar ser ciudadanos de segunda.

Cuando te parece que tenés una semana difícil, pensá en ellos. Los que no quieren ni A ni B ni C, ni saben dónde queda Haedo.

Advertencia

abril 25, 2013

Si querés que tu primer libro de poemas sea malo, publicá tu poesía reunida.