El libro de poesía (5)

enero 31, 2017 by

meleagro

La corona y el cardo

Con los primeros poetas subjetivos de los siglos VII y VI antes de la era cristiana, recapitulando, nace la forma libro de poesía, posiblemente encarnada ya en un primer cuerpo del que nada sabemos. Con los poetas del siglo V, nos enteramos de que ese cuerpo existe y tiene un nombre genérico, escolio, pero ignoramos todo acerca de en qué medida el poeta participa en la fijación de su contorno, sus bordes, su alcance. Con las generaciones helenistas o alejandrinas, descubrimos que el tema del control sobre el cuerpo del libro es central -son poetas editores, bibliotecarios- pero en principio todo indica que esa preocupación por establecer el contorno y los órganos está más volcada a la obra ajena -la canónica, la “nacional”- que a la propia (del poeta editor Calímaco también se perdió casi todo). Habrá que llegar al primer siglo antes de Cristo para que la forma y el cuerpo del libro de poesía deje de sernos, en líneas generales, un misterio.

Entre los poetas injustamente relegados por este ensayito, y relegados por la escasa formación clásica del que escribe, quizás en primer lugar haya que mencionar al sirio Meleagro, que es quien, ya en la primera centuria antes de Cristo, deja evidencia -por lo poco que se conservó- de su celo por la selección y la difusión de un conjunto. Con Meleagro se hace común, además, el uso de una imagen que seguramente ya circulaba entre los antiguos para describir la variada unidad: una corona de flores, una guirnalda, una antología. Es notable que, después del paso erudito de los alejandrinos, buena parte de la literatura clásica más reproducida en la Edad Media, y por ende mejor conservada, sea para textos programáticos, prólogos, credos poéticos. Meleagro hizo publicar su Corona como una selección de cerca de veinte poemas breves escritos por él, y sabemos, porque nos llegó el prólogo, que la corona en cuestión hilvanaba también, adjudicándoles a cada uno la imagen de un flor determinada, partes de poemas de otros cuarenta y seis autores. A Safo, Meleagro le adjudica la rosa. A Alceo, el jacinto. El mirto -ligado simbólicamente a la fecundidad y la fidelidad- es para Calímaco. A Arquíloco le toca un símil que yo no sé descifrar si es despectivo o reivindicativo -o las dos cosas-, pero sin duda es elocuente: la flor del espinoso cardo. Interesante figura para nuestro precursor que, entre los animales, ya había sido comparado mucho antes con la cigarra, incapaz de callarse, menos que menos cuando le agarran las alas.

El compilado de Meleagro es eso: el de un poeta y crítico o lector con más recursos, en comparación con Calímaco, para controlar y hacer perdurar la difusión de sus propios poemas en conjunto, pero que todavía no puede, al parecer, hacerlo enteramente a sus anchas, por lo que su libro es al mismo tiempo una antología propia y ajena. Mientras que, casi en la misma época, otro poeta instalado en Roma es artífice, ya, de la concretización del libro de poesía a su antojo: un libro donde también habrá lugar para el homenaje a Safo y los alejandrinos. Para hablar de ese libro entonces tendremos que pasar al “último griego”, Catulo, que ya es un latino. Y todos los temas que veníamos siguiendo -la poesía de la experiencia; la perturbación de las emociones; el agridulce yambo, erótico y satírico; el relativo desprecio por los “grandes hechos”; los poemas mundanos pero que tampoco se amoldan a los casilleros de la vida mundana ritual (elogios del casamiento, celebraciones del triunfo en una competencia, etcétera)- así como la cuestión del celo por el conjunto de la obra, que hasta ahora era enigmática, se retoman y se concretan con los Cantos de este que, por supuesto, no era un griego, pero tenía “alma de griego”, se dirá. Por lo demás, junto con la retomada de todos esos temas o caminos y la concretización eficaz del celo por el cuerpo de la obra, Catulo dejará para los siglos la sencilla fórmula ‘matemática’ de la poesía de la experiencia: “Odio y amo al mismo tiempo. Me preguntás por qué y, la verdad, no lo sé. Sólo sé que es así, y que me atormenta”.

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El libro de poesía (1)

diciembre 20, 2016 by

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La línea de Yambe

El libro de poesía nació a partir de la poesía subjetiva, la de los cantores de la propia experiencia. En lo que hoy es Grecia y Turquía, siete siglos antes de Cristo, irrumpieron esas composiciones breves en primera persona que, reunidas más tarde en conjuntos que les daban identidad, significaron el comienzo de lo que entendemos por libro, poemario u obra poética, incluso antes de la existencia de un mercado de venta de libros. Mi fragmento preferido de todos esos cantos dice así: “De mi lanza depende el pan que como… Apoyado en mi lanza, bebo”. El presumible autor de esos versos, Arquíloco, habría vivido en la isla de Paros entre los años 700 y 650, en tiempos en que los dialectos griegos iban fusionándose en un cuerpo y las ciudades griegas, también.

Hijo de una mujer esclava y un padre acomodado, Arquíloco ha sido visto desde la Antigüedad como el poeta que, en vez de orientarse hacia los grandes hechos, prefirió ser ‘testigo de sí mismo’ (Critias) y volcarse a temas mundanos con un lenguaje ‘lascivo’ y un contenido ‘maledicente’ de sí y de los demás. Para Horacio, representó el surgimiento del poeta rabioso (“la rabia armó del yambo que le es propio Arquíloco”) y para muchos que vinieron después, como Nietzsche, fue el “primer artista subjetivo”. Los poemas breves que se conservaron, los textos y retazos que se le atribuyen como autor, indican que Arquíloco no frecuentó la épica de glorias pasadas -como sí hicieron sus contemporáneos Calino y Pisandro-, no exaltó a gobernantes que lo ampararan ni propuso métodos de gobierno -como Tirteo o Solón-, no cultivó esquemas morales o filosóficos -como Jenófanes o más adelante Parménides- y, en cuanto a la poesía religiosa, la practicó de un modo algo tangencial, bajo la forma dionisíaca y casi “terrenal” del ditirambo. Todo esto significa que el poeta en cuestión no encontró que lo más importante fuera consagrarse a personajes por encima del orden mundano -héroes, reyes, dioses- ni a ideas más o menos exhaustivas –cosmogonías, filosofías, leyes-. Lo político en Arquíloco escapó a la pedagogía y la alabanza; su lugar lo ocupó el conocimiento directo de los escenarios de guerra, el cuidado del pellejo, la paga del soldado. Lo religioso escapó a lo que llamaríamos himno, optando a cambio por poemas que muestran de un modo gracioso lo que los dioses hacen con los hombres: “Al que caminaba erguido, lo ponen panza arriba”. Y, por encima de todo, el grueso de esas composiciones que nos llegaron desnudan una preferencia por las cuestiones más cotidianas, atravesadas por la posición personal respecto de ellas, y atravesadas también por el humor, ya que no podía carecer de humor, o al menos de juego, cualquier canto que no fuera religioso, épico, pedagógico o elegíaco. Arquíloco tomó para eso la línea de Yambe, la esclava de la diosa Démeter, que según el mito solía inventar y recitar poemas mundanos, eróticos o burlones, para distraer las cuitas y alegrar las horas de su ama mientras esta lidiaba con la desaparición de su hija Perséfone. Yambe era esclava, y era diosa también. Arquíloco, hijo de madre esclava, bautizó a su propia poesía yámbica. Priorizó entonces los dos tonos de Yambe, el de lo erótico y amoroso, el de lo burlesco o satírico, y extendió el campo de los temas profanos a esa suerte de real politik desde el llano: la vida (del poeta) en la polis, los modos de ganarse el pan, la guerra como un quehacer. Eran temas “bajos”, aunque no desprovistos de pathos, de emoción. Lo otro que Arquíloco estableció fue una combinación fija de sílabas -el yambo– como medida para el nuevo verso. Lee el resto de esta entrada »

La propiedad literaria

noviembre 24, 2016 by

En 2007, Pablo Katchadjian publicó su libro El Martin Fierro ordenado alfabéticamente. El libro era una alteración del Martín Fierro de Hernández bajo esta consigna: todos los versos del poema de Hernández se presentaban ordenados de la A a la Z. El resultado era un texto literario diferente, que habilitaba otros sentidos, otras junturas, y que priorizaba otros procedimientos (por ejemplo la repetición o anáfora) y otra concepción de la literatura. Como la obra retomada y alterada era un clásico del siglo XIX sobre el que ya no rige el derecho de propiedad, el caso sólo despertó el interés de unos cuantos poetas y de algunos narradores, para quienes el libro de Katchadjian era un experimento productivo, entretenido, estimulante. Cuando un par de años después circuló tímidamente, también en edición del autor, el libro El Aleph engordado, la cosa fue distinta. La alteración manifiesta de un texto de Borges ofendió a la derechohabiente María Kodama. Se abrió entonces un juicio que en su último capítulo, por estos días, acaba de conocer un fallo favorable a Kodama. Y que condujo a un juez, de acuerdo con su interpretación de la ley vigente para este tema (Ley 11.723), a procesar a Pablo Katchadjian por el delito de defraudación de los Derechos de Propiedad Intelectual. Lee el resto de esta entrada »

Papá era un veleta

noviembre 9, 2016 by

El día 3 de septiembre
voy a acordármelo siempre
porque fue el día que papá murió.
Nunca lo tuve de frente
y todos me hablaron pestes
así que, vieja, de vos depende
que yo conozca la verdad.

Mamá, ¿es verdad lo que dicen
que papá no trabajó ni un solo día?
Mamá, en el barrio se cuenta
que tenía tres hijos más, de otra mujer.
Y eso no da, no está bien.
Hasta escuché que lo vieron
“salvando almas” en la puerta de un negocio,
haciéndose el predicador
siempre mintiendo, parasitando,
siempre tapado de deudas
robando plata en nombre del Señor. Lee el resto de esta entrada »

Las re-revistas de la Biblioteca

julio 6, 2016 by

contorno1

Hacelo igual: fac simile. Toda cultura necesita, también, reproducir. Ley biológica o expresión de deseo, cuando las cosas parecen tener sentido  ¿cómo no querer que se expandan? Y fac simile ante todo cuando el trabajo todavía no cristalizó, no se agotó, no llegó hasta su horizonte. ¿Por qué habría que volver a empezar?, ¿para darle el gusto a Lerner? No. Vivimos en tiempos de recreación, y el pasado se convierte muchas veces para nosotros, subjetivistas al taco, en una excusa para modificar, interpretar, reversionar, glosar o ambientar el presente. Vivimos en tiempos de recreación, y hasta las series que nos gustan dibujan décadas que no transitamos y lo hacen con mucha habilidad, buenos recursos, muy bien, insertándonos la idea de que esos vestuarios, esas fachadas y esos discursos son fieles a “su” época. Pero a veces uno necesita volver a la Cosa como era, en su completud original, rehecha igual a sí misma –fac simile– con sus altos y sus bajos. A veces uno ya tiene su versión del pasado, surgida del cruce con otras versiones más o menos contagiosas del pasado, de modo que no parece estar la necesidad de ‘descubrir’  la Cosa porque ya existen la Opinión Legitimada, la Opinión Alternativa, la Síntesis, la Versión, la Adaptación, la Glosa, el Cover o el Refrito de la Cosa… pero falta el Calco, eso que se le pone encima y nos descubre (o al menos la tapa bastante menos) a la Cosa.

Los facsimilares de una serie bastante amplia de revistas argentinas son uno de los grandes aciertos en la gestión de Horacio González como director de la Biblioteca Nacional entre 2005 y 2015.
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Alardes y remordimientos

marzo 9, 2016 by

Diez escritores potentísimos, vitales en algún momento de esta vida: Arlt, Baudelaire, Byron, Poe, Dostoievski, Vallejo, Flaubert, Stendhal, Walsh, Lispector, Pynchon. Arlt y Dostoievski tendrían que ir juntos, porque dije diez. Y no incluyo a Cervantes porque no lo leí bien; ese sería mi remordimiento. Muy en otro orden de cosas: diez series de televisión. El increíble Hulk, Mork y Mindy, El pulpo negro, Oz, Coupling, Black books, Mad men, True detective, Gotham, Daredevil. Todas me gustaron y me hicieron olvidar la pena que me seguía de chico cuando faltaba el televisor y mis compañeros me preguntaban “¿viste a b.j., viste a b.j.?, ¡es genial!, ¿no viste a b.j.?” y yo pensaba en una abeja gigante. Como ahora pienso en el aguijón del remordimiento.

Laboral

marzo 1, 2016 by

 

Llegó febrero con media pila y mañana
llega marzo con una empanada
de carne para treinta y un días,
vuelve el trabajo, los freelancers
nos convertimos otra vez en dancers
all night long sacudiendo nuestros teclados
en un ritmo frenético lejos de casi todo lo que nos gusta
salvo la buena mesa y la mala traducción,
ahí suena el teléfono, desde la facultad
nos llama la secretaria universitaria
y nos informa que dos ciudadanos
precisan un corrector para sus novelas,
ya entró un mensaje, es de la embajada,
no regalan bicicletas pero bien que a la nuestra
la reparan una vez al año, embajada, pronto les mando
mi traducción, más en bandeja que nunca,
ah, marzo, lejos de casi todo lo que nos gusta
pero en la siembra, en la siembra y de a ratos
mirando al sol mientras revoleamos la camisa,
¿quién va a decir que abril es el mes más cruel?

(2008)

Bowie

enero 14, 2016 by

bowie

A comienzos de los ’80, en los barrios de Buenos Aires, la música y el estilo de David Bowie eran uno de los pocos ecosistemas, si no el único, en los que un adolescente podía apoyarse antes de tomar una decisión antipopular. Como por ejemplo la decisión de hacerse el lindo, la de vestirse limpio, o la de jugar a ser puto. Pero la gracia justamente de ese ecosistema era que le proveía a cualquier chico de clase media o mediobaja una posibilidad de lookearse elegante o coquetear con otros hombres sin perder el nexo con el paisaje ortodoxo del rock barrial. Esa era la diferencia entre que te gustara Bowie y te gustara Duran Duran o Culture Club. El halo de Bowie podía rozar, pero nunca incluir del todo, a esas otros solistas y bandas menos conocidos como Brian Ferry, Japan, Eurythmics o Spandau Ballet. Bandas que en Inglaterra habían creado una tendencia y una etiqueta: new romantics.

Todas esas bandas o solistas new romantics surgidas en los barrios de clase media londinense entre 1980 y 1982 se habían inspirado en Bowie. Particularmente en un acto de Bowie: su recital en Japón a fines de 1978. Ese concierto fue el emblema de una de las varias transformaciones del músico a lo largo de su carrera: marcó el pasaje del glam al glamour. Además de que sus canciones a partir de ahí empezaron a hablar más de baile y de amor, también su vestuario se repensó: mucho color, como siempre, pero ahora en sacos y camisas de corte “normal”. Lo otro llamativo de aquel concierto en Japón era el ambiente, la puesta de un escenario de claroscuros y sobriedad. A diferencia del glam, el glamour requería un choque entre figura y fondo. La estilización pasaba a ser un detalle (aunque no escondido sino evidente) del cuerpo y de la ropa del músico, inserto en un escenario depurado y ligeramente aséptico.

Como construcción estética, el Bowie “elegante” tenía un lado interesantísimo. Porque era una apuesta por desestimar y en última instancia destruir la ideología del “distinto”. Antes, el glam había sido frecuentar a Warhol; ahora el glamour, en cambio, era codearse con Tina Turner. Tina, además, estaba mucho más cerca que Warhol del ídolo de la infancia del Duque: Little Richard. De esas dos visiones de Estados Unidos, Bowie elegía una elegancia popular, una aristocracia callejera. Y su gesto no pasó desapercibido por los chicos de mi generación. Por eso los “conchetos” nunca asimilaron ni se identificaron con Bowie. Porque no podían encontrar en su propuesta argumentos para acusar al pueblo de “grasa”. Esos chicos de zona norte como nuestro actual ministro de Economía Prat-Gay necesitaron otras tendencias para formular su desprecio de clase. Lo que se entendía y creo que se sigue entendiendo por “concheto” es esa parte de la clase alta o medioalta que, por alguna razón, generalmente psicológica, necesita enfatizar que es de clase alta o medioalta. Es decir, la clase indiscreta. Opuesta a todas las clases elegantes.

Pienso en Bowie y más de una vez se me viene a la mente Potenzoni. Si a los doce años el Duque era el único chico de Bromley al que el padre le podía comprar una batería y un saxofón, Potenzoni era el único de Villa Real que tenía reloj con jueguitos. A Potenzoni le gustaba más Duran Duran (aunque a veces, cuando estaba con las chicas, podía preferir a George Michael), lo que no quitó que se le volara la cabeza, me consta, cuando con Cristian Godoy le hicimos escuchar el dúo Bowie-Jagger cantando “Dancin in the streets”.

Mi propio Bowie de todos modos llegó bastante después. Fue el Bowie electrónico que, influido por una nueva cultura callejera londinense como la de Massive Attack, fusionó al romántico con esa otra constante suya, la figura del viajero espacial, en un bloque de canciones que sonaban a distorsión dulce. Ese Bowie alrededor de los cincuenta años, recién casado con la modelo somalí Iman, marcó mis veinte. Es el período que va del disco Black Tie (1993) a Reality (2003), y que incluye temas como “You`ve been around”, “Spaceboy” y la perfección que es “I’m deranged”. Mi mejor amigo el Champion Docampo empezaba a trabajar de deejay; yo desgrababa clases en la facultad. Mi esposa era una finlandesa hermosa que había venido a Buenos Aires a estudiar guaraní. No teníamos plata y éramos felices.

Yugando

enero 12, 2016 by
italo

Italo Calvino es su ph.

Hay muchos paramundos, y todos están en este. Está por ejemplo el mundo de la parapsicología, con sus enigmas y sus sabrosos lucros, y está el de la paraliteratura, bastante menos rentable y misterioso. En la paraliteratura reinan las cosas -los trabajos- de los que vivimos los idiotas que sólo sabemos leer y escribir. Las traducciones literarias podrían ser la faceta más vistosa dentro de ese mundo; en la otra cara, la actividad más oculta podría ser la redacción de informes de lectura. A las personas que hacen esto último se las llama lectores editoriales.

El lector editorial resume, describe y evalúa los textos que llegan a una editorial buscando ser publicados. Recomienda o no su publicación. Es un trabajo con un 33% de seriedad: de cada tres libros que el lector evalúa, las editoriales le hacen caso en uno. Muchas veces, lo que más les importa a los editores es la primera parte del informe: la síntesis de la trama del libro. Después miran la evaluación, claro, pero con el criterio de ellos, no el del lector. Es un trabajo secreto, acorde con que es un oficio invisible. Una ley no escrita preserva el nombre del lector para que después el escritor no se lo tome personalmente si hubo un fallo en su contra. Esa ley tiene sentido sobre todo cuando el lector se llama Fulano. El despecho de un escritor puede ser terrible y, si conoce el nombre del Fulano que lo “reprobó”, quizás quiera ponerlo en ridículo y hasta dejarlo sin trabajo. Distinto es cuando el lector se llama Italo Calvino. En este caso el protocolo del anonimato no tiene razón de ser. Calvino hizo informes de lectura para editoriales italianas durante largos años. Le daba orgullo su trabajo porque consideraba que lo mejor que puede hacer un escritor es ganarse el cheque haciendo algo cercano, pero distinto, a la escritura. Además de la síntesis, la observación y la evaluación, del lector también puede esperarse que haga un señalamiento de inconsistencias en la trama o el argumento -por ejemplo, que una tía abuela que falleció en la página 30 no reaparezca en la página 72, salvo que sea un fantasma o un flashback. Cuando el escritor se entera de estas observaciones, la bronca crece. Los escritores tienden a tolerar mejor el rechazo pleno que la sugerencia parcial.

Ese es el paramundo de los lectores editoriales. Viven en él unos cuantos paracalvinos, y algún que otro subcalvino mejor posicionado. Por supuesto que viven de hacer varias cosas, igual de anónimas que los informes que redactan. Nadie llega a fin de mes sólo informando. Hacen un trabajo extraño. De ellos sí se puede decir, literalmente, que “el resto es literatura”. Mientras ellos leen y evalúan, ocultos en los cuartuchos de la paraliteratura, afuera las voces de los escritores copan los meeting points, los bares, las librerías, los corredores fantásticos de la literatura comentando: “rechazaron la novela de Tal”.

Hace poco se editó la última novela de Fabián Casas, Titanes del coco. Fabián es un escritor leído y felicitado en todos lados: en la prensa, en las universidades, en la prensa, en el boca o boca, en la prensa. Pero la persona a la que le tocó informar Titanes recomendó que no lo editaran, y el autor se enteró. Se enteró además que esa persona admiraba todos los libros anteriores de Fabián, pero este le parecía flojo. ¿Y cómo nos enteramos nosotros de todo esto? De boca del escritor, ofendido con “esa chica”. En una entrevista indulgente, favorable, en una entrevista donde todo es elogio y felicitaciones, de repente salta ese punctum en la memoria del escritor que le recuerda la existencia de una voz mínima, apenas perceptible, una voz sin poder (el libro al fin y al cabo se publicó) hablando en su contra. Ahí entonces la corona del escritor muestra la gorra debajo: el entrevistado se detiene en esa pequeña voz y la juzga. Busca ponerla en ridículo, la quiere delatar. Luego podrá venir, en el calor de la entrevista, el punto más emotivo: ahí donde el escritor elogia el trabajo de “los invisibles”, de toda la gente anónima que hace las grandes cosas, los buenos zapatos, los buenos libros, lejos del ruido y la notoriedad. Pero al invisible en cuestión ya se lo denunció.

Tengo que parar de hacer informes de lectura por dos años. Porque realmente me detengo en el análisis de boludeces; realmente, si lo pienso bien, no tiene importancia eso que dijo Fabián. Fue un comentario menor, al pasar, sin verdadera mala fe, quizás con un puntito de resentimiento, pero nada grave. De hecho, lo que más repercutió de esa entrevista fue otra frase de Casas: “Si me ofrecen un premio y ese premio no incluye plata, no me interesa recibirlo”. Le dijo eso al periodista, lo publicaron en http://www.polvo.com.ar y al otro día en las redes sociales todos lo estaban llamando de todo, empezando por pesetero.

Sin embargo, no puedo estar más de acuerdo. Y me gusta que Fabián Casas haya dicho eso casi tanto como me gustan sus poemas. Casas es un escritor que, como los que hacen informes de lectura, en un momento tomó una gran decisión: vivir de otra cosa, parecida pero distinta. Adoptó la premisa que Discépolo le adjudicaba a Perón: un escritor es alguien que además de trabajar, escribe. Otros que sólo saben leer y escribir tienen, por el contrario, la expectativa de vivir de lo que escriben, de ganar plata de lo que garabatean. Y ahí está toda la diferencia, y es una diferencia mecánica. Los que quieren vivir de lo que escriben, la cagaron. A los 40 empiezan a hacer todo mal. Para su idiotez, como para la mía, había decenas de oficios paralelos: editar libros de otros, traducirlos, corregirlos, publicarlos, venderlos en una librería. Ninguno una maravilla, convenido. Pero todos sirven para cubrir el alquiler, las vacaciones, a veces hasta entretienen, más de una vez incluso estimulan. Y hacen que uno esté más relajado, más seguro de sí mismo, cuando a la noche hay que abrir el archivo de word y pensar en un proyecto, no en un cheque. Porque en el cheque ya se pensó mientras se trabajaba.

Decir que un premio literario es inútil si no es en efectivo es un pronunciamiento que a mí me da confianza. Esa frase sólo puede salir de la boca de un tipo que analizó sus expectativas, dialogó con sus miserias y logró, y quizás todavía logra, sentarse a escribir lo que él quiere, sin un cronograma de pagos. Y sin hacerse el santo, ante todo. Porque a fin de cuentas, lo que hubo de por medio fue un esfuerzo enorme. Si alguien quiere conocer el resultado de ese esfuerzo y no tiene plata para comprarlo, lo puede pedir prestado (la edición analógica todavía lo permite). Ya si alguien quiere premiar ese esfuerzo, que tenga fondos. Que sea capaz de retribuirle algo al otro, al escritor, a cambio de ese pedacito de aura que va a robarle cuando se saquen juntos una foto.

 

 

El arcoiris de la gravedad

enero 2, 2016 by

arco

Hay novelas que son geniales y sin embargo no son una experiencia de lectura. Quizás porque en ellas hay un control desmesurado de la prosa o, quizás porque los protagonistas conocen demasiado bien su camino, las acciones que están por emprender, las decisiones que toman. Pasa por ejemplo en Seda de Baricco o en Plataforma de Houellebecq. Ahí donde el protagonista es dueño de casi todo lo que piensa o hace y sus movimientos “fríamente calculados” lo acaban llevando al éxito o la ruina prevista, la novela en cierto modo se autocondena, me parece, a tener lectores que la admiren, pero sin que la vivan. Quizás Borges no practicó el género por eso, porque se percató de que su naturaleza era muy manijera y que no podía permitirse un héroe medianamente desnorteado y con algo a llenar. Pero en muchas otras novelas, en cambio, mandan la incertidumbre, la vacilación, el ansia, también la paranoia, en los sujetos que están en medio de una búsqueda no saben bien de qué. Según Deleuze, eso es algo que se da casi como un sello distintivo en la novela norteamericana. Deleuze, como buen francés, usufructuaba el elogio de la literatura norteamericana para no reconocérselo a las literaturas rusa, alemana e inglesa, que también abundan en grandes protagonistas llenos de problemas y aventuras detrás del autoconocimiento. Pero démosle la derecha al filósofo de los devenires al menos esta vez, como hace veinte años cuando leímos Moby Dick, sólo que hoy todavía estremecidos por la experiencia de leer -después de haber encontrado la clave, finalmente, para atravesarlas- las mil páginas de El arcoiris de la gravedad de Thomas Pynchon.

El arcoiris de la gravedad (1973), novela de tránsito muy lento entre otras cosas porque no da tregua con la confusión entre lo que los personajes viven y lo que imaginan o pesadillean, novela donde las ratas hablan y los hombres se pueden caer en una letrina y palpar quilos de mierda, novela que también es discurso pre-Google (¡hoy es fácil, eh!) espiralado de data sobre la construcción de un cohete, el origen de un traje o los diferentes polímeros de un plástico, lleva a un punto maestro esa concepción de la deriva del héroe detrás de sí mismo. De todos los que visité, parece ser el libro de relación más inversamente proporcional entre el dominio de la prosa por parte del autor -cientos de personajes muy bien perfilados, treinta o cuarenta historias pseudoparalelas gravitando, y sobre todo esa imaginación de Pynchon y esa capacidad para lograr el insight en medio del derrape o la verborragia, esa forma de alcanzar la poesía sin ronronearla- y el dominio (nulo) que sobre sus actos puede ostentar el héroe al menos durante un buen y largo rato.
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