Alardes y remordimientos

marzo 9, 2016 by

Diez escritores potentísimos, vitales en algún momento de esta vida: Arlt, Baudelaire, Byron, Poe, Dostoievski, Vallejo, Flaubert, Stendhal, Walsh, Lispector, Pynchon. Arlt y Dostoievski tendrían que ir juntos, porque dije diez. Y no incluyo a Cervantes porque no lo leí bien; ese sería mi remordimiento. Muy en otro orden de cosas: diez series de televisión. El increíble Hulk, Mork y Mindy, El pulpo negro, Oz, Coupling, Black books, Mad men, True detective, Gotham, Daredevil. Todas me gustaron y me hicieron olvidar la pena que me seguía de chico cuando faltaba el televisor y mis compañeros me preguntaban “¿viste a b.j., viste a b.j.?, ¡es genial!, ¿no viste a b.j.?” y yo pensaba en una abeja gigante. Como ahora pienso en el aguijón del remordimiento.

Laboral

marzo 1, 2016 by

 

Llegó febrero con media pila y mañana
llega marzo con una empanada
de carne para treinta y un días,
vuelve el trabajo, los freelancers
nos convertimos otra vez en dancers
all night long sacudiendo nuestros teclados
en un ritmo frenético lejos de casi todo lo que nos gusta
salvo la buena mesa y la mala traducción,
ahí suena el teléfono, desde la facultad
nos llama la secretaria universitaria
y nos informa que dos ciudadanos
precisan un corrector para sus novelas,
ya entró un mensaje, es de la embajada,
no regalan bicicletas pero bien que a la nuestra
la reparan una vez al año, embajada, pronto les mando
mi traducción, más en bandeja que nunca,
ah, marzo, lejos de casi todo lo que nos gusta
pero en la siembra, en la siembra y de a ratos
mirando al sol mientras revoleamos la camisa,
¿quién va a decir que abril es el mes más cruel?

(2008)

Bowie

enero 14, 2016 by

bowie

A comienzos de los ’80, en los barrios de Buenos Aires, la música y el estilo de David Bowie eran uno de los pocos ecosistemas, si no el único, en los que un adolescente podía apoyarse antes de tomar una decisión antipopular. Como por ejemplo la decisión de hacerse el lindo, la de vestirse limpio, o la de jugar a ser puto. Pero la gracia justamente de ese ecosistema era que le proveía a cualquier chico de clase media o mediobaja una posibilidad de lookearse elegante o coquetear con otros hombres sin perder el nexo con el paisaje ortodoxo del rock barrial. Esa era la diferencia entre que te gustara Bowie y te gustara Duran Duran o Culture Club. El halo de Bowie podía rozar, pero nunca incluir del todo, a esas otros solistas y bandas menos conocidos como Brian Ferry, Japan, Eurythmics o Spandau Ballet. Bandas que en Inglaterra habían creado una tendencia y una etiqueta: new romantics.

Todas esas bandas o solistas new romantics surgidas en los barrios de clase media londinense entre 1980 y 1982 se habían inspirado en Bowie. Particularmente en un acto de Bowie: su recital en Japón a fines de 1978. Ese concierto fue el emblema de una de las varias transformaciones del músico a lo largo de su carrera: marcó el pasaje del glam al glamour. Además de que sus canciones a partir de ahí empezaron a hablar más de baile y de amor, también su vestuario se repensó: mucho color, como siempre, pero ahora en sacos y camisas de corte “normal”. Lo otro llamativo de aquel concierto en Japón era el ambiente, la puesta de un escenario de claroscuros y sobriedad. A diferencia del glam, el glamour requería un choque entre figura y fondo. La estilización pasaba a ser un detalle (aunque no escondido sino evidente) del cuerpo y de la ropa del músico, inserto en un escenario depurado y ligeramente aséptico.

Como construcción estética, el Bowie “elegante” tenía un lado interesantísimo. Porque era una apuesta por desestimar y en última instancia destruir la ideología del “distinto”. Antes, el glam había sido frecuentar a Warhol; ahora el glamour, en cambio, era codearse con Tina Turner. Tina, además, estaba mucho más cerca que Warhol del ídolo de la infancia del Duque: Little Richard. De esas dos visiones de Estados Unidos, Bowie elegía una elegancia popular, una aristocracia callejera. Y su gesto no pasó desapercibido por los chicos de mi generación. Por eso los “conchetos” nunca asimilaron ni se identificaron con Bowie. Porque no podían encontrar en su propuesta argumentos para acusar al pueblo de “grasa”. Esos chicos de zona norte como nuestro actual ministro de Economía Prat-Gay necesitaron otras tendencias para formular su desprecio de clase. Lo que se entendía y creo que se sigue entendiendo por “concheto” es esa parte de la clase alta o medioalta que, por alguna razón, generalmente psicológica, necesita enfatizar que es de clase alta o medioalta. Es decir, la clase indiscreta. Opuesta a todas las clases elegantes.

Pienso en Bowie y más de una vez se me viene a la mente Potenzoni. Si a los doce años el Duque era el único chico de Bromley al que el padre le podía comprar una batería y un saxofón, Potenzoni era el único de Villa Real que tenía reloj con jueguitos. A Potenzoni le gustaba más Duran Duran (aunque a veces, cuando estaba con las chicas, podía preferir a George Michael), lo que no quitó que se le volara la cabeza, me consta, cuando con Cristian Godoy le hicimos escuchar el dúo Bowie-Jagger cantando “Dancin in the streets”.

Mi propio Bowie de todos modos llegó bastante después. Fue el Bowie electrónico que, influido por una nueva cultura callejera londinense como la de Massive Attack, fusionó al romántico con esa otra constante suya, la figura del viajero espacial, en un bloque de canciones que sonaban a distorsión dulce. Ese Bowie alrededor de los cincuenta años, recién casado con la modelo somalí Iman, marcó mis veinte. Es el período que va del disco Black Tie (1993) a Reality (2003), y que incluye temas como “You`ve been around”, “Spaceboy” y la perfección que es “I’m deranged”. Mi mejor amigo el Champion Docampo empezaba a trabajar de deejay; yo desgrababa clases en la facultad. Mi esposa era una finlandesa hermosa que había venido a Buenos Aires a estudiar guaraní. No teníamos plata y éramos felices.

Yugando

enero 12, 2016 by
italo

Italo Calvino es su ph.

Hay muchos paramundos, y todos están en este. Está por ejemplo el mundo de la parapsicología, con sus enigmas y sus sabrosos lucros, y está el de la paraliteratura, bastante menos rentable y misterioso. En la paraliteratura reinan las cosas -los trabajos- de los que vivimos los idiotas que sólo sabemos leer y escribir. Las traducciones literarias podrían ser la faceta más vistosa dentro de ese mundo; en la otra cara, la actividad más oculta podría ser la redacción de informes de lectura. A las personas que hacen esto último se las llama lectores editoriales.

El lector editorial resume, describe y evalúa los textos que llegan a una editorial buscando ser publicados. Recomienda o no su publicación. Es un trabajo con un 33% de seriedad: de cada tres libros que el lector evalúa, las editoriales le hacen caso en uno. Muchas veces, lo que más les importa a los editores es la primera parte del informe: la síntesis de la trama del libro. Después miran la evaluación, claro, pero con el criterio de ellos, no el del lector. Es un trabajo secreto, acorde con que es un oficio invisible. Una ley no escrita preserva el nombre del lector para que después el escritor no se lo tome personalmente si hubo un fallo en su contra. Esa ley tiene sentido sobre todo cuando el lector se llama Fulano. El despecho de un escritor puede ser terrible y, si conoce el nombre del Fulano que lo “reprobó”, quizás quiera ponerlo en ridículo y hasta dejarlo sin trabajo. Distinto es cuando el lector se llama Italo Calvino. En este caso el protocolo del anonimato no tiene razón de ser. Calvino hizo informes de lectura para editoriales italianas durante largos años. Le daba orgullo su trabajo porque consideraba que lo mejor que puede hacer un escritor es ganarse el cheque haciendo algo cercano, pero distinto, a la escritura. Además de la síntesis, la observación y la evaluación, del lector también puede esperarse que haga un señalamiento de inconsistencias en la trama o el argumento -por ejemplo, que una tía abuela que falleció en la página 30 no reaparezca en la página 72, salvo que sea un fantasma o un flashback. Cuando el escritor se entera de estas observaciones, la bronca crece. Los escritores tienden a tolerar mejor el rechazo pleno que la sugerencia parcial.

Ese es el paramundo de los lectores editoriales. Viven en él unos cuantos paracalvinos, y algún que otro subcalvino mejor posicionado. Por supuesto que viven de hacer varias cosas, igual de anónimas que los informes que redactan. Nadie llega a fin de mes sólo informando. Hacen un trabajo extraño. De ellos sí se puede decir, literalmente, que “el resto es literatura”. Mientras ellos leen y evalúan, ocultos en los cuartuchos de la paraliteratura, afuera las voces de los escritores copan los meeting points, los bares, las librerías, los corredores fantásticos de la literatura comentando: “rechazaron la novela de Tal”.

Hace poco se editó la última novela de Fabián Casas, Titanes del coco. Fabián es un escritor leído y felicitado en todos lados: en la prensa, en las universidades, en la prensa, en el boca o boca, en la prensa. Pero la persona a la que le tocó informar Titanes recomendó que no lo editaran, y el autor se enteró. Se enteró además que esa persona admiraba todos los libros anteriores de Fabián, pero este le parecía flojo. ¿Y cómo nos enteramos nosotros de todo esto? De boca del escritor, ofendido con “esa chica”. En una entrevista indulgente, favorable, en una entrevista donde todo es elogio y felicitaciones, de repente salta ese punctum en la memoria del escritor que le recuerda la existencia de una voz mínima, apenas perceptible, una voz sin poder (el libro al fin y al cabo se publicó) hablando en su contra. Ahí entonces la corona del escritor muestra la gorra debajo: el entrevistado se detiene en esa pequeña voz y la juzga. Busca ponerla en ridículo, la quiere delatar. Luego podrá venir, en el calor de la entrevista, el punto más emotivo: ahí donde el escritor elogia el trabajo de “los invisibles”, de toda la gente anónima que hace las grandes cosas, los buenos zapatos, los buenos libros, lejos del ruido y la notoriedad. Pero al invisible en cuestión ya se lo denunció.

Tengo que parar de hacer informes de lectura por dos años. Porque realmente me detengo en el análisis de boludeces; realmente, si lo pienso bien, no tiene importancia eso que dijo Fabián. Fue un comentario menor, al pasar, sin verdadera mala fe, quizás con un puntito de resentimiento, pero nada grave. De hecho, lo que más repercutió de esa entrevista fue otra frase de Casas: “Si me ofrecen un premio y ese premio no incluye plata, no me interesa recibirlo”. Le dijo eso al periodista, lo publicaron en http://www.polvo.com.ar y al otro día en las redes sociales todos lo estaban llamando de todo, empezando por pesetero.

Sin embargo, no puedo estar más de acuerdo. Y me gusta que Fabián Casas haya dicho eso casi tanto como me gustan sus poemas. Casas es un escritor que, como los que hacen informes de lectura, en un momento tomó una gran decisión: vivir de otra cosa, parecida pero distinta. Adoptó la premisa que Discépolo le adjudicaba a Perón: un escritor es alguien que además de trabajar, escribe. Otros que sólo saben leer y escribir tienen, por el contrario, la expectativa de vivir de lo que escriben, de ganar plata de lo que garabatean. Y ahí está toda la diferencia, y es una diferencia mecánica. Los que quieren vivir de lo que escriben, la cagaron. A los 40 empiezan a hacer todo mal. Para su idiotez, como para la mía, había decenas de oficios paralelos: editar libros de otros, traducirlos, corregirlos, publicarlos, venderlos en una librería. Ninguno una maravilla, convenido. Pero todos sirven para cubrir el alquiler, las vacaciones, a veces hasta entretienen, más de una vez incluso estimulan. Y hacen que uno esté más relajado, más seguro de sí mismo, cuando a la noche hay que abrir el archivo de word y pensar en un proyecto, no en un cheque. Porque en el cheque ya se pensó mientras se trabajaba.

Decir que un premio literario es inútil si no es en efectivo es un pronunciamiento que a mí me da confianza. Esa frase sólo puede salir de la boca de un tipo que analizó sus expectativas, dialogó con sus miserias y logró, y quizás todavía logra, sentarse a escribir lo que él quiere, sin un cronograma de pagos. Y sin hacerse el santo, ante todo. Porque a fin de cuentas, lo que hubo de por medio fue un esfuerzo enorme. Si alguien quiere conocer el resultado de ese esfuerzo y no tiene plata para comprarlo, lo puede pedir prestado (la edición analógica todavía lo permite). Ya si alguien quiere premiar ese esfuerzo, que tenga fondos. Que sea capaz de retribuirle algo al otro, al escritor, a cambio de ese pedacito de aura que va a robarle cuando se saquen juntos una foto.

 

 

Una visita gótica

diciembre 15, 2015 by

 

 

smith

 

Aunque a veces parezcan inoxidables, las bandas de rock nacen, crecen y mueren. Pero no todo el mundo es conciente de esto –de que incluso las bandas tienen un ciclo de vida– y por eso se explica que los grupos de Europa y Estados Unidos nos gusten más a nosotros que a la gente de allá. Nosotros sabemos, desde que alguien graba su primer disco, que ese músico o esa banda van a envejecer. Es un conocimiento que no comprime la emoción sino todo lo contrario: la potencia. ¿Y acaso en el Primer Mundo no lo saben? No tanto, porque cuando el acceso es rápido, las cosas dejan de enseñar. No es fácil asumir que los superhéroes envejecen con uno cuando los ves salvando al mundo a los diecisiete años. En cambio en los lugares periféricos nadie se engaña, porque son tierras que los músicos internacionales visitan cuando ya perdieron una buena cantidad de melena. Después de veinte, treinta años tocando, llegan con una ristra de temazos, muchos de ellos compuestos al salir de la adolescencia, cuando su público y sus amigos también tenían bandas. Satisfechos o no, el tiempo pasó y ahí los vemos llegar, curtidos. Adivinábamos que iba a ser así, y está todo bien, nos gusta. Porque a su vez –y esto es lo más interesante– entendemos que esas bandas nos visitan justo en el momento en que están entrando en Algo. En algún sentido, somos nosotros los que los agarramos frescos. Lo pienso en relación con lo que dijo un famoso gurú de los negocios: “Un emprendedor con plata no es un emprendedor, es un administrador”. Nunca me voy a olvidar de esa frase que leí en la revista de una aerolínea, y que se deja traducir perfectamente del mundo de las finanzas al de la música o el arte. Así, un artista joven es un mero administrador, porque la juventud en sí misma es un capital inicial, y muy poderoso, aunque algunos no lo aprovechen. Mientras que un músico que envejece, en cambio, es un aventurero fresquito. Y los países periféricos tenemos la suerte de encontrarlo cuando acaba de lanzarse a la intemperie, a medirse con un destino sin garantías.

Cuando vino New Order, el público celebraba sus bodas de plata con New Order. Leer el resto de esta entrada »

Libros gruesos

noviembre 25, 2015 by

 

Los libros gruesos vienen con trampa y es que tarde o temprano se acaban. Si el clima acompaña, suelen terminarse más temprano que tarde. Además, los libros gruesos son deliberados: a la página cincuenta ya sabemos que el escritor sabía que su libro iba a ser muy grueso. A esa altura, El arcoiris de la gravedad de Thomas Pynchon ya presentó una docena de personajes que son pura potencia, con todo por delante, y El libro de los pasajes de Walter Benjamin hizo lo propio con una docena de ideas. Distinto es el caso de las sagas que después, por las razones más diversas, terminan siendo reunidas en un solo libro. Uno lee el primer libro de Sayañezndokán y nada indica que la obra podría extenderse dos mil páginas. Tampoco es el caso de los folletines del siglo XIX como Los misterios de París o El conde de Montecristo. Estos no podrían tener menos páginas de las que tienen básicamente desde el punto de vista del corazón que las lee; pero desde el punto de vista de la historia que cuentan, sí podrían acortarse. El Ulises de Joyce es el más sentimental de todos esos folletines. Sólo que es un folletín erudito y para amantes de la historia de la literatura. El Ulises, en cierto sentido, pertenece más al siglo XIX que al XX. El caso opuesto es Crimen y castigo, que en cada párrafo exige más y más páginas. Rojo y negro, casi lo mismo. Más acá hay grosores programáticos, como el de Rayuela, que se alimentan del collage, la digresión, la infiltración de todo tipo; Moby Dick, que es de la época de confianza en el progreso técnico, subordinaba esos injertos a su valor descriptivo, al conocimiento real que aportaban; Los detectives salvajes, que es de la época de confianza en el individuo y del culto a la personalidad, lo que hace es consagrar trescientas páginas a lo que cientos de personajes menores opinan de los dos protagonistas.

 

 

 

 

Vos

octubre 29, 2015 by

Vos no votaste Pinedo
votaste miedo.
Vos no votaste Gribaudo
votaste deuda.
Te hiciste el zonzo
votando Alonso
pero debajo de la mesa
votaste Griesa.
Vos no votaste Ritondo
votaste al Fondo.
Vos no votaste Bergman
votaste Morgan.
Votaste buitres
entre los globos
tu voto finge
que fue por todos.
Fue por Paul Singer.

Vos no votaste Michetti
votaste Cheeky.
Vos no votaste Santilli
votaste talleres textiles
clandestinos.
Vos no votaste Caputo
vos subejecutaste
tu voto.
Vos no votaste Larreta
votaste submetrocleta.
Votaste submetrocleta
subpresupuesto escolar
subatención de hospital
y subempleo precario.
Vos no votaste Del Sel
votaste arancel
universitario.

Vos no votaste a un galán
ni a un cocinero
ni a un comediante.
Votaste un taller ilegal
donde murieron
dos chicos.

Vos no votaste Lombardi
votaste tarde.
Vos no votaste Baldassi
votaste casi.
Vos no votaste Cambiemos
votaste menos.

No votaste Vidal
ni votaste Macri

votaste masacre
cultural.

Números

octubre 26, 2015 by

Acaba de sentarse más acá,
a un cuerpo de distancia de mi alma,
el que vino en un asno a enflaquecerme
.
César Vallejo

La locura, dijo Einstein, es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener mejores resultados. Eso dijo Einstein que no era político. Que manejaba otros números, y sin embargo… Me pregunto cuánto calza su frase para las elecciones de ayer.

A tranco lento venían las PASO, las elecciones primarias que tuvimos hace algunos meses, A Macri en las PASO lo habían votado 5,5 millones de personas: el 24 por ciento de los que ese domingo de agosto entraron a una escuela. Ayer lo votaron 8,5 millones. Del voto de convicción (el de las PASO) al voto de apoyo (el de ayer) ganó tres millones más. En noviembre se verá cuál es el voto de confianza en Macri, y si no pasa nada singular de por medio, ocurriría que a la gente que ya cree en el modelo del Pro y a la gente que más o menos se dispuso a apoyarlo se le sume otra gente que decida, también, más o menos, “confiar” en Macri para presidente.

Ahora bien, lo significativo es que esos 3 millones de votos nuevos que tuvo Macri no vienen en absoluto de personas que en las PASO hayan votado a Scioli ni a Massa ni a la Izquierda (aunque algunos sí le habrían llegado de Margarita Stolbizer). Para el oficialismo Scioli ganó, de las PASO a ayer, 300 mil votos nuevos. Massa ganó algo más: 500 mil que en las PASO no había tenido él ni De la Sota (Massa tuvo dos millones de votos extra, pero que en principio incluirían el 1,5 millón de su aliado cordobés De la Sota). En cuanto a la Izquierda, el FIT tuvo 100mil votos más que en las PASO. Los únicos que perdieron votos fueron Stolbizer (200 mil menos) y Rodríguez Saa (100 mil menos). También perdió votos, y muchos, el blanco: cayó a la mitad, de 1 a medio millón.

No hay ningún dato que demuestre que la gran mayoría de los votantes reafirmaron su voto, pero tampoco, claro, nada que demuestre lo contrario. Sólo la experiencia diaria de cada uno de nosotros en diálogo con los demás sugiere, al menos en mi caso, que la tendencia general fue a reconfirmar -en los casos en que esto era posible- el apoyo al candidato al que habíamos votado en las PASO. Los resultados de ayer en principio demostrarían una sola cosa: que no existe la “traición”. El único “traicionado” significativo fue el voto en blanco. Y, con menor impacto, Stolbizer y Saa. ¿Entonces Aníbal Fernández se equivoca cuando habla de traición? Nadie dejó de votar a Scioli de los que hace meses lo votaron. Pero sí medio millón de votantes de la Provincia de Bs As votaron a Scioli para presidente y no votaron a Aníbal para gobernador. No sé si eso es traición.

La diferencia con las PASO se explicaría por el hecho de que hubo esta vez 2 millones más de votantes (25 millones, contra 23 hace unos meses) y sólo un porcentaje bajísimo -que no es medible, está bien, pero que se puede especular en torno al 10%- de esa gente a la que no le interesa mucho votar pero ayer sí fue a votar, lo hizo por Scioli. Y un dato: de esos dos millones de personas que votaron ayer pero no en las PASO, la mitad son de la Provincia de Buenos Aires. En la provincia que tiene algo más del tercio del electorado real del país se registraron esta vez la mitad de los votos del electorado fluctuante (que no es lo mismo que indeciso) que no siempre va a votar. O sea que alguien, que claramente no fue el Frente para la Victoria, logró llevar a esa gente a votar y, claro, llevarse esos votos. Alguien trabajó mejor en esa zona de la ciudadanía que no es ni traidora (porque traición implica lealtad previa) ni indecisa (porque la tan mentada indecisión era sobre a quién votar, y no sobre si ir o no a votar). La zona gris, indiferente, veleta.

A Macri los 3 millones extras de voto de apoyo parecen haberle venido sólo en un 40% (1, 3 millones) de los que eran sus contendientes internos en las PASO (radicales y Unen). Y un 10  a 20% podría haberle venido de gente que en las PASO votó en blanco o de desertores de Stolbizer, Rodríguez Saa e incluso de la izquierda que no es el FIT.

O SEA: El Pro logró en estos pocos meses que CERCA DE 1,5 MILLONES de personas bastante indiferentes al sistema democrático, o al menos a ir a votar, fueran ayer a votar y lo votaran a Macri.

¿Cómo lo hizo? Misterio. O no. A mí me parece que desde el Pro le hicieron caso a Einstein.

Porque claramente no hicieron lo mismo que antes de las PASO. Por un lado, cambiaron el discurso: se habló mucho del monumento a Perón, del coqueteo de Macri con los valores justicialistas, del “lo que el gobierno hizo bien, vamos a seguir haciéndolo”. Por otro lado, Macri en este último mes hizo la campaña más desencajada de las últimas décadas, con spots publicitarios basados en promesas incumplibles como “si me votan, no va a haber más inquilinos, todos vamos a tener casa propia”. Y finalmente, en un factor también muy importante, el Pro invirtió muchísimo dinero en estos últimos 15 días en movidas como la de los llamados telefónicos: llamados no sólo pregrabados sino con una tropa de quizás mil simpáticas fonomarketers que te buscaban charla, que eran “reales” -yo recibí al menos tres de esas llamadas verdaderas.

Abrumado, como los que escriben en primera persona, hoy digo “quiero entender”. Sólo que trato de bucear en todo lo que no me define, ni a mí ni a “mi gente”, y se me escapa, Pienso, primero, en los votantes convictos del PRO. Conozco poquísima gente que lo votó con cierta convicción (y uso la palabra “convicción” en un sentido muy laxo, que incluye la fe o la creencia propia de aquellas personas según la cual un país donde los pobres están mejor es necesariamente un país donde yo estaré peor). Tengo 3 conocidos que vienen apoyando al Pro desde hace meses o años. Trato de ver qué tienen en común. No son exactamente chetos, pero también es cierto que conozco poquísimos chetos. Lo único que tienen en común, descubro, es que, cuando los conocí y los frecuenté en la adolescencia, eran chicos de clase media con plata que iban a escuela pública y que repitieron al menos un año. Sí, me digo, son los repitentes, o al menos una parte de ellos. Son los que hoy están felices porque sus hijos van a escuelas privadas y pasan de una, y nadie les toma pruebas de historia ni ecuaciones ni ortografía. Eso es lo que mis tres votantes del Pro tienen en común. Además de que hace años ni los veo.

Pienso, después, en los votantes que ayer apoyaron al Pro y en las PASo habían votado a Carrió o al radicalismo. Ahí conozco a varios, algunos incluso son  amigos. Uno de ellos es un furibundo crítico de un intendente K de la provincia de BsAs, un intendente que, hay que darle la razón a mi amigo, venía haciendo agua por todos lados.

Y trato de pensar, por último, en alguno de ese millón y medio de personas que, no habiendo ido a votar en las PASO, ayer fue y votó a Macri. Son ellos -incluso más que “los chetos”- mi otredad, mi desconocimiento total. ¿Qué es esa gente? ¿Dónde viven? ¿Con quién se tocan? La duda sé que me va a carcomer los próximas días.

¿Quiénes son? ¿Son los descreídos útiles? ¿Son los que tienen precio y encima un precio muy bajo? ¿Son asnos? ¿Son los homo sacer? ¿Podría odiarlos?

¿Van a ser ellos los que definan?

El rey de las especias (comienzo)

septiembre 21, 2015 by

El 21 de septiembre de … tocó soleado. Empezaba la primavera y muchos andaban por la calle desde temprano, en grupitos, festejando el día y festejando que no se cumpliera esa fatalidad histórica que hace que todos los 21 de septiembre arranquen nublados por la mañana y terminen lluviosos por la tarde, la Naturaleza estropeando en dos actos, en dos pases de su movimiento elemental, el día tomado quién sabe desde cuándo por los estudiantes para autofestejarse al aire libre y llenar los parques. Esa creencia o esa memoria de que la primavera siempre empieza nublada y con una opción –a la tarde las nubes se corren para que salga el sol– indefectiblemente cancelada año tras año por otra opción –a la tarde las nubes se llenan de agua que termina cayendo– es una cantilena que a pesar de su pesimismo tiene cierto espesor atractivo: en un mundo como el nuestro, sin dioses, en donde toda injusticia tiene como agente a un ser humano, parece ser la única leyenda urbana que, a la manera de los antiguos mitos, tiene al clima por protagonista. Sólo por eso, casi no necesita que se cumpla para que tenga sentido. Pero es verdad que también se cumple, la mayoría de las veces. Al menos en mis recuerdos, mientras avanzaba tempranito en mi bicicleta, muchos 21 de septiembre soleados no aparecieron. Debería ser aquella, entonces, una mañana excepcional, opuesta a las otras, las legendarias por feas. El mito tiene más detalles y habla también de un contraste con la noche anterior, la del 20, que todos los años tendría cielo despejado, claridad de estrellas, promesa de felicidad, todas cosas que a la mañana siguiente se incumplen. Ahora bien: de la noche del 20 de septiembre de … no me acuerdo nada porque la pasé encerrado en casa. El cielo pudo haber estado claro o no; igual mi mente veía todo oscuro mientras maquinaba la paliza que al otro día iba a darle a Marco Polo, el florista.

La abeja y el mamut

agosto 26, 2015 by

barba

Qué lindo y atrevido y donjuanesco que es ser un editor independiente. ¿Quién no querría una etiqueta así, que al final lleve la palabra “independiente” y adelante, para que no se espante, el oficio: editor, escritor, cirujano, tachero? Encima, para ser independiente sólo hay que depender de una cosa: de nadie. Hay que ser, y voy a usar esta magnífica construcción adjetival del castellano, un pagado de sí mismo. Una delicia que, vista más de cerca, parecería ser común a casi todos los editores. Porque también los de empresas grandes, así como se arreglan con poquísimos empleados, muchas veces no tienen que esperar el sueldo ni los ajustes de cuentas de nadie. O sea que la cosa, en suma, no implica tanto atrevimiento. Más bien lo contrario: se es independiente a la fuerza. Pero igual: qué lindo es hacer algo porque no queda otra. Lindo como un poema de Rubén Darío que se llama “Lo fatal”. Leer el resto de esta entrada »