Como un golpe de rayo

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rayo
La editorial Caja Negra acaba de sacar a la calle un nuevo libro, Como un golpe de rayo, del periodista musical inglés Simon Reynolds. Es un ensayo sobre los principales rockeros ingleses que en la década del 70 dieron forma (e imagen) a lo que se conoce como glam rock. Esos héroes glam son ante todo dos: David Bowie y Marc Bolan. En torno o en paralelo a ellos, el glam pesado de Alice Cooper y el glamour (que no es lo mismo) sentimental de Brian Ferry (Roxy Music). Como un golpe… es el cuarto libro de Reynolds que aparece entre nosotros, todos por la misma editorial, y siendo que este es el de escritura más reciente -se publicó en Inglaterra en 2016 después de la muerte de Bowie- y que los anteriores como Postpunk ya venían y vienen cosechando un público fiel, es de imaginar que se convertirá en uno de los libros más comentados del año. En estos días comenzó a entrar a librerías y El Corcel de La Libre (Bolívar 438) lo acaba de leer.

Podría empezar en fair play reconociendo que soy un admirador casi incondicional de los libros sobre música o bandas de Caja Negra. Aunque hasta ahora los únicos de esa serie que no terminaron de enamorarme son justamente los de Simon Reynolds. En el catálogo sonoro de la editorial sobresalen también dos libros de un filósofo de la música como es David Toop y uno del historiador Peter Shapiro. El primero, Toop, autor de Resonancia siniestra, es una especie de Gaston Bachelard del sentido del oído, que maneja una prosa impulsada por satoris o iluminaciones fragmentarias y a la vez totales, conmovedoras. Shapiro (La historia secreta del disco) es mi preferido: en su momento el autor participó activamente de la movida neoyorquina de la música disco y hoy la (d)escribe con las armas de la sociología, o sea, es un tipo que habiendo vivido las virtudes de lo que estudia (la movida disco para él es bella, es integradora, es excitante, etc.) a la hora de escribir no quiere “competir” con su objeto por medio de un discurso igual de desenfrenado o excitante; más bien hace lo contrario, arma una historia, y en esa historia Shapiro investiga y recoge datos sociológicos duros: leyes sancionadas, índices de criminalidad, campañas publicitarias, políticas raciales, todo lo que estaba alrededor de la bola de espejos de la música disco. Es un modo de ser historiador que a mí (que me formé con Viñas) me llega. Remite también, entre nosotros, a la concepción del ensayo que tenía Néstor Perlongher en su trabajo sobre los chongos de Sao Paulo. Contrasta lo bello del objeto con lo duro de la data en torno, y ese contraste es pura potencia.
Reynolds trabaja con otro arcón: la idea de que el rockero es un ser mágico y excepcional, y la idea (que no es fácilmente discutible, pero que para él es indiscutible) de que, lo cito, “el pop se basa en un culto a la personalidad, en la creencia de que algunas personas son extraordinarias”. En consecuencia, si para David Toop el modus operandi es el de filosofar hasta rozar el Sentido y para Peter Shapiro es el de estudiar rigurosamente el contexto histórico del objeto que nos interesa, para Reynolds se trata ante todo de leer y conocer la vida de esos artistas. Su herramienta principal para ello es bucear en las revistas musicales y extraer buenas (realmente muy buenas en Reynolds) declaraciones de los músicos a la prensa. Ese es, a riesgo de generalizar, el fuerte del autor de Como un golpe de rayo.
El libro que acaba de lanzarse tiene doce capítulos buena parte de los cuales son biografías. En ellos Reynolds desliza enormes aciertos, como por ejemplo cuando exige leer a Marc Bolan y al glam rock en general no tanto en clave dandi (Lord Brummel, Oscar Wilde) sino más bien en la línea mágico-fantástica de Tolkien. Otro punto es cuando analiza las “tretas publicitarias” del joven Bowie y el caso verdaderamente excepcional en el rock de un artista que logra un triunfo contundente e inextinguible después de diez años de sostenidos fracasos. Reynolds, aunque es un hijo díscolo de los estudios culturales que Stuart Hall dedicó a las primeras tribus musicales urbanas, sabe tanto como sus precursores que el factor clase social juega en el rock un papel importante. En consecuencia, no le parece un dato menor que estas figuras de Bowie y Bolan hayan surgido en barrios o familias de clase obrera o de clase media baja y periférica (la clase media sin Osde, diríamos hoy). El glam, muy diferente del glamour, tiene sin duda esa extracción social, y en lo personal alguna vez escribí que el ecosistema-Bowie en su recepción argentina de los primeros ’80 tuvo esta originalidad: era el único culto a la estética que no sonaba “concheto” en los barrios y sus códigos, vale decir que admirar a Bowie era algo así como el sello de una rareza y hasta de una ‘mariconada’ integrable. Sin embargo, y volviendo a Reynolds, en las conclusiones se aparta de todo condicionamiento de clase y apuesta a la idea contraria, la del artista como alguien que posee un don. Dice (después de hablar de la primera década del músico, la opaca): “¿Qué hizo que Bowie siguiera adelante? ¿Cuál era la fuente de su incansable confianza en sí mismo? Sencillamente, el mismo poder mágico de automotivación que poseía Marc Bolan” (pág 124).
Como no me interesan, en general, los perfiles biográficos hechos en base a declaraciones del mismo biografiado o de sus colegas, los momentos que encontré más potentes en este libro son los pasajes de riesgo interpretativo o teórico. Que son muchos, desparramados, y que hacen que Como un golpe de rayo tenga gran sentido también para este tipo de lector al que adscribo enfáticamente. Por un lado corre la línea de interpretación psicologista (el artista glam como un Narciso bueno, o como alguien que, a fuerza de mostrar que todo lo que en sociedad llamamos Verdadero no es sino Máscara, consigue desnudar el doblez de la Máscara y ser Verdadero incluso mintiendo) y por otro lado está la cuestión de los rasgos del glam: lo excesivo, lo bisexual, lo sobremaquillado, y algo que Reynolds arriesga: la música glam detesta la tensión, el dramatismo de componer, el culto a la dificultad. Sería interesante pensar esto último respecto del llamado “glam latino” (Ney Matogrosso entre otros) que tengo entendido que es el objeto de estudio actual del crítico Gonzalo Aguilar, pero lo cierto es que al leer esa idea asocié con nuestro escritor glam por excelencia, Manuel Puig, quien también, es cierto, detestaba la épica de las dificultades creativas y la escritura ardua y trabajosa. De todos modos, no sabría cuánto se aplica esa idea a Bowie.
Sobre el final, el libro conecta con la experiencia (colectiva, mal que le pese al autor) de la música disco neoyorquina y negra, formada por bandas sencillas y visualmente sobresaturadas y por apuestas fuertes a lo textil y a la dimensión “maravillosa” (Puig diría “fantasmagórica en vez de fantástica”) de las historias cantadas. En el caso de Bowie, su conexión personal se da con otros músicos negros: los pioneros como Little Richard, los hipersexualizados como Tina Turner (patrona, debo confesar, de mis masturbaciones preadolescentes hacia 1985). Ya en los 80, Reynolds subraya entre otros a Prince como heredero de ese legado. Y algo hay que reconocerle sobre todo a este libro: si su autor es un biografista y hasta un hagiografista empedernido, digamos que elegir al glam lo justifica. Porque en la música disco, por ejemplo, el nombre Curtis Mayfield puede ser uno entre miles de nombres, pero acá el nombre Bowie es incluso más grande que la etiqueta genérica. Curioso es que el glam fue la movida musical más individualista o centrada en el artista -a tal punto que técnicamente no le cabe la palabra “movida”- que parece haberse dado en suelo inglés, un suelo por lo general afecto a formaciones musicales colectivas (reggae, dub, punk, trip hop, acid, etc.) y que haya sintonizado, al menos en un corte histórico, con el disco estadounidense, que fue una movida generalizada y casi anónima en un país afecto, por el contrario, a los artistas singulares y a una concepción del arte como entretenimiento sin poder social de cambio. Digo.
Otro eje del libro es el contraste y la oposición del glam respecto de la escena Woodstock. Una frase que debe ser un logro de Reynols pero también lo es del traductor Hugo Salas: el glam cambió el rock de machos por un rock de mechas. Fue lo que hizo falta para desacreditar la falsa conciencia social de buena parte del hippismo y de los prolijos pelilargos que cantaban rock de protesta. A veces uno se pregunta si no será que los primeros hippies ya tenían Osde; seguro no todos. Como sea, el glam logró algo que en su momento debe haber sido todo un desafío: que el hippismo pudiera aparecer pacato y normalito a ojos de algunos. Hay una frase del gran aforista Karl Kraus donde contrasta la vida en la Alemania prusiana con la efervescencia culturosa de Viena: “La situación en Berlín es seria -dice-, pero no alarmante; la situación en Viena es alarmante pero no seria”. Lo mismo aplica quizás al rock comprometido de finales de los ’60 respecto del “vienés” glam. Esa sensación pasoliniana de que la contracultura puede ser algo muy estándar la terminaría poniendo en palabras un músico de los ochenta que en los días del glam era un niño al frente del club de fans de los rockeros con peluca: Morrissey, que para una canción de los Smiths escribió: “Siempre pensé que tocar con una criolla / te convertía en cantante de protesta. / Hoy me da risa, pero bien que fue terrible”.
Para cerrar, y de cara al objeto en sí, ante la cosa-libro recién salida de imprenta y viajando a librerías, hay que destacar que Como un golpe…  sale 450 pesos, pero es una edición de 700 páginas que incluye imágenes. Vale decir, es un muy buen precio, comparado con los estándares del mercado. No mucho menos cuestan hoy los libros de Random House/ Mondadori/ Avelluto/ Penguin de no más de trescientas páginas y en ediciones, encima, que si las compraste en Pascuas para el Día del Trabajador ya se te despegaron las hojas. Créanme: la diferencia entre las editoriales grandes y las medianas/chicas no es sólo política o posicional. Las grandes vienen últimamente editando con muchos descuidos y/o desperfectos. Esta edición de Reynolds en cambio es excelente y la tapa incluye un detalle de impresión que en la jerga se conoce como “laca sectorizada” y le da otro relieve al ícono del Rayo.
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