Los claros mandan (relato)

abril 7, 2015 by

En las inferiores somos muchos, y casi todos quieren ser Messi. La competencia es cruel de mitad de cancha para adelante, así que sólo los defensores tenemos el puesto asegurado. Eso influye en nuestro cotidiano: los de atrás nos movemos firmes, sin riesgo, como trabajadores de planta en una empresa o músicos de una vieja guardia. Charlamos entre nosotros, pese a que tenemos catorce años, con mucha madurez. La delantera es picardía y pesadillas de inconstancia; el mediocampo es lo mejor: lucha, insidia y creación. Pero la defensa tiene sus ventajas: el piso no se mueve, la ropa no desaparece de los lockers. La vida es sencilla y los colectivos que te llevan al entrenamiento no se atrasan.

Sin embargo, debe ser el hartazgo que siente un adolescente ante cualquier función fija, el rechazo a estancarme en el bienestar europeo del defensor, lo que de un tiempo a esta parte me hace querer dejar el club. Leer el resto de esta entrada »

El spam ya existía

abril 6, 2015 by

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En los libros de James Joyce se come mucho corned beef. Esa es, o podría ser, la mayor marca rioplatense en el autor del Ulises. Para alguien que no leyó a Sarmiento ni a Mansilla, no es poco. Lo que sí se comenta es que Joyce hojeó algún libro de Güiraldes (tenían amigos franceses en común). Y ante una versión enlatada y for export del campo argentino como es Don Segundo Sombra, debe haber preferido una versión enlatada y for export de los productos del campo argentino, como es el corned beef. Yo en su lugar elegía lo mismo. Siempre es mejor cualquier corte de vaca a que te vacunen con una oda al ganado. El plato lleno antes que la prosa bucólica. Y el corned beef, a fin de cuentas, tampoco es carne mala. Dicen que fue y sigue siendo de falda. Se ubica más cerca del manjar que de la porquería. En Inglaterra, de hecho, y varias décadas después del Ulises, Margaret Tatcher supo definirlo como una “delicatessen para los días de guerra”. Una wartime delicacy, dijo la Tatcher no de la obra de Joyce sino del corned beef –y lo mismo se puede decir del spam.

Latas de falda argentina o uruguaya molida se abrieron en toda Europa durante los preparativos y los recreos de las dos grandes guerras. Leer el resto de esta entrada »

Romeo tuvo a Julieta

marzo 27, 2015 by

Atrapado entre estrellas retorcidas,
líneas tendidas y el error del mapa
que trajo a Colón a Nueva York;
encorsetado entre el este y el oeste,
con su chaleco de cuero está yendo a buscarla.
Por un instante la tierra cruje y tiene un temblor.

En la oreja, un crucifijo de diamante
que le sirve para espantar el miedo
de haberse dejado el alma
dentro de cierto coche de alquiler
y un lampazo escondido en los pantalones,
un trapo para limpiar los manchones
volcados en la vida de la ondulante Juliette Bell.

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El escritor argentino y la extradición

marzo 14, 2015 by

Primero fue Hernán Casciarmapai, y no dijimos nada. Su atropello y sus orsais nos caían bien. Después vino un tal Andrés Neuman, y ahora uno que se llama Patricio Pron. Ya es una banda.

Son los narradores que escriben una versión de sus textos para Argentina y otra para España. No tienen drama en elegir entre el tú y el vos, o entre el boludo y el gilipollas: según la audiencia, alternan. La idea más o menos es que los lectores españoles se percaten de lo bien que los tipos se españolizaron, y los argentinos de cuánto les siguen tirando el alfajor, el colectivo, la birome y el dulce de leche. Son ajedrecistas del mercado literario. Nos representan en Madrid, en Frankfurt, en París. Cuando los llevan a la Feria de Guadalajara dudan un segundo acerca de cómo dirigirse al público: si de vosotros o de ustedes. O de queridos cuates. Leer el resto de esta entrada »

Puntal en el desprendimiento

febrero 20, 2015 by

La biblioteca estaba un poco fría y distante, y teníamos que volver a enamorarla. Recién casados, mi mujer y yo un día miramos los estantes y descubrimos con terror una especie de aburguesamiento general del espacio libresco. Alguien –no nosotros sino un espíritu maligno– había ordenado los libros por editorial, por forma, por color y en última instancia –la más terrible– por ambición de tener todo: todos los números de una revista, toda la serie de una colección, todos los títulos de una editorial. Faltaba incompletud en esa biblioteca. Sobraba dejadez en esa sofisticación. Y el matrimonio acusaba el impacto de esas cosas con las que te casás para amortiguar la omnipresencia del matrimonio: cuando esas cosas se estancan, cuando no corre aire y algún punto de imprevisión entre ellas, terminan lastimando. Es una verdad que no siempre se dice: el mundo ha logrado instalar en las cabezas de las parejas la idea de que el Todo le da sentido a las Partes. Se acumula porque es “lindo”, porque la serie queda bien si está completa, aunque algunas temporadas no te interesen. Es algo que se llama fetichismo, y no es que sea un virus totalmente ajeno a la dimensión invasiva del amor –del amor por la vida, por la pareja– pero es algo que se puede combatir y hasta erradicar. El matrimonio en sí no es aburrido; el problema es casarse y coleccionar todos los libros de Caja Negra o de Anagrama.

Así que nos miramos y dijimos: “Hay que empezar de nuevo, y algo de sangre va a correr”. Llegó entonces el tiempo de la selección: chau hermosas tapas huecas, chau partes insustanciales de conjuntos, chau traducciones al anagrameo de novelas que nunca nos iban a dar placer. Mantuvimos ciertas cuchas, porque los dos las necesitamos: ahí el sector de poesía, más allá el de los cuentos y novelas, los estantes de abajo (que son los más altos) para el arte y la historieta; los de arriba para la historia, la filosofía, el ensayo… No nos interesaba postular el desorden tanto como defender la incompletud. Y por suerte vino un año malo, los dos tuvimos menos trabajo y la crisis terminó de salvar a la biblioteca y al matrimonio. Tener menos plata nos ayudó a dejar de tener lo que no nos interesaba. No sólo se acabó eso de comprar libros por la pinta del envase o por la serie que formaban; además fuimos al parque y vendimos o canjeamos todo lo que estaba en nuestra biblioteca de pura facha. Lo que quedó se ordenó en un esquema muy básico de sectores (“esta parte es narrativa; esta sub-parte, chilena”) pasibles de hincharse o desinflarse por cualquier lado: por el medio, por las puntas. Uno de los dos arriesgó un orden alfabético, que por suerte no implementamos. Y así las cosas mejoraron, volvimos a enamorar a la biblioteca y, contentos con el resultado, al poco tiempo éramos de nuevo, mi mujer, el espacio de los libros y yo, un pequeño ecosistema familiar volcado por igual al orden y a la aventura.

En la volada cayeron libros de editoriales grandes, mundiales y conocidas, y otros de sellos chicos, locales y colorinches que alguna vez compramos pensando que iban a ponerle algo de picante y desfachatez a nuestra relación (con la biblioteca). Teníamos por ejemplo unas diez novelas de “nuevos narradores argentinos”, todas escritas en primera persona, y en donde el protagonista era un escritor de barrio que viajaba a Alemania a presentar su libro y terminaba pudriéndose del show business literario y comiendo feliz un shawarma de parado en una estación de tren (de un suburbio obrero berlinés). Teníamos también tropas de relatos en donde el héroe era un joven porteño ortodoxo que consumía drogas, chateaba, bailaba música electrónica y en sus sueños jugaba al tenis con Fogwill. Las habíamos comprado porque, desde sus tapas perfectamente diseñadas como pastillas, prometían un mundo de tibia locura llevadera y revitalizante. Lo que no sabíamos es que ese furor vital lo íbamos a sentir recién cuando las fletamos de casa. En cierto modo nuestra biblioteca ya lo sabía, y por eso había tomado esos libros como si nada para depositarlo en el rincón más apagado e inútil –o afuncional, si se quiere– de su aparato digestivo –en el apéndice, digamos– o para subordinarlos a eso que ya expliqué: la tiranía de las series, las simetrías visuales, los lomitos que relucen en los estantes.

Hoy sólo dejamos que se queden en casa los libros que vamos a querer leer otra vez. Ese es el dogma: cuando los dos leemos un libro y sentimos que nunca más vamos a querer leerlo, lo vendemos o lo canjeamos o lo regalamos o lo tiramos a la basura. Lo que nos gusta –la parte “no invasiva”, la llamamos– se queda en la biblioteca, y claro que uno nunca sabe si efectivamente va a releer tal o cual libro, pero de esa incógnita también se nutre la divina incompletud. De los que se quedan ninguno tiene, en principio, garantía de quedarse para siempre; casi todos están sujetos a la posibilidad de que en la segunda lectura (o en la tercera, que bien dicho es la segunda de la segunda) les toque tener que emigrar. En cuanto a la “parte invasiva”, le armamos la valija ni bien la detectamos y listo. Libro que no nos gustó va de regalo a alguien a quien podría gustarle o va a las webs de reventa, o va al parque, o va de última, si creemos que nadie se merece ese oprobio, va al tacho de basura, lo cual también es una forma de dar valor.

Tomar decisiones caseras es hermoso; no activarlas es horrible. Hoy se habla mucho de los libros digitales y su supuesto triunfo y la próxima desaparición del libro impreso. Es una gran mentira digitada desde el interés o desde el miedo, y eso que pronostican no va a ocurrir. Dos cosas hacen que el mundo de la edición digital esté condenado al fracaso: una es que sus libros no pueden compartirse; la otra, más importante, es que no se los puede reventar. El libro digital es un fiasco porque no tiene valor de desprendimiento; eso es algo que muchos editores no pueden ver porque ponen a los lectores en el lugar pasivo del consumidor. Pero para los verdaderos lectores que siempre existieron y existirán sólo importan los libros en la medida en que pueden dejar de tenerse. Compramos porque podemos perder, leemos porque podemos olvidar y capturamos porque creemos en las dos dimensiones del desprendimiento: la generosa del regalo y la fría del abandono, la reventa o la destrucción en el tacho de basura. Las parejas que no entienden esto  están amenazadas en el futuro mucho más que los libros, a menos que asuman esta verdad que hoy sabemos en casa: lo que no se puede soltar no se puede amar.

Enero de 2015

 

Barrio de gatos

febrero 11, 2015 by

Soy el único, en esta larga hilera de pehaches, que tiene ventana en la medianera. Esa pequeña ilegalidad –ínfima en el barrio de Flores– hace que la luz del sol llegue a este primer piso también por el oeste. Y hace que puedan visitarme los gatos de la casa de al lado: tres gatos adultos, de alrededor de seis años, que se pasan los días en una terraza enorme debajo de la cual se instaló una nutrida familia okupa. Independientes como sus hermanos los gatos callejeros, los tres viven de la caza de pajaritos, trepándose a las ramas del plátano en la vereda o haciendo excursiones al pulmón de manzana. Desde que están los okupas, aprovechan también los restos de comida de ellos. Pero no son gatos domésticos, al menos no en el sentido habitual. Son señores de una casa que hoy tiene personas. Vienen a mi departamento casi todas las tardes, a la hora en que el sol ya no les gusta mucho. Entran por la ventana y se quedan en el living, no los dejo pasar a la pieza. Y pueden cruzarse a veces con otros gatos: los domésticos de mis copropietarios. Estos visitan mi pehache de tanto en tanto, cuando sus dueños no están. Se cuelan por la puerta si la dejo abierta, o por las ventanas que dan al este y al pasillo. Tampoco vienen buscando comida, sino contacto con los gatos de al lado.

Alberto Breccia decía que todo buen dibujante debe tener gatos, y que cuantos más gatos tenga, mejor dibuja. Él no quería quedarse atrás: tenía catorce. Mis hijos dibujan y quieren mucho a los dos gatos que tienen en la casa de la mamá, pero todavía no los vi dibujar un gato. Quizás el secreto sea un amor incondicional, que no pide representación. Tampoco la obra de Breccia es generosa en felinos –sus animales tienen más arrugas: perros, hombres. Si la representación del gato no corresponde o está de más (pero a la vez se aprende a dibujar mirando gatos), hay ahí una moral estética. Quizás tenga que ver con esto otro que leí: los gatos son los únicos animales que se domesticaron a sí mismos. Las personas no los amansamos, ellos vinieron y se quedaron cerca de las casas. Y autodomesticarse nunca es lo mismo que ser domesticado. Los dibujantes pintan la aldea teniendo en cuenta esa diferencia, y representan a los gatos con más cautela que al resto de los seres y las cosas.

Ahora acaba de irse el gato de mi vecina de abajo, Patricia. Se llama Simón y hoy estaba solo. Empezó a venir cuando Patricia, que en los 80 armó un fanzine y una banda punk, estaba de gira presentando el libro que recopila aquellas viejas fotocopias y tocando con su nueva banda de cumbia. Patricia hace yoga y quiere mucho a Simón; es lo contrario de esa pionera del punk que se le ocurrió a Capusotto en la tele, Violencia Rivas, y que termina cada capítulo revoleando un gato o pegándole un tiro. Mi vecina es incapaz de maltratar a nadie, pero a Simón a veces lo deja solo porque, bueno, le está yendo bastante bien con la banda. En la misma manzana, del otro lado del pulmón verde, vive Juancito, un tipo con un corazón enorme, que antes cantaba en Pequeña Orquesta Reincidentes y ahora tiene grupo nuevo, Acorazado Potemkin. A este ritmo, y si su banda sigue en ascenso, ya van a venir también sus gatos a mi casa.

Van a sumar catorce en cualquier momento. De ninguno de ellos voy a decir que es “mi gato”, lo que sería un oxímoron. No voy a creer que son míos ni voy a representarlos: perdí el don de dibujar, nunca me gustó la manía de sacar fotos. Será mi secreto contra esta época: convivir con gatos y no mostrarlos. Un día surgirá de Alemania un ensayista serio, un filósofo riguroso, con la respuesta al enigma de hoy: por qué tanta gente ganó nuevas herramientas para comunicarse pero las usa para sacarles fotos a sus gatos. Explicará el fastidio que el mundo actual siente por la palabra y a la vez el abuso de la primera persona que cometemos: dos dramas incompatibles, dirá ese alemán, salvo en las fotos con “mi gato”.

Voluntad de domesticarse a uno mismo: eso podría estar sugiriendo la representación sin esfuerzo del gato en millones de fotos. Esa confianza o esa ilusión. Un animal vuelto metáfora de la pertenencia a medias, según nuestras propias condiciones, a la gran casa virtual. Sin embargo antes de internet éramos nómades. Recién hoy algo nos domestica.

No paro de escribir desde hace tres noches; debe ser por la luna llena, porque el whisky se acabó. Pongo todo mi esfuerzo en estar quieto y por la ventana de la medianera miro la terraza de al lado. Ahí están, esos extraños. Esos que cada tarde me visitan. Curtidos y ágiles, ni callejeros ni familiares, los tres ahora en actitud vigilante, preparados para cazar cualquier bicho desprevenido, mientras en los departamentos de la cuadra duermen los otros gatos, los domésticos, contentos porque hoy es martes y no hay recitales ni bares ni nada, y sus dueños duermen con ellos.

Enero de 2015

La selfie del fiscal

enero 23, 2015 by

Ayer leí las primeras 200 págs del libro de Nisman. Lo más llamativo de ese texto es su bipolaridad. Está dirigido a un Juez Federal pero también a un público lector. Para eso Nisman se atreve a conjugar tonos que me imagino que en un texto jurídico no son los más comunes. Abusa de dos procedimientos retóricos: 1) la interpretación de sucesos puntuales de la causa como acontecimientos (tristemente) singulares de la historia argentina. Esta veta historiadora de raigambre claramente sarmientina se asienta en oraciones de tipo “Nunca antes en nuestra historia … (había pasado tal cosa)”. 2 ) Lo otro es la profusión de observaciones cortitas y emocionales al pie, por ejemplo cada vez que, después de una oración larga y “correcta” en términos del discurso jurídico, remata con cosas como “Vaya ironía”, así, entre puntos. Son, para mí, zonas del texto que ponen en evidencia el doble destinatario y traslucen, a su vez, los problemas típicos de los textos con doble destinatario: que uno termine produciendo medio mensaje para cada tipo de lector, en vez de un mensaje completo para un lector determinado. Pero otra cosa también sentí yo después de leer esas primeras 200 páginas: Nisman no se suicidó. Alguien que escribe “Vaya ironía” no se suicida. Está(ba)mos ante un jugador, independientemente de sus convicciones, un verdadero jugador, alguien sin el menor conflicto interno a la hora de ponerse en juez moral de la historia -y aclaro que el discurso jurídico en general requiere eso, un tono moralmente superior, pero no un “yo” moralmente superior; el discurso jurídico justamente se cuida de esto último evitando toda retórica más o menos impulsiva. Nisman hace lo contrario. Nisman hace todo, toca todas las cuerdas posibles, su discurso es la pesadilla del rizoma bajo control.
Como nota al pie, ayer hablábamos de esto con mi amiga Mon Sendra y salió de la nada en la conversación algo que dice Kurt Vonnegut cuando habla de los “self-indexers”, la gente que es “auto-indexadora”, los escritores que te mandan un manuscrito y ellos mismos se hacen el índice del libro. Decíamos con Mon: un tipo que le hace el índice a su propio libro es alguien que es capaz de vender a la vieja. No me es fácil pensar la relación entre esto del self-indexer y Nisman, pero la sentí con mucha fuerza. Quizás se deba no sólo a su discurso escrito sino también a algo que me llamó muchísimo la atención: que el sábado Nisman haya desplegado minuciosamente sobre una mesa de su casa las hojas de su denuncia y haya sacado (y enviado) una foto de esa mesa, una foto probatoria de la aplicación y el esfuerzo de su trabajo. Una selfie autoindicial

No hay más Dios (que Dios)

enero 7, 2015 by

En la mesa de un barcito de la costa atlántica, hace quince años, de visita en la ciudad marroquí de Larache, escuché por primera vez hablar de “post-islamismo”. Un estudiante ateo, o laico, que nos invitó a mi amigo y a mí a compartir su mesa, mencionó el concepto. Ahí, en el borde más cercano a Occidente del mundo de la sumisión a Dios o islam, el futuro se presentaba luminoso para aquel pibe que no había querido, dijo, irse a vivir a Europa y convertirse en ciudadano de segunda. Veía un avance de la democracia en los distintos países musulmanes, desde las playas de Larache hasta la isla más oriental de Indonesia, casi pegada a Australia, y estaba tan confiado en el futuro que, cuando se habló de grupos fundamentalistas, dijo que cada vez convocaban menos adeptos. Muchos de esos pequeños grupos se nucleaban en una historia y un nombre: Hermanos Musulmanes. Para los teóricos y los partidarios del post-islamismo, estaban condenados a desaparecer. Hace quince años nos sentábamos, mi amigo Federico y yo, en ese barcito donde, según el estudiante marroquí, alguna vez se habían sentado a tomar té con menta Bob Marley y los Rolling Stones. A unos metros estaba la playa y el mar abierto, celeste; un poco más lejos, en un vallecito, las ruinas romanas, totalmente abandonadas entonces, de la estación de Lixus: punto de embarque marítimo de leones africanos hacia los circos de Roma. En la televisión del bar –un local donde sólo entraban hombres– estaban pasando “Expedientes Secretos X”.

Nos explicó que en el futuro, en el post-islamismo, los países musulmanes iban a respetar la libertad de culto, y que las mujeres iban a tener los mismos derechos que los hombres –ahí el pibe nos dijo: “como en Argentina”. Nos sorprendió entonces con lo que conocía de Argentina: Menem, Evita, la música de Sandro. Se guardó para el final un golpe de efecto: “Tengo un primo en Haedo. Sus hermanos viven en Europa, pero él es el único que vive feliz”. Mientras charlábamos, en un momento me sentí atraído por el doblaje al árabe de los Expedientes X.  Y me di cuenta de  que, cada vez que Mulder movía la boca, salían palabras, mientras que, cuando era Dana la que movía los labios, sólo de vez en cuando los acompañaba algún sonido, apenas en los momentos, interpreté yo, en que la trama tenía algo muy importante para decir a través de ella.

Quince años más tarde, en el ámbito musulmán ya no se habla de post-islamismo, y hasta se esgrime la etiqueta opuesta: el resto del mundo que aún no abrazó el Corán vive en un estado de ignorancia “pre-islámica”. O sea, lo que nos define hoy a nosotros es que somos pasajeros en trance al Islam. El concepto de ignorancia pre-islámica es del filósofo egipcio Sayyid Qubt, uno de los héroes fundacionales del movimiento Hermanos Musulmanes. Qubt se formó en Estados Unidos lo mismo que su pupilo Osama Bin Laden, y acabó desarrollando una tesis según la cual el gran enemigo del islamismo es la religión del individualismo (que aunque hoy triunfe en Occidente es, para este autor, una religión primitiva, propia de los antiguos pueblos politeístas). El Yo es el Mal, es el falso dios, venga de la boca de un norteamericano o de un árabe. El eslogan de la tesis de Qubt, sencillo, es: “No hay más Dios que Dios”. Y en un trecho de de su libro Jalones en el camino se dice que: “La tierra no puede ser purificada mientras el estandarte ‘No hay más Dios que Dios’ no se haya propagado por el planeta”.

Del estudiante marroquí con familia en el conurbano oeste nunca supe más nada. Pero en estos quince años me acordé seguido de él. Una década corrió entre la destrucción de las Torres Gemelas, aquel “Never mind the bullocks” de Osama Bin Laden, y la revolución en Túnez, democrática y encabezada por estudiantes. El universitario tunecino que en 2010 se mató prendiéndose fuego en la calle, y que con ese gesto inició la llamada “primavera árabe”, tuvo para mí la cara de aquel marroquí que quizás ya sabía, a fines de los ’90, que no iba a ser tan fácil instalar el futuro post-islamismo. Las protestas en Túnez se derramaron a Egipto, Jordania, Argelia, también a Siria. Los logros, parciales en el mejor de los casos, siguen defendiéndose hoy a través de acciones de protesta y milicias revolucionarias. Las lideran jóvenes que no quieren vivir bajo dictaduras algo tolerantes en lo religioso pero aun así interesadas en mantener al grueso de la población en estado de miseria y analfabetismo; jóvenes que tampoco quieren un gobierno fundamentalista opuesto a aquellos “dictadores laicos” y signado por las ideas de los Hermanos Musulmanes. Jóvenes que tampoco quieren la alternativa del exilio: emigrar a Europa y convertirse en ciudadanos de segunda. Cuando creo que tengo una semana difícil pienso en ellos, los que no quieren ninguna de esas tres cosas. Ni saben dónde queda Haedo.

Ahora estoy frente a la última encarnación del rostro del estudiante marroquí: está en la tapa de un libro. Es la edición argentina (Mardulce Editorial) de los escritos actuales de un estudiante de Letras sirio, un pibe de treinta años: Aboud Saeed. En el título en portada, la primera palabra es la palabra hereje, la apostasía: Yo. Luego dice: el más inteligente de Facebook. Y en el interior se despliega, traducida del árabe, una larga serie de entradas de Facebook que Saeed posteó en los últimos años, sobre todo en 2011. Saeed vive cerca de Alepo, que se dice que es la ciudad habitada más antigua del mundo. Trabaja de herrero y simpatiza con los revolucionarios laicos, pero no es un militante. Odia a las otras dos fuerzas en conflicto: el gobierno y los grupos fundamentalistas. Y está todo el día, por medio de una conexión pirata, subido a las redes sociales. En general escribe posts de levante para, en un mecanismo que ya describieron tipos tan disímiles como Freud o Charly García, tener con quién coger mientras caen las bombas. Pero algunos de esos posts son formas de la más alta poesía, melancólica y sensual, propia de la tradición árabe. Van cayendo a la par de las bombas y las balas que podrían matar a su autor como mataron a muchos de sus vecinos, esos poemas de la supervivencia y el deseo. Y florecen mientras la conexión que los viraliza, la casa que los moldea, el yo que les da impulso y la ciudad que les da sentido pueden desaparecer.

(sigue)

Cuatro pelis de adolescentes

enero 2, 2015 by

En esa etapa que va desde dejar atrás la escuela primaria hasta dejar atrás (o al menos creérselo) la casa de los viejos; durante esos años consagrados al robo de gestos y momentos restitutivos de una felicidad que existió o, mejor todavía, de la que se fue testigo, salvajemente exhibida por los veinteañeros, y que por lo tanto ahora se merece; en ese tiempo donde no asoma fácil, pero tampoco imposible, romper la ley y sentir que se le puede ganar por knock out a la administración de la vida, las personas vivimos lo que la gente de otro planeta llama “adolescencia”. Palabra rara, que invita a pensar que todo suma y que las correcciones que nos hacían fueron al pedo (no es ni con s ni con c, ¡es con las dos!), pero que igual rechazamos, cuando tenemos esos años, porque nos resulta vacía de contenido: como si existiera otra edad. “Viene de adolecer, que significa sufrir”, dice la tía más volcada a los programas de media tarde. La tía inventa mal, su perversidad llega al punto de querer fraguarle a nuestros días una fatalidad instalada en el idioma. Nada que ver, viene de adulto, dice un primo al que odiamos porque es “joven”. Qué jodidos son todos. Si venía de sufrir era mejor.

Y aunque no sé si es muy representable –es la edad donde andamos siempre peleados con las imágenes–, lo cierto es que el cine supo buscar la adolescencia con una  tenacidad implacable, y lo hace cada vez más. Lo que el cine encuentra en ella, en principio, no siempre, es un final abierto, y eso, para toda película que le escapa a Hollywood, se diría que es casi una obligación. Las historias de adolescentes tienen además otra característica y es que, en cine, suelen ocurrir en el mismo tiempo desde el cual se las narra –hay excepciones, como María Antonieta de Sofía Coppola o, en nuestro país, la versión que hizo Javier Torre de El juguete rabioso– mientras que, en la literatura, la adolescencia retratada muchas veces “atrasa” unos quince o treinta años, ubicándose en la edad del pavo extendida del propio escritor. Punto, entonces, para los directores de cine por sobre los narradores, que son más nostalgiosos.

Podríamos hablar de veinte, treinta, cincuenta películas que vemos cada año y en donde los protagonistas están ahí, en esa intemperie. Yo voy a hablar de cuatro que se estrenaron hace muy poco, en este 2014 de alto contenido púber, año en que el trono del idealismo fue finalmente desocupado por el Che Guevara para pasar a manos provisorias de Pepe Mujica y donde hasta los chicos católicos, por lo común formateados en la displicencia, siguen escuchando y tratando de asimilar el “Hagan lío” del Papa.

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“No pertenecería a ningún club que me acepte como socio”. La frase es de Groucho Marx y solía repetirla mi psicoanalista. La complementaria vendría a ser: “Sólo me haría de un club que no me acepte, que me cierre la puerta”, y creo que por este lado hay que entrarle a la última película de Sofía Coppola, The Bling Ring.

Si un club no te acepta es porque naturalmente pertenecés a él. Los círculos están más cerrados cuanto más iguales son sus integrantes y los que quedan afuera. Si las estrellas de la farándula fueran distintas y tuvieran otro estilo de vida, no habría barreras artificiales separándolas de sus fans. Saltar esas barreras, entonces, no exige gran cosa: ni estudiar, ni devenir, ni ponerse las pilas. Literalmente es eso, saltarlas, saltar el cerco, entrar como un ladrón. La forma más efectiva para ser admitido en un grupo cerrado es bardeando a sus integrantes, invadiendo sus espacios. Si te interesa. Y a los chicos de esta película es lo único que les interesa.

No quieren ser artistas ni ingenieros ni coger; quieren tener muchas ropas de marca, que es lo que tiene la farándula. La envidia es su epistemología; el Nombre del Deseo es Louis Vuitton. El problema de estar tan atravesados de cultura (aunque sea cultura berreta, marquera) es que los vuelve un poco decrépitos ya a los dieciocho. La ausencia total de espacios abiertos, no legislados, es acá la tragedia que corre por debajo. Lo otro muy importante es que la película está basada en una historia real, de un grupo de adolescentes que en California, durante 2008-9, robaron las casas de media docena de famosos. Sólo que los verdaderos “bling ring” eran más latinos y morochos, y los de Coppola son menos latinos y morochos. Esto tiene una explicación y es que la directora creció en una época en que el hall de la fama en Estados Unidos era todavía muy rubio. Madonna estaba en su horizonte como para estos chicos está Jennifer Lopez.

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Los adolescentes protestan y luchan contra el sistema hasta que se enamoran de alguien y mandan la política al closet. Viven enamorados hasta que un día les toca cocinar pasta y la vida se vuelve un desencuentro y la pasta mata al sexo. Alrededor no hay nada: ni amigos ni humor. El cuerpo herido por la infamia de existir en sociedad se refugia en el sistema de educación o en las redes de la gestión cultural: a los veinticinco se es un docente solitario, el Profesor Isla.

De Sthendal a Rohmer, todo convertido en nada. Un solo brillo en la película, el de las pieles y los cuerpos, obviamente atrae más a los adultos fetichistas y llorones que a los adolescentes, que ignoran lo que es pajearse con la plenitud perdida. Salí del cine, después de ver La vie d’Adèle, con la sensación de que Francia está muy vieja.

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En la vida, cuando la cabeza de un adolescente guarda un impulso a punto de estallar, casi nadie se da cuenta de eso hasta que estalla. En las películas malas, en cambio, los pibes hablan, protestan y anuncian todo el tiempo que se viene un quilombo. Por eso me gusta la última película de Celina Murga, La tercera orilla: porque es como la vida. No pienso contar nada de la historia más que el punto de arranque: en una ciudad chica de Entre Ríos (parece ser Concordia o Concepción del Uruguay), un médico y dueño de un laboratorio tiene dos familias: la mainstream, con esposa joven e hijito prolijo obligado a jugar rugby, y la clandestina, con mujer bonachona, hija mujer a punto de cumplir quince años y dos hijos varones: un chiquilín igual a Fontanini (defensor de San Lorenzo) y uno de 17 que es el que, bueno, un día estalla.

¿Se acuerdan del comienzo de Buenos Aires Viceversa de Agresti, del tema de Pescado Rabioso que le vuela la cabeza al pibe protagonista?  Acá el comienzo es todo lo contrario: los cuatro chicos de las dos familias jugando tranquilos en el patio al Ludomatic. Son diez minutos maestros los del comienzo. De la directora se dice que capta a la perfección la adolescencia, que ya lo hizo en sus películas anteriores. Lo hace sin la neurosis de creer que la película tiene que tener sacudidas porque la adolescencia es así. Pero claro que en un momento invade la rabia. Y en un karaoke el chico canta un cover de Spinetta muy punk.

La crítica del film señaló el contraste entre el padre monstruoso (su doble vida es monstruosa) y el hijo mayor que quiere cambiar el juego. Está bien, pero La tercera orilla no es un esquema simple. El héroe tiene rasgos del “enemigo”, y lo sabe. Le gustan algunas cosas del enemigo, le gustan mucho. Y además sabe muy bien que está en una encrucijada y que su caso no es tan simple como rajar de casa. Walter Benjamin decía que lo único irremediable en la vida es no haberse ido a tiempo de la casa paterna: lindo, a mí a los 19 me sirvió. Pero este pibe tiene que romper con la ley del padre y al mismo tiempo es el hombre de la casa (el otro es apenas un visitador y un proveedor de electrodomésticos nuevos).

La peli es un relectura del que para muchos es el mejor cuento de la literatura brasileña: “La tercera orilla del río” de Guimaraes Rosa. Cuentazo y gran canción de Caetano Veloso también. Es claramente una relectura no sólo por el homenaje en el título sino por cómo se conforma la familia en ambas historias: madre, hija mujer, dos hijos varones, padre evasivo. Pero después están las diferencias. En el cuento de Guimaraes Rosa el padre un día dice “me voy” y se sube a la canoa para perderse (“y lo dejé todo por esta soledad”, podría cantar ese padre). Acá el progenitor siempre fue un desnorteado y el que efectivamente canta “y lo dejé todo…” es el hijo, que tiene que irse para dejar de ser adulto prematuro y convertirse en un hombre a tiempo.

Los últimos quince minutos los pasé llorando, porque las historias de responsabilidades tempranas me conmueven. La escena final, que vi por ahí que fue bastante criticada, no me resultó fascinante ni esperaba que lo fuera. Me pareció, también, como la vida a los dieciocho, sin brillo ni espamento externo, el iceberg de la adolescencia bajando tranquilo, sus aguas preparándose para un nuevo curso –cuando la veas, lector, acordate cómo fue.

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Finalmente está Boyhood, la más exhaustiva de las películas abiertas. Filmada durante trece años, desde que el actor y protagonista era un chiquito hasta que cumple diecinueve y entra a la universidad. Y filmada por un director, Linklater, que evidentemente es un experto de la fragmentación amable, de la elipsis clara, de la Gran Obra sin pretensión. Está tocada por la maravilla que el psicoanálisis nunca va a explicar: cómo un padre y una madre bastante desastrosos pueden “hacer” de su hijo un gran tipo. La película hace foco en el chico pero es también una historia de maternidad, de paternidad y de hermandad, y uno como espectador siente su nariz moviéndose tan libre de cualquier tironeo por parte del director que al final es por esa razón, por esa soltura, que pudimos ponernos en la piel del chico, la chica, el padre y la madre. Este cronista, mientras la veía, fue una madre a la que los hijos le crecen y la dejan sola. Y fue también el padre que es, llevando a sus hijos a la cancha de San Lorenzo y hablando hasta por los codos de Romagnoli, como Ethan Hawke habla de ese beisbolista que todavía la rompe a los cuarenta. Eso atraviesa la charla entre un padre y su hijo adolescente: el mito del jugador pasado de años pero cuyo lugar no podría ser ocupado por ningún otro. Es la forma que tenemos de decir que está bien crecer, o que no está tan mal, mientras exista, tenue y a cierta distancia, la figura del viejo irreemplazable.

Barrera

diciembre 21, 2014 by

El aullido de los perros a la luna se explica.
Los bocinazos de los autos a la barrera, no.
El bulldog industrial con su correa
atada a la capital
apenas puede con sus fallas y encima
sufre una ajena: de cálculo.
Oro o lo que sea
estos minutos valen.
Chorrea la frente, los pies le pesan, se evapora
y entiende que la paciencia es el cuarto
estado de la materia. Detrás de él,
reservas de Ulises aguardan
la navidad de los autos, la condición
de nave que salga volando.
Hay, quién dijo que no,
en este lugar
todo tipo de fantasías
forjando familias tan nerviosas como imaginarias
a las que la cena se les atrasa.
Y hay un auto, a veces, que,
con la barrera alta, igual no arranca,
su conductor tomado por un nuevo puro límite
o ya midiendo el lío en que va a meterlo
su revelación.


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