Puntal en el desprendimiento

febrero 20, 2015 by

La biblioteca estaba un poco fría y distante, y teníamos que volver a enamorarla. Recién casados, mi mujer y yo un día miramos los estantes y descubrimos con terror una especie de aburguesamiento general del espacio libresco. Alguien –no nosotros sino un espíritu maligno– había ordenado los libros por editorial, por forma, por color y en última instancia –la más terrible– por ambición de tener todo: todos los números de una revista, toda la serie de una colección, todos los títulos de una editorial. Faltaba incompletud en esa biblioteca. Sobraba dejadez en esa sofisticación. Y el matrimonio acusaba el impacto de esas cosas con las que te casás para amortiguar la omnipresencia del matrimonio: cuando esas cosas se estancan, cuando no corre aire y algún punto de imprevisión entre ellas, terminan lastimando. Es una verdad que no siempre se dice: el mundo ha logrado instalar en las cabezas de las parejas la idea de que el Todo le da sentido a las Partes. Se acumula porque es “lindo”, porque la serie queda bien si está completa, aunque algunas temporadas no te interesen. Es algo que se llama fetichismo, y no es que sea un virus totalmente ajeno a la dimensión invasiva del amor –del amor por la vida, por la pareja– pero es algo que se puede combatir y hasta erradicar. El matrimonio en sí no es aburrido; el problema es casarse y coleccionar todos los libros de Caja Negra o de Anagrama.

Así que nos miramos y dijimos: “Hay que empezar de nuevo, y algo de sangre va a correr”. Llegó entonces el tiempo de la selección: chau hermosas tapas huecas, chau partes insustanciales de conjuntos, chau traducciones al anagrameo de novelas que nunca nos iban a dar placer. Mantuvimos ciertas cuchas, porque los dos las necesitamos: ahí el sector de poesía, más allá el de los cuentos y novelas, los estantes de abajo (que son los más altos) para el arte y la historieta; los de arriba para la historia, la filosofía, el ensayo… No nos interesaba postular el desorden tanto como defender la incompletud. Y por suerte vino un año malo, los dos tuvimos menos trabajo y la crisis terminó de salvar a la biblioteca y al matrimonio. Tener menos plata nos ayudó a dejar de tener lo que no nos interesaba. No sólo se acabó eso de comprar libros por la pinta del envase o por la serie que formaban; además fuimos al parque y vendimos o canjeamos todo lo que estaba en nuestra biblioteca de pura facha. Lo que quedó se ordenó en un esquema muy básico de sectores (“esta parte es narrativa; esta sub-parte, chilena”) pasibles de hincharse o desinflarse por cualquier lado: por el medio, por las puntas. Uno de los dos arriesgó un orden alfabético, que por suerte no implementamos. Y así las cosas mejoraron, volvimos a enamorar a la biblioteca y, contentos con el resultado, al poco tiempo éramos de nuevo, mi mujer, el espacio de los libros y yo, un pequeño ecosistema familiar volcado por igual al orden y a la aventura.

En la volada cayeron libros de editoriales grandes, mundiales y conocidas, y otros de sellos chicos, locales y colorinches que alguna vez compramos pensando que iban a ponerle algo de picante y desfachatez a nuestra relación (con la biblioteca). Teníamos por ejemplo unas diez novelas de “nuevos narradores argentinos”, todas escritas en primera persona, y en donde el protagonista era un escritor de barrio que viajaba a Alemania a presentar su libro y terminaba pudriéndose del show business literario y comiendo feliz un shawarma de parado en una estación de tren (de un suburbio obrero berlinés). Teníamos también tropas de relatos en donde el héroe era un joven porteño ortodoxo que consumía drogas, chateaba, bailaba música electrónica y en sus sueños jugaba al tenis con Fogwill. Las habíamos comprado porque, desde sus tapas perfectamente diseñadas como pastillas, prometían un mundo de tibia locura llevadera y revitalizante. Lo que no sabíamos es que ese furor vital lo íbamos a sentir recién cuando las fletamos de casa. En cierto modo nuestra biblioteca ya lo sabía, y por eso había tomado esos libros como si nada para depositarlo en el rincón más apagado e inútil –o afuncional, si se quiere– de su aparato digestivo –en el apéndice, digamos– o para subordinarlos a eso que ya expliqué: la tiranía de las series, las simetrías visuales, los lomitos que relucen en los estantes.

Hoy sólo dejamos que se queden en casa los libros que vamos a querer leer otra vez. Ese es el dogma: cuando los dos leemos un libro y sentimos que nunca más vamos a querer leerlo, lo vendemos o lo canjeamos o lo regalamos o lo tiramos a la basura. Lo que nos gusta –la parte “no invasiva”, la llamamos– se queda en la biblioteca, y claro que uno nunca sabe si efectivamente va a releer tal o cual libro, pero de esa incógnita también se nutre la divina incompletud. De los que se quedan ninguno tiene, en principio, garantía de quedarse para siempre; casi todos están sujetos a la posibilidad de que en la segunda lectura (o en la tercera, que bien dicho es la segunda de la segunda) les toque tener que emigrar. En cuanto a la “parte invasiva”, le armamos la valija ni bien la detectamos y listo. Libro que no nos gustó va de regalo a alguien a quien podría gustarle o va a las webs de reventa, o va al parque, o va de última, si creemos que nadie se merece ese oprobio, va al tacho de basura, lo cual también es una forma de dar valor.

Tomar decisiones caseras es hermoso; no activarlas es horrible. Hoy se habla mucho de los libros digitales y su supuesto triunfo y la próxima desaparición del libro impreso. Es una gran mentira digitada desde el interés o desde el miedo, y eso que pronostican no va a ocurrir. Dos cosas hacen que el mundo de la edición digital esté condenado al fracaso: una es que sus libros no pueden compartirse; la otra, más importante, es que no se los puede reventar. El libro digital es un fiasco porque no tiene valor de desprendimiento; eso es algo que muchos editores no pueden ver porque ponen a los lectores en el lugar pasivo del consumidor. Pero para los verdaderos lectores que siempre existieron y existirán sólo importan los libros en la medida en que pueden dejar de tenerse. Compramos porque podemos perder, leemos porque podemos olvidar y capturamos porque creemos en las dos dimensiones del desprendimiento: la generosa del regalo y la fría del abandono, la reventa o la destrucción en el tacho de basura. Las parejas que no entienden esto  están amenazadas en el futuro mucho más que los libros, a menos que asuman esta verdad que hoy sabemos en casa: lo que no se puede soltar no se puede amar.

Enero de 2015

 

Barrio de gatos

febrero 11, 2015 by

Soy el único, en esta larga hilera de pehaches, que tiene ventana en la medianera. Esa pequeña ilegalidad –ínfima en el barrio de Flores– hace que la luz del sol llegue a este primer piso también por el oeste. Y hace que puedan visitarme los gatos de la casa de al lado: tres gatos adultos, de alrededor de seis años, que se pasan los días en una terraza enorme debajo de la cual se instaló una nutrida familia okupa. Independientes como sus hermanos los gatos callejeros, los tres viven de la caza de pajaritos, trepándose a las ramas del plátano en la vereda o haciendo excursiones al pulmón de manzana. Desde que están los okupas, aprovechan también los restos de comida de ellos. Pero no son gatos domésticos, al menos no en el sentido habitual. Son señores de una casa que hoy tiene personas. Vienen a mi departamento casi todas las tardes, a la hora en que el sol ya no les gusta mucho. Entran por la ventana y se quedan en el living, no los dejo pasar a la pieza. Y pueden cruzarse a veces con otros gatos: los domésticos de mis copropietarios. Estos visitan mi pehache de tanto en tanto, cuando sus dueños no están. Se cuelan por la puerta si la dejo abierta, o por las ventanas que dan al este y al pasillo. Tampoco vienen buscando comida, sino contacto con los gatos de al lado.

Alberto Breccia decía que todo buen dibujante debe tener gatos, y que cuantos más gatos tenga, mejor dibuja. Él no quería quedarse atrás: tenía catorce. Mis hijos dibujan y quieren mucho a los dos gatos que tienen en la casa de la mamá, pero todavía no los vi dibujar un gato. Quizás el secreto sea un amor incondicional, que no pide representación. Tampoco la obra de Breccia es generosa en felinos –sus animales tienen más arrugas: perros, hombres. Si la representación del gato no corresponde o está de más (pero a la vez se aprende a dibujar mirando gatos), hay ahí una moral estética. Quizás tenga que ver con esto otro que leí: los gatos son los únicos animales que se domesticaron a sí mismos. Las personas no los amansamos, ellos vinieron y se quedaron cerca de las casas. Y autodomesticarse nunca es lo mismo que ser domesticado. Los dibujantes pintan la aldea teniendo en cuenta esa diferencia, y representan a los gatos con más cautela que al resto de los seres y las cosas.

Ahora acaba de irse el gato de mi vecina de abajo, Patricia. Se llama Simón y hoy estaba solo. Empezó a venir cuando Patricia, que en los 80 armó un fanzine y una banda punk, estaba de gira presentando el libro que recopila aquellas viejas fotocopias y tocando con su nueva banda de cumbia. Patricia hace yoga y quiere mucho a Simón; es lo contrario de esa pionera del punk que se le ocurrió a Capusotto en la tele, Violencia Rivas, y que termina cada capítulo revoleando un gato o pegándole un tiro. Mi vecina es incapaz de maltratar a nadie, pero a Simón a veces lo deja solo porque, bueno, le está yendo bastante bien con la banda. En la misma manzana, del otro lado del pulmón verde, vive Juancito, un tipo con un corazón enorme, que antes cantaba en Pequeña Orquesta Reincidentes y ahora tiene grupo nuevo, Acorazado Potemkin. A este ritmo, y si su banda sigue en ascenso, ya van a venir también sus gatos a mi casa.

Van a sumar catorce en cualquier momento. De ninguno de ellos voy a decir que es “mi gato”, lo que sería un oxímoron. No voy a creer que son míos ni voy a representarlos: perdí el don de dibujar, nunca me gustó la manía de sacar fotos. Será mi secreto contra esta época: convivir con gatos y no mostrarlos. Un día surgirá de Alemania un ensayista serio, un filósofo riguroso, con la respuesta al enigma de hoy: por qué tanta gente ganó nuevas herramientas para comunicarse pero las usa para sacarles fotos a sus gatos. Explicará el fastidio que el mundo actual siente por la palabra y a la vez el abuso de la primera persona que cometemos: dos dramas incompatibles, dirá ese alemán, salvo en las fotos con “mi gato”.

Voluntad de domesticarse a uno mismo: eso podría estar sugiriendo la representación sin esfuerzo del gato en millones de fotos. Esa confianza o esa ilusión. Un animal vuelto metáfora de la pertenencia a medias, según nuestras propias condiciones, a la gran casa virtual. Sin embargo antes de internet éramos nómades. Recién hoy algo nos domestica.

No paro de escribir desde hace tres noches; debe ser por la luna llena, porque el whisky se acabó. Pongo todo mi esfuerzo en estar quieto y por la ventana de la medianera miro la terraza de al lado. Ahí están, esos extraños. Esos que cada tarde me visitan. Curtidos y ágiles, ni callejeros ni familiares, los tres ahora en actitud vigilante, preparados para cazar cualquier bicho desprevenido, mientras en los departamentos de la cuadra duermen los otros gatos, los domésticos, contentos porque hoy es martes y no hay recitales ni bares ni nada, y sus dueños duermen con ellos.

Enero de 2015

La selfie del fiscal

enero 23, 2015 by

Ayer leí las primeras 200 págs del libro de Nisman. Lo más llamativo de ese texto es su bipolaridad. Está dirigido a un Juez Federal pero también a un público lector. Para eso Nisman se atreve a conjugar tonos que me imagino que en un texto jurídico no son los más comunes. Abusa de dos procedimientos retóricos: 1) la interpretación de sucesos puntuales de la causa como acontecimientos (tristemente) singulares de la historia argentina. Esta veta historiadora de raigambre claramente sarmientina se asienta en oraciones de tipo “Nunca antes en nuestra historia … (había pasado tal cosa)”. 2 ) Lo otro es la profusión de observaciones cortitas y emocionales al pie, por ejemplo cada vez que, después de una oración larga y “correcta” en términos del discurso jurídico, remata con cosas como “Vaya ironía”, así, entre puntos. Son, para mí, zonas del texto que ponen en evidencia el doble destinatario y traslucen, a su vez, los problemas típicos de los textos con doble destinatario: que uno termine produciendo medio mensaje para cada tipo de lector, en vez de un mensaje completo para un lector determinado. Pero otra cosa también sentí yo después de leer esas primeras 200 páginas: Nisman no se suicidó. Alguien que escribe “Vaya ironía” no se suicida. Está(ba)mos ante un jugador, independientemente de sus convicciones, un verdadero jugador, alguien sin el menor conflicto interno a la hora de ponerse en juez moral de la historia -y aclaro que el discurso jurídico en general requiere eso, un tono moralmente superior, pero no un “yo” moralmente superior; el discurso jurídico justamente se cuida de esto último evitando toda retórica más o menos impulsiva. Nisman hace lo contrario. Nisman hace todo, toca todas las cuerdas posibles, su discurso es la pesadilla del rizoma bajo control.
Como nota al pie, ayer hablábamos de esto con mi amiga Mon Sendra y salió de la nada en la conversación algo que dice Kurt Vonnegut cuando habla de los “self-indexers”, la gente que es “auto-indexadora”, los escritores que te mandan un manuscrito y ellos mismos se hacen el índice del libro. Decíamos con Mon: un tipo que le hace el índice a su propio libro es alguien que es capaz de vender a la vieja. No me es fácil pensar la relación entre esto del self-indexer y Nisman, pero la sentí con mucha fuerza. Quizás se deba no sólo a su discurso escrito sino también a algo que me llamó muchísimo la atención: que el sábado Nisman haya desplegado minuciosamente sobre una mesa de su casa las hojas de su denuncia y haya sacado (y enviado) una foto de esa mesa, una foto probatoria de la aplicación y el esfuerzo de su trabajo. Una selfie autoindicial

No hay más Dios (que Dios)

enero 7, 2015 by

En la mesa de un barcito de la costa atlántica, hace quince años, de visita en la ciudad marroquí de Larache, escuché por primera vez hablar de “post-islamismo”. Un estudiante ateo, o laico, que nos invitó a mi amigo y a mí a compartir su mesa, mencionó el concepto. Ahí, en el borde más cercano a Occidente del mundo de la sumisión a Dios o islam, el futuro se presentaba luminoso para aquel pibe que no había querido, dijo, irse a vivir a Europa y convertirse en ciudadano de segunda. Veía un avance de la democracia en los distintos países musulmanes, desde las playas de Larache hasta la isla más oriental de Indonesia, casi pegada a Australia, y estaba tan confiado en el futuro que, cuando se habló de grupos fundamentalistas, dijo que cada vez convocaban menos adeptos. Muchos de esos pequeños grupos se nucleaban en una historia y un nombre: Hermanos Musulmanes. Para los teóricos y los partidarios del post-islamismo, estaban condenados a desaparecer. Hace quince años nos sentábamos, mi amigo Federico y yo, en ese barcito donde, según el estudiante marroquí, alguna vez se habían sentado a tomar té con menta Bob Marley y los Rolling Stones. A unos metros estaba la playa y el mar abierto, celeste; un poco más lejos, en un vallecito, las ruinas romanas, totalmente abandonadas entonces, de la estación de Lixus: punto de embarque marítimo de leones africanos hacia los circos de Roma. En la televisión del bar –un local donde sólo entraban hombres– estaban pasando “Expedientes Secretos X”.

Nos explicó que en el futuro, en el post-islamismo, los países musulmanes iban a respetar la libertad de culto, y que las mujeres iban a tener los mismos derechos que los hombres –ahí el pibe nos dijo: “como en Argentina”. Nos sorprendió entonces con lo que conocía de Argentina: Menem, Evita, la música de Sandro. Se guardó para el final un golpe de efecto: “Tengo un primo en Haedo. Sus hermanos viven en Europa, pero él es el único que vive feliz”. Mientras charlábamos, en un momento me sentí atraído por el doblaje al árabe de los Expedientes X.  Y me di cuenta de  que, cada vez que Mulder movía la boca, salían palabras, mientras que, cuando era Dana la que movía los labios, sólo de vez en cuando los acompañaba algún sonido, apenas en los momentos, interpreté yo, en que la trama tenía algo muy importante para decir a través de ella.

Quince años más tarde, en el ámbito musulmán ya no se habla de post-islamismo, y hasta se esgrime la etiqueta opuesta: el resto del mundo que aún no abrazó el Corán vive en un estado de ignorancia “pre-islámica”. O sea, lo que nos define hoy a nosotros es que somos pasajeros en trance al Islam. El concepto de ignorancia pre-islámica es del filósofo egipcio Sayyid Qubt, uno de los héroes fundacionales del movimiento Hermanos Musulmanes. Qubt se formó en Estados Unidos lo mismo que su pupilo Osama Bin Laden, y acabó desarrollando una tesis según la cual el gran enemigo del islamismo es la religión del individualismo (que aunque hoy triunfe en Occidente es, para este autor, una religión primitiva, propia de los antiguos pueblos politeístas). El Yo es el Mal, es el falso dios, venga de la boca de un norteamericano o de un árabe. El eslogan de la tesis de Qubt, sencillo, es: “No hay más Dios que Dios”. Y en un trecho de de su libro Jalones en el camino se dice que: “La tierra no puede ser purificada mientras el estandarte ‘No hay más Dios que Dios’ no se haya propagado por el planeta”.

Del estudiante marroquí con familia en el conurbano oeste nunca supe más nada. Pero en estos quince años me acordé seguido de él. Una década corrió entre la destrucción de las Torres Gemelas, aquel “Never mind the bullocks” de Osama Bin Laden, y la revolución en Túnez, democrática y encabezada por estudiantes. El universitario tunecino que en 2010 se mató prendiéndose fuego en la calle, y que con ese gesto inició la llamada “primavera árabe”, tuvo para mí la cara de aquel marroquí que quizás ya sabía, a fines de los ’90, que no iba a ser tan fácil instalar el futuro post-islamismo. Las protestas en Túnez se derramaron a Egipto, Jordania, Argelia, también a Siria. Los logros, parciales en el mejor de los casos, siguen defendiéndose hoy a través de acciones de protesta y milicias revolucionarias. Las lideran jóvenes que no quieren vivir bajo dictaduras algo tolerantes en lo religioso pero aun así interesadas en mantener al grueso de la población en estado de miseria y analfabetismo; jóvenes que tampoco quieren un gobierno fundamentalista opuesto a aquellos “dictadores laicos” y signado por las ideas de los Hermanos Musulmanes. Jóvenes que tampoco quieren la alternativa del exilio: emigrar a Europa y convertirse en ciudadanos de segunda. Cuando creo que tengo una semana difícil pienso en ellos, los que no quieren ninguna de esas tres cosas. Ni saben dónde queda Haedo.

Ahora estoy frente a la última encarnación del rostro del estudiante marroquí: está en la tapa de un libro. Es la edición argentina (Mardulce Editorial) de los escritos actuales de un estudiante de Letras sirio, un pibe de treinta años: Aboud Saeed. En el título en portada, la primera palabra es la palabra hereje, la apostasía: Yo. Luego dice: el más inteligente de Facebook. Y en el interior se despliega, traducida del árabe, una larga serie de entradas de Facebook que Saeed posteó en los últimos años, sobre todo en 2011. Saeed vive cerca de Alepo, que se dice que es la ciudad habitada más antigua del mundo. Trabaja de herrero y simpatiza con los revolucionarios laicos, pero no es un militante. Odia a las otras dos fuerzas en conflicto: el gobierno y los grupos fundamentalistas. Y está todo el día, por medio de una conexión pirata, subido a las redes sociales. En general escribe posts de levante para, en un mecanismo que ya describieron tipos tan disímiles como Freud o Charly García, tener con quién coger mientras caen las bombas. Pero algunos de esos posts son formas de la más alta poesía, melancólica y sensual, propia de la tradición árabe. Van cayendo a la par de las bombas y las balas que podrían matar a su autor como mataron a muchos de sus vecinos, esos poemas de la supervivencia y el deseo. Y florecen mientras la conexión que los viraliza, la casa que los moldea, el yo que les da impulso y la ciudad que les da sentido pueden desaparecer.

(sigue)

Cuatro pelis de adolescentes

enero 2, 2015 by

En esa etapa que va desde dejar atrás la escuela primaria hasta dejar atrás (o al menos creérselo) la casa de los viejos; durante esos años consagrados al robo de gestos y momentos restitutivos de una felicidad que existió o, mejor todavía, de la que se fue testigo, salvajemente exhibida por los veinteañeros, y que por lo tanto ahora se merece; en ese tiempo donde no asoma fácil, pero tampoco imposible, romper la ley y sentir que se le puede ganar por knock out a la administración de la vida, las personas vivimos lo que la gente de otro planeta llama “adolescencia”. Palabra rara, que invita a pensar que todo suma y que las correcciones que nos hacían fueron al pedo (no es ni con s ni con c, ¡es con las dos!), pero que igual rechazamos, cuando tenemos esos años, porque nos resulta vacía de contenido: como si existiera otra edad. “Viene de adolecer, que significa sufrir”, dice la tía más volcada a los programas de media tarde. La tía inventa mal, su perversidad llega al punto de querer fraguarle a nuestros días una fatalidad instalada en el idioma. Nada que ver, viene de adulto, dice un primo al que odiamos porque es “joven”. Qué jodidos son todos. Si venía de sufrir era mejor.

Y aunque no sé si es muy representable –es la edad donde andamos siempre peleados con las imágenes–, lo cierto es que el cine supo buscar la adolescencia con una  tenacidad implacable, y lo hace cada vez más. Lo que el cine encuentra en ella, en principio, no siempre, es un final abierto, y eso, para toda película que le escapa a Hollywood, se diría que es casi una obligación. Las historias de adolescentes tienen además otra característica y es que, en cine, suelen ocurrir en el mismo tiempo desde el cual se las narra –hay excepciones, como María Antonieta de Sofía Coppola o, en nuestro país, la versión que hizo Javier Torre de El juguete rabioso– mientras que, en la literatura, la adolescencia retratada muchas veces “atrasa” unos quince o treinta años, ubicándose en la edad del pavo extendida del propio escritor. Punto, entonces, para los directores de cine por sobre los narradores, que son más nostalgiosos.

Podríamos hablar de veinte, treinta, cincuenta películas que vemos cada año y en donde los protagonistas están ahí, en esa intemperie. Yo voy a hablar de cuatro que se estrenaron hace muy poco, en este 2014 de alto contenido púber, año en que el trono del idealismo fue finalmente desocupado por el Che Guevara para pasar a manos provisorias de Pepe Mujica y donde hasta los chicos católicos, por lo común formateados en la displicencia, siguen escuchando y tratando de asimilar el “Hagan lío” del Papa.

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“No pertenecería a ningún club que me acepte como socio”. La frase es de Groucho Marx y solía repetirla mi psicoanalista. La complementaria vendría a ser: “Sólo me haría de un club que no me acepte, que me cierre la puerta”, y creo que por este lado hay que entrarle a la última película de Sofía Coppola, The Bling Ring.

Si un club no te acepta es porque naturalmente pertenecés a él. Los círculos están más cerrados cuanto más iguales son sus integrantes y los que quedan afuera. Si las estrellas de la farándula fueran distintas y tuvieran otro estilo de vida, no habría barreras artificiales separándolas de sus fans. Saltar esas barreras, entonces, no exige gran cosa: ni estudiar, ni devenir, ni ponerse las pilas. Literalmente es eso, saltarlas, saltar el cerco, entrar como un ladrón. La forma más efectiva para ser admitido en un grupo cerrado es bardeando a sus integrantes, invadiendo sus espacios. Si te interesa. Y a los chicos de esta película es lo único que les interesa.

No quieren ser artistas ni ingenieros ni coger; quieren tener muchas ropas de marca, que es lo que tiene la farándula. La envidia es su epistemología; el Nombre del Deseo es Louis Vuitton. El problema de estar tan atravesados de cultura (aunque sea cultura berreta, marquera) es que los vuelve un poco decrépitos ya a los dieciocho. La ausencia total de espacios abiertos, no legislados, es acá la tragedia que corre por debajo. Lo otro muy importante es que la película está basada en una historia real, de un grupo de adolescentes que en California, durante 2008-9, robaron las casas de media docena de famosos. Sólo que los verdaderos “bling ring” eran más latinos y morochos, y los de Coppola son menos latinos y morochos. Esto tiene una explicación y es que la directora creció en una época en que el hall de la fama en Estados Unidos era todavía muy rubio. Madonna estaba en su horizonte como para estos chicos está Jennifer Lopez.

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Los adolescentes protestan y luchan contra el sistema hasta que se enamoran de alguien y mandan la política al closet. Viven enamorados hasta que un día les toca cocinar pasta y la vida se vuelve un desencuentro y la pasta mata al sexo. Alrededor no hay nada: ni amigos ni humor. El cuerpo herido por la infamia de existir en sociedad se refugia en el sistema de educación o en las redes de la gestión cultural: a los veinticinco se es un docente solitario, el Profesor Isla.

De Sthendal a Rohmer, todo convertido en nada. Un solo brillo en la película, el de las pieles y los cuerpos, obviamente atrae más a los adultos fetichistas y llorones que a los adolescentes, que ignoran lo que es pajearse con la plenitud perdida. Salí del cine, después de ver La vie d’Adèle, con la sensación de que Francia está muy vieja.

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En la vida, cuando la cabeza de un adolescente guarda un impulso a punto de estallar, casi nadie se da cuenta de eso hasta que estalla. En las películas malas, en cambio, los pibes hablan, protestan y anuncian todo el tiempo que se viene un quilombo. Por eso me gusta la última película de Celina Murga, La tercera orilla: porque es como la vida. No pienso contar nada de la historia más que el punto de arranque: en una ciudad chica de Entre Ríos (parece ser Concordia o Concepción del Uruguay), un médico y dueño de un laboratorio tiene dos familias: la mainstream, con esposa joven e hijito prolijo obligado a jugar rugby, y la clandestina, con mujer bonachona, hija mujer a punto de cumplir quince años y dos hijos varones: un chiquilín igual a Fontanini (defensor de San Lorenzo) y uno de 17 que es el que, bueno, un día estalla.

¿Se acuerdan del comienzo de Buenos Aires Viceversa de Agresti, del tema de Pescado Rabioso que le vuela la cabeza al pibe protagonista?  Acá el comienzo es todo lo contrario: los cuatro chicos de las dos familias jugando tranquilos en el patio al Ludomatic. Son diez minutos maestros los del comienzo. De la directora se dice que capta a la perfección la adolescencia, que ya lo hizo en sus películas anteriores. Lo hace sin la neurosis de creer que la película tiene que tener sacudidas porque la adolescencia es así. Pero claro que en un momento invade la rabia. Y en un karaoke el chico canta un cover de Spinetta muy punk.

La crítica del film señaló el contraste entre el padre monstruoso (su doble vida es monstruosa) y el hijo mayor que quiere cambiar el juego. Está bien, pero La tercera orilla no es un esquema simple. El héroe tiene rasgos del “enemigo”, y lo sabe. Le gustan algunas cosas del enemigo, le gustan mucho. Y además sabe muy bien que está en una encrucijada y que su caso no es tan simple como rajar de casa. Walter Benjamin decía que lo único irremediable en la vida es no haberse ido a tiempo de la casa paterna: lindo, a mí a los 19 me sirvió. Pero este pibe tiene que romper con la ley del padre y al mismo tiempo es el hombre de la casa (el otro es apenas un visitador y un proveedor de electrodomésticos nuevos).

La peli es un relectura del que para muchos es el mejor cuento de la literatura brasileña: “La tercera orilla del río” de Guimaraes Rosa. Cuentazo y gran canción de Caetano Veloso también. Es claramente una relectura no sólo por el homenaje en el título sino por cómo se conforma la familia en ambas historias: madre, hija mujer, dos hijos varones, padre evasivo. Pero después están las diferencias. En el cuento de Guimaraes Rosa el padre un día dice “me voy” y se sube a la canoa para perderse (“y lo dejé todo por esta soledad”, podría cantar ese padre). Acá el progenitor siempre fue un desnorteado y el que efectivamente canta “y lo dejé todo…” es el hijo, que tiene que irse para dejar de ser adulto prematuro y convertirse en un hombre a tiempo.

Los últimos quince minutos los pasé llorando, porque las historias de responsabilidades tempranas me conmueven. La escena final, que vi por ahí que fue bastante criticada, no me resultó fascinante ni esperaba que lo fuera. Me pareció, también, como la vida a los dieciocho, sin brillo ni espamento externo, el iceberg de la adolescencia bajando tranquilo, sus aguas preparándose para un nuevo curso –cuando la veas, lector, acordate cómo fue.

*        *        *

Finalmente está Boyhood, la más exhaustiva de las películas abiertas. Filmada durante trece años, desde que el actor y protagonista era un chiquito hasta que cumple diecinueve y entra a la universidad. Y filmada por un director, Linklater, que evidentemente es un experto de la fragmentación amable, de la elipsis clara, de la Gran Obra sin pretensión. Está tocada por la maravilla que el psicoanálisis nunca va a explicar: cómo un padre y una madre bastante desastrosos pueden “hacer” de su hijo un gran tipo. La película hace foco en el chico pero es también una historia de maternidad, de paternidad y de hermandad, y uno como espectador siente su nariz moviéndose tan libre de cualquier tironeo por parte del director que al final es por esa razón, por esa soltura, que pudimos ponernos en la piel del chico, la chica, el padre y la madre. Este cronista, mientras la veía, fue una madre a la que los hijos le crecen y la dejan sola. Y fue también el padre que es, llevando a sus hijos a la cancha de San Lorenzo y hablando hasta por los codos de Romagnoli, como Ethan Hawke habla de ese beisbolista que todavía la rompe a los cuarenta. Eso atraviesa la charla entre un padre y su hijo adolescente: el mito del jugador pasado de años pero cuyo lugar no podría ser ocupado por ningún otro. Es la forma que tenemos de decir que está bien crecer, o que no está tan mal, mientras exista, tenue y a cierta distancia, la figura del viejo irreemplazable.

Barrera

diciembre 21, 2014 by

El aullido de los perros a la luna se explica.
Los bocinazos de los autos a la barrera, no.
El bulldog industrial con su correa
atada a la capital
apenas puede con sus fallas y encima
sufre una ajena: de cálculo.
Oro o lo que sea
estos minutos valen.
Chorrea la frente, los pies le pesan, se evapora
y entiende que la paciencia es el cuarto
estado de la materia. Detrás de él,
reservas de Ulises aguardan
la navidad de los autos, la condición
de nave que salga volando.
Hay, quién dijo que no,
en este lugar
todo tipo de fantasías
forjando familias tan nerviosas como imaginarias
a las que la cena se les atrasa.
Y hay un auto, a veces, que,
con la barrera alta, igual no arranca,
su conductor tomado por un nuevo puro límite
o ya midiendo el lío en que va a meterlo
su revelación.

La tónica del traductor

noviembre 21, 2014 by

Sé hacer fuego, pintar paredes, traducir, hacer un jardín,
enseñar a un perro, encuadernar, hacer ginebra.
Idea Vilariño

Sé escuchar. Es un don compensatorio por no ser un gran poeta. Voy por la calle y escucho; vuelvo a casa, me siento a hacer mi trabajo, y sigo escuchando. Soy traductor, que es como trabajar en un call center al revés: uno levanta el tubo y pone simplemente la oreja. Los textos llaman y hablan.

Todo habla, en realidad. La mayoría de las veces, para decir nada. O cosas muy menores, marginales, que quizás no deberían entretenerme. Voy por la calle y me divierto escuchando a gente que no conozco, me fascina sobre todo cuando los “atrapo” diciendo alguna de esas expresiones que son marcas de época. Esto último nos fascina a todos, ¿no? Escuchamos esas jergas y automáticamente se arma, en el Excel de nuestras cabezas, una planilla con la edad del que las pronunció y con algunos datos más (ambiente en que la persona se crió, si era medio boba en la adolescencia, si lo sigue siendo, etc.). Como el tipo que hoy le dijo a otro, en Parque Centenario: “¿Qué hacés, Desaparecido en Acción?”. Esas cosas también hablan. Los usos de la lengua. La sociolingüística es el porro del traductor.

En el primer párrafo, “levantar el tubo” es otra de esas expresiones datadas, no sé si se dieron cuenta. No uso celular y por eso ejerzo como último guardián de la expresión “levantar el tubo”. Pero también presto oídos a lo que inventa el presente, con sus jergas que a veces me alucinan y otras me dejan triste o perplejo. Hace unos días me preguntaba qué tuvo que pasar para que “Con vos tengo un problema” hoy se diga “Con vos tengo un bondi”. Esa es de las que me entristecen; pienso que un colectivo, un bondi, es algo que debería simbolizar un acercamiento, un contacto, y que “con vos tengo un bondi” tendría que ser más bien “hay algo que nos une”. Pero significa lo opuesto.

* * *

Mi trabajo es así: primero escucho esta lengua. En lugares cerrados y abiertos, en pasillos y parques. En boca de viejas locas que la parafrasean, de académicos que la subordinan, de poetas que la deforman, de actores de teatro que la modulan, de cajeras de supermercados chinos que la sintetizan. Después vuelvo a casa y escucho a la otra, la lengua extranjera. Radicada por un rato en mi departamento, instalada pero siempre de visita, está hecha de frases pronunciadas en otras calles, de Brasil o de Inglaterra, de Lisboa o de Chicago, y que los escritores de esos países roban y recrean. El tercer paso es buscar el semejante castellano para esas frases: de la mano de lo ajeno vuelve lo familiar. Palpo semejanzas entre idiomas, y no paro hasta desilusionarme de que exista una equivalencia perfecta.

Escucho también el rumor de las teorías de la traducción: son muchas, y todas enseñan algo. Si el quid de la literatura, desde el poema hasta la descripción, pasa por elegir una palabra dentro de un bol de posibilidades, ¿cómo no va a haber muchas preguntas (y teorías) acerca de por qué el escritor prefirió tal palabra? ¿Y cómo no van a ser más las preguntas cuando alguien agarra un segundo bol, lleno de opciones en otro idioma, y elige la propia? Para su historia el escritor pensó un obrero, un dandy, un secretario de la ONU y un pastor evangélico. Mantener la misma tónica del habla en cada personaje es, para el traductor, una obligación total. Y a la vez un imposible, pero no porque no existan formas y registros similares en cada lengua. Lo equivalente (que siempre existe) desbalancea. Transforma lo ubicado en desquiciado. Hace de un obrero portuario de la ciudad de Santos, un obrero portuario de Berisso. Y esa matemática fiel al mundo acá se vuelve tramposa. Hay textos que la admiten y otros que la rechazan. Algunos incluso la piden: los más desaforados, los más palabrísticos, son los menos difíciles de traducir. Pero no existe receta. Ninguna teoría es para todos los casos.

Dar con el tono pero sin marcarlo, y hacerlo con palabras que de por sí son marcas. Como no escucho gilipolladas, no las traduzco; pero tampoco traduzco boludeces. Es el principio que normalmente sigo, hablando mal y pronto, pero a veces me traiciono (córtenla con eso de que el traductor es un traidor, dice Marcelo Cohen, cuando en realidad es un traicionado). La salida muchas veces es una apuesta al cómo poner, en vez de al qué poner: una confianza en que el matiz que habrá de convertir a una frase traducida en una frase genuina de algún castellano real no pasa por el vocabulario (el vocabulario hasta puede ser el enemigo de una buena traducción) sino por la sintaxis, por una manera de poner el objeto antes del sujeto o un lugar particular donde colocar esas formas insidiosas que a veces son los pronombres. Todo sea porque un personaje brasileño que está cansado no se vaya a “apoliyar”, como ocurre en las versiones de algún colega. Si me perdonan la frase, creo que la sintaxis y a veces también la morfología pueden dar con el tono mejor que el léxico, y hacer que una traducción tenga su identidad de lugar sin decirla a los gritos. No creo en un vocabulario neutro o pan-hispánico (las palabras más comunes, las usadas para hablar de la ropa o las comidas, son distintas en cada país) ni tampoco en los refinamientos criollistas como ese famoso retruco de Borges según el cual lo rioplatense se capta mejor en palabras de uso amplio, como “patio”, que en otras locales como “bulín”.

* * *

No tengo credencial: soy traductor literario. La formación viene de leer literatura en mi idioma y al menos en una lengua más; la habilitación de trabajo, el certificado, no rige en ninguna parte. Se es traductor literario porque se convence a otras personas de que se lo es. Un título de licenciado en Letras o uno de traductor en el Lenguas Vivas pueden ayudar bastante. Un título de traductor público en alguna facultad de Derecho sirve para otras cosas, que requieren credenciales, como traducir un acta de divorcio. Para esto último la literatura es un mundo aparte. Un acta de divorcio se traduce sin la menor necesidad de leer Madame Bovary.

Traduzco del portugués y del inglés, dos lenguas que dan trabajo aunque por diferentes vías. El portugués, lo mismo que el francés, el alemán, el italiano, el ruso, el japonés y el chino, tienen un archivo de obras literarias extraordinario y dentro de él un puñado de autores conocidos y leídos en todo el mundo. Pero esas obras no tienen tanta demanda de lectores como las que se escriben en inglés. Por ende no generan tantas oportunidades de trabajo. Esto se matiza en el caso del portugués, el alemán y el francés porque existen fuertes programas institucionales creados para que sus literaturas, aunque no se vendan tanto, igual se difundan en el exterior. También el chino, el japonés y en menor medida el coreano, el holandés, el sueco o el finlandés son lenguas de estados con algún tipo de programa estable de apoyo a la traducción –en el caso del finlandés no es el estado sino el gremio de escritores el que otorga subsidios para la difusión internacional de sus obras. El italiano y el ruso son casos llamativos de tradiciones literarias enormes pero bastante desamparadas. En Argentina, un traductor literario puede llegar a vivir de su trabajo si la lengua que traduce es el inglés, el portugués, el alemán, el francés, en parte el japonés. Puede, en esos casos, sostener su profesión traduciendo cada año un puñado de libros de ficción, ensayo o biografías, reforzado quizás por algún manual o enciclopedia que, aunque son textos más “científicos”, circulan con reglas de la traducción literaria (y se alejan de la traducción legal de documentos, que es otro espacio y otra cosa).

Ocho libros por año es lo que hay que traducir para vivir básicamente de esto. O unas dos mil palabras por día, de lunes a viernes. Cansa, sobre todo si está cerca la fecha de entrega y uno tiene que apurar el ritmo. Cuando se traduce tres mil palabras por día, la barba crece más rápido. La convención para la tarifa en Argentina toma como unidad el millar, y lo que las editoriales pagan por mil palabras equivale, más o menos, al precio de una botella de whisky importado estándar (mayo de 2014: 200 pesos, 1 Jameson). Conviene entonces que la bebida te la inviten. Los encargos hechos por instituciones del Estado (ministerios, etc.), por individuales (autores) o por editoriales del exterior pueden tomar una tarifa más alta, la que uno propone o negocia.

* * *

En el siglo pasado era común que un traductor literario trabajara sólo para editoriales. Estas tenían un ritmo de edición más aceitado y hasta podía pasar que el traductor fuera un empleado de la casa, con un sueldo o una relación constante. Hoy uno trabaja para editoriales, escritores o estados. Cualquier elemento de esa triple E puede contratarnos. A veces son escritores (o sus herederos, o sus amigos) que quieren que su obra circule en el exterior. A veces son estados, que quieren promover la divulgación de su patrimonio literario. Se me ocurre que los espías, los agentes encubiertos y los distintos mecanismos para robar y ocultar información secreta fueron el sello de un pedazo del siglo XX, mientras que en este nuevo milenio los países, como los artistas en ascenso, más que ir por lo bajo buscan cualquier oportunidad para el autobombo. Así, de ocultar pasaron a competir entre sí por la exhibición más efectiva de sus patrimonios culturales. Y como estos suelen estar escritos en la lengua de cada país, ahí entramos los traductores. Vinimos a reemplazar a los espías haciendo lo opuesto pero con el mismo fin.

Cuando el trabajo viene de un escritor, uno recibe el llamado y no elige lo que traduce: lo negocia. De los estados en cambio raramente se recibe un llamado (y la invitación a traducir un texto que ellos eligieron); lo más común es que uno se entusiasme con un libro, o con un autor, y pida una beca o un subsidio para traducirlo. Los fondos o programas de traducción contemplan varias posibilidades (novelas de cualquier tipo, poesía, teatro, historieta) y, al menos a priori, no hay restricciones de autor: con que sea natural de ese país, alcanza.

Pero la mayoría de los trabajos se hacen con la otra E: las editoriales. Y pueden ser traducciones que ellas encargan o que uno propone. Para lo segundo lo que hay que hacer es llevarle a la editorial un proyecto, un libro que uno eligió y del que se tiene la seguridad de que los derechos de publicación en español no están en manos de otra editorial. Se hace un informe de ese libro y se traduce algún capítulo, que se da como muestra para que el editor evalúe. Mucha gente cree que con las editoriales primero hay que “pegar onda” ofreciendo una traducción gratis: sobre todo la gente de perfil universitario cree eso. Nunca hay que trabajar gratis y por suerte el grueso de las editoriales que están en el mercado formal (librerías) no promueven esa relación. Otro consejo para el que quiere vivir de este oficio es hacerse un primer currículum traduciendo algún libro para una editorial muy chica, de esas que no están en el mercado formal (sus libros más bien en ferias, festivales y ciclos de lectura) y que son muchísimas dispersas en todo el país: Funesiana en Buenos Aires, Neutrinos en Entre Ríos, Chuy en Bahía Blanca, etc. Yo hice eso para Eloísa Cartonera cuando las ediciones baratas con tapa de cartón se vendían en plazas. Las editoriales muy chicas no pagan, generalmente no tienen cómo pagar, pero el traductor que se está iniciando puede negociar un porcentaje de la venta de cada libro. También están las editoriales chicas a secas, o no tan chicas: sus tiradas son bajas pero tienen distribución en librerías, ISBN, algunas incluso van a la Feria de Frankfurt. La relación con ellas no es imposible; lo imposible es que te paguen. La única solución (siempre hay una) es llevarles una traducción y pedirles que ellas mismas gestionen un subsidio –las editoriales chicas son las mimadas de los programas estatales de apoyo. Si obtienen el subsidio, doy fe de que te pagan.

Por supuesto que los tres tipos de cliente –escritor, editor, estado– pueden estar relacionados entre sí. Cuando un escritor te propone un trabajo, él o ella pueden contar con apoyo estatal o editorial, no siempre lo pagan de su bolsillo. Los editores, a su vez, gestionan subsidios oficiales por sus propios medios, con los que costean la traducción y parte de la edición. De todos modos, a uno como traductor las propuestas le llegan (lo mismo si sale a buscarlas) de espacios bien diferenciados, y es bueno tener en cuenta estas diferencias a la hora de hacerse expectativas. Como también es bueno saber que, dentro de las editoriales medianas o grandes, algunas publican traducciones sin condicionamiento de apoyo oficial: cuando el subsidio está, bien; cuando no está, el libro se hace igual. Otras lo hacen solamente cuando hay apoyo.

* * *

Cuando empieza el otoño y llega, para enseguida quedar atrás, la Feria del Libro de Buenos Aires; cuando quedan atrás las presentaciones de libros recientemente traducidos y editados; cuando los invitados extranjeros vuelven a sus ciudades para reunirse con los afectos y preparar las valijas y los libros que llevarán a otros países del mundo y sus ferias; cuando la actividad toca su pico y todos se despiden con un abrazo y una felicitación, en ese momento el traductor literario se prepara, como un oso, para hibernar.

En medio del invierno, con las editoriales empezando a evaluar los libros extranjeros que recién en octubre (y en Madrid, o en Frankfurt) van a comprar; en medio del invierno y sospechando que esos encargos de nuevas traducciones van a empezar a caer con la primavera, y posiblemente con la última primavera, la del noviembre lluvioso y pesado; en medio del invierno y con la certeza de que es época no de ahorrar (ahorrar, si se logró, se logró en mayo) sino de economizar, de gastar poco; en medio de las preocupaciones por pasar el invierno llega de la nada el pedido de un desconocido: ¿traducirías mi libro? O llega una noticia: la editorial Mengana necesita un traductor para la enciclopedia de comidas sin grasas. El traductor hojea esos libros: le parecen impunes. La primera novela de Fulano es un desastre que el tipo, encima, quiere duplicar en español. A la enciclopedia hay que editarla, porque está robada de Wikipedia y ni siquiera homogeneizaron el texto. “Preferiría traducir sólo libros que me gustan”, dice entonces nuestro personaje. Y su novia le contesta: “No seas vago”. Su mejor amigo lo apura: “¿Cómo que ‘preferiría’? Hijo de puta, ¡si ya trabajás de lo que te gusta!” Su hijo vuelve antes de la escuela, se levantaron las clases por el partido del Mundial; escucha las cuitas del padre en torno a trabajos y preferencias y opina: “El técnico de la selección inglesa dijo que preferiría caer en el ‘grupo de la muerte’ antes que jugar en Manaos. Le tocó el grupo de la muerte en Manaos”.

En noviembre, con calor, en medio del vendaval de traducciones que las editoriales prevén lanzar en marzo; en el verano que ya asoma en noviembre por las calles que se tapan de autos porque todos durmieron con mosquitos y se levantaron cansados y nadie quiere ir a trabajar en subte o colectivo; en pleno noviembre con 32 grados al mediodía, el traductor se sienta en el living. En el escritorio junto a la ventana que alguien abrió en la medianera, se dispone a traducir durante horas con una botella de dos litros de agua tónica al lado. Y toma y traduce y piensa que el agua tónica es la octava maravilla. Va a buscar más hielo y traduce y sospecha que además de ser la octava maravilla es la más simple: agua carbonada con aroma de una planta que se llama quinina. Traduce y toma y abre una nueva ventana que le informa que en Argentina hay quinina a rolete porque se la cultivó mucho para tratar el paludismo. Hace una pausa e investiga la composición química de todas las marcas de tónicas. Cierra las ventanas paralelas que abrió y piensa en los tipos que corren por San Martín o Viamonte transpirando a lo loco y con una latita de Schwepps en la mano. Y se olvida del asunto para meterse de lleno, sin pausas, durante al menos una hora, en la novela que está traduciendo. Y siente que su oficio es el mejor que había disponible en esta ciudad.

Octubre de 2014

Rumba

noviembre 17, 2014 by

Neurosis de destino es un concepto que al parecer inventó Freud en 1916. Designaría algo así como la tendencia inconsciente de un individuo a buscar y repetir acontecimientos que van en contra del objetivo trazado. Los periodistas deportivos suelen utilizar ese diagnóstico cada vez que un futbolista se “hace echar” por nada, por una tontería, y se gana la tarjeta roja que lo deja afuera del partido decisivo. En el peor de los casos (o en el mejor, visto desde el inconsciente) el jugador que se hace echar se pierde la final del Mundial. Era “el” partido, la gran final, la tarde fuera de los tiempos donde había que transpirar y poner todo porque ahí ya no servía, ahí dejaba de tener cualquier atisbo de sensatez, la famosa frasecita de que el fútbol siempre da revancha. Y el tipo se hizo echar. Bah, no sé, dice el relator, pero qué estúpido. Y el comentarista mete cizaña: es obvio, se hizo echar. Cómo son los periodistas deportivos. Casi peor que los psicólogos. Pero al fin y al cabo a los periodistas los avala un dato concreto: el destino de un futbolista profesional es jugar al fútbol. Por lo tanto, si el delantero se hace echar es un estúpido. En cambio los psicólogos, ¿cómo saben cuál es el destino de una persona? Sobre todo si la persona es joven, o adolescente, ¿qué saben? Es verdad, yo amaba la economía, me gustaba incluso más que el fútbol. Quería ser ministro de Economía, realmente lo ansiaba. Pero tenía catorce años, y no me gustó el programa de Sofovich. No sé por qué le hice caso a mi mamá, no sé por qué fuimos a hablar con el productor de “La noche del domingo”. Ni siquiera me preparé, ni siquiera me importó que estuvieran buscando al más genio de los chicos genios. Hablé una media hora: inflación, interés, oferta, demanda, renta, librecambio, empréstito, FMI, OMC, BM, tratados… Todavía me acuerdo del nombre del productor: Locaso. Me dijo “sos el pibe que estamos buscando, preparate que este domingo charlás en vivo con Gerardo”. Salimos con mamá y tomamos un submarino con medialunas. Era miércoles o jueves; el domingo volvimos. Me hicieron pasar a un cuarto al costado del estudio. Locaso corría de acá para allá, hacía aplaudir a la gente, transpiraba como loco. En un momento entró una rubia infartante a esa especie de camarín. Me dio un beso en la mejilla y salió volando. Me asomé para verla irse y ya estaba en el escenario con otras cinco chicas. Detrás de ellas, un guitarrista. Formaban un grupo y los presentaron como “Juan Carlos y su Rumba Flamenca”. No podía dejar de mirarla pensando cuánto faltaba para que volviera al camarín a darme otro beso. Me quedé tarado, se me olvidó todo lo que sabía de economía. O tal vez tuve una comprensión rotunda del lugar y supe que mi destino estaba en otra parte. Terminó la canción y las rumberas salieron del escenario por el otro costado. Locaso agitaba al público para que todos aplaudieran cuando salí. Entre el estudio y la vereda caminé unos cien metros y la calle Cochabamba estaba completamente oscura.

El poeta indigente (1a parte)

noviembre 7, 2014 by

Circunstancia nacional: circo y estancia,
la masa en el trapecio, mamá en cama
forrada y con tristeza, papá recio
lotea en ajedrez y gana en damas.

Me fui cuando empezaban los noventa.
Mi Morrissey interno me avisó:
“Andate de esta sociedad de mierda,
llevate la tarjeta y el Renault”.

Me fui y viajé. Por selvas y desiertos
sentí la soledad, como Rimbaud.
Llamé una noche a casa, mandé carta.
Papá, si la leyó, no respondió.

Entonces trabajé. Cinco semanas
a pleno en una hacienda yerbatera
de un paraguayo loco de Posadas
que me ofreció a su hija, misionera.

Vivimos por un tiempo de la renta
que nos daba mi suegro. Un día me visto,
salgo a comprar el diario y me doy cuenta
de que Papá, de golpe, era ministro.

Ministro y con ideas importadas
para reorganizar la economía:
campo que no rendía, se loteaba;
pueblo que daba pérdida, moría.

Su lema era cerrar si no recauda.
Mi suegro no aguantó y se fue a Asunción.
El campo se secó como un paraguas
sobre otra mesa más de disección.

Y mi mujer, ¿qué hizo? Siguió al padre.
Yo a Paraguay no voy, fue mi respuesta.
Con la última plata, llené el tanque.
Volví porque extrañaba los noventa.

Y me anoté en Sociales, en la UBA
y me anoté en un curso de poesía.
“Vos siempre haciendo cosas pelotudas”,
dijo Papá al saber que yo escribía.

Entonces lo encaré y casi lo estampo.
Al mes largué la facu porque sí.
Un día que mamá estaba en el campo
tomé prestado el auto y fui a Brasil.

Y en Río atravesé una buena época
viviendo en clubes, autos y garajes.
Ahí publiqué un poemario, era mi réplica
al neoliberalismo salvaje.

Me colgué en esperar. Pasaron días.
Hice un viaje al sertón, como Rimbaud.
Nadie leía mi libro. En Argentina,
Papá, si lo leyó, no respondió.

Mi poesía también estaba sola:
el público lector no acompañó.
Dejé el Brasil. Volví. Rompí las hojas
de aquella mi creación: Floripon/Dios.

Ahora vivo en la calle, a mi familia
jamás la volví a ver, sólo a un amigo
que estudia bilingüismo y psicodelia
le paso cada tanto lo que escribo.

Agora sou eu mesmo, o que também
significa ser-não, perder o trilho.
Meu día en Praça Flores é um réquiem
para o cara que eu foi cuando era filho.

de: La sensación de trabajo

Historia del comic estadounidense (fragm.)

octubre 17, 2014 by

Jerry Siegel y Joe Schuster tenían diecinueve años cuando crearon a Superman. En la industrial ciudad de Cleveland, en el medio oeste, recién salían de la secundaria. Sus otros amigos, los más cercanos a la yunta de tiempo entero que ambos formaban, eran amigos por correo: fans, como ellos, del cine y los cuentos de ciencia ficción. Iban moldeando, en sus cruces de cartas, una hermandad moderna de chicos tímidos capaces de tomarse muy en serio el pedacito de cultura popular que los apasionaba, y de discutir horas sobre temas que la otra gente simplemente rechazaba o consumía. Eran los primeros junks, o nerds, o geeks.

Tres años antes, en el ‘31, Jerry y Joe se conocían y debutaban como dupla creativa con historietas para el diario de la escuela. El primero, que quería ser escritor, ya publicaba un fanzine, Cosmic Stories, con los cuentos que las revistas le rechazaban. El segundo, más historietófilo, dibujaba hasta entonces con sus propios guiones. Tenerse uno a otro a dos cuadras de casa los envalentonó: armaron una nueva revista, otro fanzine mimeografiado en las máquinas del cole. De salida mensual, le buscaron un título a lo grande: Science Fiction, the Advance Guard of the Future Civilization.

La base la aportaba Jerry: eran cuentos propios, que Joe dibujaba, y reseñas de libros de otros, como por ejemplo una nota sobre Gladiator, el éxito entre las ficciones populares de 1930. En esa novela de Philip Wylie, un científico inventa un suero que potencia enormemente la fuerza física humana, y se lo inyecta a su mujer embarazada. El resultado es el nacimiento de un niño superpoderoso, que cuando crezca dirá: “Soy como un hombre hecho de acero en vez de carne”.

También para la revista de ambos, Jerry y Joe compusieron un relato ilustrado: “The Reign of the Superman”. El término superhombre era usado allí más o menos en sintonía con el concepto de Nietzsche, designando a un protagonista que por su fuerza de voluntad –en este caso, por sus poderes telepáticos– se propone dominar el mundo: un “villano”. Pero meses después barajaron la idea de un héroe, no una amenaza, con ese nombre, y sin el recurso a la magia o la telepatía sino con poderes básicamente físicos, corporales –Joe, dicho sea de paso, era muy flaco y tenía una obsesión con el fisicoculturismo y las academias como la de Charles Atlas.

Lo otro que barajaron entonces, y en esto el rol de Joe creció, fue plasmar al héroe en historieta. Era 1933, cinco años antes de la llegada de Superman al público. Al menos eso es lo que probaron los herederos de Siegel y Schuster en 2009, en uno de sus tantos rounds judiciales con DC Comics: la primera historieta, la del origen, la que destruye a Krypton, la que exhibe al bebé en su cápsula espacial, al héroe con sus típicos brazos en jarra y al traje con sus colores primarios, la hicieron a los diecinueve.

* * *

Más que de comprar diarios para leer las tiras y los suplementos, eran chicos de perseguir espacios donde la ficción lo ocupara todo: salas de cine y revistas pulp. Sin embargo el personaje se plasmó en cuadritos, y para eso fue determinante la llegada a kioskos de una primera revista de historietas a base de material inédito: Detective Dan. La publicación, que apenas tuvo un número en 1933, traía por héroe a un detective que plagiaba a Dick Tracy, y le daba a Jerry la idea: crear, para ese ambiente germinal de los comic books, no una historia de crimen sino de ciencia ficción. Detective Dan fue el disparador para saltar del relato ilustrado al comic; fue una influencia de otro tipo, más de formato que de contenidos, pero que quizá impuso pautas argumentales: uno podría pensar que fue esto, el salto del pulp a la historieta, lo que implicó pasar de un protagonista “villano” a un héroe. El editor de aquella revista, por lo demás, se dice que aceptó a Superman para el número 2, que nunca llegó a salir.

Y el dibujo humilde de Joe para esa primera historia (que acabaría editándose años más tarde) sugiere poco interés por los desafíos realistas que se proponían los dibujantes de tiras de aventura para los diarios. Tampoco es que abundaran esas tiras –a comienzos del ’34 era muy reciente el ‘Flash Gordon’ de Alex Raymond, y todavía no estaban ‘Terry y los Piratas’ de Caniff ni ‘El Fantasma’ de Lee Falk–, pero ya había héroes famosos: Tarzán, Tim Tyler, Buck Rogers y Dick Tracy lo eran. El centro del medio oeste, Chicago, nucleaba a los dibujantes mejor formados y más exitosos: Harold Foster (Tarzán), Lyman Young (Tim Tyler), Dick Calkins (Buck Rogers) y Chester Gould (Dick Tracy), todos habían pasado por la escuela de Bellas Artes, el Chicago Art Institute, y traían, unos más que otros, su aprendizaje culto.

Pero Joe dibujaba estrellas de cine, ésa era su fuente de inspiración.

Jerry diría más tarde: “Las películas fueron nuestra mayor influencia: sobre todo las de Douglas Fairbanks”. Cosa que la imagen de Superman delata. Los estudiosos, en efecto, notaron que el calzoncillo por encima de las calzas ajustadas y los característicos brazos en jarra del héroe vienen de un fotograma publicitario de la película El ladrón de Bagdad, que tenía a Fairbanks como actor principal. Schuster era el ladrón del Ladrón de Bagdad, mientras que Siegel, precursor de Tarantino, mechaba un poco de todo: la narrativa tomaba lineamientos del pulp, el escenario y los personajes homenajeaban al cine; el nuevo hogar de Superman, Metrópolis, aludía al film de Fritz Lang, y los actores predilectos del escritor, Clark Gable y Kent Taylor, daban el nombre para el héroe en su vida cotidiana: Clark Kent.

Otra cosa que dirá Siegel: “Joe y yo prácticamente vivíamos en las salas de cine”. Y Superman, en esa línea, vendría a ser el tipo de héroe que la pantalla aún no podía representar. El héroe que se luce tirando un auto a cien metros, saltando kilómetros, finalmente volando (no lo hace desde el principio). Es historieta que levanta la apuesta del cine en palabras de pulp, y es imagen de una filmación que vendrá. No fue entonces una lógica interna –nunca lo es– lo que hizo que con él la historieta imponga un nuevo género: el de superhéroes, o el de cierto tipo de superhéroes.

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