El final de Mad Men

mayo 20, 2015 by

joan

Terminó Mad Men, la única serie estadounidense que vi completa. Como fumé muchos cigarrillos mirándola, es justo que escriba sobre ella. Disfruté y festejé la reconstrucción de una época que no viví, en una ciudad que conocemos de sobra. Si la serie nació pensada para representar el cambio de los ’50 a los ’60 en Nueva York, creo que lo logró con maestría, aun cuando su éxito la acabó llevando a tener siete temporadas y a ampliar un poco el recorte de época. Los protagonistas fueron todos hombres forjados en el imaginario masculino de los ’50: cowboys urbanos. Un machismo no tan distinto del ideal varonil que conoció el cine argentino a través de actores como Alberto de Mendoza. Las protagonistas, y en especial Peggy Olson, fueron todas mujeres cuya visión del mundo ya estaba jugada antes de la aparición de la pastilla anticonceptiva (1960). Quizás hubiese estado bien, dado que la serie se extendió en temporadas, insertar un personaje moldeado en los mismos años ’60 y que cobrara peso hasta volverse central. Quizás la hija de Don Draper, Sally, fue ese personaje. Leer el resto de esta entrada »

El rey de las especias (un capítulo)

mayo 19, 2015 by

Marcha-Federal

Klaudia tenía una vida difícil, verdaderamente difícil, pero podías pasar bastante tiempo al lado de ella sin que lo notaras. La ibas a ver en su rol de organizadora, nucleando a la gente de las escuelas de artes para distintas actividades extra clase. Era la vida que ella quería, no una vida regalada ni simplificada. Con esfuerzo iba labrando un destino más allá de ese par de esquemas sociales que había heredado –buen pasar, hija de periodista– y que le hacían la vida más fácil a los que estábamos alrededor de ella. Pero además de honesta Klaudia era comprensiva; todos tenemos un punto débil. Y acababa accediendo a ciertos reclamos que le planteábamos. Así, bastante en contra de su voluntad, en un momento había pasado a ser, además de la organizadora de marchas y ferias, la delegada de las idas a recitales. Muchos fines de semana íbamos a ver bandas gratis por medio de ella, que acabó siendo conocida por todos los jefes de prensa. Al principio decían “ah, sos la hija del Negro Espósito, claro”; después, “ahí viene la hija del Negro Espósito, hacelos pasar”. Leer el resto de esta entrada »

La pasión de los amantes

mayo 11, 2015 by

Veía a un pibe de unos dieciséis años con los ojos pintados y una remera de Bela Lugosi. Seguro que ese chico, cinco años atrás, se imaginaba yendo por la calle con cualquier vestuario menos ese. Desde una campera con tachas hasta una escafandra o un traje espacial, todo lo demás era posible, esto no. Crecer siempre es un proceso enfundado, envuelto en algo. Y la gótica es la envoltura adolescente por definición, porque es inimaginable desde la infancia.

Cuando crecer sin padre era todavía un estigma en la clase media, en barrios como Villa del Parque ocurría que, ahí donde una casa estaba habitada por una madre y sus dos hijos, el hijo varón era metalero y la hija mujer era gótica. Pero hoy la institucionalización del divorcio cambió las cosas, y los hijos de padres separados no sufren tanta presión y ya no van al Instituto Goethe a buscar influencias oscuras. Por el contrario el gótico se desplazó al conurbano y encarnó en chicos que pueden tener varios hermanos y un padre, además de una madre, más o menos presente. Para ellos está la saga Crepúsculo como para algunos de mi generación estuvo la película El ansia.

La primera vez que escuché un disco de Bauhaus volví a casa y me pinté una remera. Era una luna atravesada por una flecha y un lema que decía “Who killed Mr Moonlight?”. La primera vez que estaba entrando a la Facultad de Filosofía y Letras fui con esa remera y en la puerta un militante que pudo haber sido de Franja Morada reconoció el dibujo y lo elogió. Entré, voté en las estudiantiles, y al otro año empecé a cursar.

“La pasión de los amantes es por la muerte”, dice una de esas letras. Ya casi no escucho Bauhaus desde hace veinte años, más o menos desde que escuché a Caetano Veloso cantando “Jokerman”. Sin embargo la voz de Peter Murphy está siempre ahí, y es cálida. Programada para rincones oscuros, nunca pudo hacer otra cosas que transmitir vitalidad.

Los claros mandan (relato)

abril 7, 2015 by

En las inferiores somos muchos, y casi todos quieren ser Messi. La competencia es cruel de mitad de cancha para adelante, así que sólo los defensores tenemos el puesto asegurado. Eso influye en nuestro cotidiano: los de atrás nos movemos firmes, sin riesgo, como trabajadores de planta en una empresa o músicos de una vieja guardia. Charlamos entre nosotros, pese a que tenemos catorce años, con mucha madurez. La delantera es picardía y pesadillas de inconstancia; el mediocampo es lo mejor: lucha, insidia y creación. Pero la defensa tiene sus ventajas: el piso no se mueve, la ropa no desaparece de los lockers. La vida es sencilla y los colectivos que te llevan al entrenamiento no se atrasan.

Sin embargo, debe ser el hartazgo que siente un adolescente ante cualquier función fija, el rechazo a estancarme en el bienestar europeo del defensor, lo que de un tiempo a esta parte me hace querer dejar el club. Leer el resto de esta entrada »

El spam ya existía

abril 6, 2015 by

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En los libros de James Joyce se come mucho corned beef. Esa es, o podría ser, la mayor marca rioplatense en el autor del Ulises. Para alguien que no leyó a Sarmiento ni a Mansilla, no es poco. Lo que sí se comenta es que Joyce hojeó algún libro de Güiraldes (tenían amigos franceses en común). Y ante una versión enlatada y for export del campo argentino como es Don Segundo Sombra, debe haber preferido una versión enlatada y for export de los productos del campo argentino, como es el corned beef. Yo en su lugar elegía lo mismo. Siempre es mejor cualquier corte de vaca a que te vacunen con una oda al ganado. El plato lleno antes que la prosa bucólica. Y el corned beef, a fin de cuentas, tampoco es carne mala. Dicen que fue y sigue siendo de falda. Se ubica más cerca del manjar que de la porquería. En Inglaterra, de hecho, y varias décadas después del Ulises, Margaret Tatcher supo definirlo como una “delicatessen para los días de guerra”. Una wartime delicacy, dijo la Tatcher no de la obra de Joyce sino del corned beef –y lo mismo se puede decir del spam.

Latas de falda argentina o uruguaya molida se abrieron en toda Europa durante los preparativos y los recreos de las dos grandes guerras. Leer el resto de esta entrada »

Romeo tuvo a Julieta

marzo 27, 2015 by

Atrapado entre estrellas retorcidas,
líneas tendidas y el error del mapa
que trajo a Colón a Nueva York;
encorsetado entre el este y el oeste,
con su chaleco de cuero está yendo a buscarla.
Por un instante la tierra cruje y tiene un temblor.

En la oreja, un crucifijo de diamante
que le sirve para espantar el miedo
de haberse dejado el alma
dentro de cierto coche de alquiler
y un lampazo escondido en los pantalones,
un trapo para limpiar los manchones
volcados en la vida de la ondulante Juliette Bell.

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El escritor argentino y la extradición

marzo 14, 2015 by

Primero fue Hernán Casciarmapai, y no dijimos nada. Su atropello y sus orsais nos caían bien. Después vino un tal Andrés Neuman, y ahora uno que se llama Patricio Pron. Ya es una banda.

Son los narradores que escriben una versión de sus textos para Argentina y otra para España. No tienen drama en elegir entre el tú y el vos, o entre el boludo y el gilipollas: según la audiencia, alternan. La idea más o menos es que los lectores españoles se percaten de lo bien que los tipos se españolizaron, y los argentinos de cuánto les siguen tirando el alfajor, el colectivo, la birome y el dulce de leche. Son ajedrecistas del mercado literario. Nos representan en Madrid, en Frankfurt, en París. Cuando los llevan a la Feria de Guadalajara dudan un segundo acerca de cómo dirigirse al público: si de vosotros o de ustedes. O de queridos cuates. Leer el resto de esta entrada »

Puntal en el desprendimiento

febrero 20, 2015 by

La biblioteca estaba un poco fría y distante, y teníamos que volver a enamorarla. Recién casados, mi mujer y yo un día miramos los estantes y descubrimos con terror una especie de aburguesamiento general del espacio libresco. Alguien –no nosotros sino un espíritu maligno– había ordenado los libros por editorial, por forma, por color y en última instancia –la más terrible– por ambición de tener todo: todos los números de una revista, toda la serie de una colección, todos los títulos de una editorial. Faltaba incompletud en esa biblioteca. Sobraba dejadez en esa sofisticación. Y el matrimonio acusaba el impacto de esas cosas con las que te casás para amortiguar la omnipresencia del matrimonio: cuando esas cosas se estancan, cuando no corre aire y algún punto de imprevisión entre ellas, terminan lastimando. Es una verdad que no siempre se dice: el mundo ha logrado instalar en las cabezas de las parejas la idea de que el Todo le da sentido a las Partes. Se acumula porque es “lindo”, porque la serie queda bien si está completa, aunque algunas temporadas no te interesen. Es algo que se llama fetichismo, y no es que sea un virus totalmente ajeno a la dimensión invasiva del amor –del amor por la vida, por la pareja– pero es algo que se puede combatir y hasta erradicar. El matrimonio en sí no es aburrido; el problema es casarse y coleccionar todos los libros de Caja Negra o de Anagrama.

Así que nos miramos y dijimos: “Hay que empezar de nuevo, y algo de sangre va a correr”. Llegó entonces el tiempo de la selección: chau hermosas tapas huecas, chau partes insustanciales de conjuntos, chau traducciones al anagrameo de novelas que nunca nos iban a dar placer. Mantuvimos ciertas cuchas, porque los dos las necesitamos: ahí el sector de poesía, más allá el de los cuentos y novelas, los estantes de abajo (que son los más altos) para el arte y la historieta; los de arriba para la historia, la filosofía, el ensayo… No nos interesaba postular el desorden tanto como defender la incompletud. Y por suerte vino un año malo, los dos tuvimos menos trabajo y la crisis terminó de salvar a la biblioteca y al matrimonio. Tener menos plata nos ayudó a dejar de tener lo que no nos interesaba. No sólo se acabó eso de comprar libros por la pinta del envase o por la serie que formaban; además fuimos al parque y vendimos o canjeamos todo lo que estaba en nuestra biblioteca de pura facha. Lo que quedó se ordenó en un esquema muy básico de sectores (“esta parte es narrativa; esta sub-parte, chilena”) pasibles de hincharse o desinflarse por cualquier lado: por el medio, por las puntas. Uno de los dos arriesgó un orden alfabético, que por suerte no implementamos. Y así las cosas mejoraron, volvimos a enamorar a la biblioteca y, contentos con el resultado, al poco tiempo éramos de nuevo, mi mujer, el espacio de los libros y yo, un pequeño ecosistema familiar volcado por igual al orden y a la aventura.

En la volada cayeron libros de editoriales grandes, mundiales y conocidas, y otros de sellos chicos, locales y colorinches que alguna vez compramos pensando que iban a ponerle algo de picante y desfachatez a nuestra relación (con la biblioteca). Teníamos por ejemplo unas diez novelas de “nuevos narradores argentinos”, todas escritas en primera persona, y en donde el protagonista era un escritor de barrio que viajaba a Alemania a presentar su libro y terminaba pudriéndose del show business literario y comiendo feliz un shawarma de parado en una estación de tren (de un suburbio obrero berlinés). Teníamos también tropas de relatos en donde el héroe era un joven porteño ortodoxo que consumía drogas, chateaba, bailaba música electrónica y en sus sueños jugaba al tenis con Fogwill. Las habíamos comprado porque, desde sus tapas perfectamente diseñadas como pastillas, prometían un mundo de tibia locura llevadera y revitalizante. Lo que no sabíamos es que ese furor vital lo íbamos a sentir recién cuando las fletamos de casa. En cierto modo nuestra biblioteca ya lo sabía, y por eso había tomado esos libros como si nada para depositarlo en el rincón más apagado e inútil –o afuncional, si se quiere– de su aparato digestivo –en el apéndice, digamos– o para subordinarlos a eso que ya expliqué: la tiranía de las series, las simetrías visuales, los lomitos que relucen en los estantes.

Hoy sólo dejamos que se queden en casa los libros que vamos a querer leer otra vez. Ese es el dogma: cuando los dos leemos un libro y sentimos que nunca más vamos a querer leerlo, lo vendemos o lo canjeamos o lo regalamos o lo tiramos a la basura. Lo que nos gusta –la parte “no invasiva”, la llamamos– se queda en la biblioteca, y claro que uno nunca sabe si efectivamente va a releer tal o cual libro, pero de esa incógnita también se nutre la divina incompletud. De los que se quedan ninguno tiene, en principio, garantía de quedarse para siempre; casi todos están sujetos a la posibilidad de que en la segunda lectura (o en la tercera, que bien dicho es la segunda de la segunda) les toque tener que emigrar. En cuanto a la “parte invasiva”, le armamos la valija ni bien la detectamos y listo. Libro que no nos gustó va de regalo a alguien a quien podría gustarle o va a las webs de reventa, o va al parque, o va de última, si creemos que nadie se merece ese oprobio, va al tacho de basura, lo cual también es una forma de dar valor.

Tomar decisiones caseras es hermoso; no activarlas es horrible. Hoy se habla mucho de los libros digitales y su supuesto triunfo y la próxima desaparición del libro impreso. Es una gran mentira digitada desde el interés o desde el miedo, y eso que pronostican no va a ocurrir. Dos cosas hacen que el mundo de la edición digital esté condenado al fracaso: una es que sus libros no pueden compartirse; la otra, más importante, es que no se los puede reventar. El libro digital es un fiasco porque no tiene valor de desprendimiento; eso es algo que muchos editores no pueden ver porque ponen a los lectores en el lugar pasivo del consumidor. Pero para los verdaderos lectores que siempre existieron y existirán sólo importan los libros en la medida en que pueden dejar de tenerse. Compramos porque podemos perder, leemos porque podemos olvidar y capturamos porque creemos en las dos dimensiones del desprendimiento: la generosa del regalo y la fría del abandono, la reventa o la destrucción en el tacho de basura. Las parejas que no entienden esto  están amenazadas en el futuro mucho más que los libros, a menos que asuman esta verdad que hoy sabemos en casa: lo que no se puede soltar no se puede amar.

Enero de 2015

 

Barrio de gatos

febrero 11, 2015 by

Soy el único, en esta larga hilera de pehaches, que tiene ventana en la medianera. Esa pequeña ilegalidad –ínfima en el barrio de Flores– hace que la luz del sol llegue a este primer piso también por el oeste. Y hace que puedan visitarme los gatos de la casa de al lado: tres gatos adultos, de alrededor de seis años, que se pasan los días en una terraza enorme debajo de la cual se instaló una nutrida familia okupa. Independientes como sus hermanos los gatos callejeros, los tres viven de la caza de pajaritos, trepándose a las ramas del plátano en la vereda o haciendo excursiones al pulmón de manzana. Desde que están los okupas, aprovechan también los restos de comida de ellos. Pero no son gatos domésticos, al menos no en el sentido habitual. Son señores de una casa que hoy tiene personas. Vienen a mi departamento casi todas las tardes, a la hora en que el sol ya no les gusta mucho. Entran por la ventana y se quedan en el living, no los dejo pasar a la pieza. Y pueden cruzarse a veces con otros gatos: los domésticos de mis copropietarios. Estos visitan mi pehache de tanto en tanto, cuando sus dueños no están. Se cuelan por la puerta si la dejo abierta, o por las ventanas que dan al este y al pasillo. Tampoco vienen buscando comida, sino contacto con los gatos de al lado.

Alberto Breccia decía que todo buen dibujante debe tener gatos, y que cuantos más gatos tenga, mejor dibuja. Él no quería quedarse atrás: tenía catorce. Mis hijos dibujan y quieren mucho a los dos gatos que tienen en la casa de la mamá, pero todavía no los vi dibujar un gato. Quizás el secreto sea un amor incondicional, que no pide representación. Tampoco la obra de Breccia es generosa en felinos –sus animales tienen más arrugas: perros, hombres. Si la representación del gato no corresponde o está de más (pero a la vez se aprende a dibujar mirando gatos), hay ahí una moral estética. Quizás tenga que ver con esto otro que leí: los gatos son los únicos animales que se domesticaron a sí mismos. Las personas no los amansamos, ellos vinieron y se quedaron cerca de las casas. Y autodomesticarse nunca es lo mismo que ser domesticado. Los dibujantes pintan la aldea teniendo en cuenta esa diferencia, y representan a los gatos con más cautela que al resto de los seres y las cosas.

Ahora acaba de irse el gato de mi vecina de abajo, Patricia. Se llama Simón y hoy estaba solo. Empezó a venir cuando Patricia, que en los 80 armó un fanzine y una banda punk, estaba de gira presentando el libro que recopila aquellas viejas fotocopias y tocando con su nueva banda de cumbia. Patricia hace yoga y quiere mucho a Simón; es lo contrario de esa pionera del punk que se le ocurrió a Capusotto en la tele, Violencia Rivas, y que termina cada capítulo revoleando un gato o pegándole un tiro. Mi vecina es incapaz de maltratar a nadie, pero a Simón a veces lo deja solo porque, bueno, le está yendo bastante bien con la banda. En la misma manzana, del otro lado del pulmón verde, vive Juancito, un tipo con un corazón enorme, que antes cantaba en Pequeña Orquesta Reincidentes y ahora tiene grupo nuevo, Acorazado Potemkin. A este ritmo, y si su banda sigue en ascenso, ya van a venir también sus gatos a mi casa.

Van a sumar catorce en cualquier momento. De ninguno de ellos voy a decir que es “mi gato”, lo que sería un oxímoron. No voy a creer que son míos ni voy a representarlos: perdí el don de dibujar, nunca me gustó la manía de sacar fotos. Será mi secreto contra esta época: convivir con gatos y no mostrarlos. Un día surgirá de Alemania un ensayista serio, un filósofo riguroso, con la respuesta al enigma de hoy: por qué tanta gente ganó nuevas herramientas para comunicarse pero las usa para sacarles fotos a sus gatos. Explicará el fastidio que el mundo actual siente por la palabra y a la vez el abuso de la primera persona que cometemos: dos dramas incompatibles, dirá ese alemán, salvo en las fotos con “mi gato”.

Voluntad de domesticarse a uno mismo: eso podría estar sugiriendo la representación sin esfuerzo del gato en millones de fotos. Esa confianza o esa ilusión. Un animal vuelto metáfora de la pertenencia a medias, según nuestras propias condiciones, a la gran casa virtual. Sin embargo antes de internet éramos nómades. Recién hoy algo nos domestica.

No paro de escribir desde hace tres noches; debe ser por la luna llena, porque el whisky se acabó. Pongo todo mi esfuerzo en estar quieto y por la ventana de la medianera miro la terraza de al lado. Ahí están, esos extraños. Esos que cada tarde me visitan. Curtidos y ágiles, ni callejeros ni familiares, los tres ahora en actitud vigilante, preparados para cazar cualquier bicho desprevenido, mientras en los departamentos de la cuadra duermen los otros gatos, los domésticos, contentos porque hoy es martes y no hay recitales ni bares ni nada, y sus dueños duermen con ellos.

Enero de 2015

La selfie del fiscal

enero 23, 2015 by

Ayer leí las primeras 200 págs del libro de Nisman. Lo más llamativo de ese texto es su bipolaridad. Está dirigido a un Juez Federal pero también a un público lector. Para eso Nisman se atreve a conjugar tonos que me imagino que en un texto jurídico no son los más comunes. Abusa de dos procedimientos retóricos: 1) la interpretación de sucesos puntuales de la causa como acontecimientos (tristemente) singulares de la historia argentina. Esta veta historiadora de raigambre claramente sarmientina se asienta en oraciones de tipo “Nunca antes en nuestra historia … (había pasado tal cosa)”. 2 ) Lo otro es la profusión de observaciones cortitas y emocionales al pie, por ejemplo cada vez que, después de una oración larga y “correcta” en términos del discurso jurídico, remata con cosas como “Vaya ironía”, así, entre puntos. Son, para mí, zonas del texto que ponen en evidencia el doble destinatario y traslucen, a su vez, los problemas típicos de los textos con doble destinatario: que uno termine produciendo medio mensaje para cada tipo de lector, en vez de un mensaje completo para un lector determinado. Pero otra cosa también sentí yo después de leer esas primeras 200 páginas: Nisman no se suicidó. Alguien que escribe “Vaya ironía” no se suicida. Está(ba)mos ante un jugador, independientemente de sus convicciones, un verdadero jugador, alguien sin el menor conflicto interno a la hora de ponerse en juez moral de la historia -y aclaro que el discurso jurídico en general requiere eso, un tono moralmente superior, pero no un “yo” moralmente superior; el discurso jurídico justamente se cuida de esto último evitando toda retórica más o menos impulsiva. Nisman hace lo contrario. Nisman hace todo, toca todas las cuerdas posibles, su discurso es la pesadilla del rizoma bajo control.
Como nota al pie, ayer hablábamos de esto con mi amiga Mon Sendra y salió de la nada en la conversación algo que dice Kurt Vonnegut cuando habla de los “self-indexers”, la gente que es “auto-indexadora”, los escritores que te mandan un manuscrito y ellos mismos se hacen el índice del libro. Decíamos con Mon: un tipo que le hace el índice a su propio libro es alguien que es capaz de vender a la vieja. No me es fácil pensar la relación entre esto del self-indexer y Nisman, pero la sentí con mucha fuerza. Quizás se deba no sólo a su discurso escrito sino también a algo que me llamó muchísimo la atención: que el sábado Nisman haya desplegado minuciosamente sobre una mesa de su casa las hojas de su denuncia y haya sacado (y enviado) una foto de esa mesa, una foto probatoria de la aplicación y el esfuerzo de su trabajo. Una selfie autoindicial


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