El tío Piva

marzo 14, 2017 by

Finalmente tenemos en castellano un libro sólo de poemas del brasileño Roberto Piva. Se trata de la edición bilingüe del que fue su primer libro, Paranoia, de 1963, traducida por Edgar Saavedra. El editor es Goyo, o Goyeneche, que desde hace diez años está al frente del sello Nulú Bonsai. La edición es pequeña, de bolsillo y hasta de bolsillo de camisa. Pero aun así incluye, fusionadas con los poemas, las fotos de Sao Paulo que tomó Wesley Duke Lee para la primera edición brasileña y universal de este librazo.

Roberto Piva (1937-2010) fue un poeta moral de una libertad absoluta para escribir sobre las cuestiones que le interesaron -detalles de la vida paulista capaces de mostrar o bien el fracaso de la civilización occidental o bien el constante renacer de lo dionisíaco-; un poeta que encontró su propia voz entre la enramada de algunos tonos de época -el aullido beatnik, la persistencia del surrealismo-, y alguien que se negó vehementemente a lo largo de su vida a crear o adscribir a movimientos o escuelas poéticas, siendo incluso que una etiqueta muy en boga en el ámbito brasileño de los ’70, la etiqueta “poesía marginal”, más de una vez lo persiguió para hacer de él algo así como el representante prototípico por delante de una decena de otros nombres, pero Piva la esquivó tanto como pudo.

Su primer libro, Paranoia, marcó el rumbo y derivó naturalmente en el poeta chamanista de los años ’80 y ’90. El que ahora afirmaba que “los ángeles son una categoría de la orgía” es el que antes había dicho “Brasil necesita poetas perseguidos por la policía”. La noción de paranoia en Piva tiene que ver, como él mismo dice en un reportaje, no tanto con la manía persecutoria sino con el gusto por el detalle que, al expandirse, capta el todo. Su poesía es descaradamente metafórica, y uno diría que está bien puesto que la metáfora es de por sí el alimento de la paranoia, porque hace que algo que no teníamos asociado a otra cosa de repente se nos venga encima.

Tengo en casa la vieja edición brasileña de Paranoia, a la que ahora se suma esta esperada edición bilingüe de Nulú Bonsai. Conocí a Roberto en el barrio de Santa Isabel tres años antes de su muerte, cuando él ya estaba harto de un montón de cosas. Tenía un gran respeto por tradiciones de pensamiento opuestas a la suya, como el marxismo, aunque se definía monárquico, decía, porque el monarquismo permite que las bases sean más anarcos. Solía hablar de la época en que los jóvenes de la clase obrera tenían estilo y leían a Baudelaire, y no mataban por un par de zapatillas. En su comprensión de la vida urbana, sostenía que los jóvenes habían abandonado la bisexualidad de los años dorados de la clase obrera en favor del fetichismo y el mandato de la apariencia, ni siquiera en favor de la heterosexualidad, porque según Piva ahora los jóvenes buscan mujeres por mera razón ornamental, para mostrarse con ellas.

Piva no tiene un equivalente en la poesía argentina. Para imaginárnoslo así, quizás habría que fusionar al mejor Edgar Bayley con Néstor Perlongher. Es muy importante que ahora tengamos un libro entero suyo traducido. Les dejo, para cerrar, un poema de Paranoia y un link de los muchos que hay en Youtube, con Piva leyendo y conversando.

Paranoia en Astrakan

Vi una linda ciudad cuyo nombre olvide

donde ángeles sordos recorren madrugadas tiñendo sus ojos con lagrimas invulnerables

donde crios católicos ofrecen limones a pequeños paquidermos asomándose desde sus tocas

donde adolescentes maravillosos cierran sus cerebros a los tejados estériles e incendian internados

donde reconocidos nihilistas distribuyen pensamientos furiosos y tiran la descarga sobre el mundo

donde un ángel de fuego ilumina los cementerios en fiesta y la noche camina en su hálito

donde el sueño de verano me tomó por loco y decapité al otoño con su última ventana

donde nuestro desprecio hizo nacer una luna inesperada en el horizonte blanco

donde un espacio de manos rojas ilumina aquella fotografía de pez oscureciendo la página

donde mariposas de zinc devoran las góticas varices de las venas del ano de las beatas

donde los menúes reclaman drinks de emergencia para lindos tobillos arañados

donde los muertos se fijan en la noche y aúllan por un puñado de débiles plumas

donde la cabeza es una bola digiriendo los acuarios desordenados de la imaginación

 

 

El apoyo del mate

febrero 26, 2017 by

Hubo un momento en que los escritores habrán dicho: bueno, nosotros también tenemos que trabajar de algo. Salieron entonces a buscar trabajo, y lo encontraron. Además de escribir sus cuentos y novelas, reemplazaron a los periodistas culturales, o les robaron una página de los diarios para ejercer lo suyo: la columna literaria. Fue una buena ocupación; mucho peor hubiese sido reemplazar a los docentes en las escuelas y ponerse a leerles cuentos a treinta chicos de sexto grado.
La columna literaria, que por amor a la redundancia a veces se llama “columna de opinión literaria”, es ese formato que ellos inventaron para los diarios y que tiene algo de crítica literaria -poco- y algo de ensayo -sobre todo el tono, y la genuina caprichosidad-. Su rasgo característico es lo breve: cuatro párrafos como mucho. En la Buenos Aires de hoy es un formato que se practica sistemáticamente sólo en tres diarios (Página 12, Perfil y La Nación) y que, esto es llamativo, está en manos de hombres, ninguna mujer. También se practica en blogs más o menos profesionalizados a cambio de algo (un librito, una corbata) y en las redes sociales (en estas últimas no son columnas pagas ni transadas, y están en manos de ñoños con ínfulas de buenos entendedores como este que escribe o de maniáticos esquizofrénicos como este otro que escribe).
Los columnistas literarios que tenemos: unos diez. En Página, el primero que les dio total cabida, Forn, Fresán y Sasturain (hablo de oficio sistemático, no de un columna muy cada tanto). En La Nación, Gigena acaba de empezar la propia, subjetiva, después de cientos de notas bien pensadas sobre la Situación (de los editores, de los traductores, de las librerías, etc.). Página tiene también a Horacio González en tándem con el Vargas Llosa de La Nación: tipos que cada tanto escriben sobre literatura, pero que más bien ejercen el desmenuce crítico (Horacio) o el encomio sátrapa (Varguitas) de algún episodio de la coyuntura política local. El otro diario es Perfil, el de los múltiples columnistas literarios. Ahí sobresale el más divertido y el que mejor entendió el oficio: Damián Tabarovsky. Martín Kohan a veces es legible y muy bueno; Fabián Casas domina la técnica del altibajo y alternándolas cada tres semanas publica una columna excelente, otra pasatista y otra paupérrima.
Yo los leo a todos, siempre. A veces al día y a veces con retraso. Como les pasa a tantos lectores, esas columnas son mi revancha matutina de placer cuando no salí el viernes o el sábado a la noche. En pleno siglo XXI, sigo vaciando una pava de mate mientras me río sobre todo con Tabarovsky, que hoy cierra su columna de domingo así: “Hace poco leí una novela de un autor argentino publicado por una gran casa multinacional con sede en España y sucursales en casi toda América Latina. Era tan tan mala que se me ocurrió que el autor podría presentarse a una beca para que la traduzcan al castellano. No sería una mala idea”.

Crónica de un fetiche

febrero 18, 2017 by

kafkatapa

Pierdo el tiempo mirando un Manual Tipográfico del siglo XVIII y el antivirus me avisa: “Cualquiera puede ver lo que estás haciendo”. Como si fuera porno… y sí: no se equivoca. Uno de los gajes de ser un biblióñoño es que también te calentás con esto. Las ediciones, las cajas de texto impecables, las tapas zarpadas de ilustradas, las guardas. ¿De dónde viene este amor por el cuerpo de los libros, cuando en casa, de chico, sólo había esas horribles ediciones Sopena? So pena, cuánta justicia el nombre de aquel sello. ¿Por qué no habré nacido en Italia, donde dicen que los editores aman lo que hacen? Miro el Manual Tipográfico de Giambattista Bodoni, “la madre de todos los libros”… Es hermoso, es perfecto, es la Noemí Alan de los libros (para los más chicos: Noemí, “la Tana”, es la mujer más bella que existió sobre la Tierra). Y enseguida salto de Bodoni a otro editor italiano, y leo la anécdota de cómo empezó, más cerca de nuestro tiempo y del tiempo de la Tana, el genial Franco Maria Ricci.

Eran los años ’60. A Ricci, por casualidad, le cae en manos el manual de Bodoni y dice: esto hay que reeditarlo tal cual existió una vez. Y lo reedita, y saca 400 ejemplares cuidando cada detalle… menos el precio de tapa, que según su propia leyenda fue un descuido con suerte. Porque Ricci quería venderlo a X cantidad de liras, y por error, diseñando los últimos toques de tapa, se le escapó un 0 más: como quien piensa “lo vendo a 1000” y acaba escribiendo 10.000. Lo que sigue: la edición, contra todo pronóstico, se agotó en meses. Ahí nomás una segunda tirada, igual a la anterior, y con las ganancias Ricci fundó su editorial y, ¿qué hizo? Viajó a Buenos Aires. Viajó a Buenos Aires para conocer a Borges, y se hicieron muy amigos. Muy. Otra leyenda dice que fue Ricci el que convenció a Kodama de aceptar la propuesta de casamiento de Jorgito. Uy, mencioné a Kodama y ahora van a odiar a Ricci y a mi historia. Pero no, por favor no lo hagan, antes miren sus trabajos. Conozcan sus colecciones: una incluso se editó en Argentina. Les cuento.

Ricci en 1975 le propuso a Borges que armara una colección de literatura fantástica para editar en Italia. Esa colección, La Biblioteca di Babele, se publicó a ritmo de un volumen cada dos meses durante cinco años. Eran libros de Melville, Kafka, Meyrink, Papini… Todos elegidos y prologados por Borges menos el tomo 19. Ahí Ricci se anticipó y mandó, para celebrarle el cumpleaños 80 a su amigo, que se tradujeran cuentos del viejo en italiano, y de sopetón lo traficó a Borges, en su mismísimo proyecto, estampándole la camiseta número 19 de la serie fantástica (“Borges fue el último escritor del siglo 19”, ¿les suena? Ahora saben de dónde sacó eso Piglia).

La editorial Ricci… Fíjense en la foto el corte de tapa. Los italianos, se sabe, fueron los que inventaron el libro impreso (Gutenberg apenas inventó la imprenta) y fueron los que, tomando los conceptos teóricos del arquitecto latino Vitruvio, establecieron la proporción áurea (3×2) para el alto y el ancho del libro. Pero acá Ricci quiebra la proporción áurea, y aun así logra ser clásico. Su corte es más alargado, sin dejar de ser robusto, como el de esa vedette que siempre preferí. En el mundo hay toneladas de editores que quiebran la proporción para un lado u otro, pero tranquilos, no son Picassos rompiendo la representación, la mayoría ni la conocen. Ricci la estiró en una suerte de 3,5 x 2, la modiglianizó; otros como el gordito de Anagrama la hicieron 2,5 x 2, casi cuadrados, para su famosa serie multicolor de bolsillo. Volviendo a Babel, tengo uno de los seis títulos que llegaron a salir en Argentina en la versión criolla de esta colección, editada para nosotros -en tiradas de cuatro mil ejemplares numerados- por el mismísimo Ricci en sociedad con Luis Alfonso (otro amigo de Borges, y librero de la calle Florida). La argentina es en cada detalle igual a la tana, salvo, claro está, en el idioma. Años después hubo incluso una versión española, que marcó el comienzo de Siruela. Pero lo cierto es que “La Biblioteca de Babel” nuestra se cortó tras el tomo 6 por la muerte del librero Alfonso en plena dictadura. Ese tomo sexto es el que tengo ahora, y en casa, y acá, a la derecha del teclado, al lado del aviso de Avast sugiriéndome que me cuide de ver cosas que todos pueden ver. Miren lo que es la tapa. Miren qué tana belleza. Las guardas, el interior, la tipografía Bodoni, me las guardo. Pero miren ese rojo, es pornográfico, y en vivo es… ay si lo vieran sin antivirus!

En la foto, atrás, hay un pequeño mueble. Lo fabricó mi abuelo. También en áurea ligeramente desproporcionada (Emerson: “La belleza siempre requiere un detalle fuera de proporción”).

El libro de poesía (5)

enero 31, 2017 by

meleagro

La corona y el cardo

Con los primeros poetas subjetivos de los siglos VII y VI antes de la era cristiana, recapitulando, nace la forma libro de poesía, posiblemente encarnada ya en un primer cuerpo del que nada sabemos. Con los poetas del siglo V, nos enteramos de que ese cuerpo existe y tiene un nombre genérico, escolio, pero ignoramos todo acerca de en qué medida el poeta participa en la fijación de su contorno, sus bordes, su alcance. Con las generaciones helenistas o alejandrinas, descubrimos que el tema del control sobre el cuerpo del libro es central -son poetas editores, bibliotecarios- pero en principio todo indica que esa preocupación por establecer el contorno y los órganos está más volcada a la obra ajena -la canónica, la “nacional”- que a la propia (del poeta editor Calímaco también se perdió casi todo). Habrá que llegar al primer siglo antes de Cristo para que la forma y el cuerpo del libro de poesía deje de sernos, en líneas generales, un misterio.

Entre los poetas injustamente relegados por este ensayito, y relegados por la escasa formación clásica del que escribe, quizás en primer lugar haya que mencionar al sirio Meleagro, que es quien, ya en la primera centuria antes de Cristo, deja evidencia -por lo poco que se conservó- de su celo por la selección y la difusión de un conjunto. Con Meleagro se hace común, además, el uso de una imagen que seguramente ya circulaba entre los antiguos para describir la variada unidad: una corona de flores, una guirnalda, una antología. Es notable que, después del paso erudito de los alejandrinos, buena parte de la literatura clásica más reproducida en la Edad Media, y por ende mejor conservada, sea para textos programáticos, prólogos, credos poéticos. Meleagro hizo publicar su Corona como una selección de cerca de veinte poemas breves escritos por él, y sabemos, porque nos llegó el prólogo, que la corona en cuestión hilvanaba también, adjudicándoles a cada uno la imagen de un flor determinada, partes de poemas de otros cuarenta y seis autores. A Safo, Meleagro le adjudica la rosa. A Alceo, el jacinto. El mirto -ligado simbólicamente a la fecundidad y la fidelidad- es para Calímaco. A Arquíloco le toca un símil que yo no sé descifrar si es despectivo o reivindicativo -o las dos cosas-, pero sin duda es elocuente: la flor del espinoso cardo. Interesante figura para nuestro precursor que, entre los animales, ya había sido comparado mucho antes con la cigarra, incapaz de callarse, menos que menos cuando le agarran las alas.

El compilado de Meleagro es eso: el de un poeta y crítico o lector con más recursos, en comparación con Calímaco, para controlar y hacer perdurar la difusión de sus propios poemas en conjunto, pero que todavía no puede, al parecer, hacerlo enteramente a sus anchas, por lo que su libro es al mismo tiempo una antología propia y ajena. Mientras que, casi en la misma época, otro poeta instalado en Roma es artífice, ya, de la concretización del libro de poesía a su antojo: un libro donde también habrá lugar para el homenaje a Safo y los alejandrinos. Para hablar de ese libro entonces tendremos que pasar al “último griego”, Catulo, que ya es un latino. Y todos los temas que veníamos siguiendo -la poesía de la experiencia; la perturbación de las emociones; el agridulce yambo, erótico y satírico; el relativo desprecio por los “grandes hechos”; los poemas mundanos pero que tampoco se amoldan a los casilleros de la vida mundana ritual (elogios del casamiento, celebraciones del triunfo en una competencia, etcétera)- así como la cuestión del celo por el conjunto de la obra, que hasta ahora era enigmática, se retoman y se concretan con los Cantos de este que, por supuesto, no era un griego, pero tenía “alma de griego”, se dirá. Por lo demás, junto con la retomada de todos esos temas o caminos y la concretización eficaz del celo por el cuerpo de la obra, Catulo dejará para los siglos la sencilla fórmula ‘matemática’ de la poesía de la experiencia: “Odio y amo al mismo tiempo. Me preguntás por qué y, la verdad, no lo sé. Sólo sé que es así, y que me atormenta”.

* * *

El libro de poesía (4)

enero 29, 2017 by

calimacoEl poeta editor y sus pliegues

“De mí murmuran (…) que a canto alguno sostenido (…) haya dado yo cima”. El cuarto momento en la historia del libro de poesía tiene esa genial impronta entre arrabalera y ñoña. Ya estamos en la época alejandrina, la de los grandes conservadores -los filólogos, los bibliotecarios-. Este poeta del que otros murmuran es africano, nacido en Libia, y antes de que lo contrataran, en el siglo III antes de Cristo, para ordenar una cierta biblioteca, era un maestro de gramática de los suburbios. Compositor de formas breves claramente para ser leídas (en silencio o rumiando) más que cantadas, su nombre es Calímaco, y es el primero de nosotros. El que ya escribe con una importante fila de nombres detrás.

Calímaco se jacta de cultivar lo breve, lo no sostenido. “Odio el poema cíclico”, dice en un verso de apertura. Parece entender que la épica está muerta (mientras su mejor alumno y rival, Apolonio de Rodas, no hace más que golpearse imitando a Homero). Como una suerte de proto último lector pigliano, va y viene obsesivamente del pasado sacando conclusiones, tomando distancias, buscando zonas por explorar. Calímaco amplía las posibilidades de lo breve creando el poema cultural: ni erótico ni pedagógico, ni filosófico ni político, sino más bien erudito e intertextual. Con él, por ejemplo, el mito de la cabellera de Berenice es narrado desde el punto de vista del cabello. En paralelo está su veta “lírica”: son textos sobre el amor ajeno en vez del propio. Con estos últimos, sublima la experiencia que a sí mismo no se habría permitido cantar. Pero Calímaco es en parte un objetivista en un momento en que la tradición se vuelve algo rico y complejo y la sofisticación es tal que ya nadie puede confundir los recursos con las intenciones. En algún momento de la historia, escribir en primera persona dejaba de ser necesariamente personal (con Anacreonte). Quizás con Calímaco escribir en tercera o escribir sobre asuntos exteriores -ajenos días de gloria, míticas cabelleras- es ya una forma de decir la vida propia.

Tenía oculta el huésped una herida. Subían dolorosos
suspiros de su pecho (¿te has fijado?)
mientras bebía su tercera copa, y las rosas
caían, pétalo a pétalo, todas a tierra desde su guirnalda.

“La anécdota es mínima, la instantánea es fílmica”, dice muy bien su traductor Luis Alberto de Cuenca. ¿Cómo tapar lo subjetivo en ese retrato de quién sabe quién? En tándem, los poemas breves en primera persona parecen tener siempre algo de generalización, como si nos dijera ‘no hablo de mi vida, hablo del amor en sus síntomas universales’, y también algo de autoironía, ese gran invento de los poetas de la experiencia para menguar cualquier derrape de egoísta excepcionalidad. Este otro comienzo es genial:

La mitad de mi alma todavía respira, la otra mitad no sé
si la raptó Eros o si fue Hades; lo que sé es que desapareció.
¿Se fue otra vez a casa de uno de sus muchachos?
Tantas veces les dije: “No la reciban, jóvenes, es una fugitiva”.

Y lo otro que se impone mencionar es que Calímaco es uno de los bibliotecarios de Alejandría. Su tensión mandante es reunir obras del pasado que corren riesgo de perderse o desdibujarse, y pasar entonces a canonizarlas y clasificarlas (reconocerles el autor, distinguirlas por libros). Los editores alejandrinos se imponen el respeto: toman distancia de las copias que encuentran de Heródoto o de Alceo, de Hesíodo o de Safo, agregando en los márgenes de la versión hallada sus propias correcciones: “sería mejor decir…”. También imponen respeto: son los que discuten, bajan línea y deciden, dentro de la red social de su época, cuál es el canon de la tradición, que a sus ojos no es sino un top ten integrado por siete poetas líricos, dos trágicos y un épico. Son ellos, por lo demás, los que a su vez establecerán el borde de las obras: Safo escribió nueve libros, dice uno; Píndaro, seis; y así siguiendo. Y en esto es en donde se nos revela un asunto: las diferencias y vacilaciones en el modus operandi de cada poeta editor de Alejandría. Estará, por ejemplo, el que organiza la obra de Safo en libros según criterios métricos o composicionales, y el que divide la de Alceo, en cambio, según criterios temáticos. El encorsetamiento y el, si se quiere, achatamiento editorial en última instancia nos estaría sugiriendo que eso a lo que nos referíamos en el apartado anterior, la posibilidad de un asomo de control autoral en el proceso y las formas de difusión impresa de la obra por parte de los poetas de la camada de Anacreonte, no debió haber sido muy efectivo. Pero otro elemento nos mostraría lo mismo “desde adentro” de la Biblioteca. Este es el hecho de que el grueso de la poesía de Calímaco, pese a haber sido un controlador de la herencia, y sobre todo pese a haber poseído los medios de producción de la época, se perdió.

Testimonios de la era cristiana le adjudican haber escrito cerca de ochocientos libros, en su mayoría en prosa y con títulos como Rarezas de todo el mundo ordenadas por lugar Sobre el cambio de nombre en los peces. Al Calímaco poeta se lo consideró decadente y se lo consideró nuevo, y su influencia es de las más fuertes que un poeta griego tuvo sobre los latinos. Nos llegaron sus Himnos, seis en total, y algunos fragmentos de sus Aitia (Orígenes), de su Hécale (un breve poema épico contra la epopeya) y de sus colecciones de yambos y epigramas. Para Luis De Cuenca, no hay duda de que la obra poética que se perdió constituía la parte más personal de su producción. El poema de la cabellera de Berenice se conoce gracias a que, doscientos años después, lo tradujo y lo asimiló Catulo.

El libro de poesía (3)

enero 28, 2017 by

baco

Los mecenas, las teorías

En cierto sentido está más lejos de nosotros la poesía griega clásica que la arcaica. Por dos razones: la consolidación del mecenazgo y la entrada dura de la filosofía. El tercer momento en la historia del libro de poesía podría simbolizarlo Anacreonte: con él, a comienzos del siglo V, el poeta es un apadrinado del poder, y su función no es tan distinta de la que Rubén Darío parodia en el “El rey burgués” de fines de siglo XIX. Anacreonte es un higienista de lo yámbico: sus versos condenan la maledicencia y rechazan el odio; trabajan el contrapunto entre el placer ansiado y el placer satisfecho (es sintomático su “amo y no amo, deliro y no deliro”, tan distinto del posterior “odio y amo” de Catulo), y en el puñado de composiciones que de él se conservan reluce más bien el recetario de los cuatro temas dignos de ser tratados cuando uno es un poeta lírico al servicio de un tirano: las alegrías del vino, el rejuvenecimiento en el baile, el amor de las muchachas (comparadas con yeguas que hay que domar) y el amor de los muchachos graciosos y gentiles. Con Anacreonte pasa algo curioso: como ya es un profesional de la primera persona, los únicos poemas buenos que nos dejó son en tercera (sobre todo la fábula de Eros y la abeja). Y algo más interesante aún: su poesía generó un legado que recorrió toda la época clásica, las composiciones llamadas “anacreónticas”, cultivadas por muchos autores, y que bien pueden ser descritas -no soy el primero en hacerlo- como odas banales, celebratorias, deslizantes. Esto quizás habilita una primera interpolación violenta para este ensayo: la irrupción de la “poesía banal” que se dio en la Argentina del menemismo, sobre todo bajo el mecenazgo de una institución, Antorchas, que ejecutaba el lado filantrópico de una multinacional de la minería, la Hochschild, llegando a transferir 28 millones de dólares para proyectos de arte y patrimonio cultural durante veinte años. La poesía banal, si se me permite esta simplificación que también puede ser acusada de lo mismo, sería, yendo a los textos, la depuración de las atracciones sin las broncas, del amo sin el odi, en un arco que se completa entre el anhelo y la satisfacción. Las alegrías del consumo en la poesía de los noventa (los poemas, se burlaba Juana Bignozzi, del “hoy fui al supermercado” o “me compré un pulóver verde”) tendrían entonces esa vieja marca anacreóntica. Leer el resto de esta entrada »

El libro de poesía (2)

enero 18, 2017 by

safo

Safo y el epitalamio resentido

Torciendo raíces esclavas hasta convertirse en su propia autoridad, la poesía de la experiencia, la poesía yámbica o “satírica” en sentido amplio, surgió entonces en las islas del Mar Egeo algo menos de 2700 años atrás. Que para cultivar ese caleidoscopio abierto de los amores y los odios personales se requería una enorme destreza lo demuestra el hecho de que, pasados cien o doscientos años, los poetas y filósofos griegos hablarán de Arquíloco como un inventor, incluso para censurarlo o tomar distancia de sus temas. Largos siglos después, poetas centrales de la lengua castellana como Martí o Vallejo -y hasta el “exteriorista” Darío, sobre todo en sus Cantos de vida y esperanza- seguirán tomando la línea de Yambe, lo que demuestra qué manejo del lenguaje puede requerir un tipo de poesía como este, pese a que muchos asocien la escritura de lo vital con la espontaneidad y la carencia de recursos. De todos modos, si por algo importa acá esa concepción de la escritura poética donde las observaciones son vividas y sólo a partir de ahí son o pueden ser políticas, filosóficas, morales y un largo etcétera, es porque imbricadísimo con ese modo de encarar la creación verbal surgió el libro de poesía, como ya se comentó, y surgió también el segundo momento en la historia del libro de poesía, algunas décadas después, en un salto de la isla de Paros a la de Lesbos. Leer el resto de esta entrada »

El libro de poesía (1)

diciembre 20, 2016 by

rq

La línea de Yambe

El libro de poesía nació a partir de la poesía subjetiva, la de los cantores de la propia experiencia. En lo que hoy es Grecia y Turquía, siete siglos antes de Cristo, irrumpieron esas composiciones breves en primera persona que, reunidas más tarde en conjuntos que les daban identidad, significaron el comienzo de lo que entendemos por libro, poemario u obra poética, incluso antes de la existencia de un mercado de venta de libros. Mi fragmento preferido de todos esos cantos dice así: “De mi lanza depende el pan que como… Apoyado en mi lanza, bebo”. El presumible autor de esos versos, Arquíloco, habría vivido en la isla de Paros entre los años 700 y 650, en tiempos en que los dialectos griegos iban fusionándose en un cuerpo y las ciudades griegas, también.

Hijo de una mujer esclava y un padre acomodado, Arquíloco ha sido visto desde la Antigüedad como el poeta que, en vez de orientarse hacia los grandes hechos, prefirió ser ‘testigo de sí mismo’ (Critias) y volcarse a temas mundanos con un lenguaje ‘lascivo’ y un contenido ‘maledicente’ de sí y de los demás. Para Horacio, representó el surgimiento del poeta rabioso (“la rabia armó del yambo que le es propio Arquíloco”) y para muchos que vinieron después, como Nietzsche, fue el “primer artista subjetivo”. Los poemas breves que se conservaron, los textos y retazos que se le atribuyen como autor, indican que Arquíloco no frecuentó la épica de glorias pasadas -como sí hicieron sus contemporáneos Calino y Pisandro-, no exaltó a gobernantes que lo ampararan ni propuso métodos de gobierno -como Tirteo o Solón-, no cultivó esquemas morales o filosóficos -como Jenófanes o más adelante Parménides- y, en cuanto a la poesía religiosa, la practicó de un modo algo tangencial, bajo la forma dionisíaca y casi “terrenal” del ditirambo. Todo esto significa que el poeta en cuestión no encontró que lo más importante fuera consagrarse a personajes por encima del orden mundano -héroes, reyes, dioses- ni a ideas más o menos exhaustivas –cosmogonías, filosofías, leyes-. Lo político en Arquíloco escapó a la pedagogía y la alabanza; su lugar lo ocupó el conocimiento directo de los escenarios de guerra, el cuidado del pellejo, la paga del soldado. Lo religioso escapó a lo que llamaríamos himno, optando a cambio por poemas que muestran de un modo gracioso lo que los dioses hacen con los hombres: “Al que caminaba erguido, lo ponen panza arriba”. Y, por encima de todo, el grueso de esas composiciones que nos llegaron desnudan una preferencia por las cuestiones más cotidianas, atravesadas por la posición personal respecto de ellas, y atravesadas también por el humor, ya que no podía carecer de humor, o al menos de juego, cualquier canto que no fuera religioso, épico, pedagógico o elegíaco. Arquíloco tomó para eso la línea de Yambe, la esclava de la diosa Démeter, que según el mito solía inventar y recitar poemas mundanos, eróticos o burlones, para distraer las cuitas y alegrar las horas de su ama mientras esta lidiaba con la desaparición de su hija Perséfone. Yambe era esclava, y era diosa también. Arquíloco, hijo de madre esclava, bautizó a su propia poesía yámbica. Priorizó entonces los dos tonos de Yambe, el de lo erótico y amoroso, el de lo burlesco o satírico, y extendió el campo de los temas profanos a esa suerte de real politik desde el llano: la vida (del poeta) en la polis, los modos de ganarse el pan, la guerra como un quehacer. Eran temas “bajos”, aunque no desprovistos de pathos, de emoción. Lo otro que Arquíloco estableció fue una combinación fija de sílabas -el yambo– como medida para el nuevo verso. Leer el resto de esta entrada »

Zona roja

diciembre 13, 2016 by

Las mujeres de esta calle,
como los viejos cuando están indignados,
antes de ponerse a hablar
chistan.
Con el ruido llega el vislumbre,
la lencería oscura en la noche,
una melena contra el paredón
de la escuela sin luz.
Los mitos griegos la convertirían en Medusa,
los avisos clasificados la convirtieron en Melissa,
como en los barrios la función siempre es doble
Melissa muestra todo y a la vez
guarda atenciones encorsetadas.
Calle de espera, de dosis,
de esclerosis.
Puesta en valor, carteles amarillos,
ciudad de todos.
Sentado en un umbral, abriendo un sobre
un chicato lee una línea con el papel
pegado a la nariz.

Y a la par del polvo que se aspira,
el polvo que se derrama.
Antes de que amanezca
y el poeta narcotizado tire en un ataque de culpa
los restos de su bodeleriana aureola,
llegan los últimos clientes:
son dos. Son los gemelos del bajón.
Uno por cada lado
se cruzan en la esquina, carne y uña,
el rolinga de campera
bamboleada al aire como un trapo
y el policía que se rasca
la línea chata que al pelo
le imprime el disco de la gorra.
Dos gladiadores, unidos por el aguante:
esperaron toda la noche hasta que Melissa
quedara floja y sola.
Dos espartanos, unidos por el objetivo
de poseer sin pagar.
Los dos vieron la aureola
tirada en la alcantarilla
y ahora pelean haciéndose los santos
para que sólo uno
la recoja.

Ay, Bacacay,
calle de espera, de dosis,
de esclerosis.
Pronto el destello del día
va a dar contra los postes
encendiendo las lamparitas quemadas.
El paredón de la escuela
empieza a verse más blanco;
el afiche amarillo, más viejo;
el tajo al medio, en el cartel desvencijado,
le da a la obra que prometió el gobierno
un aire con los cuadros de Lucio Fontana
(pero mejor que prometer es pintar).

Se escucha el tren del oeste.
La barrera que vivía alzada
de repente baja.
Todavía está oscuro cuando aparece
chocándose con un fantasmita en el andén,
anticipándose
a la primera horneada de obreros en caravana,
una mujer con su parrilla portátil,
su corazón intransigente,
una bolsa de harina
y otra de carbón.

fontana

Papá era un veleta

noviembre 9, 2016 by

PAPÁ ERA UN VELETA
Papa was a rolling stone
Barrett Strong

El día 3 de septiembre
voy a acordármelo siempre
porque fue el día que papá murió.
Nunca lo tuve de frente
y todos me hablaron pestes
así que, vieja, de vos depende
que yo conozca la verdad.

Mamá, ¿es verdad lo que dicen
que papá no trabajó ni un solo día?
Mamá, en el barrio se cuenta
que tenía tres hijos más, de otra mujer.
Y eso no da, no está bien.
Hasta escuché que lo vieron
“salvando almas” en la puerta de un negocio,
haciéndose el predicador
siempre mintiendo, parasitando,
siempre tapado de deudas
robando plata en nombre del Señor.

Mamá, otra cosa que escuché
es que él decía que era un master, que era un genio,
¿será por eso que acabó en el cementerio
tan temprano? Dicen que mangueba, que robaba
para pagarse los gastos.
Mamá, en el barrio cuentan que papá
no era de pensar mucho
y que lo poco que ganaba
se lo quemaba en mujeres y en alcohol.
Mamá, depende de vos
que yo sepa la verdad.

Y ahí mamá miró al piso
y con agua en los ojos despachó:
“Tu papá era un veleta,
la casa la tenía donde paseaba la jeta
y el día que se murió
lo único que me dejó fue estar sola”.

*****

PAPA WAS A ROLLING STONE

It was the third of September.
That day I’ll always remember
‘Cause that was the day that my daddy died.
I never got a chance to see him.
Never heard nothing but bad things about him.
Mama, I’m depending on you, tell me the truth.

Hey Mama, is it true what they say
that Papa never worked a day in his life?
And Mama, bad talk going around town
saying that Papa had three outside children
and another wife.
And that ain’t right.
Heard some talk about Papa
doing some store front preaching.
Talking about saving souls
and all the time leeching,
dealing in debt
and stealing in the name of the Lord.

Hey Mama, I heard Papa
call himself a jack of all trade.
Tell me is that what sent Papa to an early grave?
Folk say Papa would beg, borrow, steal
to pay his bill.
Hey Mama, folk say that Papa
was never much on thinking.
Spent most of his time
chasing women and drinking.
Mama, I’m depending on you
to tell me the truth.

And Mama looked up
with a tear in her eye and said:
“Papa was a rolling stone.
Wherever he laid his hat was his home.
And when he died
All he left us was alone”.

barrett

Barrett Strong