El libro de poesía (2)

enero 18, 2017 by

safo

Safo y el epitalamio resentido

Torciendo raíces esclavas hasta convertirse en su propia autoridad, la poesía de la experiencia, la poesía yámbica o “satírica” en sentido amplio, surgió entonces en las islas del Mar Egeo algo menos de 2700 años atrás. Que para cultivar ese caleidoscopio abierto de los amores y los odios personales se requería una enorme destreza lo demuestra el hecho de que, pasados cien o doscientos años, los poetas y filósofos griegos hablarán de Arquíloco como un inventor, incluso para censurarlo o tomar distancia de sus temas. Largos siglos después, el poeta más sofisticado de la lengua castellana publicaría sus Cantos de vida y esperanza siguiendo la línea de Arquíloco y Yambe, y un poema de ese libro, “A Phocás el campesino”, muestra a la perfección qué manejo del lenguaje puede requerir un tipo de poesía como este, pese a que muchos asocien la escritura de lo vital con la espontaneidad y la carencia de recursos. De todos modos, si por algo importa acá esa concepción de la escritura poética donde las observaciones son vividas y sólo a partir de ahí son o pueden ser políticas, filosóficas, morales y un largo etcétera, es porque imbricadísimo con ese modo de encarar la creación verbal surgió el libro de poesía, como ya se comentó, y surgió también el segundo momento en la historia del libro de poesía, algunas décadas después, en un salto de la isla de Paros a la de Lesbos. Leer el resto de esta entrada »

El libro de poesía (1)

diciembre 20, 2016 by

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La línea de Yambe

El libro de poesía nació a partir de la poesía subjetiva, la de los cantores de la propia experiencia. La forma libro de poesía fue el resultado de la irrupción, siete siglos antes de Cristo, de pequeños textos en primera persona que podían decir cosas como esta: “De mi lanza depende el pan que como… Apoyado en mi lanza, bebo”. El presumible autor de estos versos, Arquíloco, habría vivido en la isla de Paros entre los años 700 y 650, en tiempos en que los dialectos griegos iban fusionándose en un cuerpo y las ciudades griegas, también. Hijo de una mujer esclava y un padre acomodado, Arquíloco ha sido visto desde la Antigüedad como el poeta que, en vez de orientarse hacia los grandes hechos, prefirió ser ‘testigo de sí mismo’ (Critias) y volcarse a temas mundanos con un lenguaje ‘lascivo’ y un contenido ‘maledicente’ de sí y de los demás. Para Horacio, representó el surgimiento del poeta rabioso (“la rabia armó del yambo que le es propio Arquíloco”) y para muchos que vinieron después, como Nietzsche, fue el “primer artista subjetivo”. Los poemas breves que se conservaron, los textos y retazos que se le atribuyen como autor, indican que Arquíloco no frecuentó la épica de glorias pasadas -como sí hicieron sus contemporáneos Calino y Pisandro-, no exaltó a gobernantes que lo ampararan ni propuso métodos de gobierno -como Tirteo o Solón-, no cultivó esquemas morales o filosóficos -como Jenófanes o más adelante Parménides- y, en cuanto a la poesía religiosa, la practicó de un modo algo tangencial, bajo la forma dionisíaca y casi “terrenal” del ditirambo. Todo esto significa que el poeta en cuestión no encontró que lo más importante fuera consagrarse a personajes por encima del orden mundano -héroes, reyes, dioses- ni a ideas más o menos exhaustivas –cosmogonías, filosofías, leyes-. Lo político en Arquíloco escapó a la pedagogía y la alabanza; su lugar lo ocupó el conocimiento directo de los escenarios de guerra, el cuidado del pellejo, la paga del soldado. Lo religioso escapó a lo que llamaríamos himno, optando a cambio por poemas que muestran de un modo gracioso lo que los dioses hacen con los hombres: “Al que caminaba erguido, lo ponen panza arriba”. Y, por encima de todo, el grueso de esas composiciones que nos llegaron desnudan una preferencia por las cuestiones más cotidianas, atravesadas por la posición personal respecto de ellas, y atravesadas también por el humor, ya que no podía carecer de humor, o al menos de juego, cualquier canto que no fuera religioso, épico, pedagógico o elegíaco. Arquíloco tomó para eso la línea de Yambe, la esclava de la diosa Démeter, que según el mito solía inventar y recitar poemas mundanos, eróticos o burlones, para distraer las cuitas y alegrar las horas de su ama mientras esta lidiaba con la desaparición de su hija Perséfone. Yambe era esclava, y era diosa también. Arquíloco, hijo de madre esclava, bautizó a su propia poesía yámbica. Priorizó entonces los dos tonos de Yambe, el de lo erótico y amoroso, el de lo burlesco o satírico, y extendió el campo de los temas profanos a esa suerte de real politik desde el llano: la vida (del poeta) en la polis, los modos de ganarse el pan, la guerra como un quehacer. Eran temas “bajos”, aunque no desprovistos de pathos, de emoción. Lo otro que Arquíloco estableció fue una combinación fija de sílabas -el yambo– como medida para el nuevo verso. Leer el resto de esta entrada »

Zona roja

diciembre 13, 2016 by

Las mujeres de esta calle,
como los viejos cuando están indignados,
antes de ponerse a hablar
chistan.
Con el ruido llega el vislumbre,
la lencería oscura en la noche,
una melena contra el paredón
de la escuela sin luz.
Los mitos griegos la convertirían en Medusa,
los avisos clasificados la convirtieron en Melissa,
como en los barrios la función siempre es doble
Melissa muestra todo y a la vez
guarda atenciones encorsetadas.
Calle de espera, de dosis,
de esclerosis.
Puesta en valor, carteles amarillos,
ciudad de todos.
Sentado en un umbral, abriendo un sobre
un chicato lee una línea con el papel
pegado a la nariz.

Y a la par del polvo que se aspira,
el polvo que se derrama.
Antes de que amanezca
y el poeta narcotizado tire en un ataque de culpa
los restos de su bodeleriana aureola,
llegan los últimos clientes:
son dos. Son los gemelos del bajón.
Uno por cada lado
se cruzan en la esquina, carne y uña,
el rolinga de campera
bamboleada al aire como un trapo
y el policía que se rasca
la línea chata que al pelo
le imprime el disco de la gorra.
Dos gladiadores, unidos por el aguante:
esperaron toda la noche hasta que Melissa
quedara floja y sola.
Dos espartanos, unidos por el objetivo
de poseer sin pagar.
Los dos vieron la aureola
tirada en la alcantarilla
y ahora pelean haciéndose los santos
para que sólo uno
la recoja.

Ay, Bacacay,
calle de espera, de dosis,
de esclerosis.
Pronto el destello del día
va a dar contra los postes
encendiendo las lamparitas quemadas.
El paredón de la escuela
empieza a verse más blanco;
el afiche amarillo, más viejo;
el tajo al medio, en el cartel desvencijado,
le da a la obra que prometió el gobierno
un aire con los cuadros de Lucio Fontana
(pero mejor que prometer es pintar).

Se escucha el tren del oeste.
La barrera que vivía alzada
de repente baja.
Todavía está oscuro cuando aparece
chocándose con un fantasmita en el andén,
anticipándose
a la primera horneada de obreros en caravana,
una mujer con su parrilla portátil,
su corazón intransigente,
una bolsa de harina
y otra de carbón.

fontana

Papá era un veleta

noviembre 9, 2016 by

PAPÁ ERA UN VELETA
Papa was a rolling stone
Barrett Strong

El día 3 de septiembre
voy a acordármelo siempre
porque fue el día que papá murió.
Nunca lo tuve de frente
y todos me hablaron pestes
así que, vieja, de vos depende
que yo conozca la verdad.

Mamá, ¿es verdad lo que dicen
que papá no trabajó ni un solo día?
Mamá, en el barrio se cuenta
que tenía tres hijos más, de otra mujer.
Y eso no da, no está bien.
Hasta escuché que lo vieron
“salvando almas” en la puerta de un negocio,
haciéndose el predicador
siempre mintiendo, parasitando,
siempre tapado de deudas
robando plata en nombre del Señor.

Mamá, otra cosa que escuché
es que él decía que era un master, que era un genio,
¿será por eso que acabó en el cementerio
tan temprano? Dicen que mangueba, que robaba
para pagarse los gastos.
Mamá, en el barrio cuentan que papá
no era de pensar mucho
y que lo poco que ganaba
se lo quemaba en mujeres y en alcohol.
Mamá, depende de vos
que yo sepa la verdad.

Y ahí mamá miró al piso
y con agua en los ojos despachó:
“Tu papá era un veleta,
la casa la tenía donde paseaba la jeta
y el día que se murió
lo único que me dejó fue estar sola”.

*****

PAPA WAS A ROLLING STONE

It was the third of September.
That day I’ll always remember
‘Cause that was the day that my daddy died.
I never got a chance to see him.
Never heard nothing but bad things about him.
Mama, I’m depending on you, tell me the truth.

Hey Mama, is it true what they say
that Papa never worked a day in his life?
And Mama, bad talk going around town
saying that Papa had three outside children
and another wife.
And that ain’t right.
Heard some talk about Papa
doing some store front preaching.
Talking about saving souls
and all the time leeching,
dealing in debt
and stealing in the name of the Lord.

Hey Mama, I heard Papa
call himself a jack of all trade.
Tell me is that what sent Papa to an early grave?
Folk say Papa would beg, borrow, steal
to pay his bill.
Hey Mama, folk say that Papa
was never much on thinking.
Spent most of his time
chasing women and drinking.
Mama, I’m depending on you
to tell me the truth.

And Mama looked up
with a tear in her eye and said:
“Papa was a rolling stone.
Wherever he laid his hat was his home.
And when he died
All he left us was alone”.

barrett

Barrett Strong

Alardes y remordimientos

marzo 9, 2016 by

Diez escritores potentísimos, vitales en algún momento de esta vida: Arlt, Baudelaire, Byron, Poe, Dostoievski, Vallejo, Flaubert, Stendhal, Walsh, Lispector, Pynchon. Arlt y Dostoievski tendrían que ir juntos, porque dije diez. Y no incluyo a Cervantes porque no lo leí bien; ese sería mi remordimiento. Muy en otro orden de cosas: diez series de televisión. El increíble Hulk, Mork y Mindy, El pulpo negro, Oz, Coupling, Black books, Mad men, True detective, Gotham, Daredevil. Todas me gustaron y me hicieron olvidar la pena que me seguía de chico cuando faltaba el televisor y mis compañeros me preguntaban “¿viste a b.j., viste a b.j.?, ¡es genial!, ¿no viste a b.j.?” y yo pensaba en una abeja gigante. Como ahora pienso en el aguijón del remordimiento.

Laboral

marzo 1, 2016 by

 

Llegó febrero con media pila y mañana
llega marzo con una empanada
de carne para treinta y un días,
vuelve el trabajo, los freelancers
nos convertimos otra vez en dancers
all night long sacudiendo nuestros teclados
en un ritmo frenético lejos de casi todo lo que nos gusta
salvo la buena mesa y la mala traducción,
ahí suena el teléfono, desde la facultad
nos llama la secretaria universitaria
y nos informa que dos ciudadanos
precisan un corrector para sus novelas,
ya entró un mensaje, es de la embajada,
no regalan bicicletas pero bien que a la nuestra
la reparan una vez al año, embajada, pronto les mando
mi traducción, más en bandeja que nunca,
ah, marzo, lejos de casi todo lo que nos gusta
pero en la siembra, en la siembra y de a ratos
mirando al sol mientras revoleamos la camisa,
¿quién va a decir que abril es el mes más cruel?

(2008)

Bowie

enero 14, 2016 by

bowie

A comienzos de los ’80, en los barrios de Buenos Aires, la música y el estilo de David Bowie eran uno de los pocos ecosistemas, si no el único, en los que un adolescente podía apoyarse antes de tomar una decisión antipopular. Como por ejemplo la decisión de hacerse el lindo, la de vestirse limpio, o la de jugar a ser puto. Pero la gracia justamente de ese ecosistema era que le proveía a cualquier chico de clase media o mediobaja una posibilidad de lookearse elegante o coquetear con otros hombres sin perder el nexo con el paisaje ortodoxo del rock barrial. Esa era la diferencia entre que te gustara Bowie y te gustara Duran Duran o Culture Club. El halo de Bowie podía rozar, pero nunca incluir del todo, a esas otros solistas y bandas menos conocidos como Brian Ferry, Japan, Eurythmics o Spandau Ballet. Bandas que en Inglaterra habían creado una tendencia y una etiqueta: new romantics.

Todas esas bandas o solistas new romantics surgidas en los barrios de clase media londinense entre 1980 y 1982 se habían inspirado en Bowie. Particularmente en un acto de Bowie: su recital en Japón a fines de 1978. Ese concierto fue el emblema de una de las varias transformaciones del músico a lo largo de su carrera: marcó el pasaje del glam al glamour. Además de que sus canciones a partir de ahí empezaron a hablar más de baile y de amor, también su vestuario se repensó: mucho color, como siempre, pero ahora en sacos y camisas de corte “normal”. Lo otro llamativo de aquel concierto en Japón era el ambiente, la puesta de un escenario de claroscuros y sobriedad. A diferencia del glam, el glamour requería un choque entre figura y fondo. La estilización pasaba a ser un detalle (aunque no escondido sino evidente) del cuerpo y de la ropa del músico, inserto en un escenario depurado y ligeramente aséptico.

Como construcción estética, el Bowie “elegante” tenía un lado interesantísimo. Porque era una apuesta por desestimar y en última instancia destruir la ideología del “distinto”. Antes, el glam había sido frecuentar a Warhol; ahora el glamour, en cambio, era codearse con Tina Turner. Tina, además, estaba mucho más cerca que Warhol del ídolo de la infancia del Duque: Little Richard. De esas dos visiones de Estados Unidos, Bowie elegía una elegancia popular, una aristocracia callejera. Y su gesto no pasó desapercibido por los chicos de mi generación. Por eso los “conchetos” nunca asimilaron ni se identificaron con Bowie. Porque no podían encontrar en su propuesta argumentos para acusar al pueblo de “grasa”. Esos chicos de zona norte como nuestro actual ministro de Economía Prat-Gay necesitaron otras tendencias para formular su desprecio de clase. Lo que se entendía y creo que se sigue entendiendo por “concheto” es esa parte de la clase alta o medioalta que, por alguna razón, generalmente psicológica, necesita enfatizar que es de clase alta o medioalta. Es decir, la clase indiscreta. Opuesta a todas las clases elegantes.

Pienso en Bowie y más de una vez se me viene a la mente Potenzoni. Si a los doce años el Duque era el único chico de Bromley al que el padre le podía comprar una batería y un saxofón, Potenzoni era el único de Villa Real que tenía reloj con jueguitos. A Potenzoni le gustaba más Duran Duran (aunque a veces, cuando estaba con las chicas, podía preferir a George Michael), lo que no quitó que se le volara la cabeza, me consta, cuando con Cristian Godoy le hicimos escuchar el dúo Bowie-Jagger cantando “Dancin in the streets”.

Mi propio Bowie de todos modos llegó bastante después. Fue el Bowie electrónico que, influido por una nueva cultura callejera londinense como la de Massive Attack, fusionó al romántico con esa otra constante suya, la figura del viajero espacial, en un bloque de canciones que sonaban a distorsión dulce. Ese Bowie alrededor de los cincuenta años, recién casado con la modelo somalí Iman, marcó mis veinte. Es el período que va del disco Black Tie (1993) a Reality (2003), y que incluye temas como “You`ve been around”, “Spaceboy” y la perfección que es “I’m deranged”. Mi mejor amigo el Champion Docampo empezaba a trabajar de deejay; yo desgrababa clases en la facultad. Mi esposa era una finlandesa hermosa que había venido a Buenos Aires a estudiar guaraní. No teníamos plata y éramos felices.

Yugando

enero 12, 2016 by
italo

Italo Calvino es su ph.

Hay muchos paramundos, y todos están en este. Está por ejemplo el mundo de la parapsicología, con sus enigmas y sus sabrosos lucros, y está el de la paraliteratura, bastante menos rentable y misterioso. En la paraliteratura reinan las cosas -los trabajos- de los que vivimos los idiotas que sólo sabemos leer y escribir. Las traducciones literarias podrían ser la faceta más vistosa dentro de ese mundo; en la otra cara, la actividad más oculta podría ser la redacción de informes de lectura. A las personas que hacen esto último se las llama lectores editoriales.

El lector editorial resume, describe y evalúa los textos que llegan a una editorial buscando ser publicados. Recomienda o no su publicación. Es un trabajo con un 33% de seriedad: de cada tres libros que el lector evalúa, las editoriales le hacen caso en uno. Muchas veces, lo que más les importa a los editores es la primera parte del informe: la síntesis de la trama del libro. Después miran la evaluación, claro, pero con el criterio de ellos, no el del lector. Es un trabajo secreto, acorde con que es un oficio invisible. Una ley no escrita preserva el nombre del lector para que después el escritor no se lo tome personalmente si hubo un fallo en su contra. Esa ley tiene sentido sobre todo cuando el lector se llama Fulano. El despecho de un escritor puede ser terrible y, si conoce el nombre del Fulano que lo “reprobó”, quizás quiera ponerlo en ridículo y hasta dejarlo sin trabajo. Distinto es cuando el lector se llama Italo Calvino. En este caso el protocolo del anonimato no tiene razón de ser. Calvino hizo informes de lectura para editoriales italianas durante largos años. Le daba orgullo su trabajo porque consideraba que lo mejor que puede hacer un escritor es ganarse el cheque haciendo algo cercano, pero distinto, a la escritura. Además de la síntesis, la observación y la evaluación, del lector también puede esperarse que haga un señalamiento de inconsistencias en la trama o el argumento -por ejemplo, que una tía abuela que falleció en la página 30 no reaparezca en la página 72, salvo que sea un fantasma o un flashback. Cuando el escritor se entera de estas observaciones, la bronca crece. Los escritores tienden a tolerar mejor el rechazo pleno que la sugerencia parcial.

Ese es el paramundo de los lectores editoriales. Viven en él unos cuantos paracalvinos, y algún que otro subcalvino mejor posicionado. Por supuesto que viven de hacer varias cosas, igual de anónimas que los informes que redactan. Nadie llega a fin de mes sólo informando. Hacen un trabajo extraño. De ellos sí se puede decir, literalmente, que “el resto es literatura”. Mientras ellos leen y evalúan, ocultos en los cuartuchos de la paraliteratura, afuera las voces de los escritores copan los meeting points, los bares, las librerías, los corredores fantásticos de la literatura comentando: “rechazaron la novela de Tal”.

Hace poco se editó la última novela de Fabián Casas, Titanes del coco. Fabián es un escritor leído y felicitado en todos lados: en la prensa, en las universidades, en la prensa, en el boca o boca, en la prensa. Pero la persona a la que le tocó informar Titanes recomendó que no lo editaran, y el autor se enteró. Se enteró además que esa persona admiraba todos los libros anteriores de Fabián, pero este le parecía flojo. ¿Y cómo nos enteramos nosotros de todo esto? De boca del escritor, ofendido con “esa chica”. En una entrevista indulgente, favorable, en una entrevista donde todo es elogio y felicitaciones, de repente salta ese punctum en la memoria del escritor que le recuerda la existencia de una voz mínima, apenas perceptible, una voz sin poder (el libro al fin y al cabo se publicó) hablando en su contra. Ahí entonces la corona del escritor muestra la gorra debajo: el entrevistado se detiene en esa pequeña voz y la juzga. Busca ponerla en ridículo, la quiere delatar. Luego podrá venir, en el calor de la entrevista, el punto más emotivo: ahí donde el escritor elogia el trabajo de “los invisibles”, de toda la gente anónima que hace las grandes cosas, los buenos zapatos, los buenos libros, lejos del ruido y la notoriedad. Pero al invisible en cuestión ya se lo denunció.

Tengo que parar de hacer informes de lectura por dos años. Porque realmente me detengo en el análisis de boludeces; realmente, si lo pienso bien, no tiene importancia eso que dijo Fabián. Fue un comentario menor, al pasar, sin verdadera mala fe, quizás con un puntito de resentimiento, pero nada grave. De hecho, lo que más repercutió de esa entrevista fue otra frase de Casas: “Si me ofrecen un premio y ese premio no incluye plata, no me interesa recibirlo”. Le dijo eso al periodista, lo publicaron en http://www.polvo.com.ar y al otro día en las redes sociales todos lo estaban llamando de todo, empezando por pesetero.

Sin embargo, no puedo estar más de acuerdo. Y me gusta que Fabián Casas haya dicho eso casi tanto como me gustan sus poemas. Casas es un escritor que, como los que hacen informes de lectura, en un momento tomó una gran decisión: vivir de otra cosa, parecida pero distinta. Adoptó la premisa que Discépolo le adjudicaba a Perón: un escritor es alguien que además de trabajar, escribe. Otros que sólo saben leer y escribir tienen, por el contrario, la expectativa de vivir de lo que escriben, de ganar plata de lo que garabatean. Y ahí está toda la diferencia, y es una diferencia mecánica. Los que quieren vivir de lo que escriben, la cagaron. A los 40 empiezan a hacer todo mal. Para su idiotez, como para la mía, había decenas de oficios paralelos: editar libros de otros, traducirlos, corregirlos, publicarlos, venderlos en una librería. Ninguno una maravilla, convenido. Pero todos sirven para cubrir el alquiler, las vacaciones, a veces hasta entretienen, más de una vez incluso estimulan. Y hacen que uno esté más relajado, más seguro de sí mismo, cuando a la noche hay que abrir el archivo de word y pensar en un proyecto, no en un cheque. Porque en el cheque ya se pensó mientras se trabajaba.

Decir que un premio literario es inútil si no es en efectivo es un pronunciamiento que a mí me da confianza. Esa frase sólo puede salir de la boca de un tipo que analizó sus expectativas, dialogó con sus miserias y logró, y quizás todavía logra, sentarse a escribir lo que él quiere, sin un cronograma de pagos. Y sin hacerse el santo, ante todo. Porque a fin de cuentas, lo que hubo de por medio fue un esfuerzo enorme. Si alguien quiere conocer el resultado de ese esfuerzo y no tiene plata para comprarlo, lo puede pedir prestado (la edición analógica todavía lo permite). Ya si alguien quiere premiar ese esfuerzo, que tenga fondos. Que sea capaz de retribuirle algo al otro, al escritor, a cambio de ese pedacito de aura que va a robarle cuando se saquen juntos una foto.

 

 

Una visita gótica

diciembre 15, 2015 by

 

 

smith

 

Aunque a veces parezcan inoxidables, las bandas de rock nacen, crecen y mueren. Pero no todo el mundo es conciente de esto –de que incluso las bandas tienen un ciclo de vida– y por eso se explica que los grupos de Europa y Estados Unidos nos gusten más a nosotros que a la gente de allá. Nosotros sabemos, desde que alguien graba su primer disco, que ese músico o esa banda van a envejecer. Es un conocimiento que no comprime la emoción sino todo lo contrario: la potencia. ¿Y acaso en el Primer Mundo no lo saben? No tanto, porque cuando el acceso es rápido, las cosas dejan de enseñar. No es fácil asumir que los superhéroes envejecen con uno cuando los ves salvando al mundo a los diecisiete años. En cambio en los lugares periféricos nadie se engaña, porque son tierras que los músicos internacionales visitan cuando ya perdieron una buena cantidad de melena. Después de veinte, treinta años tocando, llegan con una ristra de temazos, muchos de ellos compuestos al salir de la adolescencia, cuando su público y sus amigos también tenían bandas. Satisfechos o no, el tiempo pasó y ahí los vemos llegar, curtidos. Adivinábamos que iba a ser así, y está todo bien, nos gusta. Porque a su vez –y esto es lo más interesante– entendemos que esas bandas nos visitan justo en el momento en que están entrando en Algo. En algún sentido, somos nosotros los que los agarramos frescos. Lo pienso en relación con lo que dijo un famoso gurú de los negocios: “Un emprendedor con plata no es un emprendedor, es un administrador”. Nunca me voy a olvidar de esa frase que leí en la revista de una aerolínea, y que se deja traducir perfectamente del mundo de las finanzas al de la música o el arte. Así, un artista joven es un mero administrador, porque la juventud en sí misma es un capital inicial, y muy poderoso, aunque algunos no lo aprovechen. Mientras que un músico que envejece, en cambio, es un aventurero fresquito. Y los países periféricos tenemos la suerte de encontrarlo cuando acaba de lanzarse a la intemperie, a medirse con un destino sin garantías.

Cuando vino New Order, el público celebraba sus bodas de plata con New Order. Leer el resto de esta entrada »

Libros gruesos

noviembre 25, 2015 by

 

Los libros gruesos vienen con trampa y es que tarde o temprano se acaban. Si el clima acompaña, suelen terminarse más temprano que tarde. Además, los libros gruesos son deliberados: a la página cincuenta ya sabemos que el escritor sabía que su libro iba a ser muy grueso. A esa altura, El arcoiris de la gravedad de Thomas Pynchon ya presentó una docena de personajes que son pura potencia, con todo por delante, y El libro de los pasajes de Walter Benjamin hizo lo propio con una docena de ideas. Distinto es el caso de las sagas que después, por las razones más diversas, terminan siendo reunidas en un solo libro. Uno lee el primer libro de Sayañezndokán y nada indica que la obra podría extenderse dos mil páginas. Tampoco es el caso de los folletines del siglo XIX como Los misterios de París o El conde de Montecristo. Estos no podrían tener menos páginas de las que tienen básicamente desde el punto de vista del corazón que las lee; pero desde el punto de vista de la historia que cuentan, sí podrían acortarse. El Ulises de Joyce es el más sentimental de todos esos folletines. Sólo que es un folletín erudito y para amantes de la historia de la literatura. El Ulises, en cierto sentido, pertenece más al siglo XIX que al XX. El caso opuesto es Crimen y castigo, que en cada párrafo exige más y más páginas. Rojo y negro, casi lo mismo. Más acá hay grosores programáticos, como el de Rayuela, que se alimentan del collage, la digresión, la infiltración de todo tipo; Moby Dick, que es de la época de confianza en el progreso técnico, subordinaba esos injertos a su valor descriptivo, al conocimiento real que aportaban; Los detectives salvajes, que es de la época de confianza en el individuo y del culto a la personalidad, lo que hace es consagrar trescientas páginas a lo que cientos de personajes menores opinan de los dos protagonistas.