Los escritores-peligro

julio 21, 2015 by

arquero

Hay un relato de ficción que se da muy bien en la literatura brasileña, lo mismo que en algunos países de Europa, pero que apenas tiene peso en nuestra tradición local. Me refiero a un tipo de relato urbano, que cuaja sobre todo en la forma del cuento o la nouvelle, y en donde el protagonista es un escritor famoso que está harto del modo en que se gana la vida. Nosotros tenemos, por supuesto, el hastío en los personajes de Roberto Arlt, pero esto de lo que hablo es distinto. En vez del desasosiego arltiano y las cuitas de la “struggle for life”, estas son historias donde al protagonista le va bien en su trabajo y la angustia que siente, menos densa, no es por acceder sino por salirse del Negocio. En esos relatos, el héroe conoce y a veces domina la lógica financiera que mueve al mundo (y a los prestigios literarios dentro de este) pero ese saber que se ostenta tiene la contracara de que conduce a su poseedor a una vida gris, demasiado doméstica y sin la felicidad del riesgo. Y todo dentro de una delicada arquitectura narrativa que hace suponer, en los escritores de carne y hueso que urden esas tramas, una vida profesional tranquila, sin amenazas. No es algo de ahora: ese tipo de relato ya está en el siglo XIX en un genio como el carioca Machado de Assis, y continúa vivo y atractivo hasta hoy en los cuentos de Sergio Sant’Anna o de Joca Reiners Terron. Lo hace posible una historia, la historia de Brasil, que es más financiera que la nuestra, y que ya era así en la época del Imperio, mientras que la argentina era y sigue siendo una historia más política. Mal que nos pese a algunos, que preferimos a Mansilla, nuestro emblema del siglo XIX es el pendenciero Sarmiento; el de los brasileños, en cambio, es el sofisticado y calmo Machado, padre, tutor y encargado de buena parte de la biblioteca brasileña. Leer el resto de esta entrada »

La configuración

julio 16, 2015 by

el
momento
en
que
una
persona
bastante
dada
a
la
lectura
de
todo
menos
de
los
informes
y
las
instrucciones
y
las
advertencias
entra
a
la
página
de
configuración
personal
de
su
casilla
de
correo
y
descubre
que
todos
los
mensajes
a
todas
las
personas
desde
hace
varios
meses
van
también
a
parar
al
correo
de
su
ex.

¿Cuál es tu radio?

julio 6, 2015 by

slater

Con las décadas pasa como con los signos del zodiaco: unas tienen buena y otras mala prensa. La década del 90 es de las segundas, y se ganó su fama, ante todo, por el auge de las privatizaciones de empresas públicas y por la masificación del consumo de cosas con marca, adquiridas para mostrarse con ellas como primera utilidad. La pulsión marquera le dio otro tallado y enseguida otro relieve al mundo; bajo el halo de las etiquetas con más onda, la gente dejó de necesitar subirse a un escenario para sentirse estrella, y hasta las personas que ya se destacaban por su talento o su función –deportistas, presidentes– salieron a buscar el auxilio de esos significantes como “Ferrari” o “The Gap” para rockear la vida institucional con mayor elocuencia. Fue el tiempo en que los ricos se volvieron tautológicos –seres portando elementos que los delataran como ricos– y en que los pobres hicieron renacer a una antigua diosa latina, Niké, para rendirle por tributo la mitad de su sueldo a cambio de zapatillas. Nada era nuevo, salvo la sospecha de que un objeto a todas luces bien hecho y lanzado al mundo con la mejor materia disponible podía no ser bueno si no tenía determinada inscripción.

El comienzo del cambio había empezado un poco antes, en los 80. Fue ahí cuando muchas más cosas empezaron a valer por su marca. Hasta la generación de nuestros viejos lo que se daba era que, dentro de la torta saussureana de los objetos de consumo, existían más porciones para las cosas que valían por su uso o por sus propiedades, digámoslo así, inherentes. Nuestros hermanos mayores tenían más juguetes que eran buenos porque no se rompían. Recién en los 80 de Reagan, Tatcher y Fiorucci esto cambió y se empezó a convivir más con lo marcado que con lo conocido como bueno. Y lo marcado podía tener su relativa calidad, su relativa durabilidad, su relativo provecho, o ser berreta. Pero había un detalle: buscar la marca incluía toparse con la marca falsa. De toda esta mitad de las cosas, una mitad a su vez la llenaba el gran cuco de los 80: lo trucho. Por ejemplo las ropas de imitación de marcas mundiales. Que por supuesto compartían el mismo estatuto que las “auténticas”. Adentro de las cajas de zapatillas lo que había eran denominaciones ansiadas, ya sea que uno comprara Nike y otro Nike Feraldy. Leer el resto de esta entrada »

Zona roja

junio 17, 2015 by

De la Melissa que te llama
a la Medusa que te ignora
hay un hilo.
La voz es casi inaudible
pero esta calle, de por sí,
ya chista.
También hay un hilo
entre el rolinga con polera
y el policía que se rasca
la línea chata que al pelo
le imprime el disco de la gorra.
Siempre todos se van sin pagar.
Siempre todos tienen aureola.
Ay, Bacacay,
calle de espera, de dosis,
de esclerosis,
el negativo de un cuadro de Malevich
te diría que sos.
Sin embargo, un corazón intransigente
todas las tardes te camina:
un chico que no quiere ser Messi,
una chica que no quiere ser Pampita.
Yo creo en ellos. Son el futuro.
No les cabe este porro
ni esta Ciudad Gótica.

El Parque Rivadavia

junio 2, 2015 by

rivad

No sé muy bien en qué consiste el realismo visceral. No tengo diecisiete años, no me llamo Juan García Madero, no estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. No soy huérfano. No seré abogado. Soy un lector que viene seguido a este parque, simplemente. Y que, en los puestos de libros en fila, hojea la literatura de la época. De las novelas que se agotaron, podría quedar acá un ejemplar. Las que se fueron de librerías sin que nadie las comprara deben estar también, en las bateas superpuestas. Ese pibe que el año pasado iba a revolucionar la escritura está en mis manos: pasó, pero no era malo. Ese y la lista de sus amigos dicen presente. A precio de remate o de colección. Estoy en el punto de reunión de todo lo editado. Si el rock argentino tiene una cueva de los orígenes, si el baño del bar “La Perla” echó a andar una historia, la literatura en cambio tiene esta cueva de la sobrevida, el Parque Rivadavia, donde no nace ningún escritor. Pero a donde todos llegan, como a una costa bañada por el sol, a estirar las patas de sus firmas, por el tiempo que se pueda.

* * *

De entre los distintos barrios creados para insertar inmigrantes ahí donde no había sino campo, mansiones dispersas y una vía del tren, Caballito, el menos obrero, tuvo desde siempre la simpatía y el favor de los hombres al mando del municipio. De hecho, cuando los conservadores del 900 ampliaron la ciudad a su pesar y se reservaron para ellos treinta manzanas con estatuas, jardines y bellos edificios, alguno, quizás Miguel Cané, proclamó el célebre dictado aristocrático: “Cerremos el círculo y velemos sobre él, pero también pongámosle algo de onda a Caballito”. Desde entonces el barrio es lo que es: masita fina a ojos del pueblo, bizcocho intragable para los acomodados. Por su esencia cuasi-privilegiada (en la que el cuasi es, sin duda, la mayor de las distancias), Caballito es el único barrio argentino que jamás dará un playboy. Eso sí: derrocha espacios de ocio, algunos verdes y otros no. Y si Cané y sus amigos le regalaron un parque como el Centenario, algunos años después el presidente Alvear pensó que era poco y le obsequió otros dos: Plaza Irlanda primero, y enseguida este Parque Rivadavia.

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El final de Mad Men

mayo 20, 2015 by

joan

Terminó Mad Men, la única serie estadounidense que vi completa. Como fumé muchos cigarrillos mirándola, es justo que escriba sobre ella. Disfruté y festejé la reconstrucción de una época que no viví, en una ciudad que conocemos de sobra. Si la serie nació pensada para representar el cambio de los ’50 a los ’60 en Nueva York, creo que lo logró con maestría, aun cuando su éxito la acabó llevando a tener siete temporadas y a ampliar un poco el recorte de época. Los protagonistas fueron todos hombres forjados en el imaginario masculino de los ’50: cowboys urbanos. Un machismo no tan distinto del ideal varonil que conoció el cine argentino a través de actores como Alberto de Mendoza. Las protagonistas, y en especial Peggy Olson, fueron todas mujeres cuya visión del mundo ya estaba jugada antes de la aparición de la pastilla anticonceptiva (1960). Quizás hubiese estado bien, dado que la serie se extendió en temporadas, insertar un personaje moldeado en los mismos años ’60 y que cobrara peso hasta volverse central. Quizás la hija de Don Draper, Sally, fue ese personaje. Leer el resto de esta entrada »

El rey de las especias (capítulo)

mayo 19, 2015 by

Marcha-Federal

Klaudia tenía una vida difícil, verdaderamente difícil, pero podías pasar bastante tiempo al lado de ella sin que lo notaras. La ibas a ver en su rol de organizadora, nucleando a la gente de las escuelas de artes para distintas actividades extra clase. Era la vida que ella quería, no una vida regalada ni simplificada. Con esfuerzo iba labrando un destino más allá de ese par de esquemas sociales que había heredado –buen pasar, hija de periodista– y que le hacían la vida más fácil a los que estábamos alrededor de ella. Pero además de honesta Klaudia era comprensiva; todos tenemos un punto débil. Y acababa accediendo a ciertos reclamos que le planteábamos. Así, bastante en contra de su voluntad, en un momento había pasado a ser, además de la organizadora de marchas y ferias, la delegada de las idas a recitales. Muchos fines de semana íbamos a ver bandas gratis por medio de ella, que acabó siendo conocida por todos los jefes de prensa. Al principio decían “ah, sos la hija del Negro Espósito, claro”; después, “ahí viene la hija del Negro Espósito, hacelos pasar”. Leer el resto de esta entrada »

Los claros mandan (relato)

abril 7, 2015 by

En las inferiores somos muchos, y casi todos quieren ser Messi. La competencia es cruel de mitad de cancha para adelante, así que sólo los defensores tenemos el puesto asegurado. Eso influye en nuestro cotidiano: los de atrás nos movemos firmes, sin riesgo, como trabajadores de planta en una empresa o músicos de una vieja guardia. Charlamos entre nosotros, pese a que tenemos catorce años, con mucha madurez. La delantera es picardía y pesadillas de inconstancia; el mediocampo es lo mejor: lucha, insidia y creación. Pero la defensa tiene sus ventajas: el piso no se mueve, la ropa no desaparece de los lockers. La vida es sencilla y los colectivos que te llevan al entrenamiento no se atrasan.

Sin embargo, debe ser el hartazgo que siente un adolescente ante cualquier función fija, el rechazo a estancarme en el bienestar europeo del defensor, lo que de un tiempo a esta parte me hace querer dejar el club. Leer el resto de esta entrada »

El spam ya existía

abril 6, 2015 by

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En los libros de James Joyce se come mucho corned beef. Esa es, o podría ser, la mayor marca rioplatense en el autor del Ulises. Para alguien que no leyó a Sarmiento ni a Mansilla, no es poco. Lo que sí se comenta es que Joyce hojeó algún libro de Güiraldes (tenían amigos franceses en común). Y ante una versión enlatada y for export del campo argentino como es Don Segundo Sombra, debe haber preferido una versión enlatada y for export de los productos del campo argentino, como es el corned beef. Yo en su lugar elegía lo mismo. Siempre es mejor cualquier corte de vaca a que te vacunen con una oda al ganado. El plato lleno antes que la prosa bucólica. Y el corned beef, a fin de cuentas, tampoco es carne mala. Dicen que fue y sigue siendo de falda. Se ubica más cerca del manjar que de la porquería. En Inglaterra, de hecho, y varias décadas después del Ulises, Margaret Tatcher supo definirlo como una “delicatessen para los días de guerra”. Una wartime delicacy, dijo la Tatcher no de la obra de Joyce sino del corned beef –y lo mismo se puede decir del spam.

Latas de falda argentina o uruguaya molida se abrieron en toda Europa durante los preparativos y los recreos de las dos grandes guerras. Leer el resto de esta entrada »

Romeo tuvo a Julieta

marzo 27, 2015 by

Atrapado entre estrellas retorcidas,
líneas tendidas y el error del mapa
que trajo a Colón a Nueva York;
encorsetado entre el este y el oeste,
con su chaleco de cuero está yendo a buscarla.
Por un instante la tierra cruje y tiene un temblor.

En la oreja, un crucifijo de diamante
que le sirve para espantar el miedo
de haberse dejado el alma
dentro de cierto coche de alquiler
y un lampazo escondido en los pantalones,
un trapo para limpiar los manchones
volcados en la vida de la ondulante Juliette Bell.

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