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Libros gruesos

noviembre 25, 2015

 

Los libros gruesos vienen con trampa y es que tarde o temprano se acaban. Si el clima acompaña, suelen terminarse más temprano que tarde. Además, los libros gruesos son deliberados: a la página cincuenta ya sabemos que el escritor sabía que su libro iba a ser muy grueso. A esa altura, El arcoiris de la gravedad de Thomas Pynchon ya presentó una docena de personajes que son pura potencia, con todo por delante, y El libro de los pasajes de Walter Benjamin hizo lo propio con una docena de ideas. Distinto es el caso de las sagas que después, por las razones más diversas, terminan siendo reunidas en un solo libro. Uno lee el primer libro de Sayañezndokán y nada indica que la obra podría extenderse dos mil páginas. Tampoco es el caso de los folletines del siglo XIX como Los misterios de París o El conde de Montecristo. Estos no podrían tener menos páginas de las que tienen básicamente desde el punto de vista del corazón que las lee; pero desde el punto de vista de la historia que cuentan, sí podrían acortarse. El Ulises de Joyce es el más sentimental de todos esos folletines. Sólo que es un folletín erudito y para amantes de la historia de la literatura. El Ulises, en cierto sentido, pertenece más al siglo XIX que al XX. El caso opuesto es Crimen y castigo, que en cada párrafo exige más y más páginas. Rojo y negro, casi lo mismo. Más acá hay grosores programáticos, como el de Rayuela, que se alimentan del collage, la digresión, la infiltración de todo tipo; Moby Dick, que es de la época de confianza en el progreso técnico, subordinaba esos injertos a su valor descriptivo, al conocimiento real que aportaban; Los detectives salvajes, que es de la época de confianza en el individuo y del culto a la personalidad, lo que hace es consagrar trescientas páginas a lo que cientos de personajes menores opinan de los dos protagonistas.

 

 

 

 

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