Archive for the ‘Poesía de la casa’ Category

Zona roja

diciembre 13, 2016

Las mujeres de esta calle,
como los viejos cuando están indignados,
antes de ponerse a hablar
chistan.
Con el ruido llega el vislumbre,
la lencería oscura en la noche,
una melena contra el paredón
de la escuela sin luz.
Los mitos griegos la convertirían en Medusa,
los avisos clasificados la convirtieron en Melissa,
como en los barrios la función siempre es doble
Melissa muestra todo y a la vez
guarda atenciones encorsetadas.
Calle de espera, de dosis,
de esclerosis.
Puesta en valor, carteles amarillos,
ciudad de todos.
Sentado en un umbral, abriendo un sobre
un chicato lee una línea con el papel
pegado a la nariz.

Y a la par del polvo que se aspira,
el polvo que se derrama.
Antes de que amanezca
y el poeta narcotizado tire en un ataque de culpa
los restos de su bodeleriana aureola,
llegan los últimos clientes:
son dos. Son los gemelos del bajón.
Uno por cada lado
se cruzan en la esquina, carne y uña,
el rolinga de campera
bamboleada al aire como un trapo
y el policía que se rasca
la línea chata que al pelo
le imprime el disco de la gorra.
Dos gladiadores, unidos por el aguante:
esperaron toda la noche hasta que Melissa
quedara floja y sola.
Dos espartanos, unidos por el objetivo
de poseer sin pagar.
Los dos vieron la aureola
tirada en la alcantarilla
y ahora pelean haciéndose los santos
para que sólo uno
la recoja.

Ay, Bacacay,
calle de espera, de dosis,
de esclerosis.
Pronto el destello del día
va a dar contra los postes
encendiendo las lamparitas quemadas.
El paredón de la escuela
empieza a verse más blanco;
el afiche amarillo, más viejo;
el tajo al medio, en el cartel desvencijado,
le da a la obra que prometió el gobierno
un aire con los cuadros de Lucio Fontana
(pero mejor que prometer es pintar).

Se escucha el tren del oeste.
La barrera que vivía alzada
de repente baja.
Todavía está oscuro cuando aparece
chocándose con un fantasmita en el andén,
anticipándose
a la primera horneada de obreros en caravana,
una mujer con su parrilla portátil,
su corazón intransigente,
una bolsa de harina
y otra de carbón.

fontana

Laboral

marzo 1, 2016

 

Llegó febrero con media pila y mañana
llega marzo con una empanada
de carne para treinta y un días,
vuelve el trabajo, los freelancers
nos convertimos otra vez en dancers
all night long sacudiendo nuestros teclados
en un ritmo frenético lejos de casi todo lo que nos gusta
salvo la buena mesa y la mala traducción,
ahí suena el teléfono, desde la facultad
nos llama la secretaria universitaria
y nos informa que dos ciudadanos
precisan un corrector para sus novelas,
ya entró un mensaje, es de la embajada,
no regalan bicicletas pero bien que a la nuestra
la reparan una vez al año, embajada, pronto les mando
mi traducción, más en bandeja que nunca,
ah, marzo, lejos de casi todo lo que nos gusta
pero en la siembra, en la siembra y de a ratos
mirando al sol mientras revoleamos la camisa,
¿quién va a decir que abril es el mes más cruel?

(2008)

Vos

octubre 29, 2015

Vos no votaste Pinedo
votaste miedo.
Vos no votaste Gribaudo
votaste deuda.
Te hiciste el zonzo
votando Alonso
pero debajo de la mesa
votaste Griesa.
Vos no votaste Ritondo
votaste al Fondo.
Vos no votaste Bergman
votaste Morgan.
Votaste buitres
entre los globos
tu voto finge
que fue por todos.
Fue por Paul Singer.

Vos no votaste Michetti
votaste Cheeky.
Vos no votaste Santilli
votaste talleres textiles
clandestinos.
Vos no votaste Caputo
vos subejecutaste
tu voto.
Vos no votaste Larreta
votaste submetrocleta.
Votaste submetrocleta
subpresupuesto escolar
subatención de hospital
y subempleo precario.
Vos no votaste Del Sel
votaste arancel
universitario.

Vos no votaste a un galán
ni a un cocinero
ni a un comediante.
Votaste un taller ilegal
donde murieron
dos chicos.

Vos no votaste Lombardi
votaste tarde.
Vos no votaste Baldassi
votaste casi.
Vos no votaste Cambiemos
votaste menos.

No votaste Vidal
ni votaste Macri

votaste masacre
cultural.

Barrera

diciembre 21, 2014

El aullido de los perros a la luna se explica.
Los bocinazos de los autos a la barrera, no.
El bulldog industrial con su correa
atada a la capital
apenas puede con sus fallas y encima
sufre una ajena: de cálculo.
Oro o lo que sea
estos minutos valen.
Chorrea la frente, los pies le pesan, se evapora
y entiende que la paciencia es el cuarto
estado de la materia. Detrás de él,
reservas de Ulises aguardan
la navidad de los autos, la condición
de nave que salga volando.
Hay, quién dijo que no,
en este lugar
todo tipo de fantasías
forjando familias tan nerviosas como imaginarias
a las que la cena se les atrasa.
Y hay un auto, a veces, que,
con la barrera alta, igual no arranca,
su conductor tomado por un nuevo puro límite
o ya midiendo el lío en que va a meterlo
su revelación.

El poeta indigente (1a parte)

noviembre 7, 2014

Circunstancia nacional: circo y estancia,
la masa en el trapecio, mamá en cama
forrada y con tristeza, papá recio
lotea en ajedrez y gana en damas.

Me fui cuando empezaban los noventa.
Mi Morrissey interno me avisó:
“Andate de esta sociedad de mierda,
llevate la tarjeta y el Renault”.

Me fui y viajé. Por selvas y desiertos
sentí la soledad, como Rimbaud.
Llamé una noche a casa, mandé carta.
Papá, si la leyó, no respondió.

Entonces trabajé. Cinco semanas
a pleno en una hacienda yerbatera
de un paraguayo loco de Posadas
que me ofreció a su hija, misionera.

Vivimos por un tiempo de la renta
que nos daba mi suegro. Un día me visto,
salgo a comprar el diario y me doy cuenta
de que Papá, de golpe, era ministro.

Ministro y con ideas importadas
para reorganizar la economía:
campo que no rendía, se loteaba;
pueblo que daba pérdida, moría.

Su lema era cerrar si no recauda.
Mi suegro no aguantó y se fue a Asunción.
El campo se secó como un paraguas
sobre otra mesa más de disección.

Y mi mujer, ¿qué hizo? Siguió al padre.
Yo a Paraguay no voy, fue mi respuesta.
Con la última plata, llené el tanque.
Volví porque extrañaba los noventa.

Y me anoté en Sociales, en la UBA
y me anoté en un curso de poesía.
“Vos siempre haciendo cosas pelotudas”,
dijo Papá al saber que yo escribía.

Entonces lo encaré y casi lo estampo.
Al mes largué la facu porque sí.
Un día que mamá estaba en el campo
tomé prestado el auto y fui a Brasil.

Y en Río atravesé una buena época
viviendo en clubes, autos y garajes.
Ahí publiqué un poemario, era mi réplica
al neoliberalismo salvaje.

Me colgué en esperar. Pasaron días.
Hice un viaje al sertón, como Rimbaud.
Nadie leía mi libro. En Argentina,
Papá, si lo leyó, no respondió.

Mi poesía también estaba sola:
el público lector no acompañó.
Dejé el Brasil. Volví. Rompí las hojas
de aquella mi creación: Floripon/Dios.

Ahora vivo en la calle, a mi familia
jamás la volví a ver, sólo a un amigo
que estudia bilingüismo y psicodelia
le paso cada tanto lo que escribo.

Agora sou eu mesmo, o que também
significa ser-não, perder o trilho.
Meu día en Praça Flores é um réquiem
para o cara que eu foi cuando era filho.

de: La sensación de trabajo

La sensación de trabajo (1)

octubre 8, 2014

Hace diez años que volví de Helsinki a Buenos Aires. Me mudé a dos cuadras de Plaza Flores, a un PH que hoy está en plena refacción y donde durmieron más de cien poetas latinoamericanos invitados al festival Salida al Mar. Para celebrarme los diez años pego acá un poema escrito a caballo de esa mudanza y que alguna vez publicó Eloísa Cartonera. Un poema de los días en que los clubes de trueque empezaban a languidecer y Néstor Kirchner a volverse entrañable.

plaza-pueyrredon

PLAZA FLORES
Octubre de 2003
1

Una vez más nos encontramos todos juntos
con esa fuerza.
El viento sopla, la tarde se infla. En el centro
de un cuadrilátero de tipas
un mandiyú florece, el tronco hinchado del polen
que cinco plátanos vecinos le traen.
La plaza es un gusto, un desborde.
En la parte de los juegos hay más madres
mirando un tobogán que embarazadas
en toda Bélgica. Al trote y en zigzag
sorteando árboles y monumentos
los chicos van de las facturas al fulbito –gritan:
“¡Una docena se van a comer!”.
Acaba de llegar
el muchacho que imita a Michael Jackson
y le armaron un círculo enseguida
para que brille su “caminata”. La tarde está hermosa.
Todo es acción y hasta el croto
que dormitaba en un banco
con el envión del despertar crea otra siesta.

Los ajedrecistas
copan el lado oscuro de la plaza
divirtiéndose de a dos,
las manos frías y ajadas alzando un caballo.
En la otra punta, que da a la avenida,
las sandalias y las chombas de los manteros
convocan paseantes.
Alrededor: audio, iglesia y pañalera.
Las tres tiendas históricas de Flores.
La pizzería todavía no encendió las lámparas,
el cine sí.
Infiltrada en la ristra
de cables de teléfono y luz
que conectan una manzana con otra
enredándose en las copas de las tipas,
viaja la voz
de la mujer del futbolista
y llega a oídos de la esposa
del entrenador.

El barrio venía acostumbrándose al big bang.
La gente se dispersaba
lejos de las avenidas comerciales
en ateneos incógnitos
estoqueados de tomates y shampú.
El ángel gris de los clubes
repartía cupones de permuta,
dicen que todavía los reparte
en algunos centros y periferias.
Pero el invierno tarde o temprano acaba y vuelve
la fuerza. Todos buscan
con la mirada el centro
de esta energía. Nadie
puede ubicarlo. Es
sólo una sensación
muy poderosa.

Y está también la vereda de enfrente,
la calzada en sí, los edificios.
Desde un sexto piso sin balcón
Patricio, el nene gutural,
hace sonar Infame, el disco del año.
En su universo de brackets y departamentitis,
Pato detesta la aglomeración
y el alboroto. Detesta el ruido que hace la cumbia
en las cabezas de sus amigos
que traicionaron al rock.
En la vereda misma de enfrente,
abajo, sobre los baldosones gris claro,
el hombre que está solo
es peras lo que vende, fruta argentina
a la cabeza del mundo en cuanto a exportación.
Ese hombre también detesta al gentío
que come facturas en vez de peras
y arroja grasientas papas pay en el camino,
grasa que todo lo mancha.
El vendedor de chombas piratas
con un pequeño cocodrilo a la altura
de la tetilla es otro inconforme
con el pueblo, con la política, con el mundo
y con el vendedor de sandalias sin marca
pero que se venden más que las chombas.
La plaza, para ellos, es un obstáculo
y un generador de odio.

Cadencia y enojo: en una hamaca
a uno que comía pizza
se le cae la caja.

Alguien pasa corriendo, ¿hace deporte? Tres tiras
le desconfían las zapatillas, lo paran,
se lo llevan.

Y no hay ronda
ni disturbio
ni aprobación de la ley
ni temor a una amenaza.
Es como si los que están
fueran sobrevivientes
de una fiebre amarilla
de otro siglo.
Se sienten fuertes,
siguen al pie
las madres
de los toboganes. Comentan
que pronto va a cerrar la plaza
se calcula que por sesenta días.
Ya anduvo una cuadrilla
palpando la tierra por donde
el nuevo riego va a pasar.
“Y después van a poner el metro”,
dice la comunicóloga que por alguna razón
habla como española.

No es raro, entonces,
que cuando el sol empieza a decaer
haya más gente.
A los chicos y las mamás,
a los ebrios de temprano y los ajedrecistas,
se suman las parejas
que salen a tomar helado
y los caminantes solos
que cuando votan, votan a los poetas.
Estos no dicen una palabra,
sólo sonríen, alzan la mano;
uno pellizca el cachete de un chico
con la remera de Ronaldo en el Inter,
otro se sienta y le convida un cigarro
al croto, que también tiene una historia,
y un tercero, medio distraído,
baja de un auto entre azul y celeste,
pone los pies en la plaza, saluda
y una corriente de entrañable afecto
liga su mano con la mano
del joven que baila
igual que Michael
o mejor.

plaza flores2

2

El original tiene los pasos contados;
el doble, no.
El original tiene Técnica;
el doble, Encanto.
Sus movimientos no reclaman Historia per se;
no fundan Movimiento.
El doble quiere ser parte de la Historia
y divertirse.
No pasa gorra salvo en verano, en Gessell,
acá lo hace por el arte y por la amistad.
Si vienen a felicitarlo se escapa.
Derrocha actitud pero no se hace cargo
y si alguien le tira una foto la esquiva.
Es demasiado inmaduro, usted diría;
yo digo que es lo más en la inmadurez.

 

3

Frente a un tablero de ajedrez,
el polaco escritor
de Bacacay y Artigas
charla con el dentista de izquierda
que tiene el consultorio frente a la plaza.
Acá lo que falta es organización
y lo que sobra es actitud, coraje
y obstinación, dice el dentista.
La actitud no es algo orgánico,
nada cambia sólo por querer;
la obstinación puede a veces ser orgánica:
sé de gente que porque las condiciones lo exigían
mantuvo los dientes de leche
hasta los quince. Como Evita. Pero eso
son casos aislados. Eso,
interrumpe el polaco, es lo que me gusta de este país:
todos así, tan locos y obstinados,
todos tan poco dados para el ocio,
siempre ligando una experiencia con otra
que hasta el saludo es parte de la Historia
y comprar un kilo de papas funda una vivencia.
Eso, dice el trotskista que arregla dientes,
a mí en cambio me parece nuestra limitación.
Preferiría un país de gente
capaz de parar la pelota,
organizarse, incorporar la Técnica.

michael1
4

El polaco dice “acá la vida es desbordante”.
El dentista dice “acá la vida es muy dura”.
El polaco dice “mire cuántas madres”.
El dentista dice “mire esas criaturas:
apenas tengan dientes y no tengan comida
el padre derrotado y la madre medio ida
en vez de reclamarla van a ir a la iglesia”.
El polaco dice “usted es de los que aprecian
el cambio por el reclamo, dele tiempo a la inmadurez
que a media que inmadura se vuelve más pura”.
El dentista dice “por sí sola la cosa
no va a cambiar nunca, lo suyo es una utopía
color de rosa”. El polaco dice
“lo suyo es reclamología
color izquierda sesentosa”.
El dentista dice “no me venga con la prédica
de la vida inmadura y desorganizada
cuando acá hay que juntarse, si no, no cambia nada,
hay que organizarse e incorporar la técnica”.
El polaco dice “mireló al chico Jackson, en la esquina:
la técnica la vive como cosa ajena, de otro,
no la incorpora, por eso la domina;
decirle ¡che, qué técnica! sería el peor insulto”.
El dentista dice “tampoco hay que rendirle culto
a la disciplina, a ver si soy claro:
hablo de actuar de un modo frío, coordinado
en el conjunto, mientras en cada uno persiste
bien adentro, la emoción”
Para el polaco no existe
esa combinación.
El dentista aclara “Jackson es un ejemplo
de técnica incorporada como trasfondo
detrás de lo emotivo”. El polaco replica
“Jackson es un ejemplo de experiencia rica
y técnica irrelevante, secundaria, actuada”.
El dentista dice “no veo la diferencia
entre la técnica como trasfondo o como representación”.
El polaco dice “en un caso es Sensación,
en el otro es Disciplina que mata las Vivencias”.

(Resumen: para el dentista hace falta
un cambio de raíz, para el polaco el país
sólo tiene que seguir su movimiento-letargo
hacia la plena vivencia, sin hacerse cargo)

michael2

Arquero volante

julio 14, 2014

 

Corrijo, traduzco, tipeo, edito
textos distintos entre sí
y aprovecho estos minutos para sentarme
en la plaza, donde un pelotazo me pasa cerca.
Alcanzo a ver cinco pibes en el claro
entre las tipas y los plátanos
y sobre el pasto embarrado
los arcos hechos con pilas de carpetas
como las de mi PC: contenedores de tareas
cada una con sus pautas, sus materias,
su caravana de signos que dan trabajo a quienes los copian,
en este caso a los alumnos de la escuela República de El Salvador
o a un grupo selecto de ellos, estos cinco atorrantes
que hoy aprobaron matemática sin ir a clase,
se preguntaron: ¿cuánto es cinco dividido dos?
Tres contra dos.
…                            Y cómo corren.
Sobre todo el equipo de dos. Cómo corremos.
Traduzco, tipeo, corrijo, edito
y si tuviera tiempo en los bolsillos
podría leer por placer. Una gran novela
o uno de esos ensayos enormes
acerca del fin de las grandes obras.
El arco quedó solo y, lógico,
el equipo de tres acaba de meter un gol.
Podría escribir en vez de hacer estos trabajos
que hacen los que escriben. La pelota
cruzó la calle y fue a parar a la Iglesia
Universal. Del año que viene no sé nada
–obra abierta durísima. Ahora alguien
en el equipo de dos se hace cargo de su contribución
a la victoria ajena. ¡Pobre arquero!
…                                                     Yo escribo
como él ataja: haciendo siempre otra cosa.
Somos arqueros volantes,
sólo que a mí me opaca, si no la edad, la acumulación
de años sin tiempo para esto: poner cara
de que todo está en orden, meter la pata sin pena
o temor a que el otro nos sorprenda con un gol,
repasar teatralmente la jugada
y decir ¡bueno, qué podía hacer!,
cultivar, en suma, cierto estilo
donde, además del resultado, el propio esfuerzo
mucho no importa.

Chic lit

marzo 26, 2014

Peter Pan nunca pisó un potrero,
Kurt Cobain nunca cruzó una canchita,
por eso tenían miedo de pasar los treinta,
no sabían que el fútbol es una crema anti-age.

Pelotear frente al Easy de Paternal: eso es vida.
Desbordes y centros de noche, épica matunga,
cuando hay luna llena los hombres nos desgarramos
pero está todo bien, una semana tomando whisky y se pasa.

Campitos de verano, aire frío de invierno,
la media hora para calentar: ¿existe algo mejor?
Sí, el sexo, pero después del sexo se habla.
Después del fútbol se mira el fuego de la parrilla.

Cinco décadas tiene Luisito Abregú, y es un pibe,
no tiene idea del Barcelona, llega en bicicleta.
Leíto Azulay va a ser papá a los cuarenta y dos
y cómo defiende. El fútbol es una excelente crema anti-age.

El ministro de Producción es otro que está muy joven,
eso porque la Política es la mejor crema anti-age.
El ministro de Economía en cambio está destruido,
la Economía envejece más que vivir con una modelo.

Mitología matunga, con luna llena nos desgarramos,
volvemos a casa con miedo, pidiendo que no sea nada,
cagonas locas, que nada deje de mantenernos,
que nunca falte el polvo del próximo partido.

10 de marzo (2)

marzo 25, 2014

El poema que no te regalé, el mensaje de texto muy perdido
que vos sí escribiste y mandaste,
los intratables que somos, y todo alrededor conspirando
que por qué no nos conocimos en Ramos cuando éramos chicos.
Nadie tiene la culpa ahora, tres mil palabras por día o
tres mil ladrillos encargados para una importante refacción,
nos crece más la barba, se nos adelanta la menstruación
en días o semanas así, de creer que estamos en otra.
Y el poema que no te regalé sigue
queriendo ser escrito. La lluvia de estas semanas
no adelantó gran cosa, del avión desaparecido
al menos se sabe que no llegó a un aeropuerto,
empezaron las clases, en el colectivo los nenes van tramando situaciones, hablan de la señorita de inglés que dice
“put in”, “put on”: el día
arranca como anécdota
de la vida en espiral.

De lo que me acuerdo de Ramos hace veinte años es que el fernet
se ponía de moda.
Una enorme casona en la Segunda Rivadavia,
jardín por todas partes, música de New Order
y esa bebida que un italiano patentó
el mismo año que Sarmiento escribía el Facundo -esto te lo dije.
Hoy existe gente que va en verano a Brasil
a sacarse una foto en Arpoador exhibiendo
su botella de fernet: bárbaro
ante todo porque nos ahorra pilas de ensayismo barato
para hablar de lo que somos. ¿Qué somos? Morfeos y Perséfones
juntos unos días (de invierno) tomando el negro trago
acá abajo. Te amé porque hablabas como yo,
te odié porque nos creíamos tan genios,
compartimos tan poco más allá de ese almuerzo tarde
después de ir un domingo a votar y es difícil
que el poema llegue sin silbar una canción de protesta,
poema carcasa del miedo y la tacañería,
romperlo me va a llevar más tiempo que armarlo.

Bajan los chicos en la esquina de la librería,
los guardapolvos semiblancos yogur de durazno.
En el oráculo del ocio está escrito:
el poema va a venir en un recreo, sin control,
sin preguntarme qué cosa nos moldeó su desconfianza,
por qué, desde cuándo, en base… uf, lo dije, en base a qué.
Va a venir, punto. Cíclico como una lluvia,
a veces con humor, otras en guardia y queriendo rajarse
(él, el poema, de nosotros dos)
y un día va a estar escrito en el paredón de una fábrica
textil, brevísimo y sin vueltas que darle:
símbolo duro del beso perfecto
que nos dimos cuando se nos olvidó dudar.

Trato

febrero 28, 2014

En los días más difíciles
trato de aprender a respirar de nuevo y a
pararme en Buenos Aires
como si no fuera una ciudad en ruinas.
El cuerpo se cansó, y la cabeza hoy
es positiva, todo se dio vuelta como un guante.
Que cambien los hábitos,
le digo al chico que robó un Marlboro y se sentó
en la escalera de un palacio.
Que lleguen las conversaciones
con mucha más fluidez que las oscuridades.

Y él me mira,
el gran ganador de todos aquellos días.
A él le parece obvio (yo me había olvidado)
que este momento iba a llegar.